Lo de siempre 

Dinamita

Promenade

Como si fuera

Guantes blancos

El caso del diccionario falaz

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LO DE SIEMPRE

Es jurable - aunque no necesario -, ya que basta con consultar un mapa de la zona, el parte meteorológico y los libros de la compañía de transportes - que cuando yo subí al autobús eran las once de una espléndida mañana de verano y, desde luego, que tomamos la carretera habitual.

Se puede afirmar también que durante los primeros 30 kilómetros no pasó nada: es decir, yo no puedo afirmar que vi el mesón que hay a la derecha de la carretera o que me diera cuenta de la curva tan cerrada que hay al empezar la subida del puerto; señal inequívoca de que pasamos por esos sitios, porque si no, me hubiera dado cuenta. Ya sabe, usted entra en su casa y se da cuenta enseguida de que ya no está el jarrón encima de la repisa o que su mujer se ha hecho la permanente, aunque no sepa decir con exactitud qué es lo que falta en el salón o qué le ha pasado a su mujer, etc.

Lo que sí está  claro es que yo iba muy enmimismado leyendo una novela policial titulada "Enigma para locos" que se desarrolla en un manicomio con una fauna fácil, aunque algo gratuitamente, identificable con la del autobús.

El primer asesinato debió haberse cometido sobre el kilómetro 40 y fue sobre la persona más inesperada: el administrador. Yo, por supuesto, no me enteré de nada porque, como dije antes, estaba muy concentrado leyendo y me conozco el paisaje de memoria.

Hacia el kilómetro 60, ocurrió el segundo asesinato (tía Agatha, asiento 12, pasillo) que poseía ciertos rasgos de interés: la daga afgana, el rápido veneno -¿curare?-, la enfermera del turno de noche a la que el protagonista había oído llorar aunque ella lo negase... y las sospechas se repartían por igual entre el joven actor paranoico y el anciano senador que parecía normal pero que "oía voces", sin olvidar, ah, no, a la enfermera. Y este fue el momento que eligió el conductor para frenar casi con suavidad; por eso, aunque esta vez el escándalo sería inevitable, tuve que abandonar la lectura, mirar a mi vecina (ahora compañera de infortunio, pero más bien ahora no, sino después de) mirar por la ventana y advertir que estábamos a la orilla de un lago (no diré inquietante) con las ruedas delanteras ya metidas en el agua: detalle curioso, porque un observador imparcial - yo, por ejemplo - habría dicho que era como si el conductor no hubiese advertido el lago hasta que estuvo en él. Sin olvidar el hecho de que la carretera acababa bajo sus aguas.

Sé que es increíble, pero me puse a leer de nuevo negando la evidencia de que la situación empezaba a ser descabellada.

El joven inspector mantenía en esos momentos una entrevista con el director del centro, mientras que entre los internos cundía el desasosiego y afloraban las neurosis hasta tal punto, que el protagonista ( ¿a qué negarlo? ) sentía de nuevo deseos de probar el maldito alcohol, al cual creía haber vencido y en eso estaba, cuando me doy cuenta de que seguía leyendo una novela pese a estar a orillas de un lago que no debiera estar ahí, a pesar de la niebla, ya decididamente viscosa, y estar solo en el autobús, ya que la gente se había bajado y empezaba a conducirse - aún no sabía yo si peligrosamente - de una manera muy parecida a los locos de la novela.

Mientras tanto, el círculo de sospechosos se había reducido al nuevo doctor, Mr. Spencer, y, por supuesto, al joven actor que se reponía de una crisis nerviosa demasiado oportuna a mi entender.

El autor, al empezar el capítulo 9, hizo una de esas cosas que tan mal nos sientan a los lectores de novelas policiales: sacó al protagonista del manicomio ( no era en realidad un manicomio, sino un sanatorio privado para gente con dinero ) apartándolo así del escenario de los crímenes, por no hablar de la ruptura de la Unidad de Espacio y el desasosiego que eso me produce.

Se produjo entonces una notable coincidencia, pues oí decir - a la vez que la leía - la expresión "puré de guisantes" referida a la niebla en ambos casos. Así es que levanté la vista y constaté que, efectivamente, la niebla se había vuelto más espesa y que la gente se hallaba reunida en la orilla mirando hacia el centro del lago.

