Recopilado
por
Rafael Abad de los Santos
El descenso de Susano y sus aventuras en Izumo*
Así
pues, habiendo sido expulsado, Susano descendió a cierto lugar llamado Tori-kami,
a orillas del río Hi, en el país de Izumo. En aquel momento
pasaron flotando en el agua unos palillos para comer. Entonces Susano,
pensando que debía de haber gente en las fuentes del río, lo remontó en su
búsqueda hasta que encontró un anciano y una anciana, que estaban sentado a
ambos lados de una joven y lloraban. Entonces se dignó preguntarles:
-¿Quiénes
sois?
El
anciano respondió:
-Tu servidor es un dios del país, hijo
del dios Señor de la gran montaña. Me dan el nombre de Ashi-nazu-chi, y
dan a mi mujer el nombre de Te-nazu-chi, y dan a mi hija el nombre de Kushi-nada-hime *[Princesa del Arrozal y
del Peine].
-¿Cuál es la causa de vuestros
lamentos? -preguntó de nuevo.
-Antes tenía ocho hijas jóvenes, pero
la serpiente de ocho cabezas, llamada Yamata-no-Orochi, y que viene del
país de Koshi, ha devorado a una cada año y ahora lloramos porque es el
momento en que le corresponde volver -respondió el anciano.
-¿Qué aspecto tiene?
-Sus ojos son como alquenquejes *y tiene un único cuerpo
con ocho cabezas y ocho colas. Además, en su cuerpo crece musgo, tuyas *y cedros gigantes. Su longitud
alcanza más de ocho valles y ocho colinas, y si se observa su vientre, puede
verse que está siempre sanguíneo e inflamado*.
Entonces Susano dijo al
anciano:
-Puesto que es tu hija,
¿querrías ofrecérmela [si mato a la serpiente]?
A lo que el anciano respondió:
-Me siento muy honrado,
pero no conozco tu augusto nombre.
-Soy Susano, el
hermano mayor de Amaterasu-no-mikoto, la augusta divinidad que hace
brillar los cielos, y he aquí que acabo de descender del cielo -respondió.
Entonces las divinidades Ashi-nazu-chi
y Te-nazu-chi dijeron:
-Siendo así, nos honrará
ofrecértela.
Y he aquí que Susano, tomando inmediatamente a la
joven y transformándola en un peine, que plantó en el moño de su cabellera,
dijo a las divinidades Ashi-nazu-chi y Te-nazu-chi:
-Preparad sake ocho veces
refinado. Además, construid un cercado circular; a este cercado ponedle ocho
puertas; a estas puertas unid ocho plataformas; en cada plataforma colocad una
tinaja de sake y en cada tinaja verted el sake ocho veces
refinado y esperad.
Mientras
esperaban, tras haberlo dispuesto todo de este modo, llegó la serpiente de ocho
lenguas, tal como el anciano había dicho, y al instante sumergió una cabeza en
cada tinaja, y se bebió el sake; entonces, emborrachada por la bebida,
se quedó durmiendo. Susano, saliendo de su escondrijo, sacó el sable de diez
palmos que ceñía, y cortó la serpiente en pedazos, de tal modo que el Hi
fluyó transformado en un río de sangre.
Y al cortarle la cola por la mitad, el filo de su sable se rompió.
Asombrado, vió que en el interior de la cola había una gran espada. Tomó este
gran sable y, maravillado, se lo ofreció respetuosamente a Amaterasu. A
este sable se le conoce con el nombre de Kusanagi-no-Tsurugi [Cortacesped
o Sable dominador de las hierbas*], y también Ameno-no-Mura-Kumo-Tsuragi [Espada
de las Nubes Celestiales].
Después,
Susano devolvió a Kushi-nada-hime a su forma humana, y buscó entonces en aquel
mismo país un lugar para construir un palacio, donde pudiese vivir con la joven
a la que había salvado; este lugar lo encuentra en Suga, y en esta ocasión
improvisa un canto famoso:
Ocho nubes se levantan:
la óctuple valla de Izumo
alrededor de los esposos
compone una óctuple valla
Los descendientes de Susano y
Kushi-nada-hime
El
relato continúa con la enumeración de los descendientes de Susano y
Kushi-nada-hime. Entre ellos figura el dios llamado Ô-kuni-nushi, también
conocido como Dai-koku-sama, esto es, el Señor del Gran País [de
Izumo], descendiente de Susano por sexta generación. Con Ô-kuni-nushi se
inaugura el Ciclo de leyendas de Izumo, propiamente dicho. La primera de estas
leyendas, titulada “La liebre blanca de Inaba”, a pesar de haber sido
suprimida en el Nihon Shoki por ser demasiado ingenua, no ha perdido su antigua
popularidad y así la reproducimos.
