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De entrada, aquí tenéis un listado de novela
y cine históricos
que estamos construyendo como índice de recursos.
A J Sánchez va a hacer una curiosa mezcla de cine y literatura históricos, añadiendo como siempre el sabor de crítica social que siempre acompaña sus escritos. El objetivo es El Jardinero Fiel. |
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EL JARDINERO FIEL. Si quieren que les diga la verdad, estaba deseando presentarles a Tessa Quayle. ¿Qué quién es Tessa Quayle? Es una larga historia y es mejor comenzar por el principio. Cerca del lago Turkana, en el norte de Kenya, una activista joven y bella es brutalmente asesinada: Tessa Quayle (interpretada por Raches Weisz). Su supuesto amante africano y compañero de viaje, un médico homosexual al servicio de una ONG belga, ha desaparecido del escenario del crimen; todo parece apuntar hacia un crimen pasional. El marido de Tessa, Justin Quayle (interpretado por Ralph Fiennes), aficionado a la jardinería, es un hombre amable y poco ambicioso. Justin es un diplomático destinado en la embajada británica de Nairobi. Sandy Woodrow (enamorado de Tessa), sir Bernard Pellegrin y los demás miembros del Alto Comisionado británico están convencidos de que Justin dejará el terrible asunto en sus manos, pero están muy equivocados. Justin emprende, para sorpresa de todos (y de él mismo) su particular odisea para descubrir a los asesinos y sus motivos. El equilibrio profesional y personal del diplomático se ha roto al perder a la mujer que tanto amaba. Esos dos seres tan opuestos (que tanto me recuerdan a Don Quijote y Sancho) se atraían mutuamente y disfrutaban de un feliz matrimonio. Los recuerdos de esta unión empujan a Justin a tomar una gran decisión: limpiar el buen nombre de su mujer y acabar lo que ella empezó. Para conseguirlo, debe aprender cómo funciona la gran industria farmacéutica, ya que Tessa estaba a punto de destapar un gran escándalo. Sus indagaciones le llevan al Foreign Office de Londres, a varios países de Europa y de nuevo a África, a lo más profundo del sur de Sudán y por último al mismo lugar donde Tessa murió. Justin no tardará en darse cuenta de la existencia de una conspiración tan letal como común que ya se ha cobrado la vida de miles de inocentes y que acabará con la suya. Pero, sin duda, su mayor descubrimiento será la mujer a la que apenas tuvo tiempo de amar. Aunque algunos califican a esta película británica dirigida por Fernando Meirelles y basada en la magnífica novela de John Le Carré de thriller romántico, preferimos centrarnos para este comentario en su aspecto social de denuncia, que lo tiene. No olvidemos que el personaje de Tessa Quayle está inspirado en una persona de carne y hueso, la incansable activista Yvette Pierpaoli. John Le Carré la define como una mujer que “vivió y murió sin darle lo mismo”. En 1999, cuanto contaba 60 años, Yvette Pierpaoli, sus dos asistentes y el conductor murieron en un accidente de tráfico en Albania. En esa época, fiel a su decisión de ayudar a los demás, Yvette Pierpaoli pertenecía a Refugiados Internacionales.
Detrás de la historia de Tessa y Justin están África, la sufrida y sufridora África, y el papel en ella de las corporaciones multinacionales farmacéuticas. Pero, ¿Cuál es la situación actual de África? África (sobre todo el África subsahariana) se encuentra asolada por la pobreza y la desigualdad, por un fuerte declive de la productividad y del crecimiento económico, los gobiernos corruptos y autoritarios, las luchas entre facciones y grupos sociales con diferentes identidades étnicas y religiosas (recuerden la tragedia de Ruanda de 1994); también se dan violaciones masivas de los derechos humanos, epidemias de diversas enfermedades (SIDA –auténtica pandemia que ha causado 20 millones de muertes en los últimos años-, malaria, fiebre amarilla, dengue, cólera, tifus, tuberculosis etc.), malnutrición, crisis alimentarias y humanitarias, escasez creciente de recursos (como agua, bosques y tierras cultivables), y altos niveles de criminalidad. Millones y millones de personas de 48 Estados están en una terrible situación de riesgo. La destrucción presente de las sociedades, de su infraestructura y de sus ciudadanos será un poderoso impedimento para que puedan contar en el futuro con un desarrollo justo, democrático y sostenible, a la vez que limitará cada vez más sus posibilidades de negociación e integración en la economía internacional. En “El jardinero fiel” a través del fármaco DYPRAXA se pone en tela de juicio el papel de las corporaciones transnacionales en África. Por una parte, casi todos los gobiernos africanos dan la bienvenida a la inversión extranjera. Pero, por otra, muchas de estas empresas son acusadas de transferir los recursos de África a los países de origen, en connivencia con las corruptas elites locales, dejando muy pocos beneficios y mucho impacto ambiental en el país donde