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Se puede practicar el senderismo en la Sierra de Gor y elegir entre varias rutas. Aquí, de momento, proponemos las siguientes:

1. Ruta de los Marchales - Llano del Cura
2. Ruta Cortijo de José Herrera - Cascajar - Prados del Rey
3. Ruta: Royo Serval - Las Columinas - Collado del Resinero

 


 

 

 

 

Ruta de los Marchales - Llano del Cura
(Preparada por Jaime Jiménez Gómez) 

Km. 0. Iniciamos la caminata en la fuente. Allí es obligado tomar unos tragos de agua y llenar las cantimploras porque hasta el Marchal Alto no vamos a encontrar fuente alguna. Preparadas las fuerzas podemos tomar la calle de las Eras o subir por los Percheles en busca de la corraliza donde se encierran los toros en la carretera de la Sierra.
540 m. 7'. Al llegar al cruce de la carretera de la Sierra con el carril que viene de Triana, justo enfrente de la corraliza de los toros, se inicia la cuesta de la Encinilla. La encontraremos fácilmente porque está usada. El camino surge con una brusca rampa desde la carretera y se interna enseguida en la pinada. En época de lluvias llama la atención la cubierta de musgo formada debajo de las riscas, resguardada del sol y con mayor humedad. Entre los pinos se deja ver el digital, los lastones, algunos piornos y bastantes abulagas.

1.360 m. 20'. Un poco antes de acabar la pinada, entre los dos últimos pinos, surca a la izquierda un camino poco usado que gira bruscamente en dirección este, como buscando la copa del cerro y que, si lo tomamos, deja a la espalda las tierras de labor. (Si el caminante quisiera continuar un poco por la senda que ha traído y traspasar los últimos pinos, podrá contemplar una bella panorámica. Si se mira a la izquierda, se encuentran las tierras de labor del cortijo el Cerro y, debajo de una gran peña negra se distingue "El Corrío" con la fuente que lo originó; al frente, los llanos del cortijo del Puntal entre almendros; debajo, los secanos, y cercando al río, la vega. En el río se divisan tres de sus puentes: el Puente Chico, los restos del Puente Grande que con sus dos atalayas dividen y limitan la vega, y el puente nuevo dela autopista enlazando los cejos. A ambos lados, entre cárdenas laderas, se vislumbran a la izquierda la blanca hilera de casas de las Viñas y, al otro lado, la réplica casi simétrica de las encaladas casas de Cenascuras.)

El camino que tomamos está poco usado, es pedregoso y resulta menos pronunciado que el que traíamos. La vereda casi recta lleva dirección sureste. Apenas iniciado el ascenso, surgen a nuestra derecha, entre las copas, unos riscales bermejos: es el inicio del tajo Chinejo. Cruzamos un pinar con magníficos ejemplares y pasamos por un riscal entre vinagreras, rompepiedras y atochas. La vereda avanza hacia la hoya Chinejo. A la izquierda, por debajo de la senda, se dejan entrever las blancas casas del pueblo. Aparecen también los primeros chaparros buscando la luz entre los pinos.

Hoya Chinejo. El camino se adentra en la pinada hacia el pie del riscal.

2.000 m. 30'. Al ascender y adentrarnos en la hoya, la vegetación se despeja y deja ver nítido el tajo. Hay unos riscalillos entre los que surge el nuevo camino que hemos de tomar. El giro a la derecha está señalizado por varios mojones de piedras puestos para llamar la atención del caminante. Al girar y encarar el nuevo tramo de senda, nos orientaremos en dirección a Sierra Nevada. El camino nos lleva hacia la piedra bermeja que forma el riscal y va buscando un paso natural. La senda está muy poco usada por lo que hay que ir fijándose en las señales colocadas en los pinos. Atravesaremos la hoya Chinejo, plagada de lastones, vinagreras, gamones, majoletos, pinos, chaparros y, entre ellos, praderas de musgo. El camino asciende con cierta suavidad y al llegar al pie de la risca empezamos a contemplar solitarios escaramujos, madreselvas trepadoras, peonías entre los pedregales y, en las oquedades, recatadas violetas.
Al acercarnos a la raspilla para atravesarlo, la pendiente se hace más pronunciada y unas albarradas de piedra permiten nuestro paso. El camino gira a la izquierda al pasar la raspa. Al cambio de vertiente, las vistas son impresionantes. Merece la pena descansar unos momentos y recuperar el resuello después de la subida: Al fondo, predominando, está la majestuosa y lejana Sierra Nevada, delante Las Indias, el Perú y las canteras...(pero el autor aconseja que se pase la mirada en los blancos neveros de la sierra granadina para identificar el rosario de pueblos perdidos delante del Picón de Jérez e ignorar la grisácea oquedad de las canteras que, como una herida sin cicatrizar, exhibe sus purulentos conos de arenisca.
La vegetación, ya en la cara este, se hace más escasa: vuelve a predominar el lastón y el tomillo, pero también encontramos piornos, bojas, algún rompepiedras y empieza a dejarse ver el durillo. El camino es suave y está en buen estado.

La senda comienza a ascender entre los pinares del cerro, girando hacia la izquierda para dejar ver la segunda cumbre o cerro de Gor. Con la altura comienzan a aparecer las primeras sabinas de porte arbustivo. En primavera y otoño hay que fijar la vista entre las agujas de los pinos para buscar cagarrias, tan frecuentes en esta ladera. El barranco del cortijo del Cerro queda abajo a la derecha, entre almendrales, viñas y tierras de labor.

Lomilla de Luis. El camino pasa por el collado.

3.500 m. 53'. Llegamos al collado de la Lomilla Luis. Desde la morreta, cercana al camino, se puede disfrutar de unas extraordinarias vistas.
A partir de aquí el camino es muy suave pero algo pedregoso, y los pinos comienzan a distanciarse. La vegetación predominante son los piornos y alguna vinagrera en los barrancos o albarradas. Pronto llegamos a los prados que forman el collado entre el cerro de Gor y el cerro Enmedio. El collado es extenso, casi plano y es un punto privilegiado cuando el sol sale y comienza a iluminar con sus rayos el pináculo del cerro Castellón. Si el senderista realiza además el recorrido en primavera, gozará de la esplendorosa eclosión de los gamones: cientos de varitas de san José surgiendo de la pradera.

El cerro Castellón desde el collado del cerro Gor

4.400 m. 1 h. 5'. Se llega al cauce de la pista que viene de los Marchales al Llano del Cura. Aquí termina el recorrido corto. (Para volver a Gor hay que tomar la pista y girar a la izquierda, en dirección noreste. Enseguida se comienza a descender. Dejamos a la derecha el cerro Castellón y a la izquierda el cerro Gor; enfrente se encuentran los Blanquizares con el Picacho; al fondo a la izquierda la loma del "Quemao" y, por encima, el Picón. Al final de la cuesta, pasados los pinos, nos toparemos con la fuente del Marchal Alto. Se podrá beber agua si se sigue el curso de la acequia que sale de la balsa. Hay que buscar la arqueta que hay debajo de la casetilla para obtener una excepcional agua. De vuelta al camino hay que recuperar la pista que pasa por encima, entre los almendros, y continúa paralela a la acequia. En el momento de dar vista al cortijo del Moya, la pista realiza un zigzag, se pasará por una era y los restos de una calera y seguirá descendiendo. El cortijo queda a la derecha. Encima de él hay un pequeño pilar de cemento y si se abre la compuerta de la casetilla, se podrá obtener agua que viene entubada desde la fuente que hemos dejado arriba. De vuelta al camino, seguiremos descendiendo entre las albarradas de almendros para salir al carril que viene de los Marchales. Si giramos a la derecha, nos encaminaremos a los Marchales. Para volver a Gor seguimos la pista que enlaza con el punto kilométrico 11 de esta guía. Distancia aproximada: 1.500 m. Tiempo: 20')
Los que deseen realizar el recorrido largo tomarán el carril a la derecha en dirección sureste por una pista ancha y arenosa, casi blanca, que desciende con suavidad. A la izquierda queda el cerro Castellón en cuya cara este pueden encontrarse restos deteriorados de un fuerte. A la derecha se encuentran Las Sepulturillas con restos arqueológicos por determinar. Las manchas de gamones, entre los piornos, se van haciendo cada vez más numerosas conforme se asientan los ríos de arena que vienen de los cerros.

5.200 m. 1 h. 15'. El carril gira para rodear el cerrillo de los Conejos en suave ascensión. A la derecha, entre las tierras de labor, ahora repobladas de encinas, se puede identificar entre las bojas la olorosa salvia, el verbasco que puede alcanzar los dos metros, el tomillo, la mejorana y otras plantas aromáticas. En el descenso merece la pena fijar la atención en los curiosos álamos que crecen entre la arenisca. Parecería imposible imaginarlos reverdecer en un paraje donde es difícil que prospere hasta la abulaga.

Parecería imposible imaginarlos reverdecer en un paraje donde es difícil que prospere hasta la abulaga. Descendemos hasta llegar a un barranco que separa el cerrillo de los Conejos del cerro las Fuentezuelas. Seguimos la pista y comenzamos a ascender por una rampa abarrancada por las lluvias y el mal estado. Se pasa a continuación por una zona de tierra launa, caracterizada por su color azulado-plomizo, y se gira a la derecha para rodear el cerro del Cuco.

Planta de verbasca. Algunos ejemplares llegan a alcanzar 2 m.

