Iglesia de Morille
Al cura de Morille se le ha dado permiso
para cazar en la finca, no para que se
vaya a los vivares.
"Señorito
de Terrados"
"
A ningún chaval de la escuela se le ocurría faltar a misa los domingos y fiestas de guardar. La paliza que podía recibir del maestro al día siguiente quitaba las ganas hasta de pensarlo.
El cura de Morille era un cura alto, con sotana y sin bonete. Natural del pueblo salmantino de Villasco de los Gamitos, del partido de Vitigudino. Al poco de cantar misa lo destinaron a Morille y aquí se vino el bueno de Don Lorenzo con dos hermanas, un padre y poco más. Su padre era viudo, creo que se llamaba José Mª. Las hermanas: Romana la viuda y la soltera Teresa (recientemente fallecida)..
Conocí muy bien a Don Lorenzo. Desde que tuve uso de razón, bueno bastante antes, hasta los 15 años era normal verme a menudo cerca de él. Dicen que era pesetero, que rezaba los responsos según las perras que le daban, que atendía más a los ricos… No es cierto, lo pude comprobar varias veces. Si se agarraba al dinero era por necesidad. Los curas ganaban poco y había que mantener a la familia. La vida daban los responsos, las misas de réquiem, los días de fiesta en los que había mayordomos, las bodas, los bautizos y sobre todo las bulas.
La bula era un documento que se adquiere mediante el pago
de una cantidad en concepto de limosna para las atenciones de la Iglesia.
Dispensaba de ciertos días de ayuno de los establecidos por la Iglesia. Es
decir, que el que tenía dinero para comprar la bula podía comer lo que
quisiera y el que no tenía dinero para comprarla no podía comer lo que
quisiera, precisamente por eso; porque no tenía dinero. Estas bulas luego se
recogían.
El caso es que Don Lorenzo, el señor José Manuel el “sastrique”
y un par de monaguillos, (Unas veces Ladis y Tapia, otras Pepe el don José
y Luis Carlos, otras Toñín y Paco) con un par de cestas cada uno en las manos se
disponían a recoger las bulas por el pueblo. Se iba casa por casa. Aquí media
docena de huevos, aquí tres pesetas, en algunas casas –las de los ricos- algún
chorizo. Había que ir a descargar un par de veces las cestas. Cuando pasábamos
por el café "Las Delicias", que precisamente era del señor José
Manuel el "sastrique" parábamos y el cura nos convidaba a un
vermú con un
dulce hojaldrado. Era el único día que se veía a Don Lorenzo en el bar. Había
alguna familia que no tenía nada para darle al cura y le lloraba diciéndole
que no podían. En una ocasión vi a Don Lorenzo darle a alguien cinco duros de papel, que ya era dinero. Se conoce que aquél día la
colecta marchaba a las mil maravillas.
Al final de la jornada cuando llegábamos a casa, su
hermana Romana nos sacaba una rosquilla bañada, seguramente rancia que quedaba
de las mayordomas de San José. Dos barreñas grandes de barro, de las vidriadas
que se usaban para las matanzas, se llenaban de huevos. Al día siguiente venía
Herminio el “güevero” de Arapiles y se los llevaba a lomos de sus dos mulas
pardas.
Solía pasear, Don Lorenzo, por los alrededores de la
Iglesia. Cuando nosotros lo veíamos, aunque fuera desde lejos, salíamos
corriendo hacia él…
..”buenas tardes tenga usté” y le besábamos la
mano.
Una vez a la semana había doctrina para todos. Cuando se
iba a tomar la Comunión la doctrina era diaria. Lo pasábamos bien en la
doctrina y hasta nos dejaba hablar Don Lorenzo en la Iglesia. Sé una anécdota
que le ocurrió a un niño de cuatro o cinco años, si acaso. Un niño, que
ahora osa contar esto, estaba sentado en la doctrina en las gradas del altar. El
cura preguntaba qué era Fe y ningún niño contestaba.
- Si eso lo sabe hasta Toñín. A ver Toñín, ¿qué es
Fe?
Y Toñín sin complejo de “erres”
- La criada del Caguco.
Yo no conocía más Fe que esa
. Después supe que Fe, según
el catecismo del padre Astete que debía ser un padrazo, era “creer lo que no
vimos”... No es poco sacrificio.
Monaguillos éramos casi todos. Había como 5 ó 6 tríos
de monaguillos. A mí me enseñaron a ayudar a misa Tapia y Ladis y con ellos
formé trío hasta que ellos lo dejaron por la edad. A los 11 ó 12 años ya no
se era monaguillo. Había que hacer otras cosas. Cada día ayudábamos dos. Los
días de diario ganábamos una perra gorda y una perra chica (15 céntimos). Los
domingos un real y lo que sobrara de las Hojas Dominicales que los sábados por
la tarde vendíamos por las casas. Además nos bebíamos el vino que sobraba en
las vinajeras y nos comíamos los recortes de las Formas (Hostias para los no
entendidos).
