| LAS TAPIAS Autor: José María Torres Morenilla Copyright Ó 2000 Madrid, Agosto de 2000 en memoria de José Ángel Valente LAS TAPIAS Tu voz ya es musgo oscuro, Cenicientos líquenes, roca asolada; Tu voz ya es grisácea piedra, luz evanescente, Agrietada luna, cerúleo pozo, ya agua Estancada sobre ti, rota, el arpegio Insonoro de las últimas luces, el indeleble hilo Que nos lleva espaciosamente a nada. Oh, todas tus duras palabras extendidas ahora, Como un vasto campo al implacable sol, Y a la luz heridora del verano, Sobre todas tus palabras antiguas, alineadas. Jardinero del pensamiento, ¿ De quiénes fuimos? ¿ A quiénes vamos, en atronados tiempos? Si ya tu boca inquina en cal, Si tus dormidos dedos se cierran como herrajes Y aprietas mundos y entierras sus prisiones. Si está cerrada enteramente la ventana Que abría a los increíbles azules el paisaje, Se vuelve muda y una mirada blanca, Aturdida, Se acompaña de multitudes silenciosas, Expectantes, como relieves de las tapias, El sordo eco de los espejos atravesados, Por indelebles rayos insonoros, la llamarada Fría del polvo sedimentado, el aleteo Inexplicable de los vientos extraños. Fue siempre más completo el deseo, En la frontera aturdida del recuerdo, Más perfecto el corazón, quietas las manos, Un quejido siempre insinuado. Aún dormidos tus ojos qué bello el sueño Que pudo ser entonces y que ahora Abre palacios inmensos y compañías O solos, Un nudo de abrazos y de manos, Un nudo de besos y de caricias, Los roces de las carnes que se encuentran, El gusto del amor que se come el alma, La sed de ser tuyos, la alegría Que amanece ruidosa y bulle en la mañana, La frescura que alcanza a las ondas sonoras Y acompaña a la vida, la serena y la aclama. O todo tuyo ya, todo está de vuelta El mundo se anquilosa en rutinarias horas Y el vientre de la tierra respira honduras Y nos inquieta con el ejercicio eterno De la duda. Parirá más mundos, cada vez más otros Nos dejará a todos a ras de tierra, Como hoyos del aire, Nunca del todo acabados. Tal vez el silencio, No la frialdad del vacío, ni el hedor de las herrumbres, Ni las corroídas estelas, ni los oxidados hollines, En las vidrieras rotas, contra las vallas El silencio machacón con que golpean Una puertas olvidadas, tan sin sentido abiertas. A pleno cielo, una ciudad tan quieta Habría de sorprender al forastero, O inquietar al menos la siempre hábil poesía, Oficio de extranjeros. Pero no, se alumbra el aire blanco entre las cúpulas Aguzadas de los templos Y se abajan los jardines más cuidados Y se ennegrecen con más intensidad las oscuras verjas, Pero este reposo en nada se ha inquietado Y en nada se parece a alguno de tus versos. Un viento fresco totalmente distinto Como un suave pañuelo me acaricia Desde su mano de mujer nocturna. Contra ti, la soledad de pronto solivianta Una batalla íntima y secreta, Un dolor del todo insentido, la soledad Esta antigua locura de ser roca, De estar tirado al menos en los extensos Campos del tiempo, como figura rota, Como cedazo, como improperio, Llevado de un mar tan seco, estar tan lleno De la áspera sal, en el oscuro cuenco De los intransitados universos. Contra ti las tenues rosas, ya cristal, Ya polvos rosas, figuras retorcidas, Esbozos de fragancias y de sutilezas, Erguidas, agarrotadas, todavía sublimes, Todavía condescendientes, todavía intuyen Un halo respirable de ironía. Contra ti el silencio y el desprecio juntos, Por no ser nadie, Quedar de nuevo erguido como un duro paisaje De las tapias grises contra un tallo muerto, Aunque sigan verdes tus senderos Y secretos e íntimos tus caminos, Y una corriente de agua interna Aún con ellos permanece y les dé vida. Contra ti, a puñados, sordas batallas, Sorda sed de amor y de regalos, Sorda necesidad de abrir la vena Y regalar indecorosamente nuestra vida. Este tormento de no ser, de no dar, de callar, Esta horrible siembra de silencio O esa rosa al fin, ya moribunda, Rosa