No me acuerdo bien de cuánto tiempo pasó antes de que alguien pronunciara la palabra "emergencia" y de que, arrogándose un liderazgo que todos estábamos dispuestos a aceptar, nos instara a entregar los alimentos y el tabaco para hacer el consabido depósito de toda catástrofe.

Hice donación de mi paquete de caramelos de menta, mis dos barras de regaliz y de siete u ocho de mis cigarrillos. A continuación, con una inconsciencia que en otras ocasiones no me hubiera permitido, me senté en un pedrusco frente al lago, abrí el libro y me puse a leer.

Ya había pensado yo en la posibilidad de una alucinación colectiva producida por ( ¿gases del motor, quizás? ) algo, cuando se produjo un atentado fallido contra el protagonista ( ¿habría visto algo importante? ) y el asesino volvió a actuar, esta vez sobre la persona del joven actor (de quien yo hubiera jurado su culpabilidad) reduciéndose así el número de posibles culpables ( final del capítulo 11 ).

El conductor, según me dijeron luego, repetía a quien le quisiera escuchar, que la recta se había convertido en lago y que ese camino llevaba quince años haciéndolo y que, ayer mismo, allí no había lago.

El lago se había convertido en la estrella de la mañana y no faltaba quien hubiera visto ya sospechosos remolinos, fugaces colas aplanadas o borborigmos extraños en su superficie.

Parecía claro que el protagonista había visto u oído algo importante que ahora no lograba recordar ( la novela estaba ya ahí ) y me impuse la obligación de repasar las páginas de los primeros crímenes. Lo hice y vi que todo había estado claro desde el principio. Cerré el libro, reuní a la gente haciendo caso omiso de las preguntas del líder, y recomendé montarnos en el autobús y dar marcha atrás.

El lago y la niebla desaparecieron, tal como yo esperaba, y, al avanzar de nuevo, volvimos a ver la familiar N-630 que lleva de Sevilla a León siguiendo la antigua ruta de la plata.

El asesino era el marido del la enfermera del turno de noche que trabajaba, además, de jardinero de la institución.

Muy realistas, decidimos no decir nada a la policía.

 

EL HOMBRE QUE NO SABÍA SI TENÍA DINAMITA EN LOS PUÑOS.

Miguel Torres no tenía la menor duda de que sus gustos eran perfectamente heterosexuales: le gustaban la carne poco hecha, las películas de guerra, las mujeres, el fútbol, el coñac barato, el rockabilly y, por supuesto, el boxeo.

De hecho, cabría decir que el boxeo era su espectáculo favorito, con excepción, quizá, del de mirar a una chica con vaqueros ajustados bailando una rumba.

Miguel Torres estaba en su plena adolescencia cuando boxeaban Cassius Clay, Pedro Carrasco, "Sombrita" y Urtain y se acordaba muy bien de ellos; sin trucos. De verdad se acordaba. Podía citar enfrentamientos memorables y su resultado: Folledo vs Lazslo Papp: victoria del segundo a los puntos; Carrasco vs Mando Ramos y los sucesivos tongos, y cosas así.

Miguel Torres no había visto nunca un combate de boxeo en realidad, pero treinta años de telespectador le habían dado la posibilidad de ver una enorme cantidad de combates y de adquirir la sensación de que entendía bastante.

Desde luego que alguna vez había pensado en ir a un gimnasio y practicar un poco, pero siempre había desechado la idea porque, en el fondo, ir a un gimnasio de boxeadores le parecía cosa de gente canalla, como ir a los billares públicos o a un "tablao" flamenco. Pero, pese a todo, tenía sus sueños: por ejemplo, había decidido que si algún día boxease, usaría la guardia cambiada, de zurdo. Miguel Torres no era zurdo pero sabía lo difícil que eran los boxeadores con la guardia cambiada; pensaba él que ya que no tenía guardia de ninguna clase, le daba igual empezar a aprender la cambiada y así acostumbrarse. Otro problema tonto era que Miguel Torres no le había dado un puñetazo a nadie en toda su vida. Muchas horas de espejo, sí, pero lo que se dice darle un puñetazo a alguien, no había tenido oportunidad.