6.200 m. 1 h. 34'. Cuando se llega al pequeño collado, encontramos junto al camino una construcción típica de la zona: una pequeña choza de pastores construida para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Hay que fijarse en la original forma de abovedar el techo a base de lastras. Estamos en la loma Chischis. Comienzan a verse los primeros chaparros; en los barrancos podemos identificar majoletos y, entre los pincharrales, algún roble aislado. La vegetación es escasa: piornos, abulagas, tomillo, hierba del ballestero y lastones. Seguimos caminando entre chaparros de reciente repoblación.
El camino gira suavemente hacia la izquierda y comienza a descender. A nuestra derecha podemos contemplar de nuevo Sierra Nevada; delante se encuentra el cerro las Minas y a su izquierda la Cuerda; el cerro Vallejo queda a nuestra izquierda. A nuestros pies se encuentra el Llano del Cura y la loma de Juanillo coronada por un cortijo semiderruido. El camino traza un arco, pasa junto al collado e inicia un corto ascenso.

6.700 m. 1 h. 45'. Cuando llegamos a la pinada comienza realmente el llano. Estamos ante uno de los paisajes más característicos y bellos de la zona. Las pinadas parecen estar artísticamente distribuidas entre los prados cubiertos de minúsculas florecillas moradas. Los gamones con sus vástagos repletos de semillas esféricas acaban en inflorescencias de capullos blancos rayados en marrón. Estamos ante un paisaje para dejarse perder, acampar en una de sus sombras y dejar transcurrir el tiempo mientras se identifica el sonido de los pájaros.

Si el caminante se adentra entre al vegetación, no debe extrañarse ante la arrancada intempestiva de una liebre, la huida precipitada del jabalí, el desplazamiento silencioso del zorro o el chasquido de las pezuñas de un esquivo ciervo. El senderista también puede iniciar la búsqueda de cagarrias entre los pinos, de setas de cardo en los prados o de colmenillas en las zonas más húmedas.

Llano del Cura. El prado, formado por un manto de flores, evoca el color fucsia

(Una vez recorrido el Llano se tienen dos opciones: volver sobre los pasos y enlazar con el kilómetro 4400 en busca de las fuentes del Marchal Alto o continuar haciendo el recorrido por los Blanquizares y la rambla de los Marchales.)

Inicio del camino hacia el collado del cerro Vallejo. Hay que tomar este barranquillo y torcer a la izquierda entre los pinos.

7.130 m. 1 h. 53'. Para iniciar el recorrido hay que volver al inicio del Llano del Cura, en el lugar que el carril llegaba a los pinos y cruzaba un pequeño barranco que viene de cerro Vallejo. Se inicia el recorrido subiendo por el barranquillo, en dirección este. A unos 50 metros, el barranco se subdivide: tomaremos el más pequeño, el de la izquierda, que nos llevará al collado. Si seguimos ascendiendo, a unos 300 m. podremos retomar el antiguo camino que surge a la izquierda del barranco. Tras recorrer unos 150 m. habremos coronado el collado. Si se avanza un poco sin dejar la raspilla en dirección sur, podrán contemplarse unas inmensas manchas de gallúas únicas en los contornos. La gallúa es una planta rastrera que en otoño ofrece unos astrigentes y rojizos frutos y en primavera se adorna de unas pequeñas y acampanilladas flores blancas.

Al variar de vertiente, el paisaje cambia bruscamente; nos encontramos ante los Blanquizares, un ecosistema único formado por cerros de arenisca y de una gran diversidad botánica. A nuestra derecha surgen tres lomillas descendentes y muy parecidas, la última de ellas es el cerrillo del Huevo. A la izquierda comienzan las tierras de labor con algunas matacadas de chaparros. Nos dirigiremos a frente, al cerrillo del Huevo, por la vereda que baja entre el barranco y la fila de almendros. En el momento que se acaban los almendros, la vereda cruza a la derecha del barranco.

Cerrillo del Huevo. El camino algo abarrancado se distingue en primer término.

Pasado el collado, el cerrillo lo dejamos a la izquierda y el camino faldea para descender a la rambla. El poco uso ha hecho que la senda se abarranque hasta llegar a confundirse con la rambla. El desplazamiento por la arena es muy agradable y en seguida al barranco se va ensanchando para dejar una excepcional pista generada por la acumulación de arenisca. Entramos en el dominio del durillo, siempre en las umbrías. En la solana encontraremos vinagreras, chaparros, enebros y una mancha de romeros. En algún momento se puede ver también gallúa.
El barranco va girando hasta llegar a enlazar con otros y formar una rambla amplia y suave. Se deja ver el cerro del Salero, en la misma linde de Charches, con su peculiar forma cónica. Al final del tramo, la rambla entra en una cerrada y se corta.

8.800 m. 4 h. 14'. Para salvar el paso hay tres opciones: dejarse caer entre las rocas que obstaculizan la marcha, rodear el paso por la izquierda o tomar el antiguo camino que viene de la cuesta del Salero y que rodea la morreta de la derecha según bajamos. Para encontrar este paso hay que retroceder unos 150 metros: nos encontramos con un barranco que viene de los Blanquizares en dirección sureste -a nuestra izquierda si subimos por la rambla-.

Recorreremos unos 50 metros de dicho barranco y, entre los pinos, surge una vereda que nos lleva a un minúsculo collado distante a otros 50 metros. Descendemos por el camino, que ahora es muy visible, y atravesamos una umbrosa pinada. Pasado este contratiempo el paisaje cambia de nuevo, a la derecha persisten los Blanquizares y a la izquierda comienzan las tierras de labor, abandonadas y semicubiertas de chaparros con algún almendro.

Rambla de los Marchales. Al fondo el cerro de Gor.

9.200 m. 2 h. 19'. Llegamos a la rambla de los Marchales. A la derecha queda el Picacho y a la izquierda el cerro de la Peguera con sus múltiples bocaminas, restos de la actividad minera de extracción de galena. Continuamos rambla abajo en dirección a la presa, entre almendros y chaparros por un lado, y pinos por el otro. Surgiendo de las arenas de la rambla es muy frecuente ver el digital, una labiada caracterizada por su doble fila de campanillas color burdeos.

10.000 m. 2 h. 30'. Llegamos a la presa de contención en la cerrada que hace el Picacho. A la izquierda encontramos un cerrillo coronado con restos de eras y pajares. Se toma la pista que se inicia por encima de la presa y tras rodear las eras, nos acercará a la fuente del Serval. La fuente tuvo, hasta hace pocos años, un soberbio ejemplar de esta especie que se secó con las últimas sequías. Pero después del serval le tocó el turno a la fuente... Y como el agua no brotaba, se pensó en remover las entrañas, y lo que antaño fue una hermosa fuente se transformó en una enorme zanja. Pero si el caminante aún desea rehidratarse, deberá dirigirse a los cortijos de los Marchales y allí encontrará un grifo con un pilar donde saciar su sed.
Dejamos atrás el abrevadero y continuamos por la pista que inicia su ascenso al pasar los cortijos. Atrás van quedando las vegas, las balsas y los barrancos tapados por los chopos, los zarzales y los sabucos. Arriba a la izquierda, encaramado en la ladera, se vislumbra el cortijo del Moya.

11.000 m. 2 h. 40'. Cruzamos el carril que viene del cortijo del Moya. La pista sortea un barranquillo y comienza a girar a la izquierda buscando Friagachas. Aparecen las atochas en las tierras incultas.
Al saltar nos encontraremos, al otro lado del valle, con la loma del "Quemao" y el Picón. La Solana Madrid y los calares se dejan ver al fondo. A la derecha están los Muales y delante, casi a nuestra altura, el Picacho, iniciando los Blanquizares.

Para salvar la raspa que conforma los Abulagares, hay que atravesar Friagachas, uno de los puntos más fríos y ventosos de la zona. En los días de invierno pasar por allí es un auténtico infierno. En cierta ocasión lo atravesaba un ingeniero forestal y al conocer el nombre del lugar apostilló que "el lugar en vez de enfriar gachas enfriaría hasta los Altos Hornos de Bilbao".
(Foto 9. Abulagares. Grupo de cabras sobre una risca.)

Al pasar el tajo queda a nuestros pies el inmenso abulagar que da nombre a la zona. Debajo hay un pedregal en donde se encuentra una de las más importantes colonias de peonías de la zona. Florecen en la segunda mitad del mes de mayo y el espectáculo merece ser contemplado: decenas de corolas esféricas de un intenso color fucsia que se van abriendo hasta conseguir algunas lo diez centímetros de diámetro. Los lugareños te aconsejan no olerlas. Pero si visitas la zona en otoño puedes contemplar sus apalmeradas vainas abiertas en dobles hileras de granos negros o rojos semejantes a una granada acabada de explotar. Los pastores suelen utilizar sus semillas para suavizar los dolores de estómago, pues al parecer contienen derivados opiáceos.

11.600 m. 3 h. Desde el paso de los Abulagares se divisa el cerro de Gor que se inicia en Peña Bermeja. La risca de un bonito color rojizo es el lugar ideal para contemplar el paso de rapaces y, en especial, del búho. Es también un lugar muy frecuentado por ciervos o cabras, que suelen sestear en sus frescas covachas. Los pinares que inicia, delimitan el cerro de Gor con las tierras de labor, que van casi paralelas y cercanas al camino. Debajo, atravesando el valle, se vislumbra el río entre las alamedas del Milate; y por encima las Cuevas de Almería, la Peña del Escarmiento con su tajo, la loma del Quemado recubierta de encinas y, coronándolo todo, el majestuoso Picón.
La pista comienza aa descender y ya, sin dejar de hacerlo, nos lleva hasta Gor. En abril el espectáculo hay que buscarlo en la explosión amarillenta de las flores de la abulaga, que tapiza el paisaje entre los vástagos de los gamones.
El carril transcurre paralelo a la línea de repoblación de los pinos. A unos 400 m. del cruce con la carretera de la Sierra, nos topamos con un peñascal a nuestra izquierda.

