MALOS TIEMPOS PARA LA ÉPICA

 

Fatigan la calzada las legiones

de Cecilio el romano hacia su meta:

una ciudad de fulgor seco y aire

Sólido, límpido, impoluto, de tierra.

Vienen del mediodía, de la Itálica,

cipreses sobre el Betis. El calor

del estío no lo mitiga nada;

los campos amarillos donde el sol

no entretiene a los ojos con un verde

donde posarse la mirada seca.

Entre las jaras grises los barruecos

de curvas grávidas sin sombras.

Nada mitiga este calor de aliento.

La impedimenta del soldado suena

con cada paso de la marcha ronca.

Retazos de palabras en diez lenguas,

masculla un veterano una canción

acompasando la cadencia. Vía

interminable de la Plata, desde

el remoto Gadir hasta la Astúrica

tan próxima a la sede de la Legio

Séptima. Pero, esta vez, el fin

está en los campamentos de Cecilio.

 

No hay para más. No da la pluma con la vena

de la que mane el río de palabras que pueda

cantarles a las armas y al varón. No quedan

varones. Demasiadas armas. Tristes guerras.

Corren muy malos tiempos para la vieja épica.

 

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