La escuela granadina
de escultura en los siglos de oro
La perfección plástica de Jacopo Florentino
Diego de Siloe o la plenitud del Renacimiento
Baltasar de Arce, discípulo de Diego de Siloe
El creador de los crucificados procesionales
Alonso de Mena, escultor de Inmaculadas
Alonso Cano, la consolidación de la escuela
El misticismo de Pedro de Mena
Frente al dramatismo expresionista de la escuela castellana de Berruguete, Juni y Hernández, las escuelas andaluzas de escultura, y particularmente la granadina, se caracterizan por el mayor clasicismo formal y la interiorización del dolor, rasgos que se hacen derivar de la tradición clásica de la Bética y de la aportación de los artistas italianos que en aquel momento llegan a los reinos de Sevilla y de Granada.
El triunfalismo tras la conquista (1492) y el deseo de borrar el sello musulmán, marcan los inicios del arte cristiano en Granada, que fue capital de la Monarquía con los Reyes Católicos y Carlos I, adonde confluyen artistas de todas las procedencias. La propaganda imperial y la sacralización de la Monarquía impregnan el arte como en la Roma antigua cuyos títulos asume Carlos I. Capilla Real, Monasterio de San Jerónimo, Hospital Real, Catedral y Palacio de Carlos I serán hitos fundamentales en este programa constructivo.
El primer crucifijo que se conserva es de Felipe Bigarny
Realizado entre 1520 y 1522, corona el retablo de la Capilla Real: «El Cristo de Bigarny está representado como hombre, un hombre nuevo que triunfa sobre el dolor y la muerte». Clavado sobre una cruz plana, el cuerpo es realista y el rostro sereno, lejos ya del patetismo de la estatuaria gótica (Mª Ángeles Raya).
Jacopo Florentino introduce las formas italianas
Sin embargo «el salto hacia la perfección plástica lo dio Jacopo Florentino con el Crucificado de San Agustín» (Gómez Moreno).
Con Diego de Siloe llega a la ciudad la plenitud del Renacimiento
Aunque
es Diego de Siloe
el iniciador de la escuela
granadina desde
su llegada en 1528 hasta su muerte en 1563. Él es el paradigma del clasicismo, el más
clásico de los
maestros que trabajan en Andalucía, quien dirige las obras de la
catedral y deja al mismo tiempo una importante obra escultórica, entre ellas
los retratos
orantes de los Reyes Católicos del presbiterio de la capilla real.
Sus Crucifijos se conocen «por su carácter exaltadamente dramático, en los
que se aúnan los caracteres plásticos y devocionales. Generalmente las cabezas
son grandes, huesudas, declamatorias, con quejas y alaridos que entreabren la
boca en rictus a veces desesperado» (Mª Ángeles Raya).
Obras
que se
le atribuyen son:
Cristo del coro del convento de la Encarnación.
Cristo del Calvario de la Iglesia de Santa Ana.
Cristo de la iglesia del Sagrario (de escuela).
Baltasar de Arce, discípulo de Diego de Siloe
Luego su discípulo Baltasar de Arce continuará su estilo hasta la llegada del romanismo con los artistas que trabajan en el retablo de San Jerónimo, la gran empresa del último tercio, «un importante ejemplo de la profunda compenetración existente entre la escuela sevillana y la granadina» según Sánchez Mesa.
La obra de los hermanos García, más apta para el rezo y la devoción recatada
La obra de los hermanos García, Jerónimo Francisco y Miguel Jerónimo García, “hermanos de un mismo parto”, canónigos de la colegiata del Salvador, es más apta para el rezo y la devoción recatada que para el culto multitudinario, y señala ya el camino intimista que luego seguirá Pedro de Mena y toda la escuela granadina.
Por otro lado su obra acusa ya el impacto del romanismo ese estilo inspirado en la obra de Miguel Ángel, de tanto arraigo en la mitad norte de España, que presenta a Cristos y santos corpulentos como atletas, de cuerpos retorcidos sobre sí mismos entre el dolor y la angustia.
Expertos en la técnica del barro cocido y del modelado en cera, su obra es rica en detalles, tanto en la talla cuanto en la policromía, que se repartían entre los dos.
Es
importante su serie
de Ecce Homo:
Ecce Homo de la
cartuja de Granada, con una réplica en la iglesia de los santos Justo y Pastor.
Ecce Homo del
convento del Ángel.
Ecce Homo de la
iglesia de la Colegiata.
Ecce Homo del
Hospital de la Caridad de Sevilla.
El
paño de pureza es del tipo de los que prodigan Montañés y Mesa, y la anatomía de enorme verosimilitud.
