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Freud Silberer Jung Stekel

Así pues hemos de hacer un alto en el camino, una parada en este viaje que nos ha transportado a las puertas del siglo XXI y retroceder, dirigir nuestra mirada hacia atrás, e iniciar una vez más, el inevitable retorno a Freud. La teoría onírica freudiana, independientemente de las adhesiones o rechazos que suscite, sigue siendo la más elaborada y completa de todas las que han sido propuestas hasta el día de hoy. Freud tuvo la audacia suficien­te y la valentía necesaria como para comprometer su futuro y su prestigio profesional poniendo en juego su destino y deseo al dar a conocer sus innovadoras e irreverentes ideas respecto al fenómeno onírico. La Traumdeutung constituye, al igual que decíamos de los propios sueños, un inevitable punto de encuentro, omnímodo cruce de caminos y foco de convergencia donde confluyen, se confrontan y entretejen todos los discursos posibles acerca de los sueños. Las concepciones freudianas son pues el presupuesto básico y el punto de partida imprescindible de toda discusión sobre los sueños, ampliamente difundidas y suficientemente criticadas en todos y cada uno de sus aspectos y desde todas las perspectivas posibles a lo largo de los últimos cien años, nos limitaremos a efectuar una breve reseña.

Ante todo Freud promueve como motor causal y determi­nante del proceso mismo del soñar un factor desconocido hasta entonces: el incesante, incombustible e insaciable deseo incons­ciente, infantil y reprimido. Estos deseos se producen como efecto inevi­ta­ble del proceso culturizador y civilizador que se desarrolla en las etapas más tempranas de las vida del sujeto, pues el niño es por naturaleza un perverso polimorfo y un perfecto egoísta, tal proce­so se juega definitivamente en el atravesamiento del complejo de Edipo y su correlato subsidiario el complejo de Castración culminando con el estableci­miento de la represión. Así pues el niño debe renunciar a sus impulsos prima­rios que se tornan incons­cientes y sus primeros años quedan sepultados bajo una gruesa capa de amnesia a la que sólo sobreviven ciertos re­cuerdos que resultan ser encubrido­res de aquellos deseos prima­rios.

Respecto al material constituyente de los sueños Freud admite básicamente todo aquello que se halla almacena­do en la memoria del sujeto, desde las impresio­nes de los aconteci­mientos más recientes hasta los más tempranos recuerdos infanti­les. En todo sueño es posible hallar algún elemento directamente relacionado con los aconteci­mientos del día anterior, los llamados restos diurnos, habitual­mente una impresión banal e indiferente que se halla asociada a ideas, en principio ocultas, que revisten mayor importancia para el sujeto, relacio­nadas a su vez, en última instan­cia, con lejanos recuerdos infantiles.

Esta­blece la distinción fundamen­tal entre el contenido mani­fiesto del sueño, entendido como el relato que de la auténtica experien­cia onírica proporciona el sujeto, y el contenido latente o conjunto de pensamientos y experiencias que constituyen la matriz a partir de la cual se construye el sueño y define como elabora­ción onírica o trabajo del sueño el proceso de transforma­ción por el cual el contenido latente se convierte en el manifies­to sufriendo en este proceso de transformación una deformación que lo hace parecer absurdo y oculta su verdadero sentido, descri­biendo minuciosamente los mecanismos que llevan a cabo dicha transformación: la condensa­ción, el desplaza­miento, el cuidado por la represen­tabilidad y la elaboración secundaria.

El desplazamiento da cuenta del hecho de que el contenido manifiesto aparezca como descentrado en relación al contenido la­tente, es decir, en general son los aspectos aparentemente más nimios del contenido manifiesto los que se hallan en relación con las ideas latentes más importantes debido a que las represen­ta­ciones son despojadas de su correspondiente valor psíquico. La condensación es el mecanismo por el cual el contenido manifiesto resulta ser proporcionalmente mucho más breve y escueto que el conjunto total de las ideas latentes, que sufren de esta manera una especie de compresión, debido a ello una sola represen­tación del contenido manifiesto se asocia a varias ideas latentes y viceversa. El cuidado de la representabilidad atiende al hecho de que las rela­ciones lógicas que enlazan las diferentes ideas latentes entre si, hallan su represen­tación en los aspectos forma­les del contenido manifies­to y por otra parte se seleccionan de entre todas las representa­ciones posibles aquellas que por su potencialidad plástica resultan más propicias para adquirir una representación visual. Por último todo este conjunto de represen­taciones despojadas de su valor, condensadas y traducidas en imágenes son sometidas a una posterior elabora­ción secundaria gracias a la cual el resultado final de este proceso, es decir, el sueño, adquiere cierta coherencia.

