Muero por las palabras; las conozco
y sé lo que es la inesperada fiebre
que supone juntar en una frase
la, muerte, puso,
huevos, en, la, herida;
esas palabras vistas tantas veces
sin decir nada más que lo que dicen
y entonces transmutadas por alquimia
en un cuchillo frío, en una lágrima.
Las conozco y conozco su peligro,
pero ya no sé más. La panacea
y la piedra filosofal no tienen
un manual preciso de instrucciones
del que echar mano tantas madrugadas.
No hay materiales nobles: la retorta
contiene muerte, amor, sudor, tristeza,
una lengua de sapo, un poco todo
vale.
Pero el Arte armoniza lo improbable
y la retorta brilla con el oro
final. Pero es el Arte
no yo.
Yo lucho con los versos,
les transfundo la sangre,
hago el trabajo sucio y quedo limpio
y cuántas veces - ¡tantas! - el espíritu
no visita el taller del hechicero.
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