Orozco le atribuye el Crucificado de la sacristía de la catedral de Granada: «El paño de pureza acredita un barroquismo muy evolucionado», y señala su influencia sobre el Cristo de los Cálices de Montañés.
Charnela entre un siglo y otro, entre el idealismo manierista y el naturalismo barroco, Pablo de Rojas, paisano y maestro de Montañés, es el creador de los crucificados procesionales andaluces.
Luego de Pablo de Rojas, la escuela granadina, aunque vuelva a encontrarse con la sevillana en la figura multiforme y polivalente de Alonso Cano, se orienta hacia la expresión del dolor íntimo conducida magistralmente por Pedro de Mena, en tanto que la escuela sevillana se desliza hacia el gesto y el alarido trágico llevada de la mano de Juan de Mesa, no obstante el nuevo puente que entre ambas escuelas establece Pedro Roldán.
El espacio hasta la llegada de Alonso Cano lo llenan Bernabé de Gaviria y Alonso de Mena.
Los Apóstoles de Gaviria vanguardia del barroquismo
Gaviria
es
colaborador de Rojas y destaca fundamentalmente por los Apóstoles de la capilla
mayor de la catedral de Granada, arrogantes, dinámicas, verdadero brote
prematuro del barroco decorativo en 1614.
Alonso de Mena, notable escultor de Inmaculadas
Nacido
en Granada
(1587-1646), es artista de técnica y genio limitados, apagado aún más por su
hijo, que buscó el naturalismo y dio forma a esculturas de tamaño pequeño,
menudas y muy sentidas que anticipan lo de Cano. Es
notable escultor de
Inmaculadas, entre las que destacan:
Inmaculada de la
Abadesa (Capuchinas de San Antón)
Inmaculada de la
iglesia de San José.
No
abundan en su producción los temas pasionistas, aunque en los Crucifijos logra
algunas de sus mejores obras:
Cristo de la
iglesia de la Alambra (1634)
Cristo del
Desamparo (iglesia de San José de Madrid, 1635)
Cristo de la
iglesia de Santa Ana (Granada).
En Sevilla firmó contrato de aprendizaje con
Andrés de Ocampo (1604),
aunque o no lo llegó a cumplir o duró poco tiempo, porque enseguida se
encuentra en Granada y su estilo atestigua el magisterio de Pablo de
Rojas y fundamentalmente de sus seguidores Bernabé de Gaviria y Martín de
Aranda. Fue maestro de Pedro
Roldán.
Nació en
Granada hijo del ensamblador Miguel Cano y de María de Almansa y fue bautizado
en la parroquia de San Ildefonso (19-III-1601). Luego la familia (matrimonio,
cuatro hijos y dos hijas) se trasladó en 1614 a Sevilla. Allí Alonso ingresó
como aprendiz en el taller de Francisco Pacheco (17-VIII-1616), donde pudo conocer a
Diego Velázquez y Francisco Zurbarán, y todo parece indicar que la escultura
la aprendió de Juan Martínez
Montañés, cuyo estilo y sentido clásico impregnan su etapa sevillana.
El 26 enero 1625 casó con la viuda María de Figueroa, que murió dos años después. En 1631 (31 julio) contrajo nuevo matrimonio con María Magdalena de Uceda Pinto de León, muchacha de 12 años de edad, sobrina del pintor Juan de Uceda Castroverde.
En Sevilla queda abundante constancia documental de su actividad profesional, especialmente en la ejecución de retablos.
La Virgen de la Oliva tiene «el empaque y apostura de una estatua clásica.»
Cuando en 1938 fue llamado a Madrid, deja una obra maestra, la
Virgen
de la Oliva del retablo mayor de Lebrija, grandiosa, mayestática, con «el empaque y
apostura de una estatua clásica» y una riqueza de dicción y de movimientos que
pronto se manifestarán en la corta y preciosa producción de la etapa madrileña,
visible en el encantador Niño Jesús con la Cruz a cuestas de San Fermín
de los Navarros (Madrid) o en el Crucifijo de Lecároz
(Navarra).
En 1652 vuelve definitivamente a Granada donde es maestro de Pedro de Mena, hijo de Alonso, realiza lo más valioso de su obra y deja una impronta indeleble.