Eso le contrariaba porque, a los 45 años no sabía si era o hubiera podido ser un pegador, un hombre con la mano pesada, un tipo con dinamita en los puños. Un killer.

No, señor; eso, no lo sabía.

Claro está que el problema podría parecerle baladí a cualquiera que lo considerase desde lejos: ¿cuánta gente ignora el potencial de su pegada?, ¿cuántos campeones del mundo en potencia se han perdido por no haber boxeado nunca?. Muchos. O por lo menos, varios.

Miguel Torres había racionalizado el problema. Echaba la culpa a la España que le había tocado vivir: una España en la que ya nadie se pegaba con nadie. En las escuelas, los problemas del patio se solventaban con un chivatazo al maestro de guardia ("Fulanito me ha llamado gordo", ya saben) y no por el modo directo de los viejos tiempos. Ya nadie se pegaba con nadie; como queriendo decir las personas normales, no los delincuentes, claro.

Miguel Torres sostenía que los educadores y los miembros de la Sociedad Protectora de Animales habían acabado con el instinto de cazador de los seres humanos.

Por eso el asunto era mucho más que saber si con sus puños sería capaz de derribar a alguien de 70 kilos (él pesaba 67); el asunto era si sería capaz de usar sus puños para resolver un problema o si sus instintos reconducidos le llevarían a buscar un guardia y poner una denuncia en la tesitura de tener que defender sus derechos.

El asunto le comía por dentro.

No siempre, claro; Miguel Torres no estaba todo el día pensando en eso. No; pero sería faltar a la verdad si no se dijera que, a veces, cuando iba conduciendo su coche, le asaltaba esa duda mientras el imbécil que se le había cruzado sin poner el intermitente le miraba con displicencia ante su airado toque de claxon. Así, una y otra vez.

Miguel Torres, por fin, decidió hacer una prueba: venciendo sus anteriores reticencias, fue a inscribirse al gimnasio Apolo que estaba cerca, en su barrio, y a favor de la corriente de la moda del ejercicio, se calzó por primera vez unos guantes de boxeo.

Era un día 17 de junio y los guantes eran azules.

Antes se había tirado más de media hora haciendo abdominales y aprendiendo los mínimos rudimentos de la esgrima frente al saco de arena.

Uno, dos. Uno. Uno. Eso es, lanza el jab. Uno, dos. Ahora en serie: uno, dos tres, cuatro. Uno.

Sudaba ya profusamente, cuando el veterano que dirigía el gimnasio le dijo la frase que más anhelaba - y temía, sí - escuchar:

-Vamos a ver qué tienes dentro. Vas a hacer un poco de guantes con El Mono.

El Mono resultó ser un tipo guapo, así que Miguel Torres empezó a temerse lo peor sobre su apodo.

Al principio el Mono le iba ayudando: fíjate cómo te meto el jab, gira sobre mi puño, cúbrete abajo, etc.

Miguel Torres tenía buenas sensaciones y empezó a soltar tímidamente la mano derecha - estaba poniendo la guardia cambiada - y a doblar con la izquierda abajo, en una combinación de auténtico principiante. El Mono le dejaba hacer (al fin y al cabo, era un pureta de más de cuarenta tacos) hasta que empezó a devolver un directo de derecha a la mandíbula cada vez que Miguel Torres le enviaba una izquierda al hígado.

Dicen los que saben que en el hígado no las toma nadie, pero al Mono lo único que parecían producirle los golpes era cabreo. Los directos al mentón, sin embargo, empezaron a crearle a Miguel Torres una envoltura de algodón alrededor del cerebro y en ese estado de silencio lento y blando decidió dar un giro estratégico al combate y fiar su suerte a un único golpe, a un uppercut de izquierda que acabaría con el Mono a pesar de las protecciones.

Lo empezó a ver en la cámara lenta cerebral que todos tenemos desde que somos telespectadores y, lentamente también, le vino la voz del comentarista. Una voz un poco chillona pero cargada de buen juicio y sabiduría; esa voz que también llamamos conciencia o flujo de conciencia o, ya en pleno despliegue de luz y color, monólogo interior en tercera persona, digamos.

