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Bion

Foulkes

Meltzer

Mancia

Lacan

Conclusiones

La obra de Wilfred Bion se fundamenta por una parte en la convicción de que la experien­cia emocional es anterior al pensa­miento y que éste a su vez lo es a la propia acción de pensar en tanto que proceso de elabora­ción y transformación de los mismos y por otra parte de la aplicación de los mecanismos de defensa primordiales descu­biertos por Klein , la escisión e identifi­cación proyectiva, no solo a las estructu­ras mentales sino también a las distintas funciones mentales del yo, como el pensamiento, la memoria, la atención, la acción o el enjuiciamien­to.

Desde esta perspectiva la mente se construye así misma poco a poco mediante la adquisición de conocimiento sobre sí misma y sobre sus objetos internos y externos a partir de la "digestión" de las vivencias, proceso que culminará en la producción de los pensa­mien­tos a través de una compli­cada evolución en la que éstos irían cre­ciendo en complejidad, abstracción y sofistica­ción con el fin de poder ser manipulados en el proceso de pensar. El desarrollo de la mente depende pues de la adecuada digestión del contenido emocional de las relaciones pri­mordiales de tal forma que la experiencia emocional pueda ser elaborada para que pueda ser pensada y comprendida y de este modo la mente crezca y se desarro­lle. Es en la emoción donde se encuentra la posibilidad de que de la experien­cia se extraiga algún significa­do, así pues Bion concibe la emoción como el significado de la vivencia.

Dentro de este alambicado proceso Bion adjudica a la madre un papel trascendental para que el mismo pueda llegar a feliz término, pues a diferencia de Klein que consideraba que la madre debía atender las necesida­des del bebé así como modular su dolor mental y para quien el desa­rrollo mental era en cierto modo una secuencia bioló­gica­mente programa­da, para Bion la relación de la madre con el niño es mucho mas compleja, la madre gracias a su capacidad de "reverie" tiene que desempeñar “realmente” funciones mentales por el niño, para que éste pueda con el tiempo realizar­las por si mismo, gracias a la internali­zación de la madre mediante la introyección gradual de dichas funciones en sus obje­tos internos.

Bion de esta manera pone en crisis el modelo pulsional, el concepto de reverie ratifica la primacía de la relación y de la interacción entre la madre y el niño en el desarrollo de la mente infantil. Sustituye el encuentro entre la pulsión de muerte y el objeto por el encuentro entre el deseo y la realidad, y la frustración como corolario necesario de dicho encuentro, invierte de este modo el modelo pulsional de Klein al sustituir el interés por la pulsión, por un interés fundamental por el objeto, continua atribuyendo a la disociación y a la identificación proyectiva un papel determinan­te en el desarrollo y configuración de la mente, pero se reconoce la causa de la subsiguiente utilización de estas modalidades defensivas en un fracaso de la relación primaria por una falta de reverie materna o por un defecto en el bagaje interno del niño.

Así pues siguiendo el modelo bioniano las impresiones senso­riales y las experiencias emocionales, denominadas elementos beta, son inasimilables en su real crudeza por el aparato mental, han de ser procesadas por la llamada función alfa, que transforma los elementos beta en elementos alfa, los cuales ya sí pueden ser asimilados y son aptos para ser almacenados en la memoria, o ser utilizados para conformar los pensamientos inconscientes de la vigilia o los propios pensamientos oníricos. En las etapas inicia­les del desarrollo el bebé carece de la capacidad de reali­zar por si mismo la función alfa, así que sólo posee elemen­tos beta inutilizables cuyo único destino posible es el de ser evacua­dos al exterior mediante la identificación proyectiva en la madre, será entonces ésta la encargada de realizar la función alfa por él, para que éste pueda posteriormente introyectarlos ya transfor­mados en forma de elementos alfa:

"El enunciado más general de la teoría es que para aprender de la experiencia la función alfa debe de operar sobre las impresiones sensoria­les y las expe­riencias emocionales produciendo elemen­tos alfa, que comprenden las imágenes visuales, los modelos auditi­vos, los modelos olfativos, etc. por lo tanto se convier­ten en acumulables y disponibles para ser almacenados en la memoria o para ser empleados en la formación de los pensamientos oníri­cos y el pensar inconsciente de la vigilia"

"Una experiencia emocional que ocurra duran­te el sueño no difiere en nada a una expe­riencia emocional que ocu­rra durante la vigilia, en ambos casos las percep­ciones de la experiencia emocional han de ser elabora­das por la función alfa antes de que puedan ser utili­zadas. El hombre que duerme tiene una experiencia emo­cional, la convierte en ele­mentos alfa y se vuelve ca­paz de tener pensamientos oníricos, por lo que tiene la libertad de llegar a ser consciente y describir la experiencia emocional a través de una narración que generalmente se conoce como sueño. Si el sujeto no es capaz de transformar su experiencia emocional en ele­men­tos alfa no puede soñar. La función alfa trans­forma la impresión sensorial en elementos alfa que se aseme­jan, y en realidad pueden ser idénti­cos, a las imáge­nes visuales con las que estamos familiarizados en los sueños"

Por otra parte estos elementos alfa se aglutinan formando la llamada "barrera de contacto" que es la responsable de la división de los procesos mentales en inconscientes y conscien­tes pues constituye su mutuo límite a al vez que su común ámbito de encuen­tro, así la relación entre sueño e inconsciente se invierte con respecto a Freud , el sueño crea y diferencia lo consciente de lo incons­ciente. La barrera de contacto está en continuo proceso de formación y su naturaleza dependerá de los elementos alfa que la componen y de la relación que estos asumen entre si, esta flui­dez de la barrera nos hace recoger en los sueños, antes que en otro lugar, los cambios significativos del paciente y de su relación con nosotros como analistas.