Concluye incluyendo todo este proceso en la dinámica de funcionamiento de un aparato psíquico cuyo modelo estructural construye al efecto, compuesto por los sistemas inconsciente, preconsciente y conscien­te, que explica el por qué de todo este proceso de elaboración onírica. Por último inscribe todo este proceso psicológico en el contexto general del funciona­miento del organismo adscri­biendo a los sueños una función puramente fisiológica: Preservar el dormir.

Así pues los sueños resultan ser un producto psíquico tran­saccio­nal, híbrido y mestizo hijo del empuje constante del deseo inconscien­te y de la censura endopsíquica que intenta impedir que su realización acceda a la conciencia y despierte al bello dur­miente. Las cosas ocurrirían aproximadamente como sigue: los deseos inconscientes y reprimi­dos, inmortales por definición, y preferentemente sexuales, tienden permanentemente a su descarga mediante su realización, durante la vida despierta la censura goza de toda su potencia e impide, salvo anomalía, que esto suce­da, pero por la noche mien­tras se duerme, la censura se relaja, pierde relativo poder y los deseos encuentran oportunidad de satisfacerse, si tal satisfac­ción directa ocurriera, ocasiona­ría un nivel de tensión exagerado en el sistema que provocaría el desper­tar, pero la censura está simplemen­te relajada, no inactiva, e impide que ocurra tal cosa, los deseos reprimidos consiguen no obstante transferir su carga a represen­taciones ligadas a ellos asociativamente, pero alejadas en la cadena asociativa lo sufi­ciente como para burlar a la censura y de esta manera indirecta encontrar su realización encubierta, de tal forma se evita que el sujeto se despierte. Que los sueños consti­tuyen la realización encubierta de un deseo reprimido es la fórmula en que Freud sintetiza su concep­ción respecto a ellos.

El método de interpretación onírica que se deriva lógicamen­te de este modelo explicativo de la producción de los sueños con­siste en recorrer el camino de la elaboración onírica en sentido inverso. Para ello primeramente se efectúa un análisis del sueño que consiste en descomponer el contenido manifiesto en sus dife­rentes elemen­tos y solicitar al sujeto ocurrencias respecto a cada uno de ellos por separado, así se corrigen los desplazamien­tos, se deshacen las condensaciones y las imágenes oníricas se transforman en ideas, se siguen las cadenas asociati­vas que parten de estos elementos y ellas nos conducen a las ideas laten­tes, poste­riormen­te se formula una interpretación a partir de dichas ideas inscribiéndola en el contexto general de la vida del sujeto, preferentemente la infantil pues Freud pretendía efectuar en cierta medida una reconstrucción histórica de la vida del sujeto.

Freud no sólo era un ciudadano respetable de finales de siglo que vivía en la capital de un imperio en franca decadencia sino que era ante todo un científico, médico y neuropatólogo que no podía sino asumir los paradigmas científicos de su época y por lo tanto acabó subordinando toda esta fascinante teoría onírica al cumplimiento de una función fisiológica: dormir. "El sueño es el guardián del dormir" es la fórmula en que se condensa la función onírica para Freud , literalmente dice en el famoso capitulo VII en el apartado que aborda la función onírica:

"Vemos en seguida cual esta función, el sueño ha tomado a su cargo la labor de someter nuevamente la excita­ción del sistema inconsciente que a quedado libre, al dominio del sistema precons­ciente, y al ha­cerlo así deriva la excitación del inconsciente, sirviéndole de válvula, y garantiza al mismo tiempo el reposo del preconsciente mediante un pequeño gasto de actividad despierta"

Parece una teoría demasiado bien elaborada para explicar un fenómeno tan complejo como para acabar coronándola adjudicándole el desempeño de una función tan peregrina. Cierto es que dormir no sólo es importante sino imprescindible para un buen funcionamiento del individuo pero es de suponer que la evolución ha tenido tiempo más que suficiente para resolver el problema de dormir en paz por medios mucho más sencillos. Dado que el fenómeno onírico se produce dentro del contexto del período rem del sueño y que éste se produce cíclicamente por la activación rítmica de determinadas estructuras neuronales, a la luz de los conocimientos actuales, la teoría onírica freudiana, en lo que concierne a la función onírica, resulta ser no sólo desacertada sino verdaderamente ingenua. Más bien parecería que las cosas ocurren exacta­mente al contrario, no solo no se sueña para poder dormir sino que más bien parece que se duerme para poder soñar:

"Los sueños requieren un gran gasto energético con aumento del consumo de glucosa y probablemente de oxígeno por parte del cerebro. Parece que una de las funciones del dormir sea preparar las condiciones energéticas necesarias para la irrupción de los sueños, cuando se ha alcanzado un nivel suficien­te de reservas energéticas, y solamente entonces, pueden aparecer los sueños. Parece que la conciencia onírica gasta una cantidad de energía superior incluso a la conciencia despierta" [Jouvet]