"El Mono está boxeando a la contra, completando el trabajo de demolición que empezó en el primer asalto, mientras que Miguel "Dinamita" Torres empieza a basar su estrategia en conectar un solo golpe, en conectar una contra en medio de esas series que le manda el Mono..."

Miguel Torres acortó la distancia y mandó un golpe al plexo solar con la mano derecha; el Mono bajó su izquierda y lo bloqueó; simultáneamente el "Dinamita" Torres le manda un gancho corto al hígado que el Mono detiene bajando su mano derecha e iniciando un gancho de izquierda...

Durante medio segundo la cara del Mono está a la distancia justa de la mano derecha de Miguel Torres...y Miguel Torres no desaprovecha esa ventaja: saca un terrorífico uppercut que se estrella violentamente en la mandíbula del Mono.

Pero nada.

El Mono se queda tan campante y continúa bailando a Miguel Torres que, de repente, ha comprendido que no tiene dinamita en los puños y se cansa de manera inmediata.

Levanta los brazos en señal de abandono, resuella, le hace una carantoña al Mono, le gotea el sudor por la punta de la nariz y se dirige con la toalla al cuello hacia las duchas mientras Kid Lejía, el veterano boxeador que regenta el gimnasio, lo mira con cierta sorna y menea la cabeza en un gesto de conmiseración.

El agua cae sobre la cara de Miguel Torres que tiene los ojos fuertemente cerrados por miedo a la espuma del champú. El suelo de la ducha es áspero y, probablemente, eficaz: si fuera resbaladizo, daría miedo coger hongos. Miguel Torres reflexiona sobre lo que acaba de pasar. Piensa que no debía haber buscado el K.O. Mejor haber castigado poco a poco a su rival. Nada de K.O.s rápidos en el futuro: técnica. Estrategia. Cerebro. Por cierto, hace tiempo que Miguel Torres no juega una partida de ajedrez y, de pequeño, no se le daba mal del todo. Se pone a pensar en ello mientras se seca con la toalla tan áspera que le ha puesto su mujer en la bolsa de deporte.

A los 45 años de su edad, Miguel Torres no conoce los límites de su mente y de su cuerpo.

PROMENADE POR INTERNET

El otro jour iba ego paseando por una de los innumerables paths de INTERNET quan me tropecé avec Caperucita Roja, Sherlock Holmes et Fray Wilhelm de Baskerville.

They walked desolés en dirección a mí.

I asked them que adónde anàven si tristes et Fray Guillermo, en nom de los demás me contestó que se dirigían towards el borde exterior of the Galaxia Marconi pour suicidarse arrojándose into el Mar del Olvido.

"¿Por qué queréis you hacer eso?" - inquirí.

"Cada uno of us tiene sus razones" .- answered Fray Guillermo.- " A Caperucita le han ocupado la cabaña de la grand-ma unos Japanese mangas with el pelo verde; Sherlock ha estat derrotat by a serial killer necrófilo und caníbal que acabó comiéndose al Dr. Watson. I yo perquè me he vuelto bidimensional al pasar al cine."

I looked at him de perfil y pude comprobar que era veritée allò que decía: sólo tenía frente and espalda.

"We aren't the primeros." - Agregó Holmes. - " Ahir se fueron le professeur Aronax et Ned Land, el arponero; mi colega Hercule Poirot i Sandokán. A este paso, mon ami, la WEB de personajes literarios va a quedarse más vacía que el Path de los lectors de poesía."

No supe what decirles et me despedí de ellos compungido. A los pocos pasos recordé something y me volví pour les gritar:

-¡;Eh!

- ¿Qué vols?.- respondió Fray Guillermo.

- ¿Sabéis if Silvia Brums de Arencibia sigue en la Galaxia?

- Who?

- Es un personaje de Jardiel Poncela.

- ¿Javier Con Cela?

- No, déjelo...

Comprendí que Silvia debía haberse marchado hacía ya mucho tiempo ago.

Era mi love de juventud. La recuerdo ara apoyada on el piano de acero con incrustaciones de lapislázuli...pero, esa is otra historia.

Yo mismo me di la vuelta per a volver. No tenía cap sentido continuar un trip en el que los only viajeros que iba a encontrar eran japoneses verdes, comedores de hamburguesas et idiotas autistes que prefieren walk along los senderos de INTERNET instead de por la alameda del río.

