LEYENDA |
Supongo que resulta complicado redactar una historia que brota de la imaginación o del aroma a sal de la Caleta. No obstante, me encantaría aventurarme en el intento de ofreceros una breve leyenda acaecida en nuestro peculiar mundo sanitario.
Hay quien contaba que en un hospital solían curarse las enfermedades. Supongo que un Gelocatil o un Nolotil o cualquier medicamento que acabara de este modo podría calmar el dolor. Hubo un tiempo en el que me hablaron acerca de la tan nombrada pomada Trombocid, tremendamente eficaz para los sabañones e incluso para los moratones que un marido machista, típico de aquella avanzada sociedad, quisiera provocar en el rostro de su tan amada esposa. También me aconsejaron el conocido Calmatel, una dichosa o casi gloriosa sustancia reservada para las lesiones musculares y que millares de personas utilizaban para aliviar su empeño por limpiar casas, con el fin de ganarse unas pesetillas que le permitieran el sustento de su hogar. Decían que aquel lugar progresaba, que el analfabetismo disminuía mientras el gobierno se aprovechaba de la desinformación ajena.
Me contaron que la seguridad social estaba perfectamente preparada para la atención de una población casi multitudinaria, que pagaba sus impuestos a cambio de morir en la espera de un cáncer no detectado en el momento justo. Y así esta protección social demostraba su valía y hacía honor a su propia denominación: seguridad de la sociedad o del perro vagabundo que se quejaba en silencio ante la inatención del prójimo.
Sin embargo, no se culpaba al personal sanitario que sufría las quejas de una señora dolida, a causa de su espera nocturna en la sala de Urgencias para que una inyección desplazara el vacío de su corazón, tras la pérdida de su hijo desatendido. Tampoco se echaba en cara absolutamente nada a la enfermera estresada por la falta de compañeros en su oficio, ni al celador que llevaba no sé cuántos años acumulando puntos para hacerse con un puesto medianamente aceptable dentro de la hipocresía gubernamental. Por el contrario, a todos ellos achacaban la aportación de ese trocito de cariño que hacía que, aun cuando iban a un entorno en el que el olor a putrefacción y desesperanza impregnaba los pasillos y sus habitaciones, vieran con alegría al médico de gafitas doradas que trajo al mundo al bebé que se convertiría en el nieto del abuelo que saboreaba las obsoletas pastillas juanolas, con el fin de ahuyentar el mal aliento; o tal vez le agradecieran que provocaran la sonrisa de la señora que esperaba derrotada la recuperación del sobrino inconsciente en Cuidados Intensivos, y que no predecía la visita de la última enfermera del turno de la tarde, para ver qué tal seguía el chico.
Tras la escucha detenida de tantos comentarios, supuse que aquellos seres de los que me hablaron debían vivir en un planeta distinto al nuestro, pero cercano, puesto que se conocían muchos datos sobre ellos. Supuse que, aunque no tenía conocimiento del material que los conformaba, parecía que existía en los mismos cierta humanidad, es decir, una especie de sensibilidad interna que les producía el dolor que nunca aminoraría la ingestión de un Gelocatil o un Nolotil. Pensé que mi mundo era distinto porque observaba el esfuerzo continuo del trabajador por mantener a su familia; el apoyo anímico de los enfermeros con sus pacientes, y no sólo el detalle minúsculo de proporcionarles el jarabe perfecto, para esa tos crónica que los aturdía. E incluso llegué a opinar que tal vez el Principito existió y que vino a la Tierra y se adueñó del corazón de los humanos y que por eso, todo era tremendamente perfecto. Estando en esto, al instante, un unicornio del color de la pureza ocupó toda mi visión. Aquel animal se mostraba cabizbajo. Sus ojos encarnaban la mirada de la desolación y la impotencia. Sus crines plateadas acompañaban la torpeza de un trote agotado por el viaje a través del tiempo. A su lado se hallaba el cuerpo inerte de un guerrero espacial, o al menos, eso me pareció al verlo. Era alguien distinto, a modo de elfo, por su baja estatura y piel peluda. Parecía un ser quijotesco en su espíritu, es decir, luchador en su intento por lograr mantener sus valores e ideales de bondad, pues la última expresión de su mirada oscura fue esto lo que transmitió a mi corazón. Colgada de su cintura pendía una cartera de material completamente cubierta de barro. Cuando la abrí hallé una carta roja, tan impactante como su propio contenido:
No soy un ser ficticio. La metamorfosis de mi cuerpo se debe a un experimento químico que pretendí llevar a cabo con el objetivo imposible de cambiar el sentir afanado del hombre que le lleva hacia su propia destrucción. Soy médico del mundo y muero sin encontrar la fórmula de la sinceridad, la verdad y la solidaridad.
Apenas hubieron pasado unos segundos, me encontré sentada en una parada de autobús. Tenía la sensación de haber vivido un sueño y lo achaqué a que me había pasado toda la noche encargada de mis camas dos y tres, debido a mi ocupación de enfermera en la U.C.I.. Esa noche había sido agotadora y la única explicación que hallé fue la de que, tras ir sumida en mis pensamientos de regreso del trabajo, llegué a la estación tan aturdida que me senté y mi mente se adueñó del mundo onírico.
No obstante, a la mañana siguiente me vi con el compromiso de cubrir a una compañera que yacía en su cama debido a los cuarenta grados de fiebre que le provocó una intrusa gripe. Ese día desperté con una sensación extraña de suciedad interior, pero no entendía qué podría ocasionarla. A mi llegada al hospital observé a un muchacho árabe que respiraba entubado y sufría hipotermia. Comprendí que el paso del Estrecho era peligroso, pero también que el hombre se valía del mar como un pretexto para culpar a alguien de la injusta muerte emigrante. Además presencié la mirada perdida del bebé recién nacido que, en coma, esperaba la piedad bondadosa de la seguridad social, para ser el primero en recibir el transplante de corazón gracias al cual devolvería el color rosado a su tez. Y en unos minutos mi cuerpo se llenó de ira porque sintió haber despilfarrado años de vida paseando inconsciente al lado de El Señor Presidente. Quería reveindicar los derechos ausentes del pueblo contemporáneo, increíblemente sometido e impotente. Y culpar la mente, tal vez pensante, del más poderoso, al mismo tiempo que activara su producción de endorfinas y con ellas, el nacimiento de una imaginación más digna de su rango.