CRÓNICA
DE UNA DESPEDIDA
El domingo
20 de mayo, fiesta de la Ascensión del Señor, el día en que la Iglesia conmemora
que Jesucristo subió al cielo para estar para siempre con Dios, Mn Jordi Boltá
fue llamado también por Dios a la Vida Eterna.
La Parroquia de San Juan María B. Vianney de la que fue su párroco durante 36
años, acogía el solemne funeral, el día 22 de mayo a las 11’30 de la mañana,
presidido por el obispo auxiliar de Barcelona, Mons. Joan Carrera, acompañaban en
su despedida a Mn. Boltá un buen grupo de sacerdotes, encabezados por el Vicario
Episcopal, el actual párroco, además de los presbíteros que colaboran o han
colaborado en la parroquia, así como amigos y párrocos de las iglesias cercanas
y de su población natal, Corbera, donde fue enterrado. Entre los sacerdotes cabe
destacar aquellos que gracias al seguimiento de Mn. Boltá siguieron la vocación
sacerdotal. También asistía como diácono
Mn. David Remolar, hijo de la parroquia y también discípulo de Mn. Jordi
El P. Jorge López Teulón, uno de los sacerdotes presentes, agradecidos a Mn.
Boltá, nos ha hecho llegar el siguiente escrito de recuerdo y homenaje al que
fuera su párroco.
UNA CASULLA
Me alejé de allí con su casulla entre mis manos. Su cuerpo quedó enterrado en la
cripta de la capilla del Cementerio de Corbera de Llobregat (Barcelona): un
privilegio para los sacerdotes hijos del pueblo y para sus párrocos. Era la
casulla con la que había cantado misa hacía 55 años. Estaba desgastada, como
desgastado quedó su sacerdocio ofrecido en fidelidad a
la Santa Madre Iglesia.
Regresé a casa recorriendo los casi mil kilómetros que hacía más de una década
separaban nuestras vidas. Como una reliquia apreté entre mis brazos aquella
casulla, que me pondría en la primera ocasión que se me ofreciese.
Mossen Jordi Boltá Cañellas
llegó en 1968 a la parroquia de Sant Joan Vianney.
Un 31 de mayo de 1952 había sido ordenado sacerdote en
el estadio de fútbol de Montjuic de Barcelona, junto a otros mil jóvenes. Eran
los días del Congreso Eucarístico de Barcelona.
Para muchos de nosotros, el nombre de
Mossèn Boltá y el de la parroquia de
San Juan María Vianney
irán siempre juntos. Fue
nuestro párroco durante treinta y seis años, hasta 2004. Este último tiempo, con
una salud bastante deteriorada, vivió en la Residencia Sant Josep
Oriol que construyese el
Cardenal Marcelo González, a su paso por Barcelona.
Son muchos los que podrían escribir con más autoridad que yo, y que añadirían
otro tipo de detalles… Yo quiero hacerlo así, con toscas pero sentidas
pinceladas.
La parroquia, situada en la calle Melcior de
Palau, frente a los jardines de Can Mantega, es una de las más jóvenes del
distrito Sants-Monjtuich. La primera piedra fue colocada y bendecida el 22 de
junio de 1952: el año del Congreso Eucarístico. Justo el año de su ordenación.
Mis recuerdos infantiles se trasladan al lejano 1976, cuando empecé a servir de
monaguillo en Sant Joan
Vianney… y, desde entonces, siempre permanecí a su lado…
De esa etapa también es el recuerdo de la
Cabalgata de Reyes de la calle Vallespir, que alegraba cada año nuestro
corazón de niños. Cuando crecí, supe que el origen de todo estuvo en sus manos
(ver “Els Reis Mags a les Corts y
Sants-Montjuich. Historia d´una tradició” (2006) de Lluís M. Bou i Roura).
Año tras año, Mn. Jordi luchaba por cuidar un gesto en aquella vigilia mágica:
la veneración del Niño Jesús ante la fachada de la Parroquia. No comenzaban a entregarse las cartas
hasta que los tres Magos venidos de Oriente, como dice el Evangelio, inclinaban
sus rodillas para adorar a Jesús Niño.