No he vuelto desde aleshores. Tengo miedo de acabar sabiendo que también se ha suicidado El Gordo o El Funcionario, unos personajes míos a los que hace long long time que no visito.

COMO SI FUERA

...Hablando de peceras... Yo tenía una cuando vivía en la calle Pelayo. Bueno, en realidad no vivía en la calle Pelayo, sería absurdo. Nadie vive en la calle Pelayo a causa del tráfico. Yo vivía en las casas que hay a ambos lados de la calle. No en todas, claro, vivía en una que estaba en medio de otras dos, así... (lo hace) No sé si Vds. Conocen esta casa que digo... Bueno, tampoco vivía en toda la casa, sólo en uno de los pisos de la casa, justo el que está entre la planta baja y el segundo; vivía en el primero, aunque no es el primero, a menos que empieces a contar por él...

En fin que yo vivía en ese piso y en la sala de estar , que es donde dormía, porque yo estaba más bien en el dormitorio, que es lo que usaba como sala de estar, pues, en fin, yo tenía una pecera para ocupar un rincón. No era de esas redondas (hace el gesto), sino de estas otras; era más o menos así: estas son las paredes de cristal, bueno, estos son mis brazos, pero lo digo así para que podamos entendernos, y esto era el fondo, que estaba puesto para que no se cayera el agua cuando la llenabas. No podía ser de esas otras (hace el gesto de redondo), porque entonces no hubiera encajado, quiero decir ajustado, no en una caja, ya me entienden...no hubiera encajado, digo, en el rincón y, para mí, lo más importante es que encajase en el rincón.

Tenía dos o tres peces, quiero decir que o tenía dos o tenía tres; no puedes tener dos o tres peces a la vez. Bueno a la vez sí, lo que no puedes es tener dos y tres peces... o quizá sí, bueno el caso es que yo tenía , a veces dos peces y a veces, tres. Eran peces de colores, o, para ser exacto, cada pez era de un color, o quizá todos tenían más de un color, excepto uno que no tenía ningún color en absoluto, porque era negro.

GUANTES BLANCOS.

Los guantes blancos dan un calor en las manos terrible y este traje si no fuera porque es bonito (aunque me hace daño en los sobacos), me lo quitaba a pesar del trabajo que se han tomado en casa para vestirme.

Los guantes blancos son un coñazo como un piano.

Con el barro de la culata del fusil se van a poner pringando y me cabrean los guantes mojados y con manchas marrones: si son blancos, pues blancos. El misal de nácar (lo llaman así) tiene las hojas amarillentas aunque es nuevo y lo que más me gusta son los zapatos de pico. Si desfilásemos en camisa o, a lo sumo, con la guerrera... pero obligarnos a llevar el tabardo, no hay derecho. Así no hay quien levante el brazo.

Todo se les estropea: hoy llueve y encima el calor que hace me voy a asar con esta guerrera, pero la cruz de Caballero de Santiago es bonita y los zapatos (son muy bonitos) me hacen daño porque tienen la suela muy delgada y voy pisando encima de las piedras y las noto todas.

Menudo rollo andar tres kilómetros para llegar a la explanada llena de banderas, de enormes cantidades de flores y del olor a incienso, que me gusta tanto.

El caso es que estoy en pecado mortal y, pese a ello, voy a comulgar, pero me da m s vergüenza que dolor de corazón, propósito de enmienda y, ¿qué es lo otro? (encima me olvido de la catequesis). Al menos la misa es corta: quince minutos dijo el pater que en firmes parecen más pero qué larga todavía el agnus dei.

¿Renunciáis (aquel está  feísimo de marinero) a Satanás (¿es esto aquí?) a sus (¿por qué la carne ser  un enemigo del alma?, ¿por qué no el huevo o el pescado?) pompas y a sus obras?

¿Juráis a Dios y prometéis a España - el grito debe echar abajo la tribuna -, besando con unción (¿con unción?) su bandera...? Desde luego, aquí estoy también en pecado mortal.

- ¡;Sí, renunciamos!

- ¡;Sí, lo juramos!