Sin embargo este "patinazo" freudiano no merma por sí mismo ni un ápice en su valor a ninguno de los restantes aspectos de su elaborada construcción teórica que a pesar de este descabezamiento mantiene íntegra su solidez. Por otra parte, aunque Freud revisó en repetidas ocasiones su teoría onírica durante toda su vida, nunca introdujo ningún cambio en sus planteamientos inicia­les, ni siquiera la posterior introduc­ción de un nuevo concepto tan impor­tante como resultó ser la pulsión de muerte, lo que supuso un nuevo modelo pulsional sustentado por Eros y Tanatos, o de su segundo modelo estructu­ral de la mente, compuesto por esta vez por el Yo, el Ello y el Superyo, cristali­zó en algún aporte substancial al conjunto de su teoría onírica, se limitó a adjudicar al superyo la responsabilidad de los sueños de autocas­tigo o angustia y poco más. Por nuestra parte hemos de reconocer que el espíritu freudia­no acostumbra a recorrer nuestros circuitos neuronales e impregna con su aroma nuestras concepcio­nes sobre los sueños, es más lo que puede cosecharse de su fecunda siembra que lo que hay necesaria­mente que desestimar.

El primer investigador que presentó evidencias de nuevos hallazgos que contravenían algunos aspectos de los planteamientos freudianos fue Herbert Silberer. Este investigador se dedicó a estudiar concienzudamente lo que ocurría en el período de adorme­cimiento, por el sencillo método, aunque difícil de conseguir, de despertarse inmediata­mente después de haberse quedado dormido, así consiguió observar el momento preciso en que el pensa­miento abandona su estructura coherente y lógica para encaminarse en la dirección del simbolismo visual, comprobando así cómo las últimas ideas conscientes se prolongan en las primeras imágenes oníricas que aparecen y la transfor­ma­ción simbólica que tiene lugar. Uno de sus ejemplos nos ilustrará al respecto.

Silberer intenta conciliar el sueño mientras medita acerca de las diferencias del concepto de tiempo en los sistemas filosó­ficos de Kant y Schopenhauer , por momentos le resulta cada vez más costoso evocarlos simultáneamente en su pensamiento, por fin cae dormido y entonces se ve así mismo en una oficina de la adminis­tración pública tratando alternativamente de entrar en contacto con dos funcionarios que hay tras sus respectivas venta­nillas, fallando consecutivamente. Esto de­muestra que efectivamen­te los pensamientos anteriores al sueño se continúan, al tiempo que se convierten, en las imágenes carac­te­rísticas de los mismos, pero también demuestra más cosas.

Para empezar parece que el deseo reprimido e inconsciente brilla por su ausencia en este proceso, por lo tanto nos hallamos frente a un simbolismo visiblemente independiente de la repre­sión, además no parece que intervengan para nada los recuerdos infantiles del sujeto ni las impresiones banales o indiferentes, esto lleva al autor a proponer que frente a la habitual interpre­tación freudiana, que retrotrae la interpre­tación hacia el pasado del sujeto, puede caber una interpretación de los sueños que trate de los pensamientos actuales y esté orientada hacia el futuro. Por último Silberer descubre que además de la traduc­ción en símbolos de las personas o los objetos, en este caso los dos corpus filosóficos que son representados simbólica­mente por las dos ventanillas y sus respectivos funciona­rios, también se simboliza el propio proceso del pensa­miento, su ir y venir de un corpus filosófico al otro, en su ir y venir de una ventanilla a otra. También encuentra este mismo fenómeno en otro tipo de situación, descubre que los últimos fragmentos de algunos sueños describen el proceso mismo del des­pertar, así ocurre cuando el sueño concluye abriendo una puerta o despidiéndose de alguien y otras muchas figuraciones a las que Silberer denomina "simbolismo del umbral". Del resultado de estas observacio­nes el autor concluye que frente a la interpretación "mate­rial", que sería la freudiana, cabe una interpretación "funcional" que atendería a esta simbolización del propio mecanis­mo del pensa­mien­to.

Por otra parte todo ello no se halla realmente en contradic­ción con los planteamientos freudianos puesto que el propio Freud admi­tía la posibilidad de que un mismo sueño pudiera encerrar más de un sentido y por lo tanto más de una interpretación. Sin embargo Freud , que incluyó estas observaciones en la edición de 1914, astutamen­te las descafeinó aduciendo la escasa frecuencia de las mismas y concediéndoles una participa­ción secun­daria en la formación de los sueños, evitando así con­frontar la cuestión central que las mismas suscitan, a saber, el hecho de que el proceso de simboli­zación sea independiente del fenómeno de la represión o que el durmiente posea un determi­nado estado de ