CINE HISTÓRICO Y LITERARIO

      

Shavatska se refiere a Los Borgia y a algunas cosas más del cine español y la historia. Rosa Cáceres viene a contarnos cosas de una historia antibélica nunca mejor situada: Feliz Navidad.

Los Borgia: habemus película 

 

Cuando hace unos meses veíamos los trailers de algunas de las superproducciones históricas que venían -con grandes superambientaciones, con superimágenes espectaculares- ya no nos pillaba de susto, ni se nos caía el vaso de cola Coca-Cola, al comprobar que las pelis en cuestión fueran made in Spain y no holliwoodienses; ya no arqueábamos las cejas al descubrir que Alatriste o Los Borgia... pues eran españolas...al menos en su parte principal. En fin, era un “super” diferente al de las películas norteamericanas, claro, pero al menos, era algo distinto a lo que nos tenía acostumbrados el cine patrio.

Porque allá por el 2001, Juana la Loca ,al menos, amplió el horizonte histórico del cine español contemporáneo más allá de la II República. Esto, junto a la interpretación de Pilar López de Ayala, fueron casi los dos únicos méritos de la peli; opinión que, me parece, tenían tanto los que cuelgan una foto del Antonio Gasset como salva pantallas (qué rizos, Dios mío) como los que éramos más de la corriente de las palomitas saturday night. Vicente Aranda, a pesar de todos los pesares, reavivó el género de las películas de ÉPOCA  (así, con mayúsculas). Si hacemos un repaso a la historia del cine español nos damos cuenta que fue, precisamente, Locura de amor  de Juan de Orduña, en 1948, la que consiguió poner de moda el cine histórico en la España franquista. Y es que el régimen quería películas históricas épicas, pero atractivas para matar dos pájaros de un tiro y que siguiera el águila presidiendo la bandera: la glorificación del gran pasado de la patria, por un lado, y competir con los atractivos del cine extranjero, (sinónimo de “sospechoso”  en esos tiempos). Así, resulta curioso que Juana “la loca”  fuera el primer personaje tanto en poner en imágenes la España en blanco y negro de la Conquista gloriosa, de la cruz y de la espada , como la España racial en rojo y negro, de la pasión y de los celos. Ay, si el Generalísimo pequeño gran dictador levantara la cabeza y viera las producciones ero-históricas de Aranda: a Felipe el Hermoso encarnado en un gigoló, a la hija de los reyes católicos con una épica ansia sexual en las escenas de cama (y de suelo, y de silla y de...) en fin, que se alegraría de volver al Infierno o bien se arrepentiría de no haber nacido 100 años después ó 500 años antes, según se mire.

Aranda ha vuelto a andar después por senderos parecidos con Carmen y Tirant lo Blanc, que, aunque basadas en obras de ficción, también implican una clara recreación de nuestra historia menos reciente y de nuestra identidad histórica. Sin embargo, la calidad de estas obras ha dejado mucho que desear, tanto en lo que se refiere a la crítica fina como a la de las taquillas y la del boca-a boca. La primera, Carmen, tuvo una magnífica ambientación y unas aceptables interpretaciones; Tirant lo blanc ni lo uno ni lo otro. Ésta última parecía, además, una película de serie B.

En definitiva, daba la impresión de que esta nueva vía iba degenerando; había que reconocer que estas películas nunca tuvieron lo que los espectadores medios demandan de manera básica: tirón argumental, ritmo narrativo; vamos, que a pesar de los despelotes y de las escenas de sexo eran a-bu-rri-das.

Así, cuando parecía que el género iba camino, otra vez, de acabar en el cementerio de barcos, llega el fenómeno Alatriste. La expectativa no era para menos: la más cara producción del cine español con protagonista internacional y altísimo presupuesto, que iba a demostrar que aquí también se podían hacer películas de envergadura. Faltaba más. Y en español, con dos cojones. Pero... ya todos sabemos las críticas que ha recibido Alatriste, en gran medida. Bastante duras las más (especialmente con el guionista y director Diaz-Yanes), condescendientes las menos.

