LOS POEMAS DE GANDÍA
de
El poema de Gandía ¡ Ay mar, qué bien suenas, en mi dolor, tan grande, tan hondo, en tu mover las aguas, tan profundo y tan bello, tan solo y perfumado! ¡Ay noche, que tan bien escondes mi dolor, entre tus sombras, tan hondo en el cristal en que yo te miro, tan profunda y tan bella, tan sola y encumbrada! ¡Ay vida, que dueles con mi dolor, que nunca acabas, tan honda es la historia que has escrito, tan cercana e invisible, que jamás la sabré, pues nada sé!
Colección Poemas de Gandía (1997) 1 Después llegó el silencio, siempre oscuro, el vuelo lento hacia ninguna parte, su tinte incoloro, la infinita espera; después se corrieron los velos y de nuevo todo pareció más bello; que la muerte desde antiguo es mentirosa y vestidos tiene de líneas indoloras.
cuando reescribieron las escenas, se borraron con pulcritud las huellas, y las gentes rehicieron sus mentes para ese orden aparente, con el que miedo dispone el sentido actualizado de la historia.
viene el silencio, si después de amar no hay dolor, que la palabra es el sol y este fuego es su canto. No calle pues el ruido que a la tierra trae el camino de la vida, su cálido riego; háganse los ruidos que nos alteran y puéblense los pechos del jolgorio, del aparente desorden hacia lo unívoco, hacia el simple hombre creado. Hablemos constantemente hasta morirnos luego. 2 Yo juego el juego de las mil verdades y antes de ello rompo el sinsentido, descubro el ruido natural de la palabra, su sitio exacto en consonancia con el arte. Ser y decir no son lo mismo: yo canto, si es que canto, cuando barrunto que algo no va bien en este acto y salgo hacia los valles reverdecidos de la lírica musa que dormita en mis venas. ¡Pero basta ya de cantos y de juegos! Vamos a buscar lo que realmente interesa, este sorbo amargo de la bebida esencial nos alimenta con los jugos que atraviesan las verdes ramas de la creación. Hagamos también al hombre que nos queda por hacer, levantemos del hombre un ser distinto que sin pudor ni reservas podamos llamarle amigo. 3 Dame la mano oscura y misteriosa que nos acoge con reservada fijeza y nos lleva por los vuelos de la noche hacia las blancas moradas de las luces indoloras; dame el aliento fresco y húmedo, profundo, de los cercanos árboles en la paz de los arroyos, para pisar las aguas cristalinas, cuando el céfiro brille absoluto. Dame el silencio entre los mundos, la consonancia diamantina de armonía, para que antes de la palabra tú existas, y después quepa la vida. Antes que el ruido lo esencial y después la vida. 4 Rota la niebla, descubro un bello mar, tú, que asomas el abismo del insondable ser, abre tus dedos mágicos para que se suelten los negros vuelos de las aves nocturnas y de las estrellas; hermano de hombros oscuros y de miradas verdes, mueve tus veloces piernas y con tu aliento sopla sobre las fulgentes arenas, que la bestia dorada respire.
adentra tu calor del corazón, descúbrenos la pulpa malva del insondable fondo, su olor de flor y su transparencia de agua. Duro sentido es el de la profecía, arranca la oscura arena, con tu prístina mirada de pureza, la realidad única, la belleza danza en el pecho del hombre, levanta el vuelo de pájaros oscuros y diamantinas estrellas, desde el infinito. Tú, de mirada inmensa, de cálidos dedos habilidosos, desviste las aguas espumosas de círculos efímeros
en portentosas rocas. Mar, mi mar, mi sobremar, tus grandes ondas como tus grandes sueños nunca se apoyarán en tierra. *** LOS VERSOS DE LYRIA 2003
1 Oh mar, qué pronto dejaste tus vestiduras azules Para la bella Lyria, dormida y soñadora. Sobre tus hermosas aguas se posó el amigo rubio, Juguetón sujeto de amor, Y entretuvo sus horas de sueño Con mordisquitos en las orejas Y abrazos cruzados en las espaldas.
Noche que regalaste la inmensa sombra Para ocultar a los rostros de los enamorados, Tú, que miras al infinito como las estrellas Y te haces de este modo diminuta, Empequeñeciste a la pareja Y la ocultaste a la mirada ajena, Para que fueran un solo individuo amante.
Y tú, silencio, más cómplice eres de todos, Borraste sus nombres y derramaste el cálido sello rojo, En el sobre de una carta que nadie leerá, Pues quede dicho que amor es lo vivido en instantes De toda una vida esperando; Lo que desata al corazón y al cabo Desaparece y se esfuma y sin memoria Sólo como recuerdo queda, Como un liviano poso En el profundo pozo del olvido.
2 Yo sólo busco la palabra que trasciende, El verso añejo que con el tiempo queda.
3
Oh mar, déjame jugar en tus frescas aguas, Déjame estar enteramente niño, cual me siento, Cuando mi vida pendía de un hilo, Cuando mi sangre me pinchaba Y caía como muñeco desatado Del alto guiñol que nos anima.
Déjame ser grande como tú, Confundirme en tu fuerza, tener tu empuje ciego Hacia la tierra, hacia la tierra El arrastre poderoso de las ruidosas arenas, y tus carcajadas llenas.