12.600 m. 3 h. 10'. Dejamos el carril para realizar una visita a este pequeño parque. Merece la pena contemplar la hoya, entre riscales desprendidos al pie del cerro, que ha permitido la conservación sin apenas intervención humana. Allí podemos identificar, entre otros, el durillo, la retama, la sabina, las vinagreras, algunas plantas de efedra, majoletos, pinchos negros y enebros entre madreselvas, lastones, plantas de mejorana, esparto, abulagas, bojas o conejitos.

 

De nuevo retomamos el carril, que sigue descendiendo hasta confluir con la carretera asfaltada que viene de la Sierra.
13.000 m. 3 h. 15'
. Después de pasar la cadena se conecta con la carretera de las Juntas. Caminando ahora por el asfalto y, después de una suave subida, se continúa descendiendo hasta llegar al cerrillo de la Horca. Si el senderista aún le quedan deseos y ganas de andar un poco, podrá desviarse unos metros hasta llegar a la morreta para imaginar la base de lo que pudo ser una torre de señales árabe. A su alrededor se pueden contemplar restos arqueológicos de un antiguo poblado. En la cara norte, descendiendo un poco se detecta la bóveda de un aljibe o silo. De vuelta al camino, la carretera gira bruscamente dejando ver una panorámica, casi cenital, de Gor. Después ya sólo nos queda descolgarnos buscando la calle Triana, para regresar a nuestro punto de partida.

15.000 m. 3 h. 45'. Llegamos de nuevo a la fuente.

Fuente de los Siete Caños.

RECOMENDACIONES:
-Utilice un calzado cómodo.
-Lleve pantalón largo. Hay que atravesar zonas con abulagas.
-Compruebe que la cantimplora tiene agua.
-Las distancias son aproximadas y están tomadas con podómetro.
-Los tiempos son también aproximados.
-No se olvide de la cámara de fotos. Según la época del año puede encontrar una gran variedad de plantas, flores, animales o paisajes. El enclave de los Blanquizares es único.
-Si desea comer acérquese al mesón Casa del Cura y deguste una comida de la zona.
-Para tapear tiene, además del mesón, el bar del Pensionista.
-Si quiere dormir, pregunte por Morillas o la venta del Duque.

Otra ruta a tener en cuenta es la Ruta Verde de Gor-Charches, propuesta por los técnicos del Parque Natural de la Sierra de Baza en su manual "Senderos".

 

Ruta Cortijo de José Herrera - Cascajar - Prados del Rey
(Preparada por Antonio Pablo Jiménez Jiménez y Jaime Jiménez Gómez)

 

El itinerario que proponemos en esta ocasión se inicia en la bocamina que hay próxima al cortijo de José Herrera en la pista que se dirige al cortijo del Cascajar. Para llegar a este paraje partiremos de Gor por la carretera de la Sierra. Después de ascender por la cuesta en dirección al cerrillo de la Horca, dejaremos el pinar del cerro del Gor y el carril que va a los Marchales (Km. 2). Comenzamos a descender en dirección al río. Después de cruzarlo y cambiar de ladera, nos acercamos a los Corrales (Km. 5), pequeño núcleo de población que atravesaremos. La carretera asciende suavemente por la ladera izquierda del río. Atrás dejamos las tierras de labor y las alamedas que forman la ribera. Al llegar al punto kilométrico 8.300m. se puede divisar a nuestra derecha, al otro lado del río, el impresionante pino del Nieto. La carretera nos lleva hasta las Juntas (9.300m); después de atravesar este núcleo de población la pista deja de estar asfaltada y nos conduce de nuevo al río. Una vez atravesado hay que ascender vertiginosamente por unas empinadas rampas hasta llegar al peñón de don Alonso (11.200m). Al llegar a él se suaviza un poco la pendiente hasta llegar a las Casas de don Diego (12.500m). La carretera gira bruscamente para pasar por encima de la cortijada y cruza el barranco junto a una de las fuentes de agua más fresca de la sierra. Merece la pena parar unos segundos y refrescarse. La carretera sigue ascendiendo hasta llegar al cruce de Charches (13.200m.). Tomaremos el carril de la izquierda que nos llevará al collado de Doña Ana (14.700m.). Desde él podemos divisar los Poyos con el risco Cagasebo un poco a su derecha y el calar de Rapa, al fondo. La pista forestal pasa por la fuente de las Víboras (17.400 m) y comienza a descender por la ladera norte del calar de Rapa y San Sebastián. A unos 18.600m. se encuentra el camino que nos conducirá al nacimiento del río Gor. Al llegar a los Borreguiles la pista comienza a llanear. A nuestra derecha se puede contemplar un bello ejemplo de pinar autóctono. Al llegar al cruce de la Chimenea (21.200 m.) debamos tomar de nuevo el carril de la izquierda y comenzar a ascender por la ladera sur del calar de la Casa Heredia. A media ladera surge un carril a nuestra izquierda con la indicación «Casa Forestal del Cascajar» (Km. 22). Descendemos unos cientos de metros y aparcamos el coche debajo de la bocamina. En ella iniciaremos la ruta.

La caminata se realiza por el piso bioclimático denominado supramediterráneo que se extiende por una altitud entre 1.500 y 1.900 metros. Se establece gracias a que la temperatura disminuye con la altitud y determina la presencia de varias plantas características como son el pincho negro (prunus ramburii), vinagreras (berberis hispánica), durillo (amelanchier ovalis), lastón (festuca scariosa).

Km.0. El punto para iniciar la caminata está situado debajo de la bocamina, junto al barranco. Merece la pena ascender unos metros para contemplar uno de los vestigios más fotografiados de la actividad minera de la zona: cobertizos en ruinas, galerías semienterradas, pozos de extracción, restos de la vía para el transporte en vagonetas y la torre de madera sobre el pozo por donde extraían el mineral.

Bocamina. Al fondo los calares de San Sebastián y Rapa.

El carril que vamos a seguir está en muy buenas condiciones y rodea por completo el calar de los Tejoletos.
Estamos situados en el valle en el que se origina el río de Gor y rodeados de espectaculares calares. A nuestra izquierda se sitúa el calar de la Casa Heredia con restos de antiguas minas y que, con sus tonos marrones, contrasta con el gris oscuro de las dolomías que lo componen. El calar de la Casa desciende en dirección este hacia el collado de la Chimenea en donde se inicia un nuevo calar, el de San Sebastián, aún más espectacular con sus paredes de difícil ascenso. A continuación, casi formando un continuo, se encuentra el de Rapa con sus chimeneas y tajos, otrora poblado por el quebrantahuesos, y en el que es probable divisar alguna rapaz; uno de estos precipicios aún conserva la toponimia de Riscos del Buitre. Debajo se encuentran los rejalgaeros producto de la fracturación de la roca por efecto del hielo. La palabra rejalgaero es un localismo equivalente a los términos canchal o pedriza y consiste en una acumulación de bloques de diferentes tamaños.

Cuando acaba la roca fracturada aparece una ancha franja de pinar que abarca desde la Chimenea hasta las Víboras. Dentro de ella y en las proximidades de la Chimenea, destaca un paraje denominado los Borreguiles. En su parte alta, por encima de la carretera, podemos destacar uno de los bosques autóctonos de pino mejor conservados de la sierra. Por debajo de la pista se puede contemplar otra franja de terreno de cultivo abandonado de reciente repoblación establecido sobre las filitas de un vistoso color vino. Hay que hacer notar que próxima a la carretera se encuentra la mayoría de las fuentes de esta vertiente: el nacimiento del río de Gor, las Víboras, la fuente de la Piedra y multitud de chortales. Estas fuentes surgen del contacto entre la roca carbonatada de los calares (formada por calizas, calizas dolomíticas de color gris azulado o dolomías de color gris oscuro por la materia orgánica que contiene), con sus múltiples torcas, y las filitas impermeables, que ocupan la capa inferior.

Más a la derecha se encuentra el cerro de los Frailes y separado por el río, el cerro Negro. Y a nuestras espaldas, el calar de los Tejoletos, cuyas faldas vamos a rodear.

 

Iniciamos la marcha rodeando la loma del Gato sobre la que se asienta el cortijo de José Herrera. Al pasar la raspilla nos topamos con los terrenos de cultivo abandonados que rodean la cortijada. Aún se pueden distinguir, entre las plantas silvestres, restos de árboles frutales y álamos que se regaban con la fuente situada debajo del cortijo.

