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En
la madrugada del
1 de Julio, comenzó el bombardeo desde las alturas de Torrero y Bernadona.
Donde
los franceses habían instalado 30 cañones de sitio, 4 morteros y 12
obuses. En
27 horas que duró el cañoneo, se contaron mas de 1200 disparos, en su mayoría
dirigidos a la Aljafería, que estaba defendida por una compañía de
Cerezo y otra de cazadores de la
legión
portuguesa.
Los imperiales, consiguieron abrir brechas en los muros del castillo, pero
el foso evitó el asalto de su infantería. También fueron alcanzadas las puertas
Sancho y del Carmen.
Al amanecer del día 2, Palafox
regresa a la ciudad con refuerzos, al tiempo que seis columnas francesas
de 500 a 600 hombres se dirigen hacia sus objetivos.
Dos de ellas atacan las puertas del Carmen y Santa Engracia y la tercera
el convento de San José. Las tres restantes se dirigieron a la puerta
Sancho, Aljafería
y los restos del cuartel de caballería.
Fueron recibidos por importante fuego de mosquetones, lo que evitó su
entrada, a excepción de la puerta del Portillo. Pero hay estaba Agustina de
Aragón con su cañón, su certero disparo impidió el asalto.
Esta ofensiva les causó a los franceses 500 nuevas bajas, cifra muy superior
a los defensores. Verdier,
desconcertado por los sucesos, decidió cambiar de planes, concibiendo operaciones
de una plaza fuerte, aún siendo Zaragoza una ciudad escasamente amurallada.
Por ordenes del propio Napoleón,
se empezó a construir paralelas (trincheras de aproximación), entre los
días 3 y 15 de julio.
Mientras tanto, Lefébvre acosaba
los abastecimientos provenientes de Calatayud, Tauste y Tudela. Ya en Zaragoza, Verdier manda construir un puente de barcas, Ebro arriba, a la
altura de Juslibol, con el objeto de cruzar tropas y tomar el Arrabal para
así cerrar por completo el cerco. El 11 de julio consiguen cruzar el
río, si bien con perdidas considerables.
El 12 se lanzan sobre el Arrabal, obligando a los defensores abandonar
el convento de Jesús y las huertas.
No perdieron el tiempo los sitiadores y emplazaron artillería, asimismo, se
dedicaron al saqueo de los pueblos de alrededor, cortaron el caudal de las
acequias, y quemaron las cosechas que estaban a punto de recolectarse.
La escasez de material de guerra y de alimentos se empezó a sentir,
acentuándose con el paso del los días. Hay que destacar que en este primer
asedio, el ejército napoleónico no logró cerrar por completo el perímetro a la capital, la cual, recibía suministros por la parte
del Arrabal que no había sido conquistada.
La táctica francesa continuaba,
esta
vez empleando hornillos o minas subterráneas, empleadas por primera vez en la puerta
del Carmen y Torre del Pino. Si bien, fueron contraminadas por los defensores.
Los trabajos de asedio proseguían consolidando paralelas, emplazando baterías
y preparando el ataque general.
Intuyendo que se estaba amasando el asalto definitivo a la plaza algunas
altas instancias civiles, eclesiásticas y militares intentaron una rendición
a espaldas de Palafox.
El capitán general enterado de estos acontecimientos, los mandó encarcelar
el 20 de julio. Palafox, estaba convencido
de resistir y recibir auxilios.
Verdier, conocedor de los problemas
de Zaragoza se ensañaba con continuos bombardeos y asaltos, con objeto
de atemorizar y desmoralizar a la población.
El 1 de agosto, los franceses recibieron más refuerzos, con la llegada de
la brigada del general Bozancourt,
las
tropas ascendían ya a 15000 soldados.
Entre los días 1 y 2 los imperiales, conquistaron dos conventos en los
extramuros de la ciudad, el de San José (ahora, un parque junto al río Huerva)
y el de los Capuchinos (ahora, la biblioteca de Aragón) en los cuales emplazaron
artillería. De esta forma se completó el cerco de este a oeste, que en toda
su línea contaba con 38 cañones de grueso calibre. A las 4 de la madrugada
del día 3 abrieron fuego todas las piezas, siendo alcanzado el Hospital
de Nª Sª de Gracia (ahora, Banco de España). Repleto de heridos,
teniendo que
ser evacuados a zonas más seguras.
El Ejército
Francés
En el primer asedio estaba formado mayoritariamente por soldados
polacos, con poca experiencia en el combate, pero compensada
de sobras con la temible y eficaz artillería francesa.
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