Había días especiales. San José, el Salvador, Santa
Teresa y alguno más eran santos muy queridos y tenían muchos mayordomos. Pero
al monaguillo las que realmente le importaban eran las mayordomas que eran las
que llevaban los dulces en las bandejas. Después de dejar los dulces en casa
del cura íbamos por las casas a devolver las bandejas. Siempre se caía alguna
perra. Llegábamos a sacar algún día bueno un duro cada uno. ¡Que no es moco
de pavo!

Imagen de "El Salvador"
Cuando había entierro o misa de
réquiem Don Lorenzo nos
daba una peseta y cuando había boda o bautizo dos. El día de las bulas una
moneda de 2,50. Cuando estaba con Ladis y Tapia, Toñín, os podéis suponer
porqué, no ayudaba a ninguna boda y casi a ningún entierro.
Antes de misa había que ir a casa del cura a buscar las
vinajeras. Tocar las campanas. Esto era todo un rito. Los días de diario se
tocaban 20 ó 25 campanadas que eran las primeras. Después las 3. Luego las 6.
Al poco las todas (Alrededor de 50) y por último antes de empezar la 1. Los
domingos y festivos antes de tocar las primeras se repicaba. Para ello había
que subir al campanario. Había quien lo hacía muy bien –Carlos entre ellos-.
A veces se abusaba del repique y se estaba demasiado rato repicando. El repique
de campanas era signo de alegría. Se repicaba en las bodas, en los bautizos y
en todas las procesiones, menos en las de la Semana Santa.
Doblar las campanas era otra cosa. Más fácil, pero más
triste:
- Tan, tan.. (con una campana)
- Ton, ton (con la otra)
Eso se repetía varias veces y luego con las dos “Tlon,
tlon, tlon…” Se doblaba cuando se moría alguien. Varias veces al día
mientras estaba de cuerpo presente. También se doblaba en los entierros, en los
funerales y el día de los Santos varias veces, mientras Don Lorenzo cantaba
aquello de:
“Regem cui ómnia vivunt" y el
"sastrique" le respondía
“Venite, adoremus”
y Don Lorenzo
-" Veníte exsultémus Dómino; jubilémus Deo salutári nostro;..."
O aquello de:
-Réquiem aetérnam dona eis, Dómine.
-et lux perpétua lúceat eis.
El cura y el sacristán formaban un dúo imposible de
igualar. Si el uno cantaba mal, el otro lo hacía peor. Algunos debéis recordar
cuando cantaban el Credo –en latín, claro- y empezaba Don Lorenzo desde el
altar con aquel bozarrón:
“Credo in unum Deum…” y seguía el sastrique desde
la tribuna, acompañado por Narciso y algunos más:
“Pater
omnipoténtem factórem caeli et terrae, visibílium ómnium el invisibílium...
“ ¡Todo
un espectáculo!.
Los monaguillos sabíamos contestar en latín a todo. Por
supuesto nunca supimos lo que decíamos pero allá iba.
La Misa creo que empezaba así:
Cura: In nómine Patris et Fílii et Spíritus Sancti. Amen. Introíbo ad altáre Dei.
Monaguillo: Ad Deum, qui laetificat juventútem meam.
Lo más difícil era el Confiteor que traducido sería el Yo pecador. Pero a pesar de la dificultad los monaguillos lo recitábamos como si tal cosa; eso si sin saber lo que decíamos..De rodillas e inclinando la cabeza decíamos:
"Confíteor Deo omnipoténti; beátae Maríae semper Vírgini, beáto Michaéli Archángelo, beáto Joánni Baptístae, sanctis Apóstolis Petro et Paulo, ómnibus Sanctis et tibi, pater, quia peccávi nimis cogitatióne,verbo et ópere; mea culpa (nos pegábamos unos buenos golpes en el pecho), mea culpa, mea máxima culpa. Ideo precor beátam Maríam semper Vírginem, beátum MIchaélem Archángelum, beátum Joánnem Baptístam, sanctos Apóstolos Petrum et Paulum, omnes Sanctos, et te, pater, oráre pro me ad Dóminum Deum nostrum" Ahí es ná
Cuando el Jueves Santo se cantaba el “Gloria in
excélsis Deo” se repicaban las campanas y luego no se volvían a tocar hasta
el Domingo de Resurrección. Los feligreses de Morille estábamos de luto desde
la muerte de Jesús hasta su Resurrección. Un rato antes de comenzar los actos
litúrgicos de la Semana Santa se avisaba a la gente con las carracas.