A estas alturas ya se ha dicho de sobra lo que muchos experimentamos viendo la obra: lo inconexo del guión, la falta de tirón narrativo, la confusión que te embargaba ante la sucesión de tramas apenas esbozadas y que, sin apenas darte cuenta, habían sido planteadas y acabadas. La mayoría de críticas redundan en lo mismo: que es un “cóctel”, un “puzzle” mal armado de los libros de Pérez-Reverte. Eso sí, también se ha alabado la impecable factura de la fotografía, ambientación y vestuario. En este sentido, la película parecía más una sucesión de cuadros de Velázquez que una historia fílmica. Es decir, acertó en lo “gráfico”, pero no en lo de “cinemato”. En este sentido, e ironías de la Historia, esta película ha estado en consonancia con el espíritu español de la época simbolizado por la Armada Invencible. Tremenda, ambiciosa, impresionante en su factura, pero que le ha faltado lo que debe tener hasta cualquier frágil esquife, hasta cualquier teleserie menor: capacidad para navegar, para hacernos fluir por las corrientes de una historia, sean cuales sean los elementos.

Pero no por eso hay que decir, como algunos aguafiestas han hecho, que este tipo de películas son una empresa imposible para el cine español. De nuevo, lo peor del espíritu nacional. No señor, también los suecos construyeron un impresionante galeón en el siglo XVII, el Vasa, que se les fue a pique en su primer movimiento, nada más salir de la bocana del puerto de Estocolmo. Esto no impidió a los suecos convertirse en un país con buenos y famosos astilleros, además de rescatar y reconstruir el galeón hundido para crear el museo más visitado de Estocolmo. Y para qué contarles lo que han supuesto en el mundo de los muebles... 

En definitiva, que no creo que la ruta de las superproducciones históricas sea impracticable para el cine español. Eso sí, con coproducciones y con colaboraciones con otros países mucho mejor. Y en este sentido, ahí está la recientemente estrenada Los Borgia, una producción con Italia, con fuerte presencia española.

Esto no pretende ser una crítica cinematográfica al uso de Los Borgia; para ello, pueden ver las muchas y variadas que ofrecen los sitios de Internet. Me da la sensación que son más las adhesiones que los ataques; por supuesto, ha habido críticas a la película, pero en éstas siempre se suele salvar el buen trazo del hilo narrativo, el hecho de que, a pesar de las 2 horas y media de metraje, siempre se mantuviera a atención del espectador. En lo negativo, se ha criticado, principalmente, la faceta televisiva del asunto, principalmente, lo que atañe al hecho de que esté pensada para ser transformada en serie de televisión (en España, para Antena 3). 

Personalmente, veo en la película algunas cosas que no me gustan: Paz Vega no pega ni con cola en el papel de condesa rebelde y a algunos actores, se nota que les han dado el papel más por tu tirón mediático en Italia que por su adecuación. Pero, en fin, a mí lo que me interesa es que la película es digna y tiene un equilibrio entre factura y contenido narrativo que hace que no se hunda en el mar de la pretensión y el aburrimiento. Es, por tanto, cinematográfica (imágenes al servicio de un lenguaje dramático), en el amplio sentido de la palabra. Creo que es la primera superproducción histórica española que lo logra en estos tiempos, que no es poco.

En definitiva, película que sale a flote, o en términos más acordes con el ambiente vaticano de Los Borgia, habemus una película que podemos enseñar a las visitas.                           

       Shavatska

“Joyeux Nöel” o el cine al servicio de la sensatez  histórica.

 

He aquí un film presentado fuera de concurso en el Festival de Cannes 2005. Precisamente el que no pretenda competir con otras cintas ni obtener ningún galardón es un dato, sin duda, interesante. Otro dato significativo es que se trata de una coproducción  de Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Rumanía, un edificio, pues, levantado con el esfuerzo común de varias mentalidades (las correspondientes a los diversos coproductores) que fácilmente podrían haberse dejado llevar por formas discordantes de enfocar el tema. Pero no, afortunadamente, todos coinciden en que no hay nada que una a los hombres tanto como el sufrimiento extremo y el deseo de paz.

El film de Chistiam Carion, con música de Philippe Rombi y la participación excepcional de las canciones de Natalie Dessay y Rolando Villazón , que dan voz a los cantantes de ópera Anna Sorensen  y Nicolaus Spriz , cuenta asimismo con la participacuión de un elevado elenco de actores como Diane Krüger, Benno Fürmann, Guillaume Canet, Iam Richarson y otros.

La financiación internacional hizo posible esta película de los productores Chistopher Bormann, Benjamín Herrmann y Patrick Quinet sobre guión y realización de Chistian Carion.

