MUSICA E HISTORIA

 

Retrocedemos medio milenio en Europa Occidental y nos encontramos de nuevo con Músicas hechas para emperadores. Florestan nos habla de ello.

 

Enrique II, sacro emperador, y su mujer Cunegunda son ambos santos y muy venerados en Alemania. Al mismo tiempo, marcan el apogeo de la idea y del poder imperial. En el pasado número, nos referíamos a la misa de coronación de Carlos V en 1500 y decíamos que era el último esplendor y ocaso de esta idea medieval de una monarquía universal . Analizar estos dos discos de gregoriano es volver al amanecer de aquel fenónemo histórico. Como siempre, no nos vamos a centrar en los aspectos musicales, sino en ilustrar el contexto histórico como manera de llamar la atención a aquellos que puedan estar interesados en estas músicas.

            El Gregoriano es una música eclesiástica, básicamente creada para la liturgia del rito romano y, naturalmente, no entendible fuera de ella. Su nombre viene del Papa Gregorio el Grande, doctor de la Iglesia, que reinó en los inicios del siglo VII y fue, por tanto, contemporáneo de los primeros años de la Restauratio Imperii  de Justiniano en el Mediterráneo Occidental. Además, resulta llamativo para los objetivos de este artículo que fuese el primer pontífice que se abrió al mundo germánico. Hasta ese momento, la música había sido muy influenciada por el rito bizantino, mucho más lucido. Ya se sabe la anécdota famosa de los eslavos decidiéndose entre obediencia romana o constantinopolitana después de asistir a los servicios divinos en Santa Sofía, que hoy tristemente no podemos más que imaginar. Por cierto, el musulmán está melancólico ante la pérdida de Al Andalus. Nada que decir si, al tiempo, también se puede proclamar la melancolía –cristiana, occidental-, por la pérdida del increíble tesoro artístico de la vieja Constantinopla.

            Pero volvamos a lo nuestro. Los discos que recomendamos en este artículo pertenecen a un momento muy posterior a Gregorio, cuatrocientos años después. La restauración carolingia del imperio occidental ha pasado ya. Los bizantinos ya no pueden mantener ninguna pretensión ecuménica aunque el imperio se ha recuperado bajo la dinastía macedónica. En el reino de los griegos se ha podido mantener a raya a los musulmanes, recuperando Creta, e incluso acabar casi por completo con la amenaza de los Búlgaros. No obstante, el predominio cultural, a pesar del llamado Renacimiento Macedonio, no resulta aplastante. El gregoriano ha florecido en alas de los Cluniacenses y el mundo germánico presenta una avanzada destacadísima gracias al patrocinio de los emperadores sajones en el siglo X. Como hemos dicho, es el momento de máximo esplendor de la idea imperial en occidente. En ella se insertan estas dos joyas discográficas debidas a la Schola Bamberg: Músicas gregorianas para el emperador san Enrique II y su esposa santa Cunegunda, dos de los mayores referentes de la cultura católica en Alemania meridional.

            Enrique de Baviera sucedió a Otón III en 1002. Es un hecho significativo como cambio de inflexión porque la madre de Otón había sido una princesa bizantina, nacida en la púrpura si bien de una rama secundaria en la familia imperial. Se habían abrigado muchos proyectos grandilocuentes para el reinado de este joven y culto monarca que no sobrevivió a Italia, ni física ni políticamente. Seguro ya en su trono, Enrique guerreó contra los polacos, obteniendo Bohemia, la actual Chequia, y, sobre todo, contra los truculentos italianos, cuya soberanía daba tanto lustre daba al título imperial como pesadumbres al titular. Muy interesado por la administración eclesiástica, apoyó a obispos frente a monjes y pretendió que el celibato fuese una especie de antídoto contra la patrimonialización venal de los cargos eclesiásticos, una de las cosas que habría de provocar la Reforma casi medio milenio más tarde.

            Enrique no tuvo hijos con su esposa Cunegunda de Luxemburgo. A ésta se la recuerda por su gran dedicación a las obras de caridad, que continuó muerto su esposo ya con los hábitos. Curiosamente, se le puede reprochar a esta pareja el mismo “defecto” de visión política que a un casi contemporáneo bizantino, Basilio I, matador de Búlgaros, que por no dejar herederos seguros introdujo una especie de anarquía palacial y provocó el principio de la debacle que acabaría culminando en la derrota de Manzikert a manos de los turcos. Volveremos al mundo bizantino en el próximo número. De momento, os dejamos con estos discos. Entre los muros de Bamberg nos vemos.

Tumba de Enrique II y Cunegunda en Bamberg

(cortesía de Sagem.at)

 

Florestan         

 

 


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