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MUSEO DE LAS ENCARTACIONES http://www.jjggbizkaia.net/castellano/museo_encartaciones/index.asp |
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Barrio de Abellaneda s/n |
Tfno.: 94-650.44.88 Fax.: 94-610.49.90 enkarterri.museoa@bizkaia.org |
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| La Casa de Juntas de Avellaneda
por Manuel Llano Gorostiza (Año 1973) Avellaneda es un pequeño lugar sito en la altura donde Zalla confluye con el extremo sur-occidental de Sopuerta. Para llegar allí es necesario subir de Sopuerta la cuesta de Carral o subir desde Zalla por el alto de Ocharan, la patria de aquel famoso forzudo, compañero del" Chúcula" que llevó la llama sagrada de El Poval para encender el primer horno alto, al que todos conocieron con el nombre de "El fuerte de Ocharan", sobre todo a partir de aquel famoso artículo que le dedicara "Antón el de los Cantares". Escribía don Eduardo de Escarzaga que hemos perdido la memoria de lo que Avellaneda fue, que desconocemos lo que significa. "Ninguno -dice- puede hoy señalar con entera precisión el lugar donde erguía su copa el roble de las libertades encartadas; muchos no saben siquiera que existió; su tronco debió arder un día en el hogar oscuro de un labriego; ni una rama ni una hoja queda de él; apenas el recuerdo". Palabras que valían en su integridad hasta hace pocos años. Pero que actualmente no nos sirven, ya que la Diputación de Vizcaya, coronó felizmente viejas tareas restauradoras, remozando en su totalidad las construcciones donde se celebraron las juntas forales encartadas y un renuevo del árbol de Guernica, el viejo roble foral, crece y extiende su copa, precisamente frente a la Casa del Corregidor y a la vieja torre de Avellaneda, paredaño a la ermita del Ángel Custodio, reconstruida para siempre. Está ésta a unos metros de la carretera y al recuesto de una montaña, sobre una pequeña planicie, cercada por algún que otro caserío que conserva el estilo del país, alguna que otra casa armera (la vieja torre de Urrutia, el solar de aquel general que pintara Goya, nacido más abajo en la Mella), entre cañadas, bajo montes húmedos, sobre escarpadas vertientes, con una vegetación áspera que evoca la imagen de fuertes antepasados, de aquellos banderizos de miembros robustos, rostros fuertes y carácter severo y tenaz, tan maravillosamente retratados por el encartado por antonomasia, por el Cronista don Lope García de Salazar. Avellaneda recuerda el lugar donde celebraban sus juntas los encartados. Hay en él, una plazuela, situada casi junto a la vertiente misma del monte, que en algún tiempo debió ser un cuadrilátero que tendría, según aseguran todos los historiadores, treinta y dos metros de largo por quince de alto. Aún quedan vestigios del viejo empedrado, restos de aquellas piedras hincadas de canto en la tierra, a la manera de encachado. Un muro la defiende a lo largo de todo su circuito, excepto por el norte, donde queda el resguardo de la montaña. La torre de Avellaneda es un edificio similar a las otras torres del país: cuadrada, de paredes lisas y recias, almesanas en altura, sin otros huecos de luz que estrechas saeteras y alguna que otra ventana defendida por fuertes barrotes de hierro. Se desconoce hasta el tiempo en que fue construida esta torre. Eso sí, sabemos que era ya muy vieja en el siglo XVI. Lope García de Salazar la menciona en sus "Bienandanzas e fortunas": "Iñigo Ortiz -dice- cuando vio la revuelta, arredrazó unos mantones e echose en tierra e pegose a la cuesta fasia la torre de Avellaneda". En esta torre es donde estuvo la cárcel de la Merindad y el Auditorio o sala donde administraba justicia el Teniente o Alcalde Mayor de las Encartaciones. Aquí se celebraban las asambleas de los junteros, en antiguos tiempos, cuando por la inclemencia del tiempo, no se podían celebrar al aire libre. Las reparaciones y arreglos que en la torre se hicieron con el andar de los tiempos