La Semana Santa era preciosa. De verdad. Empezaba el
Jueves Santo por la tarde. Ya sabéis aquello de: “Tres jueves hay en el año
que relumbran más que el Sol Jueves Santo, Jueves Corpus y Jueves de la Ascensión”
Por la tarde era fiesta.
Cuando los hombres venían de
trabajar a mediodía, se lavaban un poco y se iban a la Iglesia. Este día se
sacaba el Palio. El Alcalde, los Concejales y el Juez de Paz eran los
encargados de hacerlo. El Alcalde y Juez llevaban los bastones y se los daban al
señor cura. Este los ponía
delante del Sagrario. Jesucristo era el que mandaba esos días en el pueblo.
Debajo del Sagrario se ponían unas escalerillas que las mujeres llenaban de
velas. Cada vela tenía un esparadrapo pegado donde ponía el nombre de la dueña.
Así se formaba el Monumento. Durante los días que estaba puesto no se podía
dejar solo el Monumento. Había cofradías de hombres y de mujeres que se
turnaban para velar al Santísimo.
Acabada la misa del Jueves en el jardín de la Iglesia se
procedía a la subasta.
“Banzo delantero izquierdo de Jesús Rescatado”
Gritaba el sacristán.
- Cincuenta pesetas.
Decía alguien..
-¿Hay quién dé más?…
- Adjudicado.
“Banzo trasero derecho del Sepulcro”
- Treinta pesetas….
Así se subastaban todos los brazos de las andas que portaban los Pasos. Los adjudicatarios de los banzos tenían el privilegio de sacar el paso en todas las procesiones. Se sacaban Jesús Rescatado, una imagen muy grande y pesada. El Sepulcro y La Dolorosa.

Jesús Rescatado en la Iglesia de Morille
La procesión del Jueves Santo recorría todo el pueblo. El que no iba a la procesión no se podía dejar ver. Se escondían en los bares y cerraban las puertas para que no los vieran.
Recuerdo muy bien, ya que lo viví muchas veces, los Oficios del Viernes Santo. Aquello de arrodillarse, levantarse, arrodillarse, levantarse... Llegaba un momento en que don Lorenzo se tendía en el suelo de La Iglesia un rato largo y en la Iglesia no se oía ni una mosca, a pesar de estar llena. Luego se levantaba, cogía un gran Crucifijo y decía varias veces aquello de "Signum Crucis".
Todo esto se hacía en el altar que está en la parte lateral izquierda de la Iglesia.

En este altar están además del Crucifijo, Santa Bárbara, Santa Águeda y San Isidro.
El Viernes Santo era la procesión del Silencio. Era de
noche y se bajaba hasta la plaza. Apenas dos bombillas alumbraban el camino y no
se oía nada. Ni se cantaba, ni se rezaba, ni nada.
También había Calvarios. Tres monaguillos, el del medio
con la cruz y los de los lados con cirios, recorrían las 14 estaciones.
Mientras las mujeres cantaban:
“En
la primera estación
atento
quiero que notes
con
cuanta resignación
llevó
por tu redención
más
de cinco mil azotes.
Hombre
mira y considera
movido
de compasión
que
en esta estación primera
le
condenan a que muera
entre
uno y otro ladrón”
Seguidamente los hombres contestaban desde atrás
cantando el estribillo:
“Lágrimas
de corazón
De
puro dolor lloremos
Para
que todos logremos,
Los
frutos de la Pasión”.
Así hasta catorce estaciones.
Si
tienes curiosidad por aprenderte un calvario de los que se
cantaban en Morille
El
jueves por la noche había sermón. Don Lorenzo se ponía la túnica morada y
con la Iglesia hasta los topes gritaba aquello de:
“Sicio” (tengo sed). O lo otro de:
“Madres que me escucháis…” o “Mañana estarás conmigo en el Paraíso”.
Don Lorenzo predicaba bien (Hasta lo llevaron en una
ocasión a Ámérica para predicar). Lo peor era que repetía mucho las cosas. A
veces le llevábamos por cuenta, mientras soplábamos el incensario en la
sacristía, las veces que decía: “única y exclusivamente” y “de una
manera especialísima”. Siempre quedaban 15 a 14 o empataban a quince.