La
liebre blanca de Inaba
He
aquí que el dios Ô-kuni-nushi tenía a ochenta dioses por hermanos, pero
todos cedieron el país en sus manos. La razón de este hecho es la siguiente:
los ochenta hermanos deseaban cortejar a Ya-gami-hime, princesa de la
provincia de Inaba*, y juntos se dirigieron
allí. Llevaban como sirviente a su hermano Ô-kuni-nushi, que iba por
detrás del gran grupo.
Cuando
llegaron al cabo de Keta encontraron una liebre despellejada que yacía
en el suelo. Los ochenta hermanos le dijeron: “Deberías bañarte aquí, en el
agua del mar, luego acostarte en la ladera de una montaña cuando sople un gran
viento”. La liebre siguió sus consejos, y entonces, al secarse el agua del mar,
la piel de su cuerpo se agrietó por todas partes al soplo del viento, y empezó
a gritar de dolor.
Cuando
llegó Ô-kuni-nushi, que iba detrás de los demás, vio la liebre y dijo:
-¿Por qué estás aquí
acostada, llorando?
La liebre respondió, diciendo:
-Me encontraba en la isla
de Oki*, y deseaba cruzar hasta
este país, pero no tenía ninguna barca. Por esta razón, engañé a los cocodrilos
del mar*, diciendo: “Vosotros y yo
vamos a comparar cuál de nuestras tribus es más o menos numerosa. Así pues, id
a buscar a cada uno de los miembros de vuestra tribu y pedidles que se pongan
en fila desde esta isla hasta el cabo de Keta. Entonces yo andaré sobre
ellos y los contaré mientras corro. De este modo sabremos cual es la tribu más
numerosa”. Cuando hube así hablado, resultaron engañados, se pusieron en fila y
anduve sobre ellos y los conté al cruzar. Y estaba a punto de llegar a tierra
cuando dije: “Habéis sido engañados por mí, pues sólo pretendía cruzar el mar”.
Apenas hube acabado de hablar cuando el cocodrilo que estaba el último de la
fila me agarró y me arrancó la piel. Y mientras lloraba y me lamentaba a causa
de esto, los ochenta dioses que acaban de pasar me hablaron, diciendo: “Báñate
en el agua salada y acuéstate expuesta al viento”, y como seguí sus consejos,
mi cuerpo entero ha quedado herido.
Entonces,
Ô-kuni-nushi aconsejó a la liebre, diciendo:
-Ve ahora rápidamente a la
desembocadura del río, lava tu cuerpo con agua dulce, luego toma el polen de la
hierba de kama de la desembocadura, extiéndelo y revuélcate sobre él.
Con ello tu cuerpo recobrará su piel original.
Así lo hizo, siguiendo estos consejos, y su cuerpo volvió a
ser como antes. Entonces, la liebre, que en realidad era una deidad, le
recompensó con la siguiente promesa:
-Estas ochenta dioses no
tendrán a la princesa Ya-gami. Será tu augusta persona quien la
obtendrá.
Las
ordalías de Ô-kuni-nushi
Como
la princesa Ya-gami, había, en efecto, rechazado a los ochenta malvados
hermanos, y se había decantado por Ô-kuni-nushi, éstos, furiosos contra el
rival que ella había preferido, intentan matarle por diversos medios. De hecho,
consiguen darle muerte en dos ocasiones, pero en ambas, su madre, que intercede
por él ante los dioses, le devuelve a la vida.
En primer lugar, los hermanos calentaron al rojo vivo una gran roca y la echaron a rodar por una montaña. Le dijeron a Ô-kuni-nushi que se trataba de un jabalí, y le pidieron que lo detuviera. Así lo hizo, paró la roca, pero se abrasó y murió. En la segunda tentativa, los hermanos aplastaron a Ô-kuni-nushi con las ramas de un enorme árbol. Tras esta experiencia, a instancias de su madre, Ô-kuni-nushi decidió poner fin a la rivalidad buscando el consejo de Susano, que por entonces se había trasladado al infierno.