Cultivos abandonados. Cortijo de José Herrera,

En estos cultivos abandonados, al igual que en los caminos, se establece una comunidad nitrófila por su riqueza en restos orgánicos en la que destaca la boja botonera (santolina rosmarinifolia), la boja fina (artemisa campestris), la manzanilla (helichrysum italicum), además del cardo cuco (eryngium campestris), algunas especies de gramíneas y el manrubio (marrubium supinum). Cuando el nitrógeno escasea son sustituidas por el mancaperro y los lastones. Los mancaperros (astragalus granatensis) son muy abundantes por lo que es dificultoso andar entre ellos por sus espinas alargadas capaces de atravesar la piel de una bota. Su nombre basta para indicar la especial capacidad de esta planta para lisiar (mancar) las extremidades de los caninos.
En las zonas más húmedas y en los cauces de los barrancos, se localiza el espinar, formado por arbustos provistos de fuertes espinas como el majoleto, el pincho negro, los carambujos y las vinagreras.
Por esta zona hemos podido tener ocasión de toparnos con algún ejemplar del reptil más temido de la sierra, la víbora (vipera latasti), a la que hemos podido fotografiar pese a que huía de nuestra presencia. También es frecuente ver por la zona el jabalí (sus scofra), el ciervo (cervus elaphus) y la cabra montés (capra pirenaica). La perdiz (alectoris rufa) y la paloma torcaz (columba palumbus) han sido siempre muy frecuentes.
Los cultivos abandonados dejan paso al pinar de repoblación, que ya no nos abandonará hasta llegar al collado del Resinero.
Debajo nuestra se extiende la loma del Gato que llega hasta la rambla que enlaza con el río de Gor. A la izquierda, bajo el cortijo de José Herrera, aparece unos terrenos muy erosionados denominados los Horcajos. Constituido por filitas fácilmente erosionables y tener una pendiente muy fuerte, se han formado profundos barrancos a veces difíciles de salvar.
Y al igual que sucedía en la vertiente de los calares de San Sebastián y Rapa, en ésta volvemos a encontrar una nueva línea imaginaria de manantiales paralela al carril: cortijo de José Herrera, de Inocencio, los Chachos y el Cascajar.

800m. 8’. Los distintos tipos de terreno se van alternando. Entre los pinos surgen los mancaperros y los pinchos negros. En los bordes del camino se puede distinguir la digital (digitalis obscura) y el heléboro o hierba de los ballesteros porque con él se envenenaban las puntas de las flechas. Es frecuente también el vesbasco (verbascum sp). El pino que predomina es el albar con sus acículas verdes azuladas muy cortas y sus diminutas piñas.
Paralelo a la pista forestal transcurre el antiguo camino semiperdido por el escaso uso desde que se construyó la carretera, pero que desciende suavemente entre los pinos.

1290 m. 14’. El carril pasa junto a una fuentecilla por un abrevadero situado debajo de la carretera. Podemos detenernos unos instantes para beber. Continuamos la caminata entre pinares hasta llegar a un rejalgaero que acaba en el mismo carril, a la derecha del camino. Se inicia en los tajos situados debajo de la loma Escuero.

 

Prunus silvestre el flor. Al fondo cortijo José Herrera y calar de la Casa.

Un poco más adelante nos encontramos con un raro ejemplar de ciruelo silvestre (prunus mahaleb), justo debajo de la curva existente entre el rejalgaero y el Tesorillo. Son muy escasos y se les puede ver también en el barranco de la Juanfría (Fonfría). Son árboles que necesitan cierta humedad en el suelo para desarrollarse.

1.800 m. 26’. Llegamos al cartel con la errónea leyenda de «Monte Cascajar». Estamos debajo de la loma y del collado Escuero y encima del Tesorillo. Frente a nosotros se encuentran los Frailes, una formación rocosa de la que son testigos unas agujas de piedra que recuerdan a unos monjes.
La pista gira sobre la morreta del Tesorillo y se dirige descendente hacia el Cascajar por encima del cortijo de Inocencio.

2.600 m. 38’. Dejamos a nuestra izquierda el carril que va a la caseta forestal y que desciende hacia el cortijo Cepero y la vega del cortijo de Inocencio, en busca del cortijo de la Tía Antonia para luego ascender hacia el nacimiento del río, como anteriormente hemos indicado. El cortijo de los Chachos queda debajo de la pista, junto al barranco que viene del Cascajar. Debajo del cortijo de los Chachos, por encima de la presa, están las ruinas del cortijo de Serafín, y en la otra orilla, las del cortijo del Mora y del Bicho, cerca ya del nacimiento del río.

Últimamente la pista está en muy mal estado de conservación por lo que es muy arriesgado hacer su travesía en vehículo ni siquiera en un todoterreno.
Desde este cruce podemos contemplar por primera vez el Picón de Gor, detrás del collado que une el calar de los Tejoletos y cerro Negro.

Calares de San Sebastián y Rapa desde el cruce del carril que se dirige a la caseta forestal del Cascajar.

2800 m. 40’. El carril pasa junto a una valla situada a nuestra izquierda entre álamos y pinos: estamos en la fuente del Cascajar. Para acceder a ella hay que bajar por una escalera de tierra. Es un lugar ideal para descansar unos minutos entre las frescas sombras que dan los abundantes álamos del barranco. En los alrededores de la fuente hay una zona óptima para ser acondicionada como área de descanso pero que, después de un tímido intento por establecerla, se encuentra en estado de semiabandono.
Entre las piedras bañadas por la corriente se pueden contemplar las planarias (cepea hortensis) hoy casi desaparecida por la acción de los jabalíes y la poca atención de la dirección del Parque. Es una población que permanece en las zonas más elevadas de la sierra y que llegaron a estas latitudes con los fríos del cuaternario.
En otoño es un buen lugar para buscar setas entre los tocones. En algunos troncos crece la seta negra (pleurotus ostreatus). En las proximidades de la fuentes son muy frecuentes ver algunas «bañeras» que utilizan los jabalíes para asearse y desparasitarse.
Una vez saciada la sed retomaremos el camino que ya no dejará de ascender hasta llegar a los Prados. La pista inicia su ascenso entre pinos resineros (pinus pinaster) de enormes piñas. Entre el pinar se dejan ver los lastones, alguna vinagrera y bastantes pinchos negros. Debajo del camino entre los álamos quedan los restos del antiguo cortijo del Cascajar.
Al llegar al barranco comienzan a aparecer el escobón (genista cinerea), típico de lugares secos y soleados y abundante en este tramo del camino. Se asciende en paralelo al barranco del Cascajar. A nuestra izquierda queda el calar de las Torcas.
Al cruzar el barranco el pinar de repoblación disminuye y son más frecuentes los restos de pinar autóctono, pino salgareño (pinus nigra), sabina rastrera (juniperus sabina) y lastonares con piornos y mancaperros.En las proximidades del cauce del barranco se encuentran ejemplares de serbal común (serbus domestica) y durillo.

4.350 m. 56’. El carril se acerca al collado que da vista a la Hoya del Manzano. Al traspasar el collado surge imponente el Picón de Gor. La hoya se extiende a nuestros pies; enfrente, el calar de las Torcas y el de las Grajas separados de cerro Negro por el barranco del Zambrón.

 

 

El Picón de Gor desde la Hoya del Manzano.

Entre el pedregal podemos distinguir la mejorana (thymus mastichina), la boja botonera, la salvia (salvia sp) y el cardo. Las aves más frecuentes con la paloma, la perdiz y el mochuelo (attene noctua).
De vuelta a la pista continuaremos en suave ascensión hacia el collado el Resinero entre algunos bellos ejemplares de pinos.

5.200 m. 1h 14’. Se repecha el collado del Resinero. La pista llega hasta un pequeño helipuerto situado en el mismo collado entre el Picón y el calar de los Tejoletos. Debajo nuestro se encuentra la Juanfría un impresionante valle formado entre el calar de los Tejoletos, la Boleta y el Picón.

A nuestra izquierda se encuentra el Picón. Del helipuerto surge un camino que atraviesa su ladera noreste y nos conduce a la cueva del Agua y a las Corominas. Al frente, separado por los pinares de la Juanfría, está la Boleta con sus inmensos rejalgaeros. En la parte superior puede verse una línea de grutas, algunas como la de la Gente de proporciones enormes.

Vistas de la Boleta. A la izquierda la cueva del Zanahorial.

En el centro del pinar de la Juanfría se encuentra el centenario pino de la Señora, que sobresale entre el resto por su altura y vuelo. Para poder localizarlo entre el inmenso pinar de repoblación hay que buscar la parte media de una fila de álamos que asciende por el barranco que hay delante de los rejalgaeros de la Boleta. (Las diferentes repoblaciones siempre han tenido una mira economicista y se ha primado la producción maderera, realizada con pino silvestre, salgareño o resinero, en detrimento de las diferentes especies autóctonas que han sido destruidas en parte por las propias labores de repoblación. Si a ello unimos la densidad a la que se han plantado, que impide que la luz penetre hasta el suelo, junto a la adificación por la abundancia de acículas del propio pino, se está provocando la desaparición del estrato arbustivo y herbáceo de la zona). Debido a dicha densidad de repoblación es difícil localizar desde el collado el ejemplar más lonjevo de la sierra si no disponemos de unos prismáticos.
Encima del pinar de la Juanfría, a la derecha, queda la cueva del Zanahorial, muy próxima a la pista que hemos de seguir.

(La subida al Picón de Gor es una breve excursión que el caminante puede realizar de forma complementaria. Suele durar unos 50 minutos: 30 minutos de ascenso y unos 20 de descenso. Se inicia en el helipuerto en dirección al Picón. Como punto de referencia hay unas piedras sobre las que los pastores suelen poner sal para las ovejas. Para hacer cumbre hay que caminar todo el tiempo por la raspa que forman ambas vertientes indicada por las tablillas de los cotos de caza. Puede usarse también las frecuentes pistas que el ganado ha generado; pero sin dejar la divisoria de las aguas.

En este tramo se encuentra con abundancia el tomillo rastrero (thymus serpylloides) y la zajareña de monte (sideritis carbonellis); entre los arbustos destacan las sabinas, los enebros y las vinagreras.

