Cuidados de enfermeria en paciente con un aneurisma de aorta abdominal



VALORACIÓN:

Antes de la cirugía, el personal de enfermería valora la circulación distal al aneurisma. Se palpan los pulsos periféricos y se comparan con el otro lado. El personal de enfermería inspecciona y palpa la piel de las extremidades inferiores fijándose en el color y la temperatura. Si el aneurisma afecta al riego sanguíneo renal, el personal de enfermería valora la posibilidad de una reducción de la diuresis. Se debe informar al médico de cualquier cambio brusco del dolor que refiera el paciente.

DIAGNÓSTICO DE ENFERMERÍA:

Los diagnósticos de enfermería en la fase preoperatoria son los siguientes:

  -Déficit de conocimientos acerca de la naturaleza hereditaria de la enfermedad y del tratamiento planeado.
  -Riesgo de dolor relacionado con la incisión quirúrgica.
  -Miedo relacionado con el conocimiento de los riesgos de la cirugía y de rotura del aneurisma.

Además de los diagnósticos habituales en cualquier otra intervención abdominal, existen otros relacionados con la cirugía aórtica:

  -Aumento del riesgo de alteración de la integridad tisular de las extremidades inferiores secundaria a la isquemia.
  -Aumento del riesgo de déficit de volumen de líquidos en relación con la hemorragia o con el paso de líquidos al tercer espacio.
  -Aumento del riesgo de alteración de la perfusión hística en relación con trombosis o embolia.
  -Déficit de conocimientos sobre las instrucciones para el alta.

PLANIFICACIÓN/RESULTADOS ESPERADOS:

Antes de la intervención, el paciente:

  -Podrá expresar sus conocimientos sobre la naturaleza hereditaria de la enfermedad y los transmitirá a su familia, así como los planes para el tratamiento.
  -Describirá los métodos de tratamiento del dolor.
  -Buscará consejo en su familia o en Otros grupos de apoyo y manifestará su conocimiento sobre la proporción riesgo/beneficio del tratamiento.

Tras la intervención, el paciente:

  -Expresará los signos y síntomas de isquemia de las extremidades, si estos existen.
  -Mantendrá un adecuado equilibrio hídrico.
  -Presentará una perfusión tisular periférica adecuada.
  -Tendrá conocimiento de las instrucciones para el alta.

EJECUCIÓN:

La exposición de los riesgos y posibles complicaciones de la cirugía y de los tratamiento alternativos es responsabilidad del cirujano. Sin embargo, el paciente necesitará ser informado sobre los acontecimientos normales del período pre y postoperatorio. Por tanto, hay que tratar con el paciente y con su familia sobre los acontecimientos previsibles, como la duración del ingreso en la unidad de cuidados intensivos, la presencia de sondas o aparatos de monitorización y la posibilidad de tener que utilizar respiradores. Es esencial proporcionar apoyo emocional.

Durante la intervención, se hace un pinzamiento cruzado de la aorta para detener el flujo y poder colocar el injerto. Esta maniobra aumenta el riesgo de estrés sobre el corazón, lo cual puede desencadenar infarto de miocardio (IM) o insuficiencia congestiva. Además, la hipotensión que a veces de produce cuando se retira la pinza puede provocar Dvi, accidente cerebrovascular o lesión renal. Hay que mantener el volumen de los líquidos. La forma más exacta de mantener el volumen de líquido en el postoperatorio es con un catéter en la arteria pulmonar o con una vía central. Se hace una medición horaria de la diuresis, comunicando inmediatamente su magnitud, siempre que ésta sea inferior a 25-30 ml/hora.

En las intervenciones vasculares, se suele administrar heparina intraoperatoria para evitar la coagulación durante la intervención. Los efectos de la heparina se contrarrestan después de la operación, pero el personal de enfermería debe estar alerta para detectar signos de hemorragia. Estos signos pueden consistir en un descenso de la presión venosa central, disminución de la diuresis, descenso de la hemoglobina no debido a la dilución y caída de la presión arterial.