Ahora hay que bajar la vista y juntar las manos, estiradas, una sobre la otra y levantar la cara buscando a la familia entre el público, los fieles, un gesto de asentimiento y cantar mientras se camina que donde esté mi compañía, que se quiten todas, que mi traje de Caballero de Santiago - y eso que mamá  no me quiso comprar la capa- es el más bonito, sobre todo por las hombreras de embajador.

Y ahora la foto con el maestro y con el cura y, si me atreviese a decírselo al capitán, con él.

Y luego el recorrido por las casas para que te den dulces y dinero y la borrachera controlada por la familia.

Las tardes son larguísimas cuando las mañanas están llenas de un rito: esos días, las tardes duran hasta las diez y te das cuenta de que es más tiempo porque te lo pasas bien, pero, a lo mejor quieres que se acaben para levantarte mañana y contarlo y, además, si no llegas a retreta, te la juegas aunque en un día como hoy no debería ser.

Los amigos se mueren de envidia porque ellos ya hicieron la primera comunión y la primera sólo puede ser la primera: la mejor de todas las que han desfilado –mi madre en eso es muy objetiva-, pero los otros dicen que la vez anterior sí que desfilaron bien, aunque no es cierto: este año había más incienso y más flores que nunca (aunque yo en las flores no me fijo).

La comida no es muy buena hoy, así que me voy con la familia a comer a otro sitio, todos en casa (tres maestros han venido: el que más me gusta – y, sin duda, él lo sabe porque me ha regalado una cámara fotográfica – también está, pero luego he perdido de vista al alférez, que es de lo mejor).

Y no parece que haya habido lío, pero sí lo ha habido, sobre todo después, que he tenido que soportar los guantes blancos y el rosario enrollado en la mano con el misal y el tabardo.

Si no nos lo hubiéramos tenido que poner con los zapatos blancos, todo habría ido mucho mejor.

EL CASO DEL DICCIONARIO FALAZ

Sí, yo también he leído ese cuento de Borges que se llama "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", pero les aseguro que mi caso no es el mismo que allí se narra y, aunque guarda ciertas similitudes, posee también ciertas peculiaridades que lo hacen diferente.

Todo empezó hace dos meses. Yo estaba, como tantas veces, escribiendo en mi biblioteca y, como tantas veces, tenía a mi lado la 21ª edición del diccionario de la Real Academia en la que, si se da el caso, consulto las dudas que se me presentan. También tengo a mano, como exige mi oficio, el "Diccionario de dudas", de Seco y el María Moliner.

Como otras tantas veces, tuve que buscar el significado de una palabra. Se trataba de la palabra "bahorrina", que yo recordaba haber visto al hacer alguna otra consulta, pero cuyo sentido exacto no podía precisar.

Busqué en la parte correspondiente y, en la página 176, tercera columna, leí:

bahorrina. (Voz onomatopéyica) f. fam. p. us. Parte exterior de la cerviz, cuando es gruesa y abultada.

Debí poner cara de extrañeza. Yo no recordaba que fuera ése el significado, sino otro muy distinto. En un primer momento, pensé que se trataba de una corrección respecto de la 20a. edición que es donde la había visto por primera vez, pero después ese "Voz onomatopéyica" me hizo sospechar: ¿onomatopéyica?, ¿de qué puede ser onomatopeya "bahorrina"?

Quedé confuso. No obstante, antes de buscar un sinónimo de la palabra que yo quería poner, decidí consultar el "Diccionario de uso del español", de María Moliner.

En mi caso, el (mejor, "los", ya que son dos volúmenes) ejemplares correspondían a la reimpresión de 1988. En la página 328 del volumen A-G, segunda columna, hallé la palabra impresa en cuerpo más pequeño que las demás. Leí con perplejidad:

bahorrina 1 *Suciedad revuelta con *agua.  Cualquier clase de suciedad (V. "*AGUACHIRLE").2 (fig.) *Chusma (V. etim. de "VAHO")

En alguna parte había un error. La definición del María Moliner sí se acercaba al recuerdo que yo tenía del significado de bahorrina. "¡;Dios mío"- pensé con el escalofrío de creer haber hecho el tonto durante mucho tiempo–, "será verdad todo lo malo que se dice sobre el DRAE?". Porque yo, a despecho de los vientos dominantes entre los intelectuales de 3a. división B, sostenía la esencial bondad de ese diccionario de la benemérita institución.