 

 

Vistas del Picón desde el riscal del collado del Resinero.

5 m. Llegamos al primer riscal. Debajo de él se pueden ver los primeros durillos enanos. Después hay otros dos riscales más que vamos salteando buscando siempre los pasos que dejan las ovejas. Aparece el pincho negro que en otoño genera unas pequeñas ciruelas o endrinas, las cuales pueden ser utilizadas para hacer pacharán.
12 m. Nos topamos con los primeros pinos de repoblación flagelados por el viento y la nieve. Se asciende hasta llegar a otro riscal. La parte superior está formado por calizas dolomíticas divididas en bloques rectangulares debido a las fracturas agrandadas por la gelifracción. En las oquedades se puede identificar la doradilla (ceterach officinarum), un pequeño helecho utilizado para dar color a la indusión de manzanilla, y el lastón o el verbasco en las zonas donde se acumula mayor humedad.
23 m. Se comienza a ver la cumbre del Picón. Continúan apareciendo arbustos rastreros por la acción del viento, la nieve y la altura. Entre ellas merece destacar el bendejo (pthylotrichum). La vegetación, conforme se asciende,se va haciendo más escasa. Las rocas surgen cada vez más fragmentadas. Se cruza una zona donde suele sestear el ganado con la consiguiente pérdida de la flora autóctona y la aparición de las plantas nitrófilas, impropias de la zona.
Cerca del tajo de la cara norte se puede contemplar un pequeño pero bonito repliegue formado por calizas dolomíticas tableadas.
30 m. Llegamos al vértice geodésico. La vista en días soleados es majestuosa: En lontanaza se distingue Sierra Nevada (S), Picón de Jérez, Sierra Mágina (O), el Mencal, Embalse del Negratín y Sierra de Cazorla (N). Más próximas a nosotros se halla el cerro Quintana, la Boleta, calar de los Tejoletos (E), calar de San Sebastián, calar de Rapa, cerro Negro, solana de Madrid y calar de las Torcas (S).
El camino de vuelta se realiza por el mismo trazado que hemos traído en la subida: línea de vertientes.
50 m. Llegada al helipuerto.

El carril gira a la derecha por la vertiente norte del calar de los Tejoletos. El paisaje cambia por completo: entramos en una vertiente más orientada hacia el noroeste. Las nubes suelen descargar más precipitaciones y aumenta la humedad del suelo con el consiguiente desarrollo de la vegetación.

 

 

Ladera norte del calar de los Tejoletos.

En ambos lados del camino la especie arbórea que predomina es el pino albar.Bajo ellos abunda el enebro enano (juniperus communis) y, en menor proporción, la sabina rastrera. Se encuentran además otros arbustos propios de zonas más húmedas como el arce (acer granatensis), la madreselva arbórea (Ionicera arborea), el durillo, las vinagreras, el pincho negro, los majoletos (crataegus monogyna) y los rosales silvestres (rossa sp.).
En esta zona abunda igualmente el muérdago (viscum album), una planta semiparásita trasportada por el zorzal charlo (turchus viscivorus) que al no poder digerir la envoltura gelatinosa de su semilla, la deposita al defecar sobre una rama. Adherida a su corteza da lugar a una nueva planta que enraíza en la madera del pino.
También debido a la humedad, encontramos distintos tipos de líquenes que se descuelgan entre las ramas de los pinos simulando barbas plateadas.

6.200m. 1h 30’. Estamos en el corazón del bosque poblado por el pino albar (pinus silvestris), llamado así porque suele desprenderse con facilidad dela característica concha estratificada y deja ver su tronco blanquecino. Este pino tiene mayores necesidades de humedad y al igual que la madreselva arbórea, el arce o los enebros enanos suelen ser muy abundantes en esta zona por la misma causa.

Esta zona es rica en aves. En agosto abunda el zorzal charlo formando pequeñas bandadas en los alrededores de las fuentes; el pinzón común (fringilia coelebs) con sus tonos verdosos azulados que al volar deja ver una franja alar blanca; el arrendajo (garrulus glandarius), de mayor tamaño, adornado de vistosos colores; el carbonero garrapinos (parus ater) que se alimenta de los insectos de los pinares.
El depredador alado por excelencia es el azor (accipiter gentilis) o su pariente el gavilán (accipiter risus) que suelen aparecer momentáneamente volando a gran velocidad.
El carril asciende suavemente entre el bosque de pinos hasta girar buscando la fuente de la Juanfría.

6.800 m. 1h. 37’. La fuente se encuentra debajo del camino, bajo un pequeño risco. Junto a ella se ha construido un abrevadero para el ganado. El manantial es de los más frescos de la sierra. Sin embargo hay que tener cuidado con las ortigas que hay en los alrededores por ser zona donde abreva el ganado. Debajo surge un chortal repleto de cardos borriqueros (cirsium sp) y de junquillos. En agosto los cardos están en plena floración y se produce una concentración de insectos, avispas, abejas, abejorros y mariposas de diferentes colores y formas. Llama la atención los tonos atornasolados del agua de las charcas por efecto de los ácidos húmicos del suelo. La zona encharcada da paso a una pradera de diversas gramíneas.
En otoño merece la pena disfrutar por unos instantes de la variedad cromática que se puede apreciar. Una gama de tonalidades se esparce ante nuestra mirada: verde oscuro de los pinos, verde claro de la pradera, verde amarillento de la sabina, verde plateado de las madreselvas con sus blancos y esféricos frutos o verde pajizo de los junquillos. Frente a estos tonos destaca el rojo burdeos de la vinagrarera con toda la gama de colores hasta el amarillo el dorado. Como fondo contrasta el gris rojizo de la formación rocosa de la Boleta.
Continuamos ascendiendo entre esbeltos pinos de limpias ramas, en ocasiones, casi horizontales y con frecuentes codos en el inicio de los troncos por efecto de la reptación en las laderas.

8.600m. 2h. Llegamos al collado entre el Calar de los Tejoletos y la Boleta. A nuestros pies se encuentra uno de los parajes más inesperados y bellos de la sierra: los Prados del Rey.
Los prados están formados por filitas impermeables que permiten la formación de pequeñas charcas como la que puede originarse por encima de la pista en invierno o primavera. Los prados sufrieron una brutal agresión con la construcción de la pista forestal y la repoblación de pinos por debajo de la misma.

La vegetación consiste en gramíneas, nardos y junquillos. En los bordes encontramos el piornal formado por bendejo (ptylotrichum spinosum), ajedrea (satureja cumcifolia) y la vinagrera. Las matas tiene forma de almohadilla y semiesférica para defenderse de las condiciones atmosféricas extremas. Durante el mes de julio vuela una mariposa endémica de la sierra de los Filabres y Baza, la parnasius apollo que es una reliquia de las glaciaciones cuaternarias.

En los prados podemos encontrar la chova piquirroja (pyrrhocorax pyrrhocorax), la alondra (Alauda arrensis), el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) con sus movimientos insistentes de cola, el escribano montesino (Emberiza cia) y en el otoño algunas aves migratorias como el zorzal alirrojo (tordus iliacus) o el mirlo capiblanco (tordus torquatus) con su mancha blanca de media luna en el pecho.

Prados del Rey. Al fondo la Boleta.

.Si el caminante detiene su mirada sobre el cielo, en ocasiones, podrá deleitarse contemplando el vuelo de los buitres o identificar a la reina de las aves: el águila real (aquila chysaetas).

9.300n. 2h. 10’. El carril gira a la derecha por la ladera norte del calar de los Tejoletos. A la izquierda dejamos la Boleta, enfrente el calar de Santa Bárbara con sus múltiples bocaminas, producto de la extracción minera a la que fue sometido, y a la derecha el calar de Casa Heredia. Las minas se han explotado discontinuamente desde el siglo pasado para la obtención de la galena argentífera. A partir de 1965 se empezó a explotar la fluorita que acompañaba a la galena.
El camino comienza a descender y enlaza con el carril que atraviesa la sierra y enlaza con la autopista por Narváez.
9.800m. 2h 15’. Después de pasar junto a dos impresionantes y vetustos pinos llamados los merguizos, el carril se va despejando. A la izquierda existen un depósito que sirve de abrevadero a las ovejas y del que se puede extraer agua a través de una goma. El agua viene entubada desde un manantial cercano que está oculto.
10.300 m. 2h 20’. Surge un carril a nuestra derecha que se dirige al cortijo de José Herrera. El carril pasa junto a las escombreras de una mina y gira a la derecha para rodear la morreta. Se puede tomar este camino y al llegar al barranco descender por él en busca de la bocamina donde dejamos el vehículo, pero el estado del carril y la erosión del barranco desaconsejan su uso. Es preferible continuar por la pista que traíamos y dar un pequeño rodeo. El carril comienza a descender por la cara sur del Calar de la Casa.
10.900m. 2h. 30’. Llegamos al cruce indicativo «Casa Forestal el Cascajar». Se desciende unos cientos de metros en busca del lugar que dejamos el vehículo.
11.200m. 2h 35’. Llegada al punto de partida, junto a la bocamina. La excursión ha llegado a su fin.

 

RECOMENDACIONES

*Utilice un calzado cómodo.
*En otoño y primavera lleve ropa apropiada, los cambios de temperatura suelen ser frecuentes.
*Durante los meses de invierno la carretera de acceso suele estar cortada por la nieve. Infórmese antes de partir.
*La caminata transcurre por una zona en donde abundan las fuentes junto al camino.
*Las distancias y los tiempos son aproximadas.
*No se olvide de la cámara de fotos con un buen teleobjetivo para plasmar las imágenes de la rica flora y fauna de la zona.
*Si desea comer acérquese por el mesón Casa del Cura (Gor) o los restaurantes junto a la autovía Venta Vicario, El Cerrillo, Los Chaparros, Venta Emilio o Venta Nueva.
*Para dormir en Gor pregunte por Morillas o la Venta del Duque. En la autovía están los hoteles Venta Emilio, Venta Nueva o El Cerrillo.