fueron muchas, mereciendo mención especial las reformas realizadas por los años de 1623 a 1634, con las que fue perdiendo su primitivo y severo carácter banderizo, hasta quedar reducida a la forma de una casa vulgar. En la segunda mitad del siglo pasado quedó abandonada y se arruinó, hundiéndose el tejado. Don Antonio de Trueba llegó a asegurar que el roble de Avellaneda «fue cortado y quemado por los franceses, pero existe otro que se tiene por renuevo de aquél». Renuevo que debió desaparecer en las guerras civiles del XIX. Como desapareció el humilladero del Ángel Custodio... y hubiese desaparecido la torre de Avellaneda de no haber mediado, en 1909, el tesón encartado de Gregorio de Balparda y de las Herrerías que movilizó a la Excma. Diputación de Vizcaya para una labor de retejo y conservación de los edificios de Avellaneda. Posteriormente, en 1932, merced a iniciativa de don Julián Benito Marco Gardoqui, el abogado y bibliófilo encartado a quien cantara Ramón de Basterra, la Diputación acometió la tarea de restauración de la torre, creación de una Escuela de Barriada en la Casa del Corregidor y fundación de un Museo. El arquitecto don Manuel María Smith y el conservador del Museo Arqueológico y Etnográfico de Bilbao, don Jesús de Larrea, se identificaron plenamente con la moción de Marco Gardoqui. Todavía en plena guerra civil de 1936 se llevó al Museo la lauda de don Pedro de Bolívar. Pasada ésta, don José Luis de Goyoaga inició la restauración de la Casa del Teniente Corregidor y don Javier de Ybarra volvió la torre a su almenado, dentro de un plan de renacimientos arquitectónicos encantados en los que pudo contar con la promoción entusiasta del Marqués de Buniel, rematada felizmente por la corporación provincial en 1968. Pero ya es hora de que nos adentremos en su recinto. La gruesa llave de Avellaneda nos pondrá en comunicación con una primera planta que en algún tiempo fue la Cárcel de la República. Dicha cárcel no tuvo primitivamente más divisiones o compartimentos interiores que la llamada red o recinto cerrado por barrotes de hierro, donde pagaban sus penas los presos más culpables. De esta red da noticia un documento del archivo del Valle de Trucios. Se trata del proceso de un pleito, que sostiene el citado Valle de Trucios contra el Valle de Guriezo en el año de 1535. El procurador de este último valle expone: ...«que se querella criminalmente contra los del Valle de Trucios que hablan hecho prendas y represalias y llevándolas a Trucios, siendo del corregidor de Trasmiera; que, habiendo ido al alcance y procurador a la audiencia de Avellaneda a hacer ciertos autos, viniendo de camino, pasando por el Valle de Trucios, estando en casa de Miguel de Trucios, que era junto a San Pedro de Romaña, los cercaron en la dicha casa y dándose favor los unos a los otros y los otros a los otros, los prendieron ignominiosamente y les quitaron las armas, e muy mal tratados e a voz de concejo, con mucho alboroto, los volvieron a la cárcel de Avellaneda, e los pusieron dentro de la red de la dicha cárcel, a donde el teniente general solía poner los homicidas e malhechores». Para la dura condición de la sociedad encartada de fines de la Edad Media resulta normal que los presos estuviesen encerrados en aquella torre todos juntos, sin separación de sexos ni de clases, en un lugar común, y que sólo se distinguieran en la pena por las cadenas y grillos de que fueran cargados y según que fuesen o no metidos en el cepo. Hoy cepo, cadenas, grillos y demás utensilios de la cárcel ocupan la planta inferior o sótano, porque al vestíbulo principal y a la primera planta se le ha querido dar un destino noble, mitad de museo, mitad de testimonio de los afanes de la Encartación de los siglos XVII y XVIII. Por algo, el año 1551, decretó la Junta hacer en la cárcel un departamento separado para aquellos presos que no estuviesen condenados por delitos bajos y afrentosos. Después tendremos ocasión de hablar de dicho recinto.