Alonso
Cano
Su
estética, a través de un proceso de estilización idealista, prolonga las
formas del Renacimiento, por lo que sus composiciones son cerradas, metidas en esquemas geométricos de perfil
oval o de huso. Su manera de plegar los paños en grandes masas de ritmo muy
medido da a las figuras un tono solemne, incluso
en las de pequeño tamaño, como se advierte en la maravillosa lnmaculadita (1652 y 1656)
tallada para
remate del facistol del coro de la catedral, tan magníficamente grande en
su pequeñez, que no se puso allí, sino en la sacristía, para mejor deleite
visual. En su lugar, hizo Cano una tierna y sentidísima Virgen de Belén, también
pieza de antología que se guarda en el museo catedralicio.
De 1656 son las cuatro grandes tallas del convento del Ángel
Custodio (S. José, S. Antonio de Padua, s. Pedro de Alcántara
y S. Diego de Alcalá), desbastadas por Mena, impresionantes en su
colosalismo. Más canesca y deliciosa es la estatua en mármol, para el
mismo templo, del Ángel Custodio, admirable de ritmo y de sentimiento.
En la Eva de la catedral resume su ideal de belleza clásico
En su última etapa de labor escultórica destacan de entre las abundantes cabezas, la de San Juan de Dios (Museo de Granada), que tiene la sobriedad y energía de un retrato romano, y, de entre los bustos, los de Ecce Horno y los colosales de San Pablo y Adán y Eva en la catedral. Puede asegurarse que esta pareja de prototipos humanos es lo más perfecto de lo tallado por el granadino, que en sus postrimerías quiso dejar constancia de su ideal canónico. La Eva, particularmente, asombra por su intemporal, inverosímil belleza.
Pedro de Mena y Medrano
Nace en Granada (1628) y se forma en el taller paterno, en el de Bernardo de Mora y fundamentalmente, desde 1652, en el de Alonso Cano, del que asimiló la elegancia y la proporción, aunque moderadas por su vocación naturalista y perfección técnica.
El
gran prestigio alcanzado inmediatamente en Granada y la recomendación de Cano,
le permitieron hacerse cargo, en 1658, de la sillería de coro de la catedral de
Málaga, en la que desarrolló una variada iconografía en figuras casi exentas.
El viaje interior
Hacia
1662 viaja a la Corte llamado por Juan José de Austria donde realiza dos de sus
obras más famosas: el San Francisco de la catedral de Toledo y la Magdalena
de la Casa Profesa de los jesuitas en Madrid. En ellas se suma al virtuosismo
anterior un concepto de hondura espiritual que las hace imprescindibles junto a
las más importantes esculturas del siglo XVII español.
Hombre intensamente religioso, el conocimiento de las obras y artistas castellanos le llevará a simplificar las formas y volúmenes de sus figuras, reforzando en cambio su contenido espiritual: «Las figuras ahora se alargan y espiritualizan; las cabezas se empequeñecen, las órbitas se hunden, las bocas se entreabren, las mejillas se demacran, el plegado se simplifica» (García de la Concha).
Algunas de sus creaciones de este momento
(San Pedro de Alcántara, San Francisco, Magdalena Penitente,
etc.) parecen la definición de estados del alma envueltos sólo por la
carnalidad indispensable para sustentarse.
De vuelta a Málaga, donde fallecería en 1688, la abundancia de encargos que le llegan de toda España, le obliga a utilizar cada vez con más frecuencia el trabajo de taller, tendiendo a fórmulas seriadas en las que, sin embargo, nunca faltó calidad e incluso siguieron apareciendo obras maestras. Su fama de gran artista, de la que se enorgulleció firmando muchas obras, le permitió una clientela insigne, vida acomodada y distinciones como el nombramiento de escultor de la catedral de Toledo.
Las Dolorosas
Entre las creaciones originales de Mena más repetidas y divulgadas están los bustos de Dolorosas, de rostros delicados y expresión afligida que enmarcan mantos y velos de bordes finísimos, ojos de cristal algo elevados, párpados enrojecidos, lágrimas resbalando por las mejillas y boca pequeña y entreabierta, todos ellos recursos plásticos que realzan el valor dramático de la obra.
«Si Mena interpreta el misticismo, Mora es el intérprete del dolor y el sollozo» (Martín González).
José Risueño es continuador de la estética intimista de Cano, de Mena y de los Mora.
Cierra por último la serie de grandes maestros Torcuato Ruiz del Peral (1708-1773) con la espléndida cabeza de San Juan Bautista de la sacristía de la catedral y los santos niños Justo y Pastor de la iglesia del mismo nombre.
Co
mo la escuela sevillana, también la granadina cierra su producción cristológica con el siglo XVII.Luego, el siglo XX ha conocido imágenes nuevas que imitan los viejos modelos, tanto los granadinos como los sevillanos. Cuatro clásicos y cuatro neoclásicos recorren actualmente las calles en Semana Santa:
Cristo de la Lanzada