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Ruta: Royo Serval - Las Columinas - Collado del Resinero
Preparada por Jaime Jiménez Gómez y Antonio Pablo Jiménez Jiménez

 

El itinerario que proponemos en esta ocasión consta de un circuito largo que, partiendo de Gor le da la vuelta al Picón (24 km., 6h.), otro circuito medio que puede realizarse llegando en coche hasta el cortijo el Obispo (13 km., 4h.) y un circuito reducido (4,3 km., 2,30h.) desde las Columinas hasta el collado del Resinero y bajada.

Salimos de Gor a pie o en coche en dirección a la cuesta de Baza. A unos 500 m. de distancia cruzamos el puente sobre el río Gor y un poco más allá atravesamos el barranco de las Nogueras (900 m.). Subimos la cuesta y en el momento que alcanzamos el llano (1900 m.) tomamos el cruce que parte hacia la derecha. El camino transcurre entre almendros hasta llegar al Tesorillo (2.600 m.). En esta zona se pasa de los materiales sedimentarios de la depresión Guadix-Baza, constituidos por conglomerados, a los terrenos metamórficos: filitas, dolomías o calizas dolomíticas que dan el relieve situado al este del camino. Cuando llevamos recorridos unos 3.100 m., surge a la izquierda un carril que nos llevaría al cortijo de Pepe Soria y a 25 m., esta vez hacia la derecha, parte la pista hacia el cortijo de Domingo. El sendero desciende hacia la Rambla (3.400 m.) e inicia al cruzarla un suave ascenso. A unos 50 metros antes de llegar al cortijo de Manolo, a la izquierda del camino, hay una pequeña mina de oligisto micáceo (oxido de hierro). Se intentó explotar  pero al llevar una pequeña proporción de arsénico, el hierro obtenido era de baja calidad. El cortijo de Manolo se encuentra a 3.700 m. y unos metros más allá, el del tío Apolo. Cuando hemos recorrido unos 4.600 m. nos topamos con un carril que cruza perpendicularmente la pista que llevamos: a la derecha queda el cortijo Amparo. Los materiales que se observan al lado del camino son fragmentos de calizas dolomíticas de diferentes tamaños y de bordes angulosos formados por la erosión de los relieves montañosos próximos. Estos depósitos, llamados pie de monte, están a veces muy cementados por una costra carbonatada que, si está próxima a la superficie del suelo, impide que prosperen los cultivos. Seguimos en dirección hacia el Picón y llegamos al cortijo del Obispo (5.000 m.). Los chaparros empiezan a mezclarse con los almendros. Pasada la cortijada, y junto a un pequeño pajar, nos encontramos con un cruce. Hemos de dejar el carril que gira a la izquierda y tomar el que surge en plena curva en la dirección este que traíamos; esta pista minera se presenta en peor estado de conservación. Si continuamos la ascensión, el cortijo de Fernando queda a la izquierda (5.400 m.) entre unas eras. En esta zona llama la atención la presencia de pies de encinas entre los cultivos, a manera de dehesa, para aprovechar la bellota con el ganado. Se continúa ascendiendo y en el momento de girar y cruzar un pequeño barranco surge un nuevo cruce (6.000 m.) con el carril que nos llevaría al cortijo de las Micaelas. Es el lugar indicado para abandonar el vehículo e iniciar la caminata.

El coche lo dejaríamos en el cruce de la pista que llevamos con el carril que viene de Perrera, debajo de alguno de los chaparros que pueblan el lugar. A escasos metros del cruce, la pista da un giro de noventa grados y toma dirección norte, en paralelo a las faldas del Picón. Nada más iniciada la caminata descubrimos las bañeras de uno de los habitantes de la zona: el jabalí.

En el recorrido predominan las calizas dolomíticas y al comienzo se encuentran unos  niveles negros ricos en materia orgánica y con restos fósiles de algas marinas.

La vegetación existente es un tomillar nitrófilo integrado por bojas (artemisa sp.), tomillo (thymus sp.), boja botonera (santolina sp.), mejorana (thymus mastichina), romero (rosmarinus officialis), salvia (salvia sp.), crujía (digitalis obscura), zahareña (sideritis hisuta), abulaga (ulex parviflorus), matacandiles u oreja de liebre (phlomis lichnitis) o la ciegaliebre (andryala ragusina) que de sus raíces se sacaba el arjonje, para hacer la liria. La planta predominante es el lastón (festuca scariosa) que dará lugar al lastonar.

 

La pista que nos conduce es suave y ligeramente ascendente. Como la vertiente es algo seca, los rosales silvestres o las vinagreras tienen un porte achaparrado. A ambos lados del camino encontramos terrenos de labor abandonados y elementos que forman parte del bosque mediterráneo: pies de encina y representantes de la orla espinosa como el pincho negro (prunus ramburii), majoleto (crataegus monogyna), agracejo (berberis hispanica) o el escaramujo (rosa sp). Algunas encinas jóvenes están intensamente maltratadas por el sobrepastoreo, lo que ha originado unas formas cónicas muy características de la zona.

540m. 8¨. Cruzamos el barranco de Perrera. El barranco se desliza a nuestra izquierda buscando el cortijo del llano del Enebral. El cortijo está casi oculto entre los chaparros. Al fondo destaca las Atalayuelas, unos picachos de forma cónica muy cerca de la autopista. Y un poco más allá, se distinguen las Lomillas, una formación sedimentaria detrítica constituido por arenas y conglomerados.

A la derecha del barranco se encuentra el cerro Perrera. A mitad de su ladera se pueden observar las escombreras de la mina Alcaraz. A la izquierda del barranco se distingue la formación rocosa del Picacho, sobre él se asienta la Meseta, por encima la risca Colorá (Colorada) y, culminando, el Majarón. A su derecha  se inicia la línea que marca sobre el horizonte la Cuerda, con una pequeña protuberancia formada por el Picón Chico, y culminada por el Picón de Gor como máxima cota.

Los campos de cultivo han sido sustituidos por un manto de bojas, abulagas y lastones. En las lindes aún se pueden distinguir los almendros, tan adaptados al terreno, aunque algunos hayan sucumbido y dejen ver sus troncos resecos .

1.280m.  20'. La carretera gira suavemente por las laderas del lugar conocido como el Majarón, al que daremos vuelta. Entramos en la ladera norte, en la umbría de los Atocharillos. Por debajo de la pista asciende el barranco del mismo nombre. El carril comienza a empinarse y conforme gira al cambiar de vertiente la vegetación se hace más rica y variada. Ahora es frecuente ver digital, salvia, pinchos negros, carambujos y majoletos. Al estar en una vertiente más húmeda, las plantas aumentan su tamaño. Comienzan a ser más abundantes los chaparros, algunos de porte grandioso. Estamos en el Chaparral de los Lázaros, por encima del cortijo del llano del Enebral, en la zona conocida como el Panderón.

 

El carril asciende paralelo al barranco de los Atocharillos. A la izquierda se divisa la corraliza del tío Andrés, un rústica construcción del piedra que aprovecha el riscal para guarecer al ganado.

1.580m. 27´. Continuamos por un bosque repoblado fundamentalmente con pino resinero (pinus pinaster) en detrimento de la encina, que sería el árbol que correspondería. Los arces (acer granatensis) son cada vez más frecuentes como consecuencia de la mayor humedad.

La cuesta se hace dura de ascender cuando el sol castiga nuestras cabezas. Cercano al majar de los Atocharillos, la pista realiza un zigzag para encarar un último tramo y acercarnos a la Columinas. Aparecen las primeras ginestas (genista sp).

A ambos lados del camino abundan los terrenos de labor abandonados con algún raro ejemplar de quejigo (quercus farinea) relegados a las umbrías. Probablemente los restos que podemos contemplar hayan sido diezmados por la acción del hombre o por efecto de la sequía.

2.240m. 43'. Coronamos el collado de las Columinas. A nuestra derecha surge un carril minero que, de continuarlo, nos llevaría a la mina de las Zorreras. Pero merece la pena hacer un alto en el collado. Si miramos a nuestra izquierda, hay un pequeño ensanche sin apenas vegetación arbórea en donde vamos a poder contemplar una planta poco frecuente en la sierra, la efedra, una pariente lejana de los pinos, de porte arbustivo, con tallos verdes y articulados y que es muy utilizada en medicina  como broncodilatador. En este mismo lugar hay un sestero de ganado lo que ha provocado la nitrificación del suelo y la aparición de gramíneas, bojas u otras plantas como el verbascum de grandes hojas blanquecinas o los gamones (asphodelus albus) de raíces tuberosas y flores llamativas llamadas varitas de san José.

 

Si desde este privilegiado lugar miramos a nuestro alrededor en dirección este queda a nuestra derecha el Majarón, a la izquierda los Atocharillos, más alejado el cerro Quintana y la Boleta hacia el norte. Entre ambos el río Baúl y el barranco que asciende hacia la Juanfría (Fontfría). Al fondo se divisa el calar de la Boleta y el de los Tejoletos, que une con el Picón en el collado del Resinero. Al sur se extiende Sierra Nevada; el Mencal, al oeste con sierra Mágina al fondo, y al norte la sierra de Cazorla. A nuestros pies se encuentran las escombreras de las minas.