“Esta película está dedicada a los soldados alemanes, británicos y franceses que fraternizaron la Nochebuena de 1914 en múltiples lugares del frente”. Esto es lo último que se lee en pantalla cuando el corazón aún permanece conmovido por la historia que acaba de contemplar, una historia basada en hechos reales, cuyos verdaderos protagonistas hubieron de pagar como acto de traición cuando en el fondo insobornable de sus conciencias conservaban la certeza de que su proceder había sido recto.

El color, muy bien conseguido, logra sugerir la violencia, el miedo, la tristeza, el frío extremo, según la escena. El sonido impresiona, especialmente con el continuo retumbar lejano o cercano de las bombas y el tableteo  de la artillería ligera.

Las cámaras viajan continuamente a las trincheras de los diferentes contendientes y nos muestran la diversidad, pero también la coincidencia. Las similitudes vienen dadas por la igualdad de sentimientos de nostalgia del hogar y de la familia que todos sienten, por los momentos de ansiedad, .algunos soldados no pueden respirar de terror o de angustia.

Todo está medido y pensado para que el espectador comprenda que unos y otros no son más que hombres atemorizados y forzados a luchar, antes con su propio pánico y después con sus supuestos enemigos. Y todo en aras del deber impuesto desde instancias superiores por unos mandos invisibles que no arriesgan, como ellos, la vida en el frente de batalla.

Alemania se siente asediada y el Kaïser Guillermo declara el estado de guerra. La noticia interrumpe un recital de ópera y nos da ocasión de conocer a dos de los personajes, la soprano y el tenor, que viven para su arte y no sienten más que repulsión por la vorágine de terror que se desata y que los separa de su arte y de su mutua compañía.

Entre los escoceses, en cambio, hallamos,  en una de las primeras escenas del film, el ingenuo entusiasmo de un joven a la hora de alistarse  como voluntario e incluso la alegría que siente cuando se declara la guerra y su país entra en ella. Tanto es así, que se permite alistar a su hermano,  pintor de imágenes religiosas que en ningún momento siente ese ardor guerrero, y arrastrarlo a ese horror. El párroco de esa iglesia solicita incorporarse como capellán castrense y enfermero para estar cerca de los soldados de su feligresía.

Son destacables escenas como la que presenta al teniente  francés al mando de una de las trincheras, besando la foto de su esposa y vomitando de miedo antes de poder recuperar la compostura y salir a arengar a sus hombres que han de recorrer 100 mortales metros para llegar a una granja en ruinas y alcanzar la trinchera alemana. “Cumplan con su deber y pasaremos la Navidad en casa”. Eso les dice a sus soldados sin creerlo él mismo. Es un momento de intensa fuerza fílmica muy bien captado por la cámara: un soldado que besa su crucifijo, otro que se santigua, otro que intenta controlar su respiración… y después, el grito de asalto, mezcla de rabia, terror, angustia. Y el inmisericorde destrozo de la carne joven que cae atravesada, destrozada, reventada por bayonetas y fuego. Y la muerte enseñoreándose de todo, mostrando su horrible mueca, tan lejanas ya las fanfarrias militares y los desfiles marciales que emboban a los ingenuos. La guerra es horrorosa, es fea, sucia, hedionda y esa es la verdad que esta película nos muestra con su realismo humanizado, pues vemos rostros concretos, sabemos de vidas e ilusiones y entonces, sólo entonces, comprendemos.

La muerte del escocés William, que tan gustosamente se había alistado, la desesperación de su hermano, que se siente un cobarde por haber abandonado al moribundo a fin de salvarse y que continua escribiendo a su madre como si vivieran los dos, intentando salvarla de la pena, los intentos fallidos del capellán por darle un consuelo, su denodado esfuerzo por atender a los heridos y rescatarlos del campo en que han caído, son otros ángulos de la acción destacables.

El capellán no deja de recibir amonestaciones por arriesgarse abandonando la trinchera.”Le aconsejo que deje de hacerse el San Bernardo”- le dice el general. Aquí se da uno de los escasos momentos jocosos de toda la película: el capellán acepta la reprimenda y aconseja al general el camino más corto y seguro para regresar al cuartel general, que sería atravesar las letrinas. El general reniega, naturalmente, del hedor del lugar, momento en que uno de los soldados dispara al aire para que el general se asuste y se tire cuerpo a tierra. El camarada queda vengado del injusto trato que su heroísmo le ha deparado. Todos ríen.

