Rebanadas de pan tostado, a las que tras untarlas con un diente de ajo se les añade aceite de oliva virgen y sal. También se les puede añadir un pelín de pimentón molido, por quello de darles algo más de sabor y de color. Sanas como ellas solas. Más natural... imposible.
Ahora
bien, aquel que osase "apretarse" una o varias de estas
viandas debía estar en posesión de un estómago duro como el
diamante. De lo contrario, al rato de ingerirlas los efectos
"ardóricos" serían, a buen seguro, inmisericordes con
el osado degustador. Estas tostadas se tomaban principalmente
para desayunar. Y digo "tomaban", pues ésta como otras
tradiciones comienza por desgracia, si no a desaparecer, sí a
ser sustituida por desayunos que podríamos llamar más
"industriales".