La vegetación es en esta parte muy abundante. Estamos en la cara norte del Majarón y los pinares cubren la ladera entre piornos y chaparros. En las umbrías son frecuentes los pies de arce, algún quejigo y arbustos como el majoleto y el pincho negro, típico de zonas de mayor pluviosidad.

El carril inicia un suave descenso hacia las bocaminas. La actividad minera ha sido muy frecuente en esta zona. El carril que hemos seguido fue construido para extraer el mineral de sus entrañas. Se explotó la fluorita que se puede encontrar todavía en fragmentos de franciscana, una roca formada por franjas blancas de fluorita y negra de dolomías

3.080m. 53'. El sendero gira brusco hacia la izquierda en busca de la entrada principal de la mina. En ese momento hay que dejar la pista y continuar hacia el este por un camino de herradura que se inicia en la misma curva. La senda toma dirección este en busca del collado existente entre el cerro Panizo y el Majarón. El camino está escasamente transitado y va llaneando entre pinos, piornos y enebros. En algunos tramos la repoblación ha sido tan intensa que ha desaparecido la vegetación original. Y cuando las claras aparecen, surgen con frecuencia los piornos (erinacea anthyllis). Los arces abundan en el contorno y comienzan a escasear, por el contrario, las ginestas. Es muy frecuente contemplar mantos de musgo y líquenes sobre las rocas puesto que son los primeros colonizadores del suelo.

Al cruzar el barranco de las Columinas, que se separa el Majarón del risco del Perro, se comienza a ascender entre agujas de piedra. La mina del Guardia se encuentra a escasos cien metros del cruce entre el barranco y el camino. El caminante podrá encontrarla si asciende  por la margen derecha. La mina presenta un largo corredor horadado en la roca. No se aconseja adentrarse en el interior por el riesgo de derrumbe y por la presencia de un peligroso pozo imposible de detectar en la oscuridad y donde, según se cuenta, perdió la vida un guardia en las postrimerías de la Guerra Civil. De la mina se extraía galena fundamentalmente y en los alrededores se encuentran restos de una fundición de hierro. La vuelta al camino se realiza bajando por el barranco que hemos traído hasta llegar a una risca en cuya base volveremos a reencontrarnos con la senda.

3.610m. 1h. 5'. Llegamos al collado del cerro Panizo desde el cual puede contemplarse la Juanfría. A la izquierda los impresionantes esjalgaeros (pedrizas) que forman la Boleta y que llegan hasta el mismo barranco; al frente unos farallones de calizas dolomíticas en la que se encuentra la cueva del Zanahorial; a la derecha, el calar de los Tejoletos y a nuestra espalda la falda noreste del Picón. Al llegar al collado hay que tomar dirección sur y comenzar a ascender haciendo zigzag por un camino usado por los pastores. No es difícil seguirlo, aunque en muchas ocasiones se subdivida en trochas, siempre ascendentes y en dirección sureste. Si el caminante realiza su paseo en invierno podrá contemplar el fruto blanco casi transparente del muérdago, muy abundante en esta zona. Como curiosidad coja una semilla entre sus dedos y apriete hasta romper su suave piel. El fruto liberará una semilla rodeada de una sustancia gelatinosa que se va haciendo más pegajosa conforme pasa el tiempo. Al ser ingerida por el zorzal charlo (tordus viscisorus) la semila con la gelatina no digerida, se adhiere al defecar sobre una rama y puede germinar si las condiciones de humedad y temperatura son las óptimas. Esta planta semiparásita toma el agua y las sales minerales del pino y realiza su propia fotosíntesis. El fruto, pese a su semejanza con una perla, a sus propiedades mágicas o a la posibilidad de aportar buena suerte en las casas de las que se cuelga por Navidad, es venenoso.

 

La zona está cubierta por una masa de sabinas, enebros rastreros, arces de tonos rojos en sus tallos jóvenes, vinagreras, rosales, majoletos, pinchos negros, algún chaparro reliquia del bosque original y los excesivamente abundantes pinos de repoblación. El sotobosque está cubierto por un manto de piornos y lastones. Debido a las óptimas condiciones climáticas se encuentra uno de los acerales más emblemático de la sierra.

El camino continúa ascendiendo siguiendo la línea de cambio de vertientes en dirección sur-sureste.

4.030m. 1h. 21'. Pasamos junto a unos riscales que quedan a nuestra derecha. En esta zona se pueden contemplar sobre las rocas carbonaticas algunas morfologías de moldeado kárstico. Se observan también varias torcas o dolinas de diferentes tamaños producto de la disolución de los carbonatos o por el hundimiento de cuevas.

La Juanfría se puede divisar ahora más extensamente al haber tomado altura. Se realiza un nuevo zigzag para pasar debajo de otro riscal.

Tras unos 250 m. se corona una meseta formada por un pedregal despejado de vegetación. Junto a ella existe una pequeña explanada formada por dolomías grises replegadas con huellas de karstificación fundamentalmente disoluciones. Sobre ellas se encuentran gran cantidad de líquenes verdosos, naranjas, o negros. La vegetación predominante es el lastonar con algunos ejemplares de efedra, durillo (amelanchier rotundifolia), pinchos negros y encinas muy castigadas por el ganado. Entre las fisuras de las rocas encontramos rompepiedras (rhamnus myrtifolius) y el helecho doradilla (ceterach officinarum).

A nuestra derecha quedan los restos de una escombrera. Se comienza por fin a llanear.

 

4.420m. 1h. 31'. Se llega a una explanada que actúa como mirador. Desde él se puede contemplar la fábrica Pardo, al fondo del barranco de la Juanfría, y la carretera que atraviesa la ladera norte del calar de los Tejoletos hacia el collado del Resinero. Por debajo nuestra se extiende la hoya de la Papas y más a la derecha, la cueva del Agua. Estamos en la umbría del Piconcillo Bajo. Por encima se encuentra el Prao Piostre, probablemente prado Prioste (mayordomo de una hermandad), entre el Piconcillo Bajo y la risca del Perro (con la figura de dicho animal).

La vegetación predominante es el lastonal. Como la zona es muy ventosa los pinchos negros o las sabinas son escasos de altura.

En los alrededores de la explanada se pueden ver una grandes losas a medio metro de altura, son las saleras, los lugares en donde los pastores suelen depositar la sal para el ganado.

De vuelta al sendero se pasa entre un cobertizo hecho de plásticos y las tapias de un diminuto cortijo. El camino se interna entre pinares umbrosos donde los rayos de sol se vislumbran entre las copas de los pinos. Si el caminante realiza la travesía en otoño, puede descubrir semienterrados los sombreros de los nizcalos, en el supuesto de que los abundantes jabalíes no hayan dado antes con el preciado manjar.

Al salir del pinar queda a nuestra derecha unas praderas, resguardadas por la abundante vegetación y la frescura del lugar. Estamos en la fuente de los Tornajos; un afloramiento entre filitas moradas que, salvo en años muy lluviosos, resulta difícil extraer agua. En los alrededores es frecuente ver el heléboro o hierba ballestera (helleborus foetidus) que florece en pleno invierno cuando las nieves hacen su presencia. Merece la pena contemplar las exuberantes madreselvas arbóreas que llegan a competir con los pinos por los espacios libres de la pradera.

 

4.810m. 1h. 43'. El sendero parte de la misma fuente y se divide en dos. El que sigue recto en dirección sureste nos llevará a la hoya de las Papas y a la cueva del Agua. Nosotros hemos de tomar el de la derecha que inicia su ascensión entre los pinos y la pequeña pradera en dirección sur. El camino gira enseguida por encima de la fuente que dejamos a nuestra derecha, entre las madreselvas. Inmediatamente comenzará a zigzaguear e ir tomando altura entre la abundante vegetación. Las sendas se entrecruzan con las trochas formando una pequeña red de caminos por un paraje boscoso y umbrío. Cuando surge entre la vegetación una raspilla, estamos a punto de concluir el interminable ascenso. A la izquierda del camino dejamos una pequeña torca de suave pendiente con madreselvas arbóreas y pinos.

5.200m. 1h. 51'. Se pasa junto a una morreta en la que afloran unas dolomías arenosas grises muy fracturadas y con una típica vegetación. La abundancia de magnesio, que puede ser letal para muchas plantas, junto a la sequedad provocada por la permeabilidad del suelo, hace posible que tallos y hojas aparezcan cubiertas de un tomento (vellocidad) de color blanquecino.

Sobre estas dolomías se depositó un pie de monte procedente del Picón. Estos depósitos han sufrido fracturaciones posteriores que han dado lugar a farallones en donde se encuentra una comunidad de plantas rupícolas: líquenes, musgos, saxifragas (saxifraga sp), que forman pequeños bultos de plantitas en roseta, rhamnus pumilus cuyos tallos se pegan literalmente a la roca...

El trayecto se transforma en una senda suave que busca el collado del Resinero, que se divisa ya a lo lejos. La vegetación comienza a escasear por atravesar la vereda la vertiente este del Picón que, al estar más soleada, resulta menos húmeda.

La marcha se realiza entre canchales que, originados en las cumbres,  llegan hasta el barranco.

6.610m. 2h. 17'. Llegamos al collado del Resinero. El camino desemboca directamente en el helipuerto. Estamos entre el calar de los Tejoletos y el Picón. El carril que asciende viene del Cascajar y continuará en busca de los prados del Rey. Al fondo se divisa el calar de la Casa, el collado de la Chimenea y, a la derecha, los calares de san Sebastián y Rapa.  A nuestra derecha se sitúa la hoya del Manzano con el calar de las Torcas, a su derecha y cerro Negro, a la izquierda.