"La función alfa del hombre, dormido o despierto, trans­forma las impresiones sensoriales relacionadas con una experiencia emocional en elementos alfa, que al proliferar se adhieren formando la barrera de con­tacto. Esta barrera de contacto, de este modo en cons­tante proceso de formación, marca el punto de con­tacto y separación entre los elementos conscientes e incons­cie­ntes y origina la distinción entre ellos. La natura­leza de la barrera de contacto dependerá de la provi­sión de elementos alfa y de como estos se rela­cionan entre si. Pueden adherirse, pueden estar aglome­rados, pueden estar ordenados lógicamente, pueden estar ordenados geométricamente o pueden estar ordena­dos en una secuencia para dar la apariencia de una narra­ción al menos en la forma en que la barrera de contacto puede manifes­tarse en un sueño"

"El termino barrera de contacto acentúa el estableci­miento de contacto entre consciente e inconsciente y el pasaje selectivo de uno a otro. Se puede esperar que la barrera de contacto se manifieste en la clínica como algo que se parece a los sueños. Los sueños nos permiten un acceso directo al estudio de la barrera de contacto. El sueño constituye una barrera contra los fenómenos mentales que podrían abrumar la captación de la reali­dad, y al mismo tiempo hace que sea imposible que la captación de la realidad abrume sus fantasías inconscientes. El sueño tiene muchas de las funciones de la censura y resisten­cia, estas funciones no son el resultado de lo inconsciente, sino que son instrumen­tos mediante los cuales el sueño crea y diferencia conciencia de inconsciencia"

Mientras Freud sitúa el deseo reprimido infantil como resorte del sueño y para Klein el sueño representa la necesidad de la mente de represen­tarse su mundo interno, para Bion es la experiencia y la capacidad digestiva y constructora de la mente con respecto a esa experiencia la responsable de la incesante presencia de los sueños en la vida de los hombres. Las ideas de Melanie Klein sobre los sueños supusie­ron un cambio importante en su concepción pero todavía consideraba el soñar como diferente al pensar, según su concep­ción tampoco se desarrollaba en el soñar ninguna actividad intelectual, para Bion por el contrario el sueño se hace expresión de una formidable operación mental que consiste en la elaboración de la experiencia sensorial y emocional para lograr su transformación en pensamiento, todo esto antes y al margen de cualquier interpre­tación. Bion toca pues un punto fundamental de la función del sueño su capacidad elaborado­ra y transformadora de las experien­cias vividas durante el estado de vigilia dándole así una continuidad a la vida mental y situando a los sueños en el punto de germina­ción del pensamien­to:

"Los sueños, junto a la función alfa que posibilita el soñar, son fundamentales para el correcto funciona­miento de la conciencia y la inconsciencia, de lo cual depende el pensamiento ordenado. En la teoría de la función alfa las fuerzas de la censura y la resisten­cia son esen­ciales para la diferenciación de conscien­te e incons­ciente y ayudan a mantener la discrimina­ción entre los dos. Esta discriminación deriva del funcionamiento de los sueños que son una combinación en forma narrativa de pensamientos oníricos y estos pensamientos derivan a su vez de combinaciones de elementos alfa"

La obra de Bion , evidentemente mucho más amplia en otros muchos aspectos de lo aquí expuesto, es sin duda alguna excesiva­mente enteléquica, él mismo reconoce que en cierto modo está vacía y anima a sus seguidores a llenarla de vida, preferente­mente de vida clínica, pero en lo que respecta a los sueños tiene el mérito indiscutible de adjudicarles por fin una función precisa en el conjunto del funcionamiento mental, cual es la de contribuir a la elaboración de la experien­cia al inscribir­los dentro del proceso de formación del pensa­miento en un punto muy cercano al origen del mismo.

Pero volvamos a salir momentáneamente del campo del psicoanálisis y centrémonos en los planteamientos más actuales de la psicología más en boga en el día de hoy. "Los sueños son pensa­mientos. Soñar es pensar". Así de escueto y breve, así de sencillo y elemental, así de claro y de fácil. Estas son las dos primeras frases con las que comienza la voluminosa "Gramática de los sueños" de David Foulkes. Para la psicología cognitiva en general los sueños son una modalidad específi­ca de organiza­ción cognitiva, que refleja fielmente la calidad y la organiza­ción de los conocimien­tos simbólicos de la mente, los sueños son vistos por lo tanto como el resultado de un proceso simbólico que elabo­ra, interpreta y reorganiza en secuencias el material deposi­tado en la memoria, se trata pues de una forma de concien­cia basada en la simboli­za­ción y por ello el sueño no puede formarse antes de que se haya desarrollado la actividad simbóli­ca.

Los sueños se producirían como consecuencia una intensa y difusa activación de la memoria y de la intervención de un sistema organizador específico que actuaría simultáneamente sobre los elementos mnémicos previamente activa­dos. Los sueños no serían más que el resultado de la interpretación consciente de los elementos mnémicos activados o una simula­ción multimodal de la experien­cia de la vigilia. La activa­ción de la memoria se produciría de una forma aleatoria y arbitra­ria, lo que explicaría porqué el tema de un sueño no puede ser previsto. El sistema orga­nizador del sueño sería el mismo que el que organiza el lenguaje, de tal modo que la producción, desarrollo y organiza­ción del lenguaje y la formación, represen­tación y narración del sueño estarían regidos por las mismas leyes. Así se expresa Foulkes :

"Soñamos, al igual que decimos, estructuras que en su mayor parte jamás hemos experimentado personalmente en esa misma forma. La creatividad de nuestra imaginería onírica es infinita, pero esta creatividad infinita de la actividad onírica no es, en principio, más milagro­sa que la ya demostrada infinita creati­vidad de la expresión verbal. Tanto los sueños como el discurso im­plican la "externaliza­ción" del pensamiento en térmi­nos de una modalidad sensorial. Tanto los sueños como el discurso plantean el problema chomskiano de la generatividad: ¿cómo los seres humanos pueden generar a partir de una serie finita de experien­cias discre­tas, un conjunto infinito de expresiones realizables en superficie?. Es pues necesario elevar el estudio de los sueños a un estatus coordinado con el discurso. Los sueños son un proble­ma tan esencial para el estudio de la mente que su resolución puede ayudar a revelar las estructuras fundamentales del pensamiento humano"

