genocidios
quirúrgicos que borran
de
la faz de la tierra multitudes,
hombres
ardiendo en medio de las calles,
rimeros
de cadáveres en fosas,
con
filas de empalados que suspiran,
un
líquido negruzco que se escapa
de
la pila de cuerpos insepultos,
mujeres
desolladas, hombres vivos
a
los que les arrancan los testículos,
barro
de tierra y sangre de gargantas
seccionadas
con navajas sin filo,
muertos
hinchados bajo el sol de África,
habitaciones
llenas de trocitos
de
niños rotos, tiros en la nuca,
mil
cabezas clavadas en estacas,
con
mujeres que esperan turno, quietas,
bombas
que estallan en los cementerios
y
matan de nuevo a los que han muerto.
Me relaja.
Es
necesario alimentar al monstruo,
acabar
con los líderes de pueblos oprimidos
y
con los opresores, con la lengua y los templos,
con
los niños que ya incuban el huevo,
con
los pobres, los ricos, los enfermos.
Hay
que destruirlo todo no hay remedio;
no
hay más remedio que la muerte ingente.
Matar,
matar, matar, planeta rojo,
que
no quedemos nadie, que la Tierra
se
busque un nuevo amo, que la hereden
las
cosas y los árboles, los peces...,
que
el hombre ya
no
sirve.