Estamos en el gran vestíbulo. Y éste ya nos empieza a hablar de la
historia de las nobles Encartaciones de Vizcaya. Penetrar en la Casa de
Juntas de Avellaneda es avanzar por la prehistoria del país. Unas pinturas Luego, los tres escudos de armas más representativos de las Encartaciones: los de Muñatones, con su cruz con cinco lobos en las aspas, las diez panelas y las trece estrellas de los Salazares. A un costado del mismo el tímpano románico de la ermita de San Jorge de Santurce, clásico siglo XII, que nos viene a testimoniar unas devociones entroncadas en el románico, allá por la época en que los señores de Vizcaya veraneaban en Santurce, el puerto de las Encartaciones, lugar delicioso con naranjos y limoneros entonces. El tímpano, desde el punto de vista artístico, en una auténtica maravilla que nos puede servir para fundamentar cualquier estudio que se haga sobre el románico en Vizcaya. Así lo vieron el catedrático Ángel de Apraiz y Juan Antonio Gaya Nuño en su admirable estudio "El románico en Vizcaya". La lauda sepulcral del capitán Pedro de Bolívar, réplica de la que existe en la iglesia de San Vicente de Sodupe, es bronce importante a la hora de apuntar influencias flamencas en el País Vasco, así como la existencia de una estirpe que además de dar un Libertador a América proporcionó valientes capitanes encartados a los Reyes de España. Visitemos, a continuación, las salas de guardia, con sus estandartes y sus picas y chuzos que parecen guardar al Corregidor de las Encartaciones y pasemos por la bella escalera al sótano, donde todavía una estancia sin más claridad que la que entra a través de enrejado tragaluz nos habla de los tiempos en que la torre era prisión. Antes nos hemos referido a un decreto de la Junta en el que se veía retratado el caballeroso corazón de nuestros antepasados. Conviene recordarlo en la cárcel pequeña que hoy sirve de recuerdo de la cárcel mayor que funcionó en las Encartaciones. Dice el citado decreto: "Otro sí, por cuanto es notorio que esta casa y cárcel está vieja y mal reparada, e tiene necesidad de se aderezar y hacer en ella un aposento y un apartamiento, para que estén los presos que fueren personas honradas e de calidad e de por delitos más livianos y no estén entre los que están por ruines, e feos, e viles delitos, e personas baxas, conviene que V. M., con acuerdo de los caballeros hijos de algo e personas de la junta, den orden e manden se haga lo que así conviene". Lo que convenía y se acordó aquel mismo día fue que la casa vieja , que estaba pegada y dada en su mitad con la torre y cárcel fuese quitada para que dicha cárcel quedase libre "y hubiese más largura y espacio para la gente que venía a la Junta". Hoy la cárcel es lóbrega. Pero responde en todo su contenido al inventario de los objetos que existían en la de Avellaneda el año de 1569. Según datos recogidos por los historiadores, era el siguiente: "Primeramente un cepo con su palanca de hierro con que se cierra. Y una cadena de hierro crescida con dos argollas de cadena. Y dos candados con sus llaves. Y seis pares de grillos. E cinco llaves sanas e seis quebradas. E una herrada de cobre. Y un esquilón de metal. E un escaparate con seis tiradores donde se cierran las provisiones". Era un ajuar muy triste el de los presos de las Encartaciones. Pero no olvidemos que ésta fue la única prisión existente en todo el territorio encartado y que ¡jamás! la Junta de Avellaneda permitió a los concejos tener su cárcel propia, como algunos lo intentaron en repetidas ocasiones. El cuidado de la cárcel y la custodia de los presos era oficio del Merino, ejecutor de custodia, el cual por sí mismo ejerció primitivamente este cargo. El año 1562 fue nombrado Merino, Hernando de Trueba por Lope de Salcedo, en nombre y por poder del conde de Orgaz, que poseía la vara de la merindad de Vizcaya por merced del rey Felipe II. Presentándosele a la Junta le expuso la necesidad de nombrar un carcelero que tuviese a su cargo la custodia de los presos. "Pareció presente, dicen las actas del 22 de junio, el Licenciado Trueba, Merino de las Encartaciones, e dixo e por cuanto a su cargo era de goardar los presos que están e vinieren a la dicha cárcel como tal Merino de ellas, tienen necesidad de poner un carcelero, para que resida en dicha cárcel, para que entienda de los dichos presos". La Junta accedió a la pretensión del Merino y fue nombrado carcelero de Avellaneda Pedro de Laiseca. Desde entonces fue costumbre que residiese en Avellaneda un carcelero nombrado por el Merino y reconocido y admitido por la Junta, ante la cual se obligaba "con su persona e bienes presentes e futuros de que terná buena guarda e custodia de los dichos presos, dando fiadores para mayor firmeza e seguridad". Pero dejemos la historia de la cárcel de Avellaneda y subamos hacia el edificio principal, donde se asienta el despacho del Teniente