Dado que los sueños serían una representación mental organi­zada coherentemente pero no dotados de ningún tipo de significa­ción oculta no tiene cabida ningún tipo de interpre­ta­ción, los sueños pueden proporcionar cierto conocimiento sobre el estado de organización de nuestra mente y por lo tanto de nosotros mis­mos, puesto que son el producto final de una elabora­ción de la informa­ción, su función es cotejar las nuevas experien­cias con las correspondien­tes a hechos pasados, almacena­dos y organiza­dos en la memoria a largo plazo, proporcionando así una continui­dad a la historia emocional del sujeto, para Foulkes en concreto:

"Pare­ce probable que una de las funciones del soñar sea la transforma­ción de las impresiones de la vigilia recibidas pasivamente en experiencias activamente controladas"

Es de agradecer el énfasis puesto por los cognitivistas en el papel jugado por la memoria en los sueños y las indiscutibles relaciones que entre los sueños y el lenguaje se establecen, así como el hecho de adscribirlos directamente al ámbito del pensa­miento y de dotarlos de una función concreta en el contexto de la actividad psíquica. Por otra parte toda esta teorización adolece de una falta considera­ble de penetración en la cuestión central de la que todo parece partir, esto es, la activación de la memoria, dejando este proceso, como hemos visto, en manos de la arbitrariedad.

Siguiendo la estela del surco bioniano encontramos poco más tarde a Donald Meltzer quien no sólo comparte su pensamiento sino que lo profundiza y lo extiende un poco más allá. En su apasio­nante "Vida Onírica" después de criticar ampliamente las concep­ciones freudianas respecto a varios puntos capitales de su teoría onírica tales como la triviali­dad de la función que les adjudica, su estrecho concepto del simbolismo como meramente representati­vo, su concepción darwiniana de las emociones y el carácter ineficaz que en definitiva posee el trabajo del sueño, pasa a atender al problema epistemo­lógi­co que la vida onírica suscita, para luego desarro­llar los fundamentos que nos permiten conside­rar a los sueños como una forma de pensamien­to inconscien­te y por último apoyándo­se en autores como Wittgenstein , Cassirer o Langer que sostienen un concepto del simbolismo más próximo a considerar los símbolos como el núcleo del proceso de pensar acerca del significado de las experiencias emocionales, termina por proponer una definición del proceso onírico como un proceso en el que se piensa sobre las experiencias emocionales y una forma de entender el trabajo del sueño como el conjunto de operaciones de la fanta­sía y los procesos de pensamiento mediante los cuales se busca solución al conflicto emocional mediante la producción de símbolos y la interacción de las diferentes forma simbólicas que se potencian mutuamente en su intento de aprehensión del signifi­ca­do. Los sueños son ese teatro interno donde se genera el signifi­cado que poste­riormente se extenderá al mundo externo.

"Me siento inclinado a pensar con Bion que soñar es pensar. El proceso creativo del sueño genera el signi­ficado que poste­riormente puede extenderse al mundo ex­terior, esto significa que todas nuestras relaciones tienen cierta cualidad transferencial extra­yendo su significado de lo que existe en nuestro mundo interno. Es la poesía del sueño la que capta y da una represen­ta­ción formal a las pasiones, que son el significado de nuestra experien­cia, para que puedan ser utilizadas por la razón. Los sueños son experimentos, en el sentido de que un sueño logrado es aquel que logra resolver el problema y un sueño fallido el que no lo logra. Los sueños muestran como se plantean elaboran y resuelven nuestros problemas"

"No solo el proceso onírico es la base de nuestra concepción del mundo, y por tanto de nuestro carácter, sino que también cada sueño es un intento de resolver un conflicto que si bien atañe al mundo interno tiene repercusiones sobre la conducta en el mundo exte­rior. Para comprender el lugar que ocupan los sueños en nues­tras vidas tenemos que estudiar ambos aspectos del problema, la negación de la realidad psíquica, acompa­ña­da de la confianza en la acción, y el retraimiento del mundo con sus múltiples formas de retiro, el con­tacto con nuestra vida onírica parece ser el antídoto perfecto para impedir la disgresión del espectro en cualquier direc­ción. Tenemos que vivir nuestra vida onírica ya que ella es nuestra imaginación"

Siguiendo el modelo bioniano de la digestión de la experien­cia, Meltzer acentúa la cuestión al proponer el carácter reitera­tivo del proceso y por otro lado subraya la dificultad de pe­netración en la comprensión de la información contenida en los sueños al acentuar el carácter interno de su lenguaje:

"Consideramos pues que el soñar es un proceso continuo en la mente aunque mas concentrado en su tarea cuando los otros procesos men­tales que se ocupan del mundo externo están en suspenso mientras se duerme. No sería sorprendente descubrir que la mente se compor­ta como un animal rumiante. No parece que ésta sea una metáfo­ra demasiado fantasiosa. Si hemos de considerar a los sueños como un lenguaje debemos considerar que este es esencial­mente interno, una forma de comunicación interna. Si bien preten­demos plantear­nos los sueños como dramas internos a cuyas deliberacio­nes deseamos tener acceso, tendremos que conformarnos con una com­presión muy imperfecta de lo que sucede en el escena­rio, el problema radica en el propio lenguaje, pues ningún lenguaje puede captar a la perfección el signi­ficado de los pensamientos incipientes que intenta atrapar. El problema parece tener dos vertien­tes, una de ellas estriba en que la transforma­ción del pensa­miento incipiente en cualquier lenguaje abunda en distorsio­nes, la otra en que todo lenguaje tiene sus límites de figurabilidad. Aunque pudiéramos sintetizar todas las formas simbólicas todavía nos quedaría ese resto que Wittgenstein denomina "lo que no puede ser dicho y tiene que ser mostrado" el área de intimidad emocional que solo el contacto del bebé y el pecho o el abrazo de los amantes pueden comunicar"