En el postoperatorio hay que monitorizar estrechamente la perfusión arterial distal. Se valoran los pulsos en ambas extremidades inferiores y se comparan con los preoperatorios. Se registran y comunican los demás signos de cambio de color, nivel de dolor, movimiento, sensibilidad y temperatura. En la intervención y a causa de la disminución de la presión durante el pinzamiento aórtico, o debido a los restos desprendidos que quedan libres durante la manipulación arterial, se pueden ocluir arterias distales. Los parches oscuros en los dedos o plantas de los pies o el dolor en estas zonas pueden poner al personal de enfermería sobre aviso acerca de esta posibilidad. Si se detectan estas alteraciones, hay que comunicarlas al médico.

Como sucede en la reconstrucción aortoilíaca, existe el riesgo de colitis isquémica. Si aparece diarrea antes del momento previsible de recuperación de la función intestinal, hay que comunicarlo al médico. La diarrea sanguinolenta puede anunciar esta complicación. El enfermo suele quejarse de dolor en la fosa ilíaca izquierda y puede haber sepsis. Para confirmar el diagnóstico, es necesario recurrir a la colonoscopia.

En los pacientes en los que se ha hecho una reconstrucción de un aneurisma que se extiende por encima de las arterias renales, existe el riesgo de isquemia de la médula espinal. La lesión de la arteria de Adamkiewicz, la arteria principal de la médula espinal, puede dar lugar a la parálisis de las extremidades inferiores. Es esencial valorar la función motora y sensitiva. Esta valoración puede resultar difícil en enfermos a los que se ha practicado una analgesia epidural.

El alivio del dolor puede resultar difícil, dada la longitud de la incisión y que para el movimiento han de utilizarse los principales músculos abdominales. La medicación antiálgica se administra según las necesidades. En algunas instituciones, se utiliza analgesia controlada por el paciente o analgesia epidural. Parece ser que los pacientes se movilizan y ventilan con mayor facilidad cuando el dolor es escaso. Hay que estimularlos para que pidan la medicación y no teman habituarse a la misma.

Se suele pedir al paciente que se movilice ya en el primer o segundo día del postoperatorio. En 1 o 3 días, los enfermos dejan de necesitar cuidados intensivos, a no ser que aparezcan complicaciones. La recuperación de la función intestinal se produce en el cuarto o quinto día del postoperatorio. La mayoría de los enfermos que no tienen complicaciones pueden ser dados de alta en 5-7 días, dependiendo de la institución. Los protocolos terapéuticos pueden ayudar a mantener la secuencia deseada de acontecimientos desde el ingreso hasta el alta.

El plan para el alta incluye el cuidado de la herida, que es mínimo, e instrucciones sobre la actividad. A no ser que el médico diga otra cosa, el paciente se puede duchar o bañar y aplicarse lociones para ablandar la cicatriz. También puede utilizar las escaleras. aunque limitando el peso que puede levantar a menos de 2.5 kg. Se le instruye para que evite conducir hasta que el médico lo permita. ya que los frenazos pueden aumentar la presión intrabdominal y separar la herida.

Una parte final de la instrucción debe reforzar la necesidad de que los miembros de la familia se sometan a una valoración selectiva de un AAA. A los familiares de primer grado se les debe hacer una ecografía si tienen 50 años o más. Esta idea debe reforzarla el personal de enfermería domiciliario, que puede pasar más tiempo con los familiares.

EVALUACIÓN / DOCUMENTAClON:

La evaluación se basa en los resultados previstos para cada individuo. La instrucción se evalúa haciendo que el paciente demuestre o explique el material. Las instrucciones sobre su actividad deben ser expuestas de forma clara y concisa por el paciente o sus allegados.

La instrucción, la respuesta del paciente y todos las actuaciones efectuadas deben documentarse cuidadosamente por parte del personal de enfermería, prestando especial atención al estado de la herida, la medicación y las precauciones recomendadas, los cambios en los hábitos de vida y la actividad.


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