La colisión le partió la columna por tres sitios, le rompió la cabeza del fémur y las costillas, le fracturó tres veces la pelvis y once
veces las piernas, y le aplastó por completo el pie derecho (el pie malo de la polio). Era un cuerpo desbaratado enfrentado a un
sufrimiento insoportable. El accidente ocurrió el 17 de septiembre de 1925; se puede decir que entonces empezó a morirse Frida

Kahlo, una larga agonía que culminó 29 años después. Todos llevamos dentro nuestra propia muerte, toda vida es irse desviviendo,
pero Frida falleció de las heridas de aquel choque, tras casi tres décadas de una constante y terrible deterioro. En el entretanto, sin
embargo, hizo muchas cosas. Tenía tal fuerza de voluntad, tanto coraje y tantísimas ganas de vivir que dos años después, tras un
calvario de operaciones corsés, consiguió llevar una vida prácticamente normal pese a los dolores. "No tengo más remedio que
aguantar porque es peor desesperarse", repetía en las cartas que escribía desde el hospital, mostrando ya ese talante heroico que la
hizo sobrevivir donde los demás hubieran muerto: "Estoy empezando a acostumbrarme al sufrimiento". Cuando regresó al mundo,
Frida comenzó a frecuentar un círculo e intelectuales izquierdistas. En casa de la fotógrafa comunista Tina Modotti le presentaron
a Rivera, que esa noche se lió a tiros y rompió un fonógrafo. A Frida le encontró desde el primer momento "aunque me asustara". O

tal vez le encantó desde el primer momento "aunque enseguida y en la fiesta de la boda el pintor volvió a darle al gatillo e hirió a uno
de los invitados. Frida se fue llorando a casa de su padre. Ella tenía 22 años y él 42. Diego Rivera era ya por entonces el pintor más
famoso de México, autor de unos colosales murales de tema revolucionario que hay resultan unos tanto envarados en su estilo
realista-socialista: También era un gigante barrigón y horrendo, de ojos abultados y cara de batracio, sin embargo, gozaba de un
incomprensible predicamento con las mujeres. Se acostaba con toda hembra que podía, para gran desesperación de Kalho. Se dice
que Diego tuvo, entre otras amantes célebres, a las actrices Paulette Godard y María Félix. Además se lió con Cristina, la hermana
de Frida, y esa herida imperdonable les llevó al divorcio. Pero se volvieron a casar dos años, más tarde. Diego era un personaje
inclasificable. En muchos sentidos su comportamiento resulta abominable: por su afán de protagonismo, su insustancialidad, su
crueldad. Su trayectoria política fue de una incoherencia abrumadora; primero perteneció al partido comunista (esto fue durante los

años más feroces del estalinismo) y llegó a pavonearse de haber traído a Trotski a México con el único fin de que lo asesinaran: una
baladronada no por mentirosa menos repugnante. Pero Rivera también debía de ser un tipo imaginativo, divertido cuando quería,
único, exuberante. Frida le describe como quien describe a un dios, a una criatura primigenia: "Su vientre enorme, terso y tierno
como una esfera, descansa sobre sus fuertes piernas, bellas como columnas(...) es un ser antediluviano, un monstruo entrañable".
Para ella Diego es un mito, el ogro bueno y malo de la infancia, el principio mismo de la vida. Y aunque es cierto que Diego la
atormentó psíquicamente y la abandonó en momentos de gran necesidad, también es cierto que en otros momentos fue una gran
ayuda para Frida y que nunca llegó a abandonarla por completo. Diego fue el más apasionado defensor el arte de Kalho ("ella es
mejor pintor que yo") y la persona que más apoyó su trabajo. La relación de Rivera con Frida está llena de dulzura y de crueldad
alternativamente.