Corregidor de Avellaneda. Era aquel hombre de letras y de nombramiento real que conocía y juzgaba en primera instancia todas las causas civiles, criminales, políticas, gubernativas y militares, sin excepción alguna, que se disputaban entre los hijos y vecinos de la Merindad. Dice José Ramón de Iturriza y Zabala en su "Historia General de Vizcaya y Epítome de las Encartaciones", que antes del establecimiento del Corregimiento y de sus tres Tenientes, regentaba y administraba y justicia en el territorio encartado el Prestamero Mayor de Vizcaya, elegido por sus señores, que, según documentos, eran los de los apellidos Valmaseda, Salazares y Mendozas. Desde el año 1401 en que se establecieron los tres Tenientes Generales del Corregimiento de Vizcaya por el doctor Alfonso Rodríguez, Oidor de la Real Audiencia y Juez Mayor de Vizcaya, en virtud del poder que le dio el Rey don Enrique III en Valladolid a 4 de mayo del citado año, existía un Teniente General o Alcalde Mayor, juez de letras y no natural de Vizcaya, sino de la otra banda del Ebro, examinado y aprobado por el Consejo Real, cuya provisión pertenecía a Su Majestad y su Judicatura duraba el mismo tiempo que la del caballero Corregidor, cobrando su salario anual de las mismas Encartaciones, en cuya Casa de Juntas de Avellaneda residía. Los alcaldes de los pueblos de la Encartación conocían en primera instancia con este Teniente Corregidor. De la sentencia de éstos se apelaba al citado Teniente. Y de éste y de ellos al Corregidor o al Juez Mayor de Vizcaya que residía en la Chancillería de Valladolid. Largos pleitos sobre competencias de jurisdicción y otras causas se siguieron entre el Señorío y las Encartaciones, logrando éstas separarse al fin por fallos obtenidos en su favor en 1740 en cuanto al gobierno económico, pero quedando unidas como antes en lo demás. Desde esta época tuvo el gobierno la Junta de Apoderados de los diez pueblos con un Síndico General que se nombraba anualmente, habiendo quedado con tal motivo excluidos todos los encartados de los empleos del Señorío y reducida su representación en las Juntas de Guernica a un solo voto, del que no podía usar su apoderado sino en los casos de fuero promiscuo. No agradó este estado de cosas a los hombres de las Encartaciones y, por escritura de 16 de Agosto de 1798, volvieron a unirse al Señorío en la forma en que lo estaban antes los Tres y Cuatro Concejos del Valle de Somorrostro, el de Carranza y el de Gordejuela. Siguieron el mismo ejemplo los de Güeñes y Trucios por escritura de 15 de Julio de 1800. Y los restantes valles se incorporaron también en el mismo año por una Real Orden de fecha 15 de Octubre. Desde entonces cada uno de los diez pueblos o valles de las Encartaciones tuvo voto activo y pasivo en las Juntas Generales del Señorío, ingresando cinco en la parcialidad Gamboína y cinco en la Oñacina y formando un grupo o Merindad con el título de Encartaciones. Presiden el despacho del Teniente del Corregidor de las Encartaciones de Vizcaya los retratos de Enrique III, Felipe II y Juana La Loca. Sus efigies están relacionadas con las compilaciones de leyes hechas en la Encartación. Como en toda la tierra vizcaína. los encartados se gobernaron por
costumbres, que elevaron a escritura, por primera vez, el año de 1394,
pasando todas las leyes a un cuaderno cuyo exordio dice así: Estamos ante un monumento de la legislación vascongada que hoy posee la familia Marco Gardoqui. Distingue al Fuero encartado un rigor en las penas que raya en la crueldad. Pero no debemos olvidar que la época en que se escribió existían terribles luchas de bandería que tuvieron lugar en el país durante la Edad Media, que los crímenes que en ellas se cometían eran numerosos y que la dureza de las costumbres que hubieron de imponer y la severidad que era necesario en la ley para contener aquella sociedad avezada al crimen y a la lucha. Además no cabe duda, y nos lo demuestra el mismo Fuero, que la tierra encartada, precisamente por la espesura de sus montañas, fue refugio de malhechores encartados o acotados en otras partes, principalmente en Vizcaya y Guipúzcoa, para los cuales y para sus encubridores eran necesarias unas penas rígidas y severas. Siete capítulos del Fuero tratan de los acotados y de su seguimiento, y dos, de los que piden limosna en los caminos y en las casas y ferrerías. Entre las penas que en este Fuero se imponen se leen: cortar el puño de la mano derecha al que levantase ruido y sacase arma mientras se celebra Junta o Concejos públicos; si no hiriese y si llegase a herir, pena de muerte; arrancar públicamente los dientes, de cada cinco uno, al testigo falso; hacer tres cruces en el rostro con un hierro candente, una en la frente, otra en la faz y otra en la otra faz al mozo o manceba de acotado que pide limosna para mantenerse oculto en los bosques, cortar las orejas a raíz del