Cuando
Ô-kuni-nushi llegó a la casa de Susano, en el lejano País Inferior*, la hija de este último, Suseri-hime,
salió, le vio, intercambiaron miradas y se casaron; y, volviendo a entrar, ella
dijo a su padre:
-Un dios muy hermoso ha
llegado.
Entonces Susano
salió, miró y dijo:
-Es el Rudo Varón de la
Llanura de Juncos*.
Susano, ofendido por la impetuosa conducta de
Ô-kuni-nushi, decide deshacerse de él. Para ello, simula aceptar a su nuevo
yerno, y le prepara una serie de trampas mortales:
Inmediatamente, tras llamarle al interior, le hizo acostarse
en la cámara de las serpientes. Allí en lo alto, su esposa, la princesa Suseri,
le entregó un pañuelo mágico, diciendo: “Cuando las serpientes estén a punto de
morderte, persíguelas agitando este pañuelo tres veces”. Y tras seguir estas instrucciones,
las serpientes se calmaron.
De nuevo, llegada la siguente noche, Susano le
introdujo en la casa de los ciempiés y las avispas; sin embargo, la princesa le
entregó otro pañuelo mágico, y de igual modo, pasó la noche tranquilamente.
Enfurecido Susano, disparó una nari-kabura [flecha
sonora*] en medio de un vasto
páramo, y le ordenó que la recogiera. Cuando hubo entrado en el páramo, Susano
prendió fuego a la hierba que crecía en la llanura. Ô-kuni-nushi buscó
en vano una salida, hasta que acudió en su ayuda un ratón y le dijo: “El
interior es hora-hora; el exterior es subu-subu*”.
Al oir estas palabras, dio
una patada al suelo, que se abrió, y pudo refugiarse en su interior, mientras
el fuego pasaba por encima de su cabeza. Mientras, el ratón trajo en su boca la
flecha sonora y se la entregó. Las plumas de las flechas las llevaban en sus
bocas los hijos del ratón. En esto, su esposa llegó lamentándose, con todo lo
necesario para el funeral. Su padre, Susano, creyendo que el esposo de
su hija estaba muerto, se dirigió al páramo; sin embargo, Ô-kuni-nushi apareció
portando la flecha y se la entregó.
Al día siguiente, Susano le ordenó que le
quitara los piojos de la cabeza y, si se le miraba la cabeza, lo cierto es que
tenía en ella abundantes ciempiés. Y he aquí que la joven entregó a su esposo
bayas y tierra roja. El trituró las bayas masticándolas y las escupió con la
tierra roja, de modo que Susano creyó que masticaba y escupía los
ciempiés; así, empezó a cogerle cariño a Ô-kuni-nushi, y pensando que le
quería bien, se durmió.
Entonces, Ô-kuni-nushi, agarrando la cabellera de Susano,
la ató solidamente a las distintas vigas de la casa; luego, bloqueando el techo
de la casa con una roca que no habrían podido levantar ni siquiera quinientos
hombres y tomando a su esposa, la princesa Suseri, sobre sus espaldas,
se llevó la gran espada, el arco y las flechas de la vida*, así como la celeste arpa
parlante*, y huyó. Sin embargó, el
arpa rozó las ramas de un árbol y resonó. Susano, que dormía, se sobresaltó
con el ruido y se dio cuenta de lo que sucedía. Derribó la csa, pero cuando
consiguió soltar su cabellera atada a las vigas, el fugitivo ya estaba lejos.
Les persiguió hasta la Pendiente que desciende al País de
las Tinieblas; pero, llegados a este punto, decidió dejarlos en paz, y,
mirándole de lejos, dijo a Ô-kuni-nushi: “Con el gran sable de la vida y
el arco y las flechas de la vida, persigue a tus hermanos hasta que se
estrellen contra las pendientes de las colinas, y persígueles hasta que sean
barridos en toda la extensión de los ríos y tú, ¡miserable!, te conviertas en
el dios Señor del Gran País. Tras convertirte en el dios Espíritu del país vivo
y hacer de mi hija, la princesa Suseri, tu legítima esposa, planta
sólidamente los pilares tu palacio al pie del monte Uka hasta los
cimientos de los más profundos roquedales y levanta las vigas entrecruzadas de
su techo hasta Takamagahara y habítalo tú, ¡miserable!”.