Me salto el Sábado Santo por no enrollarme. (bendición
del agua, de los óleos, encender el Cirio Pascual, etc…) La Semana Santa
terminaba el Domingo de Resurrección. Cuando el cura cantaba el “Gloria”
volvían a repicar las campanas y todo volvía a la normalidad. En la procesión
los hombres iban por un lado llevando la imagen de El Salvador (que la había
regalado Adoración) y por el otro las mujeres con la Virgen. A la puerta del
cura se encontraba y se ponían todos de rodillas cantando:
“Por un lado va María
por el otro su hijo
viene
y en el camino se
encuentran
y se dan mil
parabienes.”
La Dolorosa que también se sacaba en las procesiones
La Santa Madre Iglesia mandaba comulgar al menos una vez
al año, por Pascua Florida. El día de las confesiones no faltaba nadie. Iba
gente que sólo aparecía en la Iglesia ese día ( y como mucho el Domingo de
Ramos para buscar el ramo de laurel con el que condimentar las comidas). Venían
a confesar el cura de San Pedro (Don Mateo) y el de Santo Tomé (que también se
llamaba Don Lorenzo). Este cura de Santo Tomé estaba sordo y los feligreses tenían
que dar voces para que los oyera. Era de risa.
Me contó Leandro, y por ello creo que será cierto, que
al tío Norberto al acabar de confesarse se le enganchó el cordón de la bota
en el confesionario y al tirar exclamó en voz alta, y con acento andaluz:
“La hostia, que me llevo la jaula y el pájaro”.
El tío Norberto era un señor andaluz que debía ser muy gracioso.
Creo que era el
padre del señor José Nieto. He oído muchas veces contar (y por ello lo
digo aquí) que en una ocasión, antes
de la guerra hubo una manifestación de obreros que se concentró entre Santo
Tomé y Cilleros y llegaron los Guardias de Asalto repartiendo castaña. Todos
empezaron a correr y una mujer de Cilleros al saltar una pared se cayó al
suelo. El tío Norberto pasó por encima de ella diciendo “Dios te ampare
hermana, que vienen los norteamericanos”
Anécdotas aparte, en los años 50 y 60 Morille tuvo mucha vida. Recuerdo cuando los viernes de Cuaresma por la tarde salíamos de las escuelas (5 entonces) e íbamos todos en fila hasta la Iglesia para asistir al Calvario. No sé exactamente cuántos niños habría pero sin ánimo de exagerar calculo que más de 200. Íbamos todos en silencio y si alguno se salía de la fila o hablaba, rápida estaba la reprimenda o la mano de algún maestro para enmendar la situación. No olvido el impacto de la mano de doña Adela en la cara.
Nos toca la Virgen
Una imagen de la Virgen del Rosario y otra de la Virgen de Fátima, metidas en una caja de madera recorrían una vez al mes muchas de las casas de Morille. Por las tardes a eso de ponerse el sol el día que nos tocaba la Virgen llamaban a la puerta y decían "Ave María Purísima" y desde dentro todos contestábamos "Sin pecado concebida". Era una vecina que había tenido la Virgen el día antes y ahora nos la llevaba.

Esta imagen es una de las que recorrían el pueblo.
Se ponía, la Virgen, encima de una mesa, se le ponían un par de lamparillas (compradas anteriormente en casa del tío Demetrio) en un vaso o taza llenos de aceite y se encendían. Las lamparillas estaban encendidas toda la noche; siempre que la imagen estuviera allí. Al día siguiente por la noche se la llevábamos a otra vecina.
Mientras la Virgen estaba en la casa parecía que todos éramos mas devotos y más buenos. Se rezaba el rosario en familia, a mediodía el Ángelus, etc...
Tocar las Oraciones
Todas las tardes al oscurecer sonaban las campanas de la Iglesia de Morille. A eso se llamaba tocar las oraciones y tenía varios significados o mensajes. Por un lado se animaba a rezar un Padre Nuestro y un Ave María en cada uno de los toques (eran tres). Por otro significaba que se estaba haciendo de noche y era hora de recogerse. Por aquella época, estoy hablando de los años 50-60, casi nadie tenía reloj, el toque de las Oraciones nos indicaba que debíamos irnos para casa. Era muy normal que nuestros padres nos dijeran: "Cuando toquen las oraciones te vienes a casa" (Casi igual que ahora ¿verdad?).
Al oír las oraciones estuviéramos donde estuviéramos, nos santiguábamos y rezábamos un Ave María y Padre Nuestro (bueno relatábamos) y salíamos cargando para casa.

Campanario de la Iglesia de Morille
Los encargados de tocar las Oraciones éramos los monaguillos, aunque la mayor parte de las veces las tocaban los que vivían más cerca de la Iglesia: Alberto, Martín, Argimiro o Paco y seguro que muchas veces Gabrielín. De todos estos Gabriel es el que más se ve por Morille y sigue cuidando el jardín de la Iglesia con primor.