operan. Las empresas multinacionales tienen una capacidad de inversión que en algunos contextos superan la capacidad de los Estados locales para imponerles normas, y su alta movilidad y posibilidades de trasladar la inversión a otros países inducen a los Estados frágiles a competir entre ellos en función de ofrecerles las mejores condiciones, que no siempre son beneficiosas para las poblaciones locales (¿Quién recuerda la tragedia de Bopal , en la India?). Asimismo, utilizan tecnología que requiere poca mano de obra e introducen en los mercados locales pautas y bienes de consumo que distorsionan las economías locales. Algunas empresas multinacionales (no pongamos ejemplos, por si acaso) practican, además, la corrupción y la suelen fomentar, hasta ser parte integrante de ella (¿No les recuerda esto algo que está sucediendo en nuestro democrático y desarrollado país?). A la vez, su capacidad de funcionar globalmente les permite transferir ilegalmente recursos financieros, encubrir operaciones y eludir el pago de impuestos. Por otro lado, como resultado de la debilidad de estas economías y de la herencia de estructuras coloniales, firmas extranjeras han establecido en muchos casos posiciones de monopolio en varios sectores, concentrándose en áreas como la minería y la extracción de petróleo. La novela y película de “El jardinero fiel” tocan el tema de la responsabilidad y los gigantescos beneficios de una de las industrias más grandes y poderosas del mundo, la farmacéutica. Por suerte para nosotros cada vez se cuestiona más el comportamiento y prácticas comerciales de algunos fabricantes de medicamentos; los medios se ocupan con mayor frecuencia del tema, y diversas organizaciones de consumidores y ONGs empiezan a presionarlos. Para justificar los precios abusivos (sobre todo para el Tercer Mundo) y su férrea defensa de las patentes, algunas compañías alegan que los costes de investigación son muy elevados y que deben someter sus productos a años de pruebas antes de sacarlos al mercado (¡faltaría más!). A esto podemos replicar que las compañías no suelen pagar por los costes de investigación, sino que se hacen con los resultados de investigaciones con fondos públicos. También podemos acusar a la GRAN FARMACIA de ignorar medicamentos innovadores y dedicarse al desarrollo de productos derivados de otros muy usados, concentrando sus esfuerzos en las enfermedades del mundo occidental, enfermedades del corazón, la calvicie, la impotencia, el sobrepeso o el olor de pies, e ignorando las enfermedades endémicas de un Tercer Mundo que no aporta beneficios. La población de estos países se ve diezmada por el sida, la tuberculosis o la malaria (esta última enfermedad afecta aproximadamente a 500 millones de personas al año y se estima que mata a un niño cada 20 segundos). A pesar de que estas naciones soportan una tremenda carga endémica, sólo representan un porcentaje mínimo de los beneficios (el beneficio es el dios de esta industria) de la GRAN FARMACIA. Cuando se les agotan los argumentos, algunos portavoces de la industria farmacéutica se justifican recordándonos que no son filántropos y que se deben a sus accionistas capitalistas. Al menos, compañías y detractores están de acuerdo en algo: sus inmensos beneficios; la industria farmacéutica gana miles de millones de dólares (en 2002 las ventas totales del sector alcanzaron los 430.000.000.000 dólares). A partir de 1997, Brasil consiguió bajar la mortalidad causada por el sida, desafiando a los fabricantes de productos farmacéuticos e ignorando la amenaza de sanciones si se vendían medicamentos antivirales a bajo precio (¡pasando de patentes!). Al mismo tiempo ese país realizó una campaña preventiva muy agresiva. Por desgracia este modelo tan valiente no se ha seguido mucho en otros países con la misma problemática. El lobby farmacéutico es muy poderoso, gana auténticas fortunas, pero los habitantes de los países en vías de desarrollo no pueden comprar los medicamentos que les salvarían (y los pobres accionistas de estas empresas no podrían pasar sus vacaciones en sus lujosos yates).
No esperemos que cambie la conducta de las multinacionales (farmacéuticas
o no), pero debemos tomar conciencia de estas prácticas tan habituales en
la gran industria y exigir comportamientos más responsables. Y “El
jardinero fiel” nos habla de dedicación y entrega a los demás. Recuerden que el mayor drama del mundo no está en Europa, ni en Oriente Próximo, ni en América; el mayor drama, los mayores retos están en África. Salgamos de nuestra autocomplacencia capitalista (“consumir hasta la muerte”) y hagamos algo por África; muchos ya lo están haciendo y debemos ayudarles. Cuando me vaya de este mundo no voy a dejar nada, pero no quiero irme sin intentar mejorarlo, aunque sólo sea un poquico. Como lo intenta Tessa Quayle en esta magnífica película, y muchos otros en la realidad.
Antonio José Sánchez Pérez
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