Y portando el gran sable y el arco, persiguió y dispersó a los ochenta dioses, les persiguió hasta que se quedaron tendidos contra las augustas pendientes de todas las colinas y les persigió hasta que resultaron barridos en todos los ríos, y entonces comenzó a construir el país.
Otros
relatos sobre Ô-kuni-nushi
Siguen
luego otras historias, que se apartan un tanto de la línea anterior de la
narración. Ô-kuni-nushi hace la corte a la princesa de Nuna-kaha,
mediante el intercambio de poesías, lo cual despierta lógicamente los celos de
la esposa principal, Suseri, quien protesta por la actitud de su marido. El
dios responde, amenazando con abandonarla, prediciéndole que, cuando él haya
partido “ella inclinará la cabeza como un susuki *solitario en la montaña, y
su llanto se elevará al cielo como la neblina de un aguacero matutino”. La
princesa se resigna: “Oh, tú, augusto dios de las Ocho mil lanzas, mi Señor
del Gran País, en verdad, siendo hombre, tienes sin duda en los diversos cabos
de las islas que ves, en cada promontorio de las playas que observas, una mujer
parecida a la hierba tierna*, pero yo, ¡ay de mí¡,
siendo mujer, no tengo otro hombre más que tú, no tengo otro esposo más que
tú!...”. Y como prenda de reconciliación, ella le entregó la copa de sake. “Entonces
se comprometieron por medio de la copa*, se abrazaron y la paz ha
seguido reinando entre ellos hasta hoy”.
Ô-kuni-nushi,
encontrándose en el cabo de Miho, ve llegar en un barco minúsculo “sobre la
cresta de las olas” a un pequeño dios vestido con plumas de pájaro que no
responde cuando se le pregunta por su nombre. Este enano misterioro, cuya
identidad es revelada por el dios de los Espantapájaros, a quien se han
dirigido por consejo del Sapo, fraterniza pronto con Ô-kuni-nushi, y le ayuda a
“construir y consolidar esta tierra”. Pero desgraciadamente, no tardará
en pasar al País Eterno*.
Mientras
Ô-kuni-nushi se lamenta de este abondono, se le aparece un dios cuyos rayos
iluminan el mar. Este dios también le promete su ayuda para acabar la obra
emprendida, denominada kuni-zukuri [Edificación del país], a condición de
que luego le permita reposar en un templo del monte Mimoro*.
Las
embajadas de Amaterasu
Los
conflictos de Ô-kuni-nushi redujeron Izumo a la anarquía, circunstancia que
aprovechó la astuta Amaterasu. Como quería extender sus dominios hasta aquella región,
envió a Oshi-ho-mimi, uno de los hijos que había concebido en la competición
con Susano, para que gobernase aquella tierra. Sin embargo, el joven dios
volvió pronto, anunciado que el país era demasiado tumultuoso. En consecuencia,
las ochocientas miríadas de divinidades, convocadas por Amaterasu y
Taka-mi-musuhi, mantuvieron una asamblea en el lecho seco del río
Ama-no-gawa, y por consejo del dios
Omoi-kane, deciden enviar a un dios que someterá a las “violentas y
salvajes divinidades del país”. Sin embargo, Ame-no-Hohi, que es designado
para esta misión, se convierte en amigo de Ô-kuni-nushi, y no vuelve a dar
señales de vida.
Tres
años después, se celebra una nueva asamblea, y se decide el envío de otro dios,
Ame-no-waka-hiko [Joven príncipe celeste],
para averiguar lo sucedido. Pero este también les traiciona, se casa con la
hija de Ô-kuni-nushi, y decide convertirse en gobernante de aquellas tierras.
Pasados
ocho años, Amaterasu le envió un faisán divino a Ame-no-waka-hiko, para que le
preguntase la razón de su prolongada ausencia del cielo. Este, al ser
interrogado por el faisán, le disparó una flecha, que, después de atravesar al
ave, llegó hasta el cielo y cayó sobre los pies de Taka-mi-musuhi*. Este, indignado,
relanza la flecha con tal fuerza y puntería, que alcanza directamente a
Ame-no-waka-hiko, y lo mata.