1977. Este año se cumple el treinta aniversario, fue el año de
La Tizná. Desde Jerez
del Marquesado (Granada), un grupo de devotos, inmigrantes andaluces que
trabajaban en Barcelona, trajeron una copia de la imagen de su Virgen “en
autocar” y fueron recibidos en la Parroquia con los brazos abiertos… sus formas,
costumbres y religiosidad popular se incluyeron en el hacer de Sant Joan Vianney.
Y un último recuerdo, de mis primeros años, pero vivo e intenso. Cada Viernes
Santo, el Cuerpo de Portantes del Santo
Cristo realizaba (y sigue realizando) un impresionante Vía Crucis. Asistía
mucho público y, tal vez, quedaba algo desgarbado en lo desmesurado de nuestra
plaza… pero, a los ojos de un niño, aquel pesado madero y aquellos hombres…
Nuestro párroco revitalizaba las tradiciones populares: los Tres Tombs el día de
San Antonio, la representación de los apóstoles en la tradicional bendición de
Ramos y el Vía Crucis parroquial cada viernes cuaresmal… El Viernes Santo en el
que se nos mostraba a Cristo Crucificado era un momento espiritualmente intenso.
Todo ello aderezado por las devotas predicaciones, los cantos populares y el
solemne “Crec amb un Dèu”.
Luego me marché al Seminario de Toledo. En la decisión final, aunque hubiera
preferido tenerme a su lado tres años más, los del Seminario Menor, sentí
siempre su cercanía y apoyo.
Con él aprendí a querer a Nuestra Madre
la Virgen María, ¡tantas veces nos llevaba a Lourdes! Con él
aprendí a intentar imitar al Santo Cura de Ars… con él aprendí el amor a la
liturgia, al canto gregoriano….
Una última reflexión. En 1990, mi padre me había
hecho llegar un artículo de “La Vanguardia de Barcelona” en el que el Señor
Gregorio Morán criticaba a la Iglesia (para variar) por las beatificaciones del
año 1990 (diez religiosos, dos de los cuales eran catalanes: el Hno. Jaime
Hilari Barbal y la
Madre Mercedes Prat). En las vacaciones de Pascua le supe
dolido por lo dicho y me dirigí al Director del periódico que tuvo a bien
publicar mi carta. Terminaba con una frase escrita sólo para Mn. Jordi, que
decía: “le hablo, finalmente, de un padre
de familia asesinado por esconder en su casa al cura del pueblo, sin más ideal
que la caridad cristiana…” Porque al
lado de Mn. Boltá aprendí la verdadera historia de nuestros mártires. Él tenía
su lenguaje, era hijo de su tiempo. Pero su padre, Magín Boltá, murió sólo por
eso, por ejercer la caridad… y aquel terrible día del verano de 1936, en que
unos niños subían al Castillo de Corberá para llevar la comida a su padre, le
escuchó decir: - “Hijo, tenemos que
despedirnos…” y, al día siguiente, fue fusilado. Cuando yo era un chaval y,
regresábamos a su pueblo natal, me decía:
- “Mira, ese es uno de mis mejores amigos, su padre mató al mío…” Luego, lo
entendí; ahora lo entiendo. Ellos hicieron la verdadera reconciliación.
Con la casulla entre mis brazos, mientras los albañiles echaban sobre su
enterramiento las últimas paletadas de cemento, después de cantar el Virolai,
agarrando la mano de su hermana Montserrat, me atreví a recordar esto. Porque,
muy de cerca de allí, su padre estuvo detenido y porque él siempre creyó que su
vocación sacerdotal se la debía a la sangre martirial de su padre.
El Señor Rector, como le llamábamos todos, tenía sus defectos, como los tenemos
todos, pero yo hoy no quiero recordarlos. Quiero pensarle así, con tanto bueno
como hizo por todos, como hizo por mí. Quiero abrazarme a su casulla y pensarle
así, SACERDOTE.
JORGE LÓPEZ TEULÓN, sacerdote