
Esto es punto y aparte.
Masa de harina frita en muy pequeñas porciones, y posteriormente, espolvoreados con azúcar. Parece una tontería de nada, pero están para tirar cohetes. Lo importante aquí es saber darle el punto de sal y de consistencia a la masa que después freiremos. Evitar tanto como sea posible que al final te salga una "gachuleta" infreible e incomible. Un buen plato de papajotes con un buen tazón de chocolate (una simple taza se quedaría bastante escasa) es una cena de esas a las que hay que asistir si te invitan. A la luz de la chimenea, de noche, en la planta baja de mi casa, en pleno invierno, oyendo romperse las gotas de lluvia contra el cristal de la ventana que daba al corral; éste era el mejor momento para decirle a mi madre que hiciera papajotes para cenar. Era una de esas frecuentes ocasiones en que la familia se reunía, sin televisión; acaso con una radio de esas antiguas, para hablar, y "trapiñarnos" con avidez cada papajote que mi madre iba añadiendo a la fuente de barro que había en la mesa de madera.
La madurez, el trabajo y las prisas del futuro me llevaron casi a guardarlos en el rincón del olvido. Pero un día, ya casado y con un hijo, mirando el mueblecito despensero blanco que teníamos en la cocina; cavilando qué hacer de cena, mi mujer me propuso, como si aquello fuera nada, casi sin darle importancia... hacer papajotes. Me vino rápidamente a la memoria, la noche, el olor de la tierra mojada, los chiquillos jugando al pillar en la calle del Trillo, las empinadas escaleras que subían del portal al comedor; todo, hasta el más mínimo detalle. Era una ocasión especial. Acepté, por supuesto. ¡Y cómo los hace! ¡Están para chuparte los dedos! Si me casé por ella por cómo le sale la coliflor rebozada, me juré en aquel momento permanecer a su lado para aprovechar cada papajote que hiciera en el futuro.