Exasperadas
ante tantos fracasos, Amaterasu envió a dos de las deidades en las que más
confiaba, Taka-mi-musuhi y Kami-musuhi, para que le dijeran a Ô-kuni-nushi que
debía entregar las tierras a la diosa del sol. Sentados en la punta de las
espadas, que se habían incrustado en la cresta de una ola frente a la playa de
Inasa, en Izumo, los dioses comunicaron el ultimatum de Amaterasu, y el ya
anciano Ô-kuni-nushi, impresionado ante semejante despliegue, le pidió opinión
a uno de sus hijos. Este le aconsejó que capitulara, a lo que Ô-kuni-nushi
accedió, a condición de que se le reservara un lugar entre las grandes deidades
veneradas en Izumo, y Amaterasu se lo concedió. Después de Ise, Izumo es el
santuario sintoísta más importante de Japón.
[*1]Al ser desterrado de los cielos, Susano desciende a la tierra, al reino de Izumo, y sus aventuras allí constituyen el vínculo con un grupo de mitos (Ciclo de Izumo), protagonizados por sus descendientes.
[*2]Kushi = peine, que ayuda a entender el relato posterior.
[*3]Alquenqueje: planta silvestre o cultivada, cuya baya está encerrada en un cáliz encarnado que se hincha en forma de vejiga (familia solanáceas).
[*4]Tuya: planta arbustiva de Asia y América, cultivada por su aspecto ornamental (familia cupresáceas).
[*5]Este retrato del monstruo es una descripción metafórica del propio río, con su curso serpenteante, sus numerosos afluentes, sus orillas boscosas y sus aguas profundas. Por otra parte, la muerte de las hijas podría ser interpretado como la existencia de sacrificios humanos, con el objeto de apaciguar a los dioses animales que se cobijaban en estos bosques y ríos, si bien la arqueología, hasta el día de hoy, no ha demostrado la existencia de tales prácticas en el Japón primitivo.
[*6]Se dice que esta espada se ha conservado hasta nuestros días (¿?), y que está custodiada en el templo de Atsuta, cerca de la ciudad de Nagoya, o en el templo de Ise.. Otros autores afirman que se perdió en el Mar Interior durante la batalla de Dan-no-Ura, en el año 1185.
[*7]Esa poesía arcaica ha provocado muchas discusiones, pero, en términos generales, expresa seguramente la alegría del dios al ver las hermosas nubes que envuelven su residencia nupcial, protegiéndola con una espesa valla, recordando al mismo tiempo, el cercado utilizado para matar a Yamata-no-Orochi.
[*8]Provincia cercana a la de Izumo.
[*9]Frente a las costas de Izumo e Inaba.
[*10]El cocodrilo era desconocido en Japón, de modo que probablemente tengamos aquí un recuerdo legendario del sudeste asiático.
[*11]La descripción de este lugar difiere notablemente del cuadro presentado en la historia de Izanagi, por lo cual hay que concluir que la morada de los muertos fue objeto de dos concepciones diferentes en dos ciclos legendarios distintos.
[*12]Uno de los muchos nombres por los que se conoce a Ô-kuni-nushi.
[*13]Flechas con la cabeza perforada, que hacen resonar el aire cuando se tiran.
[*14]Onomatopeyas que pueden traducirse respectivamente por “hueco, hueco” y “sólido, sólido”.
[*15]La espada, el arco y las flechas son armas “de la vida” porque tenían la virtud mágica de alargar la vida de sus poseedores.
[*16]Llamada “parlante” porque los oráculos de los dioses se recibían tocando el arpa.
[*17]Gramínea (Miscanthus sinensis)
[*18]Metáfora de esposa.
[*19]Al igual que se sigue haciendo hoy en las bodas mediante ritual shinto.
[*20]En japonés, Toko-yo-no-kuni, lejano país situado al oeste, al otro lado del mar, que al parecer, era considerado la morada de los muertos. En este caso, nos encontramos con una tercera concepción del infierno, diferente a la de los episodios de Izanagi y Susano. A este respecto, resulta interesante que algunas tumbas del período Kôfun contengan pinturas de barcos y signos que representan las olas del mar, tal vez haciendo alusión a esta creencia que sitúa el inframundo más allá del horizonte, y no debajo de la tierra.
[*21]El significado de estos fragmentos resulta bastante incierto. Probablemente hacen referencia, de algún modo, al recuerdo de los primero y primitivos intentos por aglutinar los pueblos del archipiélago bajo la misma autoridad.
[*22]En otros relatos, llega a herir al dios.