PAISAJES DE RONDA

de
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¿De qué voz deshabitada encontré su pausa?
La gran lámpara de los árboles ilumina las sombras
de la orilla, un
aire seco danza con sus pasitos de pozo olvidado, la
multitud de las piedras en la cara del sol. ¿De qué silencio habitado escuché yo el profundo sonido?
Oh sutil mundo de la tierra, página
de las montañas grises y azuladas, de
la vegetación hostil, página
de la rústica historia del curso de
los arroyos, y el extraño frío de
las aguas niñas, la cueva oscura, la gruta de
la que mana la dulce herida. Un paso alrededor, un hondo paso entre
las paredes de las montañas, no
es la oclusión, sino el paso abierto a
la eclosión íntima del espíritu creador, es
un paso complicado, grave, terrible, en
torno a la ciudad alta, a
la respiración íntima, serena, de
una vida multiplicada, nada convexa, ni
explorada con justicia. Región del monte, habitado
de estrellas, el saco oscuro abierto al infinito, aproximados los ojos bellos del barco frío, el eco por mí sentido de sus alados pasos.
Silencio. Próximo al aire fresco de
las hojas secas, el eco por mí fuertemente sentido de su fuego
acompasado a mi yo ignorado. Frío inocente llegado del
espacio inmortal que palpa en mi faz la infancia, con las manos juguetonas de su juventud, y las vestiduras oscuras en las carnes
rutilantes. Brillos de las estrellas, ruidos del alma. Deseado el amor en su
principio, canciones de las florecillas inconscientes, llegada a la región eternal de los muertos, nada de palabras, nada de estrellas en la
oscuridad. Agua verde, estancada tierra seca, eclosionada, el sol con perfil de las manos cinceladas. Voces del fuego, el límpido cielo abierto, sobre la villa en la altura, flor en todo tiempo aspirada. Círculo en torno a las
blancas casas sobre las nubes que el viento desgarra. Espacio de silencio. El cric-cac del grillo acompasa la música íntima del hierro y la línea. Sonidos de las lanzas, La guadaña, del trigal y las legumbres, brillos de sus sables, en el agua traspasada, muro duro en las orillas que la oscuridad cambia. Danza campesina, en torno a la secreta villa en la altura, plana... La tarde, después del calor, en la hora meditativa, las sombras del árbol bajas y las grandes sombras en el firmamento. Vienen las frescas ideas
acompañadas de las brisas de los campos. En el vaso, el claro vino
andaluz, la mesa con las manos reposadas como libros entreabiertos. Es la hora de la plenitud, y comienza la oscuridad. Una densidad acongojada, inexplicable que asciende a la altura terrible a la par de la villa, pero estoy abajo. Abajo, en lo hondo, en el Sur de España, plenamente
abajo. El vino define en el vaso la
claridad levemente dorada del sol lejano, la cara posterior del sol. El paisaje fue prontamente
cerrado, la llave del mundo se echó, y este vacío inmenso, de un verde fuerte, crepita en la higuera lamentos de resignación. Abajo, en lo hondo, resigna
su destino una copa de buen vino, vino del sur exprimido, soportado día a día, con pequeñas quejas del árbol anciano, en la hora última, cargado del fruto humano, el fruto del hombre en una tierra egoísta y en un aire límpido, también extraño, bosque en la orilla de las cosas le sustantiva espíritu y le acomoda el resumen del mundo convexo. De hombre a hombre reparte una tarde cargada, pura, en la hora última. Abajo, en lo hondo. Baño de agua, frescor del agua dulcemente nacida en las rocas, el insecto a través del agua, acompasa sus fuertes patas, y avanza... el caballo fatigosamente cata el sonido duro de la piedra, avanza, lentamente, la flor tronchada en el camino, la lluvia y la tarde enteramente se acompañan. Todas las cosas tienen un
momento histórico, solamente las cosas simples prenden el momento histórico del entorno, los cabos de las espigas, el polvo, el paisaje serrano en esta hora, Comparten estos momentos y la imaginación da con el toque mágico. Truecan el mundo de la
tierra en el mundo de lo posible. Todo ha cambiado. El paso encuentra su destino
común, la historia es un juego alegre, solamente la fortaleza es un muro invisible que toca el límite humano. No es posible hacer su
historia. Es la villa real con fondo
de monte, bajo de ella, el monte, el abismo a sus pies, el toque, al instante, un tajo a sus pies, la tierra abierta a través del monte, la catedral del paso, la alta torre de columnas inmensas sostiene las pequeñas casas blancas, airean sus pies, bailan dulcemente entre las higueras, y más abajo, un río y mi caballo cansino, entremasca la pequeña planta desprendida descuidadamente del camino, trilla de una lluvia clara, dulce y completa el día bellamente en esta hora indefinida de la tarde, con ruidosos colores topacios, en el blanco aire fresco, a los pies de la villa ignota, oculta, de sombras presentes y hálito respirable, el último baño del insecto negro, y el ruido del agua, música de cristal y de tierra, gorgoteante, fantasía de la lluvia para mi caballo, joven, cansinamente sabio... Cal blasonada, aire
petrificado, abismo instantáneo en las esporas del alma. Murmullo profundo que se
abaja El alto vuelo de los pájaros, con el viento vuela la piedra sin la lejanía, lejanamente abajo, bajo los gritos van los siglos pasados y los tiempos que vuelven. Un duro espacio ha levantado la pequeña villa en los hombros andaluces. La gigante tierra sube a las
buenas gentes y aporta un poco de cielo limpio para ellos, un poco de altura para el pueblo, un poco más de poesía para una lengua anciana. Y a su paso ruidoso, eleva
ondas mágicas que bajo el Tajo surgen como nubes inimitables. Sin tiempo, la vida
recomienza con la inquietud cotidiana. El sol siembra su abrazo de
amigo entrañable en la cal blanca y en las flores de la belleza. El paisaje villano es común, pero su fondo es extraño. Noche cerrada. Paisaje de la
tierra roja, que la noche embarra. Los árboles olivareros de
hojas lanceadas. Paso la página de inquietud
íntima, sobre su cielo oscuro, retraído, la inmensidad empequeñecida oscuramente a mis pies. Fantasmas de la materia, Fantasmas de tierras y árboles, con su aire incomodándome el rostro, ajena respiración de los otros. Desde esta altura, abajo de Ronda, el cielo grita con la voz temible, la inmensa onda que pulsa un momento de desintimación en el mundo. Sable de guerra única, firmamento vapuleador de nubes, con las piedras llovidas como llantos caídas al instante en arroyos que buscan, veloces,
nuevas caídas. Aceros los aires contra las
casas, vapuleador también de sus pequeños montes. ¿Quién habita en lo alto de este modo
heridor?. Pan inmenso de la tarde en
la estación de los trenes. La muerte fría camina con el paso lento de un universo que cree en el hombre. El gran Universo creyente. La orilla de la acequia
tiene toquecitos de ranas, un acre olor y a los dulces juncos, cerca, las rocas negras del lagarto verde. El mundo eleva y posa todas
las cosas en esta tierra vasta a los pies de Ronda; juego a la vuelta del juego, revuelta, la redonda, alta, larga, cercana, de
mirada azul, importuno yo, suena muy próxima la trompeta: Silencio, Silencio militar, extendido... La canción malévola con
vuelos de moscas, reverbera en las límpidas ondas del aire, vorágine sacrílega , fatal, de la vida; que oculta espesamente con su olor al cansino monte, en la primera hora de la tarde sofocante, formando el ruido hosco de sus palabras, en la guerra de los músculos devoradores. El gran festín imparable de
la muerte ruidea palabras, dichas entre dientes. Volveré, Anita, veré de nuevo a través de tus ojos bellos, el fruto de nuestra boca estará vacío, de aquellas manzanas ácidas que me dejaste,
extendidas... Será el río y será su
pequeña huerta baja, mi bella cortijera, volveremos a sonreírnos, recorreremos los montes de la vegetación espesa, donde surgen las aguas claras y dulces, como regalo a los pobres, la palabra de los pobres, siempre cercana y unida, tan llena de los ojos bellos, duraderos. Ascenderemos el Tajo a un
tajo. El tiempo no ha pasado en
Ronda, la vida quedó detenida en su aire, perpetuó su abismo. Cuando el campo andaluz se
da una pausa, y nadie es de nadie, a los pies de Ronda, ahí estará el denso silencio que unimos entonces. El vacío y la nada. Seremos de nuevo, lo que
siempre hemos sido, niños, cuando el tiempo se ha cumplido, tendremos el instante primordial, en esta región seca, dura, asombraremos en la esencia sustantiva de los
pinares, y el quejido alto de los cipreses. fin
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Entrada a:
©JOSÉ MARÍA TORRES MORENILLA