El título de la película viene dado por el hecho real de la confraternización de soldados de diferentes bandos en la Nochebuena de 1914, escenificado de forma muy acertada, ya que consigue transmitir al espectador la mezcla de sentimientos que desembocan en la humanización de los que se ha pretendido que sirvan, sin más, a la guerra como peones de una trágica partida jugada desde despachos y salones, siempre a salvo de la suciedad, el hedor, la sangre, el riesgo y en definitiva la Muerte. Cuando el tenor Nicolaus Spriz toma en su mano uno de los pequeños árboles de navidad con que se ha pretendido alegrar la trinchera alemana y emerge de ella, quedando expuesto a la vista y a las balas, de sus supuestos enemigos, si hubiesen querido abrir fuego contra él,  se produce una conmoción en el espectador que participa de las sensaciones de sorpresa, estupor, desconfianza y hasta temor que experimentan los que lo ven. Hasta que un simple soldado acerca una armónica a sus labios y comienza a acompañarlo. No tarda en unirse al concierto la majestuosa gaita escocesa y entonces se produce el milagro: como “Lázaros” que emergieran de sus tumbas, van saliendo de sus trincheras embarradas los ateridos combatientes y son los mandos los que en tierra de nadie acuerdan la tregua de Navidad, a espaldas de los generales que en ese momento celebran la Nochebuena en caldeados salones de lujo, con cenas opíparas y la compañía de perfumadas damas que brindan con ellos sosteniendo copas de fino cristal. Es el teniente francés el que aporta una botella de champagne que reparte en las humildes tazas metálicas de campaña.

Adeste fidelis es la canción que entona el tenor elevando el pequeño árbol al son de su propia voz, de la armónica del ordenanza francés y de la gaita escocesa.

-Buenas noches, ingleses.

-Buenas noches, alemanes, pero no somos ingleses, somos escoceses.

Las risas que siguen a este saludo son la prueba de que a veces el hombre no es lobo para el hombre y aún puede haber lugar para la esperanza.

La escena en que los soldados se ofrecen unos a otros, sin distinción de bandos, sus pequeños tesoros es  entrañable; un trozo de chocolate, un trago de una botella celosamente guardada hasta ese momento… y también el descubrimiento de que comparten mascota, un gato de la granja, Nestor para los franceses, Teddy para los escoceses. Cuando se muestran las fotografías de sus familias comprendemos, sin que haga falta más que ver la escena, que los seres humanos – los que realmente son humanos, en el amplio sentido de la palabra- son de una misma pasta y albergan en su interior parecidos anhelos y que, al fin, es la cercanía de los seres amados, el hogar, el territorio íntimo lo que ansia defender y a donde desean regresar. La guerra es un amargo interludio en su vida, si logra sobrevivir a ella, y la definitiva tragedia si en ella perecen.

Con la certeza de que solamente son carne de cañón, comprenden todos que “ya nada tiene sentido”, y es que en efecto resulta absurdo que hombres que han celebrado juntos la Navidad se tiroteen, sin odio y sin ganas, al día siguiente. Pero es lo que les han ordenado que hagan.

“Beberemos por esos cerdos que bien calentitos como están ellos nos han enviado aquí para que nos matemos”. Esto es lo que leen los censores de cartas en una de las que escriben los soldados a sus familiares. Por estas cartas se descubre la fraternización de Nochebuena y comienzan las represalias para todos los implicados, desde el capellán al último soldado.

“Me sentí más afín a los alemanes que a quienes me arengan contra ellos delante de un pavo relleno” es otra de las frases.

En cuanto al teniente francés, cuyo padre es general e intenta avergonzarlo por su actitud, es quien realmente da con la clave de todo,  refiriéndose al Estado Mayor de cada ejército dice :”Ellos no viven la misma guerra que yo, los de enfrente, sí”.

La canción que tararean los soldados alemanes, deportados en unos vagones de tren, es el supremo canto de la rebeldía ante quienes en realidad no desean la paz pues han hecho de la guerra un oficio, un negocio o quién sabe si incluso un divertimento y eso porque envían a ese supremo horror a otros, mientras ellos al resguardo de la sangre,  el dolor y el miedo se benefician del mayor pecado del mundo.

En definitiva, película memorable y muy recomendable. Noble cometido es desmitificar la guerra y acallar el canto del Miles Gloriosus y sus Promotores.

 

                                                                                  Rosa Cáceres

 

 

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