LOS POEMAS DE GANDÍA

 

 



de

 

 

 



José María Torres Morenilla


 



 

El poema de Gandía

¡ Ay mar, qué bien suenas, en mi dolor, tan grande,

tan hondo, en tu mover las aguas,

tan profundo y tan bello, tan solo y perfumado!

¡Ay noche, que tan bien escondes mi dolor, entre tus sombras,

tan hondo en el cristal en que yo te miro,

tan profunda y tan bella, tan sola y encumbrada!

¡Ay vida, que dueles con mi dolor, que nunca acabas,

tan honda es la historia que has escrito,

tan cercana e invisible, que jamás la sabré, pues nada sé!

 

 

Colección Poemas de Gandía

(1997)

1

Después llegó el silencio, siempre oscuro,

el vuelo lento hacia ninguna parte,

su tinte incoloro, la infinita espera;

después se corrieron los velos

y de nuevo todo pareció más bello;

que la muerte desde antiguo es mentirosa

y vestidos tiene de líneas indoloras.


Después vino la paz de los delincuentes

cuando reescribieron las escenas,

se borraron con pulcritud las huellas,

y las gentes rehicieron sus mentes

para ese orden aparente, con el que miedo dispone

el sentido actualizado de la historia.


No pudo ser de otro modo si después del hombre

viene el silencio, si después de amar no hay dolor,

que la palabra es el sol

y este fuego es su canto.

No calle pues el ruido que a la tierra trae

el camino de la vida, su cálido riego;

háganse los ruidos que nos alteran

y puéblense los pechos del jolgorio,

del aparente desorden hacia lo unívoco,

hacia el simple hombre creado.

Hablemos constantemente hasta morirnos luego.

2

Yo juego el juego de las mil verdades

y antes de ello rompo el sinsentido,

descubro el ruido natural de la palabra,

su sitio exacto en consonancia con el arte.

Ser y decir no son lo mismo:

yo canto, si es que canto, cuando barrunto

que algo no va bien en este acto

y salgo hacia los valles reverdecidos

de la lírica musa que dormita en mis venas.

¡Pero basta ya de cantos y de juegos!

Vamos a buscar lo que realmente interesa,

este sorbo amargo de la bebida esencial

nos alimenta con los jugos que atraviesan

las verdes ramas de la creación.

Hagamos también al hombre que nos queda

por hacer, levantemos del hombre un ser distinto

que sin pudor ni reservas podamos llamarle amigo.

3

Dame la mano oscura y misteriosa

que nos acoge con reservada fijeza

y nos lleva por los vuelos de la noche

hacia las blancas moradas de las luces indoloras;

dame el aliento fresco y húmedo, profundo,

de los cercanos árboles en la paz de los arroyos,

para pisar las aguas cristalinas,

cuando el céfiro brille absoluto.

Dame el silencio entre los mundos,

la consonancia diamantina de armonía,

para que antes de la palabra tú existas,

y después quepa la vida.

Antes que el ruido lo esencial

y después la vida.

4

Rota la niebla, descubro un bello mar,

tú, que asomas el abismo del insondable ser,

abre tus dedos mágicos para que se suelten los negros vuelos

de las aves nocturnas y de las estrellas;

hermano de hombros oscuros y de miradas verdes,

mueve tus veloces piernas y con tu aliento sopla

sobre las fulgentes arenas, que la bestia dorada respire.


Oh tú, sagrado monte de la luz, despierta,

adentra tu calor del corazón,

descúbrenos la pulpa malva del insondable fondo,

su olor de flor y su transparencia de agua.

Duro sentido es el de la profecía, arranca la oscura arena,

con tu prístina mirada de pureza, la realidad única,

la belleza danza en el pecho del hombre,

levanta el vuelo de pájaros oscuros y diamantinas estrellas,

desde el infinito.

Tú, de mirada inmensa,

de cálidos dedos habilidosos,

desviste las aguas espumosas

de círculos efímeros en portentosas rocas.
 

Mar, mi mar, mi sobremar,

tus grandes ondas como tus grandes sueños

nunca se apoyarán en tierra.