Oh hermosa frescura del color de la fruta, Que aprietas la espuma y la levantas En geométricas expresiones de matemática esencia, Al duro costado de la tierra Embébete en mí y a mí levantes Como los hijitos se elevan Con sus sonrisas asustadas De dueños del cariño. El mar, niño antiguo que primitivo arranca Con resacas de estreno y misteriosos cristales. Llévame arropado entre las faldas, Tú, vientre maternal, filón inagotable, Que sostienes y amamantas con tus múltiples senos levantados Y henchidos para llenar mi boca.
Mar que amor convidas, Con tu hermosa fragancia y dulces besos En tus montañas efímeras y verdes Del salado gusto sobre mi boca y lengua. Mar de los abrazos interminables Que nos rodean hasta el cuello Y nos dejan exhaustos y encontrados. Tú, que levantas tu vuelo, Y al tiempo conquistas la tierra Reclama la unidad de tus aguas, Llévame en volandas contigo al fondo Del inmaculado mundo derruido, A los escoriales profundos llenos de polvo Y de silencio trascendentes, Donde la claridad del sol se hace opaca, Y la posas con frialdad.
LOS JARDINES DEL GRAO (Gandía, 2000) I Paso mi mano por la horrible fiera y un fulgor melodioso de la belleza estalla, negro es el rencor que a mi pecho ahoga, antiguo y remoto es como los cerros que agotan mi ciudad agotadora; también le oigo decir que en sus oscuros ojos se encienden los fríos fulgores de una memoria vulgar; pero paso página, a grandes saltos de la verdad, y recuerdo a todos sus muertos, que aún le falta por enterrar.
II
y dentro de mí se para, falta de aire, aire que no es el aire. Como sus montes de plata se bajan negros y suben, rubios y ardidos, su olor de incienso; resbala un viento cargado entre mis manos, y se echa luego con el cansancio de haber tocado en el tiempo.
III
Mi tormento, es hondo y fuera de mí, como te siento.
guiños del sol desatas, y los devuelves.
morir de muerte joven, sólo por vicio.
IV
tu
nombre me ha borrado el pensamiento.
V delantal ponía a la inocencia, pureza daba al cielo ensangrentado, llamaradas le salían, alas de fuego, y sus ojos, que todo lo habrían visto, garabateaban ascuas de palabras que apagaba luminosa con sus aguas.
VI Desolación de tu nombre, la corta sombra que pone claridad a mis ideas, como entendiendo, sin saber decirlo nunca, pero diciendo; quedará apagada de una vez esta agua mía, que sabe mejor estar callada que discurriendo.
VII Me enredo suavemente en tu palabra rosa, siento el corto picor, tu desmayado aroma, toco, como si me tocaran tus ojos, la soledad enredada que a tu belleza asoma.
VIII Una verdad es mar que a la dulzura arroja sus anchas faldas mojadas de su amargada boca. Servida en sus senos, escanciadas todas las calamidades, la mar verde y calamitosa, a todo el que se oponga por delante empuja con furor a sotavento y popa.
X
de mi soledad, que con el aire enviciado lleva los oscuros frutos de mi verdad; contra estos senos sangrantes, subiste mis ojos claros, cegados en libertad, y en los jazmines trepados, subidos a tu ventana me abriste en renunciadas nupcias las hundidas sábanas de tu amistad.
XI
en tu ventana, parado queda, saltando sobre el alféizar, su clara luz chapotea, como guiñadora fuente, en medio de tus macetas, que ya no es sol volador, y que solamente juega.
XII
Lentitud de tu recuerdo y de tus manos enredadas a mi cuello, como rosales que sus rosas dejan, que en los besos de espuma se deshacen, fríos y distantes como tú, mar nueva.
XIII
soñé en mi poesía, toda la noche soñé.
XIV
jardín de acequias, a sus espaldas lleva una novia enganchada, bajo las oscuras gafas de su motocicleta; pasea por un parque azul, a contrapelo sus humos, bajo encorvadas gaviotas montadas en ángeles rubios.
XV
Cuando se despertó un hombre sabiéndose escarabajo, perdió el mínimo vital del cuidadoso insecto, seguramente gritó, aunque no fue escrito, y el oscuro gato familiar crujió sus alas, mordió el oscuro vuelo de quien nunca quiso ni estar muerto ni estar vivo. XVI
está cosida a mi alma como la palabra siempre? ¿Será entonces como la lluvia de mis lágrimas, o será mi amor o sólo será mi muerte?
XVII
su inmensa avenida subió en las grandes columnas de la luz, hasta la oscuridad total que en su ancha frente posos como de aire oscuro sobre sus aguas amansa; nada lo altera, ni su mudez primera, antes del pensamiento, ni el apartante aire con que dureza miró su modo antiguo de salivar las piedras y de ponerlas a brillar al sol, para que al sol salieran.
XVIII
el rancio rencor de las rosas secas en el aparador, duele la luz de la apagada lámpara secreta, y en el acuoso dolor con que se derrama el agua, la mancha de semen mustio en su uniforme de criada, con dos dedos de polvo en su frente, y yo mismo me duelo de un enconado dolor, XII
y al rubicón de amor pasé, después de amargo; hartura de esa mar me fuera poca; puesto que he sido de nuevo puesto en ti, con el mugriento saco al hombro vengo a llenarlo de todas tus calamidades, puestas al peso, mercader vengo de amor: si yo comí en tu espléndido plato en tu plato, por amor, yo he sido devorado.
fin
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©José Mª Torres Morenilla