Pero el verdadero interés que tiene para nosotros el pensamiento de este autor es el hecho de que es el primero que explícitamente alude al fenómeno que nos ocupa y acuña un termino para denominarlo, la continuidad de la vida onírica:

"Esta unidad dramática del sueño unida a la diversidad de puntos de vista, nos proporciona también una posi­ción privile­giada desde la cual podemos observar la unidad temáti­ca fundamental de series de sueños con aspectos externos aparentemente muy diversos lo que denominaré la "continuidad del sueño". Una de las prue­bas más impresionantes de la continuidad intrínse­ca del proceso de la fantasía inconsciente se encuen­tra en los acusados vínculos existentes entre los sue­ños de una misma noche o incluso de noches sucesi­vas. Nos gustaría disponer de los medios para demos­trar la continuidad narrativa de sueños diseminados a lo largo de meses y de años, durante el proceso analíti­co"

Por último quisiéramos rendirle un mínimo homenaje consig­nan­do algunos aspectos de su técnica interpretativa pues comparti­mos con él su concepción de que el máximo interés del trabajo con los sueños radica mucho más en su exploración y análisis que en su interpreta­ción:

"La exploración y análisis de un sueño se asemejan a un juego. Lo divertido de este juego es en cierta medida intelectual. La formulación de un sueño no es más que la base de la labor interpretativa. No soy muy aficionado a utilizar el termino interpretación para designar este proceso de formulación pues sugiere que el analista incrementa en algo el significado, ya que mi opinión es que se trata de un proceso de transfor­mación de una forma simbólica a otra, de un lenguaje predominante­mente visual a otro verbal, lo cual lejos de incrementar el significado seguramente produce un empobre­cimiento del mismo. La tarea mas dura es la de discernir la signifi­cación de un sueño determinado. Para algunos esto significa su referencia al proceso transferencial, para otros su contribución a la recons­trucción histórica y para unos pocos ambas cosas. La formulación se eleva a la categoría de interpre­tación por medio de la investigación de su significa­ción para la transferen­cia, la reconstrucción histórica o ambas. Mi propio método se basa en la investiga­ción de la transferencia en tanto que consi­dero la recons­trucción un producto secundario dotado de interés pero no en mi opinión de importancia tera­péuti­ca, en todo caso la situación transferen­cial sirve como base para efectuar una referencia recons­tructiva. La necesidad de esta fase de formali­zación de la interpretación puede ser cuestionable. En este enfoque del trabajo analítico con los sueños las dos fases de exploración o análisis y la interpretación de los sueños se dife­rencian claramen­te. Estoy seguro de que de las dos la exploración es la mas importante"

Para finalizar este parsimonioso y extenso, pero a pesar de todo, sinóptico repaso a los autores más significativos que a lo largo de este siglo que concluye, han dedicado en su obra un especial interés a los problemas que el fenómeno onírico suscita mencionaremos a un autor italiano de especial relevancia como es Mauro Mancia . Mancia es un personaje muy interesante que además de demostrar un inusitado y apasionado interés por el desarro­llo de la onirología a través de la historia permanece siempre abierto a los aportes que desde la neurofisiología y psicología onírica experimental, así como desde el ámbito de la psicología cognitiva se producen. Su último libro "Del Edipo al sueño" nos viene muy bien para cerrar ese círculo que empezó a delinear Freud al introducir el drama descrito en la famosa tragedia de Sófocles precisamente en su Traumdeutung. Siguiendo la trayecto­ria marcada por Klein y Bion su libro tiene el valor de introdu­cir la figura del padre en el comienzo mismo de las relaciones de objeto, después de tanto pecho bueno y malo, pecho envenenado, pecho explosivo, pecho introyectado, pecho destruido, basta ya de tanto pecho y tanta leche, maternizada o no, liofilizada, uperiza­da, pasteurizada, condensada o en polvo, basta ya de tanta mama y de tanta mamá maternizadora, moduladora, con reverie o sin él, insuficiente o suficientemente buena, dejémonos de tanta parafernalia de tetas supernumerarias y centrémonos en el papel fundamental de la función paterna, hacía falta que alguien lo hiciera dentro de esta corriente del pensamiento psicoanalítico y Mancia se aventura a hacerlo, desde luego no es el primero ni el único que lo hace, por ejemplo ya decía Segal que:

"Creo que la presencia del padre es necesaria para detener una incontrola­ble identificación proyectiva en relación con la madre. Creo que una de las funciones importantes del padre es la de ser un objeto visto como el que interrumpe una corriente de identifi­caciones proyectivas recíprocas entre madre e hijo"

Pero sí que es Mancia el autor que dentro de esta corriente del pensamiento psicoanalítico con más claridad formula la intervención del padre en el contexto de las relaciones primordiales de las que dependerá la buena marcha o no del desarrollo mental, dicha intervención debiera estar presente desde el primer momento a partir de la propia representación paterna que la madre posea introyectada en su propio mundo interno y dependerá de que ésta sea o no capaz de transmitirla al alevín de sujeto el destino que correrá la virginal mente de su infantil retoño:

"El psicoanálisis actual heredero de Melanie Klein ha puesto un énfasis quizá excesivo en la figura de la madre y una tendencia a eclipsar progresivamente el papel del padre. Tenemos que basarnos en la primera infancia para conocer los fundamentos de la organiza­ción de la mente y la creación del mundo interno. Este modelo presupone la presencia de representa­ciones internalizadas de ambos padres. En el modelo interac­tivo relacional tendrá gran importancia la madre como representante del mundo externo que sin embargo no está sola. En efecto en su mundo interno se hallan depositadas las relaciones de sus propios padres y las relativas al padre del niño. La madre se relaciona con su hijo condi­cionada por su propio mundo interno. Este último con­tiene la representación del padre del niño, la presen­cia o ausencia del padre modificaran profun­da­mente la actitud materna respecto al niño. Una madre edípica (que introduce al padre) o una madre simbióti­ca confu­sional (que lo deja fuera) condiciona­rá de manera determinante el desarrollo del niño. La expe­rien­cia clínica enseña que un fracaso en la elabora­ción infantil del Edipo puede verse como el resultado de una catástrofe de la relación primaria por una falta de desiden­tificación materna facilitada por una ausencia (mental, afectiva o física) del padre"

