ÉTICA

 

Cuando yo era más joven me acusaban de esteta.

Tenía el piso limpio

y, a veces, prefería

buen vino a mal comer.

Camaradas más lúcidos no me tenían claro.

¡Cómo iban a tenerme si me gustaba el rock

y llevar pelo largo tan conspicuo a los ojos

del policía torpe que había en la facultad!

El fútbol – ya se sabe – es una alienación.

Lúcidos camaradas me reñían displicentes

por esa extravagancia tan impropia de mí.

Cuando yo era más joven me escondía los domingos

en esos bares lumpen con tapas de jamón.

Me acusaban de esteta pero era un ortodoxo

que como penitencias de mi camino ascético

me arrojaba a los bares,

tomaba duchas cálidas,

me ceñía los muslos con cilicios de orujo,

azotaba mi espalda con sostenes,

me pasaba las horas orando largamente

sentado ante películas infames:

Kubrick, John Ford, Truffaut, Sergio Leone...

que ensalzaban la abyecta diversión;

castigaba mi orgullo leyendo a García Lorca

y a Borges y a Quevedo, evangelistas

de un reino de tinieblas y silencio.

Cuando yo era más joven descubrí con asombro

que la ética y la estética son la misma razón.

 

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