No obstante, si he de ser sincero, no me alarmé en demasía por la discrepancia y la atribuí a errata de uno de los dos diccionarios (más bien del DRAE).

No sé si fue al día siguiente o unos días más tarde, tuve que volver a consultar el DRAE. Esta vez, era a cuento de cierto texto sobre las doctrinas religiosas en el medievo, donde aparecía la palabra "husita", cuyo sentido general no se me escapaba, pero que necesitaba precisar.

En la página 800, también 3a. columna, hallé lo que sigue:

husita. adj. Fam. Hecho o dicho fútil y de poca entidad, a que se ha querido dar importancia.

Imposible. Hasta aquí podíamos llegar. El "Hecho o dicho fútil..." es una "pamema". Definitivamente. Es una "pamema" porque esa palabra la conozco muy bien.

Estaba estupefacto. No obstante, tuve fuerza de ánimo suficiente y volví a consultar el María Moliner.

Cualquiera de ustedes puede verificar que allí, en la página 78 del volumen H-Z, se encuentra lo siguiente:

husita (adj. y n.) Se aplica a los seguidores de la *herejía de Juan de Hus.

Lo que se condecía perfectamente al asunto que trataba el escrito donde había encontrado el término.

Se me ocurrían dos posibilidades: o bien los académicos habían escrito las fichas durante una temporada de acentuada dipsomanía (lo que me parecía improbable), o bien entre los linotipistas o quienes fuese de la Editorial Espasa había uno o varios saboteadores.

La hipótesis de que yo me hubiera vuelto loco, la descarté inmediatamente al comprobar que mi mujer hacía la misma lectura que yo, en ambos casos.

Comencé entonces una búsqueda sistemática (que me ha ocupado estos dos últimos meses ) en el DRAE y logré con ello encontrar tres definiciones intercambiadas. Efectivamente intercambiadas; quiero decir, que después de las dos primeras palabras (bahorrina y husita), descubrí que la definición que mi DRAE atribuía a "bahorrina", corresponde en realidad a "cerviguillo"; y la de "husita" (como he señalado más arriba) a "pamema".

Las tres nuevas palabras con definición intercambiada son: "pihua" (que, en mi edición, se define como ungüento compuesto principalmente de la raíz de altea); "pijojo" ( como acto de brindar apurando el vaso) y "salumbre" (espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y especialmente cereales), aunque esas definiciones corresponden, respectivamente, a "dialtea", "carauz" y "troj" como establecí después de interminables y fatigosas horas de búsqueda.

Si lo piensan bien, esas cinco palabras tienen algo en común: son muy infrecuentes y hasta desusadas. Es decir, que tienen pocas posibilidades de ser consultadas alguna vez por alguien.

Inmediatamente – ya que yo también he leído ese cuento de Borges, etc. – decidí revisar otros ejemplares de la misma 21ª edición para ver si contenían los mismos entrecruzamientos de definiciones.

Lo hice: la biblioteca de letras de la Autónoma de Bellaterra, la biblioteca municipal de mi pueblo y hasta el del Departamento de Lengua Española del Instiuto Manolo Hugué, poseen esa misma 21ª edición. En los tres libros las definiciones están correctamente atribuidas.

¿Por qué en mi diccionario no? Aún no tengo una hipótesis satisfactoria y tengo la esperanza de que alguien que lea estas líneas pueda ayudarme.

No se escapan las posibilidades más obvias: broma (o sabotaje) de los cajistas o quienes sean o errata en unos pocos ( no sé si pocos) ejemplares. Lo que, en cualquier caso, convierte a mi diccionario es un ejemplar anómalo, quizá único y –sólo en cierto modo – inútil.

Lo más inquietante, es que en mi Diccionario de dudas y dificultades del español, de Manuel Seco, se advierte (acabo de leerlo) que el uso de "en base a" es preferible a otros tales que "basándome en", "con base en", etc. Y, en la entrada correspondiente a "prever", se advierte que se conjuga como "proveer" y que, por lo tanto, su pretérito indefinido es "preveyó". Las bases de mi mundo (toda lengua importa una Weltanschauung) empiezan a desmoronarse.