Por otra parte realiza un trabajo muy interesante en relación a la situación en que se encuentra la mente en sus más primitivos orígenes, es decir, la mente intrauterina. Partiendo del supuesto de que en la base del desarrollo de la mente debe haber una interacción entre las diferentes funciones motrices y sensoriales que permita in­te­grar estas informaciones para darles un signifi­cado especifi­co y hacer un tipo de experiencia que, por muy primitiva que pueda ser, participe en la organización y en el desarrollo de las sucesivas y más complejas funciones mentales. Se lanza a continuación al estudio de los resultados que la investigación de la motilidad y sensorialidad fetal ha produci­do a partir de la utilización de las técnicas ecoscópicas, éstos parecen demostrar la presencia de movimientos fetales bien organiza­dos que presuponen un esquema motor que coordina la actividad motora sobre la base de un organizador ligado a especi­ficas motivaciones internas y que son similares a los que se manifiestan después del nacimiento. También el estudio ultraeco­gráfi­co parece demostrar que el feto es sensible a su ambiente, tanto a los estímulos que le llegan del exterior, como de la madre y también a sus propios estímulos internos, dado que una de las característi­cas fundamen­tales del sistema sensorial del recién nacido es que es capaz de transferir informa­ciones de un sistema sensorial a otro, y puesto que dicha característica es innata, distintas evidencias sugieren que esté ya presente en el feto y contribuya a integrar las diversas informaciones. A la vez que plantea la posibilidad, que él no pone en duda, de que el feto sea capaz de hacer sobre la base de sus sensaciones una experien­cia afectiva de placer y de dolor que con­tribuya a organizar la calidad de las experiencias más primiti­vas, entonces podemos pensar que una asociación de estos estados mentales a las sensaciones más diversas produzca una articulación entre experien­cia sensorial y afectiva primaria. Puesto que un factor constante de la ontogénesis humana es la maduración precoz de las funciones motoras, sensoriales, vegetati­vas e integrativas y éstas últimas tienen correlación con el estado de sueño activo, análogo al sueño rem de los adultos, que ocupa un alto porcentaje de la gestación, la fase de sueño activo en el feto aparece como la más apta para una integración sensorial y debemos deducir de esto la necesidad del sueño activo para el desarrollo, postula pues que un papel central en este proceso parece ser el del sueño activo tipo rem puesto que sabemos que facilita también en los adultos la activa­ción del proceso integrativo y la transfor­mación amodal de las informacio­nes sensoriales.

"Quisiera concluir subrayando el papel que el sueño rem puede tener en el proceso de elaboración de las informaciones sensoria­les que llegan al feto en las ultimas semanas de gestación. He formulado la hipóte­sis de que la percepción amodal del feto y su memori­zación puedan transformar una sensación en otra y partici­par en un esbozo de representación de los objetos percibidos dándoles una connotación afectiva de placer y displacer"

Con respecto a los sueños Mancia continúa la línea de pensamiento establecida por Klein y renovada por Bion , si bien este autor atendiendo a las múltiples analogías entre los sueños y la religión, entendida ésta en su sentido etimológico de religa­re, esto es, unir, y apoyándose en el pensamiento de Durkheim que considera la religión como una ordenación general del mundo y su función la de representar una realidad social idealizada, en el de Freud , que entiende que la fase religiosa de la humanidad, intermedia entre la fase animista y la científi­ca, no es sino la representante en el desarrollo filogénico a la correspondiente en el desarrollo ontogénico a aquella que identi­fica al niño con sus padres, y en el concepto de hierofa­nia de Mircea Eliade , así como en que el concepto de divinidad no es sino la identificación proyectiva de la omnipotencia infantil en un ser superior, exterior e imaginario, concluye proponiendo en­tender los sueños como una religión de la mente:

"Podemos pensar el sueño como una religión de la mente pues participa de una ordenación general del mundo interno con la función de represen­tar esos objetos internos que han adquirido un significado sacro para el indivi­duo. En estos objetos se fundamentan nuestros valores y nuestra visión del mundo y ellos por lo tanto condicio­nan nuestra relación con los objetos de la realidad y nuestro comportamiento"

Respecto a su concepción de los sueños y su modo de abordar­los en la práctica clínica no difiere en absoluto de los plantea­mien­tos ya revisados con anterioridad propugnados por la línea de pensamien­to en la que podemos inscribir a este autor, como lo manifiesta claramente el siguiente extracto:

"En los sueños se activa el ciclo de la memoria permi­tien­do la correlación, la comparación y la integración entre las experien­cias actuales y la más arcaicas. Tam­bién el proceso de simboliza­ción necesita ser activado, pues la simbolización es una etapa fundamen­tal de la función elaborativa del sueño. El sueño en la medida en que se convierte en representan­te de la organización interna en su inmediato presente expresa la transfe­rencia en su totalidad. El sueño se convier­te entonces en el más fiel revelador del estado en que se encuentra la mente del sujeto y el analista está llamado a reconocer en el sueño como actúan disocia­ciones, identifica­cio­nes, negaciones e ideali­zaciones miedos y defensas, ataques y seducciones y a usar el trabajo sobre el sueño para adquirir conoci­mientos sobre los objetos internos, las defensas inducidas por los estímulos transferenciales y las acciones dirigi­das al mundo externo. Quisiera resumir, el sueño repre­senta la relación del Yo con sus objetos inter­nos, como en un metafóri­co teatro privado donde el Yo es el director de un drama que se lleva a la escena por actores que él elige, pero estos actores represen­tan a partes del self o al analista. La escena repre­sen­tada se desarrolla siempre a dos niveles: intrapsí­quico e intersubjetivo. Por eso los sueños pueden ayudarnos a comprender y hacer comprender al paciente la naturaleza de la relación con sus objetos internos y otras veces pueden revelar de la manera más eficaz una situación que no ha sido plenamente descu­bierta y elaborada en análisis. A través de este trabajo sobre el drama que se escenifica en el sueño, podemos confe­rir a los elementos afectivos que emergen en el sueño una dimensión cogniti­va. Por ello soñar signifi­ca darse un instrumento fundamental de conoci­miento. El sueño en efecto tiene entre otras funciones la de participar del crecimiento mental en la medida en que permite adquirir conocimientos sobre los propios obje­tos internos y externos"

