La autora: Pilar Pequeño Madrid 1944
Nace en Madrid. Después de varios años utilizando el dibujo como forma de expresión, comienza a utilizar la fotografía a partir de 1980.
Fundamentalmente autodidacta, complementa su formación con la asistencia durante dos años al estudio del pintor Justo Barboza y la realización de talleres, jornadas y cursos de fotografía, entre los que destacan los dedicados al sistema de zonas y copia de museo de la Galería Image de Madrid.
Pilar Pequeño, trabaja en series abiertas: invernadero, paisajes, flora, hojas sumergidas..., en la que la naturaleza es una constante. Las imágenes siempre son en blanco y negro, y en pequeño formato, aunque excepcionalmente experimente con formatos de mayor tamaño.
Desde el año 1981 se expone su obra de manera regular y contínua, tanto en muestras individuales como colectivas.
Ha impartido clases y conferencias, participado en encuentros, jornadas, coloquios y mesas redondas sobre fotografía.
Su obra se encuentra en diversas colecciones públicas: Centro de Arte Reina Sofía, Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de Alcobendas (Madrid), entre otros; además, de en colecciones privadas europeas y americanas.

  La obra: Agua, cristal y luz
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Agua, cristal y luz. Los velos de la visión. La mera mención de estos temas basta para suscitar un sinfín de resonancias que se pierden en la fronda simbólica a la que han dado origen desde el comienzo de los tiempos. En la obra de Pilar Pequeño se repiten las imágenes de plantas, hojas, frutos que flotan en el agua, están allí en suspenso como el ser vivo en el líquido anmiótico o -ambivalencia inevitable- como la vida ya muerta en los frascos del museo. La interposición ambigua de la transparencia -¿o del trasluz más velado cuanto más diáfano?- se intensifica y se reduplica con los recipientes cristalinos. En esas imágenes que presentan su objeto a través de dos pantallas translúcidas creo ver el juego, cifrado y enigmático, de la dimensión poética, allí donde las cosas se manifiestan y se ocultan a la par. Los reflejos de la luz sobre las superficies opalinas y su incidencia en la visión de las plantas parecen variaciones sobre lo visible -más o menos claro, más o menos difuso, más o menos “evidente”, más o menos iluminado o difractado- pero lo que en verdad exponen son las paradojas de la visibilidad, nunca separada de lo invisible que la constituye.
No hay visión sin velos. El ojo es la primera pantalla. La mirada le sucede, tanto la de cada cultura como la del sujeto que, por su intermedio, sigue o inventa el itinerario de sus propias afinidades con el universo infinito de lo visual. Sin estas pantallas -unas lentes literalmente imperceptibles porque sólo a través de ellas se percibe- la vista nada puede alcanzar. La sutileza de Pilar está en hacer jugar las transparencia expresas, el plástico de los invernaderos, el agua, el cristal, para dar a ver todas las complejidades secretas que se tejen entre lo visible y lo invisible en el supuesto desvelamiento de una experiencia visiva “directa”. Sus pantallas se disimulan por translúcidas pero a la vez se muestran (valga el motivo omnipresente de las misteriosas burbujas) al dibujar y desdibujar, confundir o separar los perfiles, refractar, condensar o desviar la luz; su interposición deja al objeto dentro de su representación “realista” y también fuera de ella, fusionado con su contexto hialino, hasta ese punto en que el agua o el cristal “están en el objeto” según dice la misma fotógrafa. Por obra de tales transparencia, irisadas y sobrepuestas, la artista nos recuerda la labilidad de aquella frontera nunca zanjada entre lo cerrado y lo abierto, el adentro y el afuera: las orillas son pasajes. El espacio fotográfico se vuelve todo él un umbral que entreabre su campo sin fijar los confines: la indeterminación de lo cristalino juega entre el adentro y el afuera para recordarnos la alquimia gozosa o alucinatoria de las formas.
Cuando Pilar rememora la búsqueda que, sin modelo previo, la ha llevado a unas series de fotografías a otras, se explican muy bien los “hallazgos” que articulan su discurso fotográfico en torno al tema de las transparencia: empezó con la serie sobre los invernaderos, donde la envoltura de plástico cobra relevancia, opacada por los accidentes de su textura o de su armazón, por la aglomeración caprichosa de las gotas o la rizografía mimética del andar de los caracoles. Hasta que un desgarro del plástico nos muestra, sin velo, la imagen limpia de una mata florecida. Después pasó a las hojas en los charcos del Retiro, después a las plantas en un continente de cristal hasta llegar a la abstracción del “cristal en la planta”. De tanto en tanto, al comienzo o al final de las series, la eclosión deslumbrante de una flor desnuda, sin velos, sólo inmersa en un ámbito de luz creado por la fotógrafa.
Nelly Schnaith