La marcha ha de dirigirse hacia el collado que forma el Picón con el calar de las Torcas, oculto por la falda. La nueva pista surge entre las saleras del helipuerto. El camino lleva dirección sureste e inicia su recorrido siguiendo la línea de separación de aguas para luego girar a la izquierda hacia los riscales que hacen viso a la izquierda. El camino está poco usado. Al pasar el pedregal de la ladera sureste, la senda discurre descendente entre un mar de mancaperros y abulagas por la linde de pinos. En este tramo es necesario portar un buen pantalón que nos evite las puntiagudas agujas de los temidos mancaperros. Se pasa junto a la fuente del Picón, que mana sólo en años muy lluviosos. Su presencia se detecta por los restos de junqueras que hay por encima del camino sobre las filitas.

Al cruzar la clara la senda se interna en el pinar, se pasa junto a una rudimentaria corraliza construida por los pastores y se dirige en dirección sureste hacia el collado del Picón. El crecimiento de los pinos han provocado la desaparición de casi toda la vegetación autóctona debido a la acidificación del suelo y a la escasez de luminosidad.

7.660m. 2h. 35'. Se llega al collado de mina Rica.  Los restos mineros se pueden detectar por la escombrera que hay a la izquierda del collado. En esta zona se pueden contemplar en las calizas secciones de bivalvos y calizas de crinoideos lo que indica que se formaron en un ambiente marino.

A partir de este momento comienza el descenso hacia la Escucha por un camino paralelo al barranco del mismo nombre.

Al cambiar de vertiente comienza a verse en lontananza el perfil de Sierra Nevada y delante, los Blanquizales con el cerro de Gor. A nuestra derecha queda la pandera sur del Picón y a la izquierda, cerro Negro y el majal de los Corzos.

La vegetación comienza a ser escasa. Siguen presentes los pinares de repoblación y algún arce entre los piornos. La bajada se realiza por un camino que marcha paralelo al barranco. El poco uso, las fuertes pendientes y los arrastres de la lluvia hacen que el piso esté pedregoso y abarrancado en muchos tramos.

8.540m. 2h. 47'. El sendero cruza el barranco, asciende unos metros por la ladera norte del majal de los Corzos y comienza a descender en busca de la hoya del Lastonal y del cerro de la Escucha. Se pasa junto a una clara que deja ver la ladera sur del Picón y la solana del Lobo que, al ser en otro tiempo tierra de labor, deja ver la vegetación autóctona con restos de chaparros entre el lastonal. A media pandera se encuentra el cortijo del Lobo y la cueva de la Horra. En los barrancos, como siempre, se dejan ver arces, vinagreras, alguna sabina y abundantes lastones y piornos.

De nuevo en el pinar, el camino desciende formando un zigzag. Esta zona se repobló con pino salgareños (pinus nigra) cuyo porte es muy diferente al de los altos calares puesto que la densidad les obliga a crecer rectos.

9.100m. 2h. 57'. La salida del pinar nos acerca a un terreno llano que forma la hoya del Lastonal. La hoya termina junto al barranco de la Escucha, que hemos traído desde el collado y que al llegar a nuestra altura se ha unido al barranco del Lobo cerca de la línea de álamos. El barranco se desplaza hacia la derecha entre el Picón y la Escucha por donde va un camino que desciende hacia Perrera y que enlaza en el cortijo de las Micaelas con el trayecto que estamos describiendo.

Atravesamos la hoya por un camino semiperdido por el escaso uso y la abundancia de bojas. Llama la atención las frecuentes bañeras que los jabalíes han horadado para hacer aún más invisible el trayecto. A la izquierda se haya la torca del Cato.

Hay que seguir en dirección este en busca del paso que hay a la izquierda de la Escucha, el cerrete puntiagudo que emerge de la meseta. Al llegar a su base el paisaje cambia bruscamente. Un enorme farallón se despliega a nuestra izquierda en dirección sureste. El lugar se conoce como los riscos de la torca del Cato.

A nuestra derecha queda la Escucha con sus bellas agujas y que conforme nos alejemos del cerro irá variando su configuración hasta hacernos ver el perfecto cono que desde la lejanía conforma este fotogénico rincón de las estribaciones de la sierra.

9.480m. 3h. 4'. Comenzamos a descender por un camino que zigzaguea entre riscales. Estamos en los Trancos. Conforme vamos perdiendo altura comienzan a aparecer los primeros chaparros en los terrenos de cultivos abandonados y cubiertos por el lastonal. Según descendemos disminuye el lastonal y predomina la mejorana, junto a plantas herbáceas y algunas gramíneas.

A nuestra izquierda se contempla un riscal rojizo llamado Poyo Fría; el camino pasa por encima de los restos del cortijo de Bautista que, ocultos a nuestra vista, quedan por debajo. La senda sigue en dirección noroeste hacia la loma del Quemao. Se produce un cambio litólico y morfológico; pasamos de los farallones calizo-dolomíticos de los Poyos a un terreno mucho más blando y deleznable que son las filitas de colores grises, azulados o verdosos que forman un relieve suave y alomado, y en las pendientes, fuertes barrancos muy encajados. Cuando se deja de labrar se van estabilizando de manera que las pequeñas lajas se disponen paralelas unas a otras. Después crece sobre ellas una población de musgos y líquenes que contribuyen a su estabilización. La erosión predomina en los cauces de los barrancos o en zonas en donde el hombre ha roto el equilibrio. La loma del Quemao debería ser un espacio protegido dentro del parque con una repoblación de encinas en los lugares más despoblados, limpieza del entorno, recuperación de sendas, cortijos, etc.

En el inicio del descenso hacia el collado, la vegetación es rastrera: lastón, abulaga, mejorana (thymus mastichina) o digital. Los escasos chaparros irán incrementando su frecuencia conforme descendemos. Los cardos son bastante frecuentes por lo que le ha dado a estos parajes fama de ser muy seteros.

Situados en el collado tenemos las Dehesillas a nuestra izquierda; al fondo el río de Gor con los Muales por encima. A su derecha, en dirección suroeste, se encuentran los Blanquizales que terminan en el cerro de Gor. Al fondo, en dirección noroeste, se encuentra la loma del Quemao que toma el nombre de loma de Fillico. Un barranco separa esta loma del Royo del Serval. A la derecha, en dirección norte, está el cerro de Perrera y sobre él, el Picón. El  cortijo de las Micaelas se divisa en la confluencia de los barrancos que bajan del collado de la loma del Quemao y del Picón y a la otra parte del barranco se encuentra el de las Salvaoras. No se puede ver el cortijo Perrera que está debajo del cerro que lleva su nombre, metido en el barranco.

Al llegar al collado del Serval hay que seguir, entre vertientes, por el camino que desciende por la loma dando vistas al cortijo de las Micaelas.

En el collado merece la pena hacer un pequeño rodeo y perderse entre la dehesa que forman los abundantes chaparros que han ido conquistando el terreno a las zonas de labor.

Los que vuelvan a Gor caminando han de seguir la semiperdida senda que rodea a media altura la loma del Quemao por su cara noroeste. Cuando se alcanza el collado que da vista al cortijo del Pino, el camino desciende en su busca y gira a la derecha, a media pandera, por la cara este de la loma que traíamos, en busca de la pista hecha para los tractores. Llegados a la cerca, continuamos el carril hasta el final de la misma. Luego hay que deslizarse a la izquierda en busca del barranco de las Nogueras, que se distingue por la fila de álamos. Al llegar al barranco se toma una senda que va por su orilla izquierda y que nos conducirá a las cuevas de Almería; y desde allí, hasta Gor.

11.190m. 3h. 29'. Los que iniciaron la marcha  desde los alrededores del cortijo del Obispo, han de descolgarse hacia el cortijo de las Micaelas, que se divisa a la derecha, al fondo del barranco. El trayecto se realiza por la senda que desciende desde el collado del Serval y se dirige en dirección norte por la raspilla de la loma hasta el cortijo. El sendero es suave y transcurre entre hermosos ejemplares de chaparros.

11.690m. 3h. 36'. Llegamos a la era del cortijo de las Micaelas. Dejamos atrás las ruinas y tomamos una pista que se inicia junto al pajar que hay a la derecha y que, tras describir un pronunciado giro, busca el cruce de los barranco entre los bancales que formaban la vega. Junto a los álamos del barranco existe una pequeña fuente que deja de manar en años poco lluviosos.

La pista cruza el barranco del Picón cuando se une con el barranco que viene de la loma del Quemado, y se desplaza por la ladera este del cerro Perrera. Avanzamos unos metros hasta cruzar con la pista que viene del cortijo Perrera, que dejaremos a nuestra derecha, muy cerca ya de las ruinas del cortijo Canalejas, más conocido como cortijo del tío Morcilla. Antes de llegar al mismo se encuentra una pequeña balsa con una fuente, situada debajo del camino, y que suele tener agua todo el año.

 

El carril atraviesa la era del cortijo y a unos 300m. volvemos a cruzar un pequeño barranco. A nuestra derecha quedan los restos de la fuente del tío Eduardo, hoy semiperdida por haber canalizado sus aguas.

Se avanza unos poco metros más y enseguida nos encontramos con el carril que sube del Royo del Serval.

12.900m. 4h. Llegamos al punto de partida.

 


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