Pero la importancia trascendental que para nosotros tiene este autor es que es el primero que intuye, huele o percibe, o al menos el único que las explicita formalmente como tales, las modificaciones o transformaciones que pueden observarse en los sueños de los sujetos sometidos a un largo proceso de análisis, constituyendo así una suerte de anticipación al fenómeno que nosotros definiremos y que es la tesis y título de este libro. La Progresión Onírica:

"Nuestra hipótesis hoy es que en el curso del proceso analítico el sueño pueda convertirse en un periódico que debe decir la verdad cada noche aunque sea de manera camuflada y distorsionada y revelar el estado de la pareja analítica y especialmente de la mente del paciente y sus objetos. Podríamos decir que Freud no había subrayado suficientemente la función de los sueños en el working through del análisis y su transformación en el curso del proceso. Esta parece hoy central para nuestra experiencia de analistas. Así pues el sueño y sus modificaciones en el curso de un análisis nos ayudan muchísimo en esa labor de clarifi­cación de la índole infantil de las emociones que es fundamental en todo análisis. No se trata de una re­construcción histórica sino más bien de una recupe­ración de las emociones de antaño que caracteri­zaron el curso evolutivo de la mente y que permiten a las partes infanti­les de la personalidad manifestarse en la trasferencia. Los sueños, en efecto sufren conti­nuas trasformaciones en relación a las transformacio­nes a las que se expone el paciente en el curso del análi­sis"

Finalizamos aquí este proceloso y esforzado resumen de los autores y teorías que a lo largo de estos últimos cien años han contribuido con su esfuerzo y su imaginación a intentar desentra­ñar los secretos y ocultos tesoros depositados bajo las oscuras y cristalinas aguas del océano onírico.

Cualquiera que esté mínimamente al tanto de las vicisitudes del movimiento psicoanalítico, aunque sólo sea de oídas y desde lejos, no puede sino acusar la falta, en este amplio recorrido, de uno de los más geniales y productivos psicoanalistas que ha alumbrado el siglo, nosotros, por supuesto, también. En efecto el deslumbrante resplandor que de Jacques Lacan emana por todas partes sin embargo brilla aquí cegado por su ausencia, desde luego no es por animadversión o falta de interés por nuestra parte, sino por la sencilla y llana razón de que al día de hoy desconocemos una sola obra, de un solo autor, de las múltiples ramificaciones en las que se agrupan sus correligionarios, que verse sobre el tema que nos ocupa, o al menos que aporte alguna novedad significati­va en relación al mismo, resulta verdaderamente sorprendente que esto suceda así, pero hasta donde alcanzan nuestros conocimientos así es. No quisiéramos sin embargo dejar de reseñar algo aunque sea tan elemental como una sola de sus magistrales frases:

"Soñar consiste en imaginarizar el símbolo e interpretar consiste en simbolizar la imagen"

Tal vez la escritura de este texto tenga algo que ver con tan clamorosa ausencia, pues lo cierto es que debemos a la obra de Lacan gran parte de lo que sabemos y no en vano hemos añadido a nuestro titulo el epíteto de estructural para calificar una concepción del análisis de los sueños directamente relaciona­da, a nuestro entender, con la de progre­sión onírica. En efecto, tanto nuestro concepto de continuidad de los sueños, que no es precisamente meltzeriano, como el de progresión onírica, que tampoco se corresponde con las modifica­ciones o transformaciones mancianas, habría sido imposible llegar a concebirlos sino hubiéramos podido efectuar un tipo de análisis de los sueños que calificamos de estructural y que se fundamenta en una lectura de la obra freudiana a partir de algunos de los desarro­llos que tienen su raíz en la obra lacaniana.

Respecto al tema central que nos ha servido de pretexto para escribir este capítulo y la pregunta clave de la onirología que nos ha dado pie a escuchar este largo corolario de respuestas, la respuesta más exacta que hemos podido encontrar es evidente­mente que nadie lo sabe, o al menos nadie lo sabe con certeza, aunque pueda haber alguien que crea tener la certeza de saberlo, sea como fuere, lo cierto es que lo que pueda creerse que se sabe es por el momento indemos­tra­ble. Los sueños siguen resis­tiéndose a entregarnos la clave que desvela su secreto, el enigma permane­ce, el misterio perdura y el expediente X que la vida onírica plantea continúa abierto e irresuelto.

Por nuestra parte nos aventuraremos a proponer una hipótesis que como cualquier otra es tan factible como indemostrable, pensamos que cabría distinguir tres niveles de funcionamiento en los que opera el sueño rem y/o los sueños.

