MITOLOGÍA Y ARTE

En palabras de Erda:

En defensa de las sagas de fantasía épica, ficción-fantasía, o donde la propia Historia se nos queda pequeña, al menos para explicarnos algo más allá de nuestro devcnir social.

 

Porque más allá de su Historia, sigue estando el Hombre, esa persona que mira a lo alto y sigue preguntándose y buscando, y aún no ha sentido en su corazón ciertas llamadas que a otros les reporta una explicación totalizadora, omnisciente, ese sentido pleno que todo lo explica y llena el alma de una paz de otra manera quizá inalcanzable.

 

Cuando los viejos dioses se nos convirtieron en mitos, y les perdimos la admiración del hombre, joven todavía en el mundo, también los perdimos para esa otra función de guía enceguecedora, si es que alguna vez la tuvieron. Entonces se convirtieron en poco más que ejemplos de nosotros mismos, y dejamos de preguntarles acerca de nuestra búsqueda. Quizá es que nunca tuvieron las respuestas.

 

Quizá estos otros géneros, tan denostados por la élite culturalizadora, no vengan a ser más que complementos, otras facetas distintas del devenir histórico, la historia de la eterna búsqueda del objeto ignorado. Me estoy refiriendo a ese punto exacto de nuestro pasado en el que ciertos vizcondes de Carcassona dejan de ser uno más de entre la multitud de caudillos cuya existencia más o menos documentada después de varios siglos ha llegado hasta nosotros con el inconfundible aroma que deja el poso del devenir de casi un milenio, para convertirse en el adalid de una búsqueda que jamás, desde que se tiene constancia de ella, ha llegado a su fin. Ese punto exacto en el que la supuesta historia del Trencavel se mezcla con las etéreas y nubes de humo y maravilla de Parsifal. Ese punto exacto en el que se alza un caudillo de entre todas las tribus de una isla en medio del océano, y nos aparece en forma de un héroe dorado que lleva la impronta en su frente de la misión de conseguir una unidad por la que todos suspiramos ahora. Ese punto exacto en el que hace más de dos milenios las visiones que corren de boca en boca de los navegantes perdidos por un mundo plano, tan real y tan irreal como nuestro suelo surcado de autovías, se transforman en historia y dogma para un filósofo. Ese momento en que la lucha por la ocupación de un punto estratégico para la navegación marítima de la zona deviene una lucha titánica entre los viejos dioses y sus favoritos en la tierra.

 

En ese punto se produce la eclosión de la historia que no fue pero necesitamos tener, como si nos llegara una brisa cuajada de sonidos sublimes desde la ventana entreabierta del salón de baile de los dioses y con esas melodías pudiéramos conformarnos otros mundos distintos, sopesar otras posibilidades, y explicarnos quizá qué sentido tiene fuera de sí mismo un corazón henchido por la emoción, y un ansia exultante siempre insatisfecha.

A partir de ese punto, como caminos en apariencia divergentes, y como prueba de que en realidad, una vez atrapado por el vórtice, el espacio y el tiempo dejan de tener esa importancia determinadora que ostentan todos los días de nuestras vidas, esa historia que no fue pero nos gustaría haber tenido se transforma en la historia que quizá pudiéramos tener, o no tener, o en la historia de otros lugares que sabemos no existen pero nos gustaría, desesperadamente, encontrar el camino que conduce a ellos.

 

Oh, sí! Nos queda, según el profesor Asimov, por recorrer mucho camino hasta llegar a la situación en la que la humanidad crezca y se reproduzca y alcance el tamaño suficiente como para poder desarrollar y aplicar la psicohistoria, y de una vez por todas sistematizar nuestra historia aplicándole las leyes matemáticas no quizá a los acontecimientos, sino al comportamiento de las masas ante determinados tipos de presión social -ay! Cuánto camino nos queda también para poder acercarnos a un Le Bon sin que se nos revuelvan las entrañas...- Está muy lejos todavía ese momento, perdido entre una bruma de tiempo, de posibilidades remotas, de caminos sin salida, de imposibles futuros. Pero podemos recrearlo ahora sin constreñirnos al sentido común, y dejar divagar la mente, y quizá atisbemos algún camino más por el que rastrear nuestras respuestas.

 

Oh, sí! Nuestros mitos pueden leerse y releerse con mil espejos distintos, no en vano forman parte de nuestro inconsciente colectivo y nos hablan muy profundamente, y seguimos estremeciéndonos mientras ciertos ritos ancestrales aparecen en una clave distinta, y el eterno retorno lo protagoniza un trío muy querido por nosotros: y Arturo y Ginebra y Lanzarote acuden al rescate, atravesados por el dolor una y mil veces, del más perfecto de los mundos, Fionnavar, mientras el árbol del verano sigue cobrándose sus víctimas, los cuervos negros siguen observando los acontecimientos del mundo, y Artemisa es capaz de dejarse engendrar un hijo de un mortal.

 

Son sólo dos ejemplos, que desarrollaré, quizá, más delante, junto a otros que me vienen ahora a la memoria. Me sonrío pensando que aun para ello necesito varias páginas de palabrería vacua y de autojustificación. Me sonrío aún más pensando en la orgullosa indignación de los puristas de la Historia y de la Psicología.

 

Pero el Hombre es aún mucho más que todo esto, y cualquier cosa, por nimia y trivial que pueda parecernos, que pueda acercarnos a atisbar por la ventana entreabierta de los dioses por la que se escapa esa melodía infinita y turbadora, sea bienvenida.

Erda

 

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