casco, etcétera. Bien es verdad que posteriormente, en el año de 1574, reunidos los encartados en la Junta de Avellaneda, acordaron que se guardase en las Encartaciones en toda su integridad el Fuero de Vizcaya, que había sido por última vez reformado en 1526, y el año 1576 concertaron, para la observancia del mismo, un arreglo con el Señorío, por escritura pública, que se extendió en la Villa de Bilbao el 30 de Agosto. Desde esta fecha se guardaron en las Encartaciones los dos Fueros, pero sin menoscabo de su propio gobierno y jurisdicción, de suerte "que en los negocios y pleitos en los encartados se entendiesen solamente, en primera instancia, los alcaldes de los valles y el Teniente o Alcalde Mayor de Avellaneda, y en apelación el Corregidor de Vizcaya y el Juez Mayor de Vizcaya en la Chancillería de Valladolid". Recuerdos de estos textos, grabados con personajes ilustres de la Encartación, imágenes adoradas de ermitas de los montes encartados, rodean al despacho del Teniente Corregidor. Ascendiendo las escaleras. y luego de haber contemplado las efigies de encartados tan caracterizados y tan universales como el general Castaños, el general Andéchaga, el general Calvo de Rozas (heroico defensor de Zaragoza), don Santos de la Hera, el general Urrutia y de las Casas, don José Agustín de Llano, Marqués de Llano; don Enrique de Vedia y Gossens; don Lope García de Salazar, don Martín de los Heros, el Arzobispo de Burgos, don Pedro de la Quadra y Achiga,y don Sebastián de la Quadra y Llarena, Marqués de Villarías; se llega a la parte superior de la torre, hoy refugio apto para los que quieran investigar en la historia y en la intrahistoria de las Encartaciones. De nuevo en la plazoleta que circunda la Casa del Corregidor y a la torre de Avellaneda nos queda el admirar el escudo de armas que el edificio ostenta en su fachada principal, datado en el año de 1635. Ya en el año 1629, en la junta del 28 de Agosto, se propuso por parte del Síndico la necesidad que tiene la dicha junta de poner las armas reales de Su Majestad en su auditorio y a un lado las de este Señorío. Ordenársele por su Señoría de la dicha junta que traiga las piedras y haga los dichos escudos, como se requiere, por cuenta de la dicha junta. No habiendo tenido cumplimiento este acuerdo, volviose a decretar el 23 de Enero de 1635 que "por cuanto antes de agora está decretado se haga un escudo de armas, para poder sobre la puerta principal de esta junta, en que se han de poner las armas reales y deste Señorío de Vizcaya, en el dicho Síndico haga hacer el dicho escudo y traiga las piedras necesarias y todo lo demás que convenga, para que se haga bueno". El escudo lo labró el escultor Pedro de Sierra: lleva las armas según el decreto dice, va timbrado con una corona señorial y ofrece como particularidad el que el roble carece de la Cruz que algunos autores -entre los cuales citaremos al propio Escarzaga, tan presente en estos apuntes encartados- señalaban como propia del escudo de Vizcaya y que, en realidad, no lo era en el año 1635, según puede aquí comprobarse. Enfrente de la torre que ostenta tan bello escudo queda el renuevo del roble foral que defiende con su fronda a la ermita del Angel. Era esta ermita una capilla de dimensiones muy pequeñas, abierta de todo por el frente, para que los actos y funciones que en ella se celebraban pudiesen ser presenciados desde la plazuela y desde la planta baja de la torre-cárcel. HaIlábase situada muy cerca de su emplazamiento actual, frente a frente de la torre, en el extremo de la plazuela y la llamaban la ermita o capilla del Angel, por estar dedicada al Angel Custodio. Aunque se desconoce la fecha de su fundación en las primeras actas de la Junta ya se certifica su existencia y su antigüedad. En esta pequeña ermita celebraba la santa misa todos los días festivos un beneficiado del Cabildo de Sopuerta y los presos la oían a través de las rejas de la ventana de la cárcel. El año 1771 el Concejo de Sopuerta derribó la ermita del Angel para hacer la Casa de los Junteros, reconstruyéndola con el mismo ancho largo y capacidad que la primera, al lado del emplazamiento anterior, exactamente donde se ha erigido actualmente, merced a ambiciosa restauración, revalorizada con el cimborrio de Santa María de Soscaño, pieza principal que habla muy alto de las viejas devociones de los hombres encartados. La inmediata casa del Teniente del Corregidor de Vizcaya, merece la pena de una visita. Como merece un estudio la bocina que convocaba a los encartados desde la cumbre del Colixa, descubierta a principios de este siglo en la ermita de San Sebastián de Colixa para que hoy la Encartación pueda conservarla dentro de una vitrina especial, casi con los mismos honores con que conservaba el boceto de la escultura que Mariano Benllieure hizo de Antonio de Trueba, para colocarla en la plaza de Albia de Bilbao. |