Es un hecho cierto que otras especies animales, concretamen­te las aves y los mamíferos, "sueñan". Existe un elevado grado de concordancia entre este hecho y otros dos, a saber, por una parte las especies que “sueñan” son aquellas que componen el espectro de los homeotermos, esto es, los que mantienen una tempe­ratura constante en su organismo, independiente de la del medio que les rodea, mientras que los poiquilotermos, que adecuan su temperatu­ra a la del ambiente, tampoco "sueñan". Por otra parte la neurogénesis, esto es, la división de las células nerviosas, su generación, su procreación, se mantiene durante toda la vida en el caso de las especies que no "sueñan" y se detiene con el nacimiento en aquellas que sí lo hacen. Es evi­dente que el sueño rem desempeña funciones fundamentales en el control, regulación o equilibrio de diferentes funciones bási­cas en el funcionamiento del organismo como tal, entre las que es posible se incluyan relaciones con regulaciones de sistemas bá­sicos como el de la temperatura, el metabolismo o la secreción de determina­das hormonas, éste sería el primer nivel de funciona­miento al que aludíamos previamente y que sería compartido por todas las especies dotadas de sueño rem o su correlato animal y por el ser humano, algunas de estas funciones son conoci­das o al menos sospechadas y otras todavía no, pero no cabe duda de que poco a poco acabarán por conocerse. La Neurofisio­logía tie­ne un largo camino por recorrer y sin duda alguna lo recorre­rá.

En un segundo nivel situaríamos todas aquellas funciones que podría realizar una maquina inteligente, cual es una computadora, y que realizan todos los animales en un gradiente creciente, sin duda a este nivel la memoria ocupa un lugar destacado, pero de la misma manera en que una máquina puede tener memoria, múltiples archivos y programas de todo tipo que probablemente puedan ser ordenados, clasificados y puestos en relación unos con otros y dotarse, porque no, de una capacidad generativa, seguramen­te existirían archivos y programas de fácil acceso, otros de difícil acceso, algunos ocultos y por fin otros de imposible acceso como no sea que se desmonte el ordenador y se le cambien los chips. Todas la funciones mentales tendrían aquí su represen­tación a un nivel primordial, en función de su conexión con la memoria, incluso algún tipo de emoción básica al modo en que puedan los animales experimentar­las. En este campo tanto la neurofisiología como el futuro desarrollo de las técnicas de inteligen­cia artifi­cial seguramente tendrán mucho que aportar en los próximos años. Este nivel de funciona­miento sería compartido por los animales y el ser humano en tanto autómata, pero ni los ordenado­res sueñan ni los animales hablan, aunque por supuesto se comunican en el sentido de transmitirse informa­ción, pero desde luego no lo hacen en el sentido de poder escribir un poema o contar un chiste, queremos decir que es evidente que uno puede teclear en su ordenador un chiste o un poema e incluirlos en uno de los archivos de su ordenador personal, incluso éste puede estar programado para que dicho archivo sea procesado de una determinada manera y puesto en relación con otros múltiples archivos, pero resulta evidente que el ordenador nunca soltará una sonora carcajada ni podrá disfrutar de la belleza del poema, es decir, carecerá de la capacidad de captar el “sentido”.

Así pues existe indudablemente un tercer nivel estricta y exclusivamente humano, en el que sí se incluye este orden del sentido, en el que participan los sueños tal y como los experimentamos los seres humanos y al que hacen referencia las teorías que han sido expuestas a lo largo del presente capítulo. A este nivel poco o nada podrá aportar la Neurofisiolo­gía y es el campo de investigación donde corresponde a la Psicología y el Psicoanálisis avanzar en el desvelamiento de los mecanismos y funciones de los sueños. Si repasamos las diferentes hipótesis que han sido expuestas desde las más diferen­tes líneas de pensamiento, observamos que en líneas generales, la mayoría de ellas, tienden a converger en la dirección de adscribir a los sueños una función en relación al procesamien­to de la experiencia y su participación en el desarrollo del pensamiento en sus fases más primigenias.

Por supuesto que Freud era plenamente consciente de que los sueños constituían una manera de pensar, pero ciertamente para él, los sueños no rendían en absoluto ningún resultado eficaz en el sentido de elaborar o producir algo efectivo a nivel del pensa­miento y por ello una y otra vez se ratifica en la ausencia de cualquier actividad intelectual en los sueños, los concebía más bien como una especie de catarsis mitigada de los deseos inconscientes a través, eso sí, de un material constituido por recuerdos y pensamientos que serían su soporte material:

"Profundamente los sueños no son más que una forma particular de pensar, hecha posible por las condicio­nes del dormir. Es la elaboración onírica la que crea esta forma y ella sola constituye la esencia del sueño" [nota de 1925]

Si bien es seguramente correcto pensar que Freud se equivocó radicalmente en este punto tan fundamental, al no dotar a los sueños de ninguna capacidad elaborativa tendente a asimilar y procesar la experien­cia, así como al restringir el concepto de simbolismo en los sueños a su versión puramente representativa y al resultado de un proceso que llevaría a cabo el trabajo del sueño, siempre dirigido por el interjuego entre pulsio­nes y represión, pues como hemos podido ver el fenómeno onírico parece ser mucho más abarcativo y la transforma­ción de los conceptos en imágenes se produce independien­temen­te de la represión, nos parece un tremendo error desatender al gran descu­brimiento freudiano del deseo inconsciente y el papel que indiscu­tiblemen­te desempeña en la formación de los sueños, pues la práctica clínica no cesa de ponerlo en eviden­cia.

Respecto a las estrechas y evidentes relaciones entre los sueños y los procesos elementales del pensamiento creemos que si vertiéramos en un matraz el contenido de todas las teorías expuestas, las sometiéramos a un proceso de ebullición y a través de un alambique obtuviéramos los productos de su destilación, nos encontraríamos ante la presencia de dos ideas fundamentales, por una parte la concepción de que los sueños manifiestan un modelo de pensamiento primitivo, arcaico. Pero en este sentido hay que entender que todo lo que pueda ser arcaico y primitivo lo es ante todo porque es primario y desde esa perspectiva estamos en perfecto acuerdo con los planteamientos de Piaget cuando dice:

"Allí donde hay convergencia entre el pensamiento del niño y el del hombre primitivo, es mas fácil, explicar éste último por las leyes generales de la mentalidad infantil, que invocar una herencia miste­riosa. Tan lejos como se vaya en la historia o la prehistoria, el niño siempre ha precedido al adulto. Sólo el niño es anterior a las diferentes formas de la vida social"