de papelillos, transparente, Ironía de los rosales, último quiebro, Abrir también en soledad mañanas, Traer los vientos frescos con vocación de estrellas, Por todos los rincones del jardín Y la serena agua clara de la musa La bella constelación de la palabra. Contra ti, roca deforme, de increíbles grises Y porosidades inauditas, fractales formas De nuevas armonías, repetidas luego Y sequedades Que de ti arranquen el cielo. Detrás del gran vacío de las tinajas, La bella dulcinea duerme desnuda Su vientre rosa y oscuro Perfumado, sus redondos pechos En que besar caricias, halago De la profunda boca, los deseos de quilla Y el ritmo de la hoz, bajo la manta gris De la alta mar tendida Al perezoso sol anquilosado. La solitaria flor cohabita Detrás de las paredes, en ventanucos Asomada a las rústicas panzas grises, Henchida como voces detenidas, Hundida en su interior, Los grandes pasos perdidos en el espacio Como un mundo vacío, en los corrales De los deseos in saciados. Mientras los molinos transparentes giran Sus perdidos brazos. Sueños rotos de sus manos, Ocultada la huella del deseo, Del mundo interno increado, Jamás será creado. Paralelo. Evanescencia de la edad, Fresca alameda Que los vientos menean En los rincones del pueblo, en sequedad. Sólo los pasos sobre las antiguas huellas. Sólo los pasos sobre los pasos. Soledad Del aire sin compañía del río, Ni resbalar por las suaves piedras De las tiernas aguas. Ya humo gris, el cuenco oscuro de tus perdidas manos En la noche de la que surge la flor blanca, Tu ancho perfume y la cercana roca Todavía tibia, todavía humanizada Y la palabra que por mí ascendió Como una hermosa enredadera verde, Como una ventana por la que corren Los frescos aires de la poesía parada, En el camino, hacia las raíces. Oh brazo de la mar echado conmigo, Dormido a mi almohada, golpea Con rítmico pulso el dulce jadeo De los cuerpos amantes, el fértil riego De los hijos nuevos, todavía por nacer, Cuando del pasado volvemos los ojos perezosos Y nuestros brazos abrazándonos con fuerza Sin encontrarnos del todo. Y muertos los brazos, los ruidos quietos, Sobre los polvos y los olvidos Del hermoso paseo de los cipreses Hacia la alta noche intransitada, La gran distancia se ensancha al infinito, ¿ qué dice la voz a los cerebros deshechos? ¿ qué hará surgir la dulce mueca de ironía? Ya que apagados los deseos de amar Amor queda de único viviente, desolado, En el paisaje incorrupto de la nada. Tal vez rolando la suave frialdad... Y rotos los labios, todas tus palabras fueron Ritmos que han huido, el nuevo traje Conque se viste el hombre, sólo de cal, El ejército invisible, poblado de ausentes, Tierra simétrica, derribos. De la sutil arquitectura de la rosa, En las pálidas evanescencias de la piedra, Acompañada de nombres anónimos. Ya sus pasos, nuestros pasos, y las abandonadas partituras Que el viento hizo volar y que maltrata Detrás de nosotros, A viento únicamente suenan, En la frontera de las blancas tapias. Qué bello aún el terciopelo del crepúsculo, La carraspera del mundo de la ignorancia, El arpegio melodioso, el vaivén de las aguas Indecisas, en el aire, el áspero perfume De la tierra y los vegetales, el humo En que se desvanecen las formas gaseosas Y los silenciosos montes oscurecidos Que endurece la mano fría del amanecer. Las palabras que se han dicho, los recuerdos Qué cerca y vivos todavía, qué belleza discontinua De la forma, hasta la sábana Que nos hunde en el sueño... A las nubes más nubes, sus ruidos blancos Dibujando zigzags de azules rápidos, A la dorada tierra, el sol dorado Aún caliente el pan gris del verano, Todavía encendidos los alamares de los álamos, Las esquirlas de las sombras en los indefinibles llanos... Todo llena ya, todo acaba Con las vivas prisas de la consunción Hacia el puro invierno Y el oscuro cuenco de la mano fría, Hacia un deshecho paisaje, descarnado. Oh voces de las bocas huecas Sonando vacías en corales mágicas. Oh murmullos de la nada devorando Al mundo en su limpieza total: Borrón y cuenta nueva de la sabiduría, Tan a ras de la torpeza y el desvarío. Oh macabra danza de espectrales nupcias, De abominables nuncios e irónicos conclusos, En la mágica coloría de los cambiantes Y el infinito regalando grandeza a la maravilla De los pasos perdidos hacia la muerte. La tierra de la belleza henchida Se entrega lujuriosa mientras los dientes Del invierno rechinan gustosos Por el inverso placer de desnudar los huesos Y saborear el último paisaje. Tramoya colgada de las gruesas cuerdas, Los aplausos siempre como falsos Quedaron flotando sobre las sillas vacías, En el oscuro murmullo del silencio, Entre la alta cúpula de los escenarios Siempre más altos se cuelgan los desvanes Y los vestidos de cualquiera a poner Y las palabras de cualquiera a declamar ¿ y la música tan del lado del corazón siempre que acaba repetida? Los elementos naturales chocan entre ellos Solamente absurdos Al estilo de la poesía. Si hacia fuera la gran constelación derribada Se ensancha al infinito, Hacia dentro, Todavía un nudo de deseo intuye perfecciones, Como un bello rostro descubierto Dormido bajo los guiños del sol, Como los grandes ríos profundos Que vivifican interiormente la tierra, Como el espeso campo de las expresiones Y la mágica teoría de las probabilidades, En el cerrado campo de la ciudad; Porque unas bellas facciones hay que saberlas, Vivirlas desde niño Para entender de lejos que el solar Quemado por el sol entre las tapias Es un fresco jeroglífico del amor y del agua, Con grandes bosques y rincones apacibles. ¿ Por qué no dar la mano A quienes de siempre sufrieron Y acariciar sus nombres incorruptos, Si es verdad que ahora son piedra Y ya no sufren Y dan a los paisajes un eco gris Y un sentido atenuado a la poesía Y una dureza enteramente libre Al entendimiento? De ti vestida la palabra Aún se oye discurrir el agua; A los jardines llega tu fresca boca, Y por las piedras oscuramente brilla Tu honda mirada. Senderos rojos tapiados, Bajo los altos palacios Y los bosques olvidados, por grandiosos. Un extraño misterio de los límites, Un presente mundo detrás de todo, Opuesto y reversible, Acompañado al éxtasis de la vida: Caminar por senderos rotos A los antiguos pozos de la poesía, Beber las oscuras fuentes llenas de brillos. Iluminar calientes las estrellas, ¡ Toda la inmensa bóveda encendida!, De la que nacerán colores de memoria Y los antiguos sabores regustados, Como nuevos, Como hilos de recuerdos, Como radiantes caminos hacia los hombres. Ya, de aquel río, sólo palabras, Palabras como bosques, Rostros de palabras que han hablado, Carnes enamoradas. Los altos pensamientos hacia lo eterno, Una esquina que vira bajo el monte, Curva insinuada hacia lo oculto, Que sentimos respirar con ritmos Y nos mira expectante, Quizá el futuro de los poetas... O quizá la poesía actual, antes del uso, O quizá la continuación, presente, Del mundo repetido en la tramoya, Las mismas voces y los sentimientos, Las mismas palabras y sus silencios, Los cristalinos silencios do condensan Los corazones sus fuertes nudos Y luego la expresión, Ese paseo del mundo acompañado Que se hace río y su fluir Hacia los vientres humanos, Lleno de amores y de ternuras, De suaves caricias por sus versos Y una sed poderosa recrecida Que por más beber con más sentido Renace nueva y hermosamente deseada: la Poesía. Tu voz ya es oro oscuro, Ocre segmento, rajado barro, Tu voz ya es noche y con amor la entregas; Tu voz ya es de la poesía y de las estrellas, Transparente y muda, Perfiles quietos, anudadas nubes, antiguo eco De los hundidos pozos, pisoteada o rota; Tu hueco sonido tras los timbrados Pasos, hacia el infinito. fin ©TorresMorenilla. Prohibida la reproducción total; ni la parcial sin citar al autor. © José María Torres Morenilla
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