***

LOS VERSOS DE LYRIA

2003

 

1

Oh mar, qué pronto dejaste tus vestiduras azules

Para la bella Lyria, dormida y soñadora.

Sobre tus hermosas aguas se posó el amigo rubio,

Juguetón sujeto de amor,

Y entretuvo sus horas de sueño

Con mordisquitos en las orejas

Y abrazos cruzados en las espaldas.

 

Noche que regalaste la inmensa sombra

Para ocultar a los rostros de los enamorados,

Tú, que miras al infinito como las estrellas

Y te haces de este modo diminuta,

Empequeñeciste a la pareja

Y la ocultaste a la mirada ajena,

Para que fueran un solo individuo amante.

 

Y tú, silencio, más cómplice eres de todos,

Borraste sus nombres y derramaste el cálido sello rojo,

En el sobre de una carta que nadie leerá,

Pues quede dicho que amor es lo vivido en instantes

De toda una vida esperando;

Lo que desata al corazón y al cabo

Desaparece y se esfuma y sin memoria

Sólo como recuerdo queda,

Como un liviano poso

En el profundo pozo del olvido.

 

 2

Yo sólo busco la palabra que trasciende,

El verso añejo que con el tiempo queda.

 

3

 

Oh mar, déjame jugar en tus frescas aguas,

Déjame estar enteramente niño, cual me siento,

Cuando mi vida pendía de un hilo,

Cuando mi sangre me pinchaba

Y caía como muñeco desatado

Del alto guiñol que nos anima.

 

Déjame ser grande como tú,

Confundirme en tu fuerza, tener tu empuje ciego

Hacia la tierra, hacia la tierra

El arrastre poderoso

de las ruidosas arenas, y tus carcajadas llenas.

 

Oh hermosa frescura del color de la fruta,

Que aprietas la espuma y la levantas

En geométricas expresiones de matemática esencia,

Al duro costado de la tierra

Embébete en mí y a mí levantes

Como los hijitos se elevan

Con sus sonrisas asustadas

De dueños del cariño.

El mar, niño antiguo que primitivo arranca

Con resacas de estreno y misteriosos cristales.

Llévame arropado entre las faldas,

Tú, vientre maternal, filón inagotable,

Que sostienes y amamantas con tus múltiples senos levantados

Y henchidos para llenar mi boca.

 

Mar que amor convidas,

Con tu hermosa fragancia y dulces besos

En tus montañas efímeras y verdes

Del salado gusto sobre mi boca y lengua.

Mar de los abrazos interminables

Que nos rodean hasta el cuello

Y nos dejan exhaustos y encontrados.

Tú, que levantas tu vuelo,

Y al tiempo conquistas la tierra

Reclama la unidad de tus aguas,

Llévame en volandas contigo al fondo

Del inmaculado mundo derruido,

A los escoriales profundos llenos de polvo

Y de silencio trascendentes,

Donde la claridad del sol se hace opaca,

Y la posas con frialdad.

 

 LOS  JARDINES DEL GRAO

(Gandía, 2000)

I

Paso mi mano por la horrible fiera

y un fulgor melodioso de la belleza estalla,

negro es el rencor que a mi pecho ahoga,

antiguo y remoto es

como los cerros que agotan mi ciudad agotadora;

también le oigo decir que en sus oscuros ojos se encienden

los fríos fulgores de una memoria vulgar;

pero paso página, a grandes saltos de la verdad,

y recuerdo a todos sus muertos,

que aún le falta por enterrar.


II


El rojo olor en la tierra mueve a mi sangre

y dentro de mí se para, falta de aire,

aire que no es el aire.

Como sus montes de plata se bajan negros

y suben, rubios y ardidos, su olor de incienso;

resbala un viento cargado entre mis manos,

y se echa luego con el cansancio

de haber tocado en el tiempo.

 

III

 

Mi tormento,

es hondo y fuera de mí,

como te siento.


Sobre tus fuentes,

guiños del sol desatas,

y los devuelves.


Es mi suplicio

morir de muerte joven,

sólo por vicio.

 

IV


Mi frente está enterrada en tu frente,

tu nombre me ha borrado el pensamiento.

 

V

Miraba inmensa entonces su mirada,

delantal ponía a la inocencia, pureza

daba al cielo ensangrentado,

llamaradas le salían, alas de fuego,

y sus ojos, que todo lo habrían visto,

garabateaban ascuas de palabras

que apagaba luminosa con sus aguas.

 

VI

 

Desolación de tu nombre, la corta sombra

que pone claridad a mis ideas, como entendiendo,

sin saber decirlo nunca, pero diciendo;

quedará apagada de una vez esta agua mía,

que sabe mejor estar callada

que discurriendo.

 

VII

Me enredo suavemente en tu palabra rosa,

siento el corto picor, tu desmayado aroma,

toco, como si me tocaran tus ojos,

la soledad enredada que a tu belleza asoma.

 

VIII

Una verdad es mar que a la dulzura arroja

sus anchas faldas mojadas de su amargada boca.

Servida en sus senos, escanciadas todas las calamidades,

la mar verde y calamitosa,

a todo el que se oponga por delante

empuja con furor a sotavento y popa.

 

X


Río que no deja de bajar por las pequeñas piedras

de mi soledad,

que con el aire enviciado lleva los oscuros frutos

de mi verdad;

contra estos senos sangrantes,

subiste mis ojos claros, cegados en libertad,

y en los jazmines trepados, subidos a tu ventana

me abriste en renunciadas nupcias

las hundidas sábanas de tu amistad.

 

XI


Vuela el sol,

en tu ventana,

parado queda,

saltando sobre el alféizar,

su clara luz chapotea,

como guiñadora fuente,

en medio de tus macetas,

que ya no es sol volador,

y que solamente juega.

 

XII

 

Lentitud de tu recuerdo y de tus manos

enredadas a mi cuello,

como rosales que sus rosas dejan,

que en los besos de espuma se deshacen,

fríos y distantes como tú, mar nueva.


 

 

XIII


Si un día soñé,

soñé en mi poesía,

toda la noche soñé.

 

 

XIV


Ulular de los árboles,

jardín de acequias,

a sus espaldas lleva

una novia enganchada,

bajo las oscuras gafas

de su motocicleta;

pasea por un parque azul,

a contrapelo sus humos,

bajo encorvadas gaviotas

montadas en ángeles rubios.

 

XV


 

Cuando se despertó un hombre sabiéndose escarabajo,

perdió el mínimo vital del cuidadoso insecto,

seguramente gritó, aunque no fue escrito,

y el oscuro gato familiar crujió sus alas,

mordió el oscuro vuelo de quien nunca quiso

ni estar muerto ni estar vivo.

XVI


¿Qué palabra, siendo la más hermosa,

está cosida a mi alma como la palabra siempre?

¿Será entonces como la lluvia de mis lágrimas,

o será mi amor o sólo será mi muerte?

 

XVII


A todo lo enorme,

su inmensa avenida subió en las grandes columnas de la luz,

hasta la oscuridad total que en su ancha frente

posos como de aire oscuro sobre sus aguas amansa;

nada lo altera, ni su mudez primera,

antes del pensamiento,

ni el apartante aire con que dureza

miró su modo antiguo de salivar las piedras

y de ponerlas a brillar al sol,

para que al sol salieran.

 

XVIII


Duele la blanda voz de corcho en las paredes,

el rancio rencor de las rosas secas en el aparador,

duele la luz de la apagada lámpara secreta,

y en el acuoso dolor con que se derrama el agua,

la mancha de semen mustio en su uniforme de criada,

con dos dedos de polvo en su frente,

y yo mismo me duelo de un enconado dolor,

XII


De los rosados frutos de la más mora ví

y al rubicón de amor pasé, después de amargo;

hartura de esa mar me fuera poca;

puesto que he sido de nuevo puesto en ti,

con el mugriento saco al hombro vengo a llenarlo

de todas tus calamidades, puestas al peso,

mercader vengo de amor:

si yo comí en tu espléndido plato

en tu plato, por amor, yo he sido devorado.

 

 

fin

 

 

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