La segunda de las concepciones que se extraería de tal proceso de destilación de las teorías expuestas es que se trata de un pensamiento íntima­mente ligado a la vida emocional o afectiva, lo cual parece ser efectivamente así. Pero quisiéramos exponer la consideración de que a veces se oye hablar de los afectos y de las emociones con demasiada libertad, como si pudieran existir afectos o emociones puras, como si fueran los representantes puros de algún tipo de energía o algo parecido, como si pudieran existir como tales por sí mismos y luego se ligaran a algo absolutamente distinto que serían las representaciones, y esto nos parece un equivocado punto de vista, pues parece evidente que el propio concepto de afecto implica necesariamente algún tipo de represen­tación por muy primaria que ésta pueda ser, pues el sólo hecho de que podamos sentir por ejemplo el amor como distinto del odio, o la alegría como diferente de la tristeza, creemos que implica inevitablemen­te una diferenciación en la misma base del senti­miento que no puede darla sino una representación. Así pues somos partidarios de suponer que los propios afectos y emociones ocupan un lugar intermedio y constituyen una transacción entre las sensaciones elementales y las representaciones, y que se originan por diferenciación a partir de las sensaciones básicas en su interrelación con representaciones primarias. Tales sensaciones básicas pueden ser conceptualizadas y denominadas como se quiera, Freud lo hizo de una sencilla manera, placer y displacer.

Por lo que respecta al origen de la representación parece claro que es necesario postular algún mecanismo responsable de que el homínido, o el niño, haya podido salir de ese mundo de sensacio­nes, despegarse de la cosa y acceder al orden de lo simbóli­co, parece difícil para conceptualizar un mecanismo tal, no caer en conceptos míticos, como la represión originaria propuesta por Freud , pues el enigma de tal origen es tan indesci­frable como el de los sueños, probablemente porque ambos estén relacionados. Bion lo formula de una manera simple: "no hay pecho, luego hay pensamiento", lo cual nos remite a los desarro­llos efectuados por Lacan sobre el goce, que imaginamos como un estado de indiferenciación primordial entre el niño y el pecho-madre-Otro-cosa y la metáfora paterna como mecanismo que a través de la ley simbólica representada por el padre permitiría el acceso al orden simbólico.

Por eso comenzábamos las primeras páginas del primer capítulo aludiendo a la proximidad de los sueños a la cosa pues si es cierto que en ellos puede producirse un efecto de diges­tión, asimilación, procesamiento y elaboración de la experiencia, esto es posible en virtud de su más que probable capacidad de producir ese enigmático proceso por el cual nos separamos de la cosa y la simbolizamos: el proceso de simbolización. Así que a falta de poder proponer ninguna idea realmente innovadora en relación a la función que desempeñan los sueños en nuestra vida psíquica, no nos queda sino enfatizar su participación en este proceso. Así pues consideramos que los sueños son la marmita donde se cuecen, bullen y maceran, el mortero donde se baten, ligan y mezclan, el crisol, en suma, donde puede producirse la misterio­sa transmutación alquímica de los afectos y representaciones que permite ese enigmático proceso que llamamos simbolización.

Ahora bien a lo largo de la historia la gran mayoría de los autores han sostenido un concepto de simbolización, en relación a los sueños, que ponía el énfasis en el aspecto representacional de la misma, es hora ya de trascender esta concepción de la simbolización como meramente representativa y enfatizar el aspecto transformacional de la misma, como algunos de los últimos autores nombrados sostienen, tarea a la que consagraremos el próximo capítulo.

Si entendemos la simbolización como un proceso transformacional, tendente a un “despegamiento” y “alejamiento” de la cosa, que pueda por lo tanto producir una cierta elaboración de la experiencia en su sentido más profundo, entonces podremos comprender mejor porqué es en los sueños donde se lleva a efecto dicha elaboración. Nosotros proponemos que la simbolización es la más alta y sofisticada de las funciones oníricas que tienen lugar en las mentes de los seres humanos y que esto es así por razones precisas. Es en los sueños en el único proceso mental donde se ponen en juego de una forma particularmente eficaz e intensa las llamadas por Freud representaciones de cosa, algo que no ocurre nunca, al menos de la misma manera, en cualquier otro proceso de la vida mental en el que intervenga la conciencia de la vida despierta, es por ello que durante la fase rem del sueño, a diferencia de lo que parece ocurrir en la fase no rem, se produce una activación del sistema nervioso vegetativo de una manera particular, de tal forma que durante los sueños pueda revivirse y experienciarse la sensación primordial que está enlazada a estas representaciones de cosa, para que así las funciones fisiológicas, como la cardiaca o la respiratoria, junto con todas las demás, puedan acelerase o ralentizarse convenientemente, para poder reproducir dicha sensación primordial, en función de las representaciones que sean activadas por la memoria que son las que conforman la matriz de la que emergen nuestros sueños. Por ello es en los sueños donde la potencia simbolizadora del hombre alcanza su máxima expresión, a la vez que es en ellos donde puede llevarse a cabo la más profunda de las transformaciones simbólicas de la cosa.

Si esto es así, y nosotros no lo ponemos en duda, es inevita­ble llegar a la conclusión de que en el caso de un sujeto sometido a un proceso de desarrollo y crecimiento personal, como ocurre en un proceso terapéutico, como es un psicoanálisis, el estudio de su vida onírica, a partir de la larga serie de sueños que en el proceso se recogen, debe indudablemente ilustrar acerca de la continuidad de la vida onírica y de su evolución a lo largo del proceso y si somos capaces de elaborar un sistema conceptual que nos permita llevar a cabo un análisis estructural de los sueños y si efectivamente se produce tal crecimiento y desarrollo tendente a una transformación y evolución de la estructura de la personalidad de un sujeto, deben los sueños poder manifestar tal progresión, esto es lo que denominamos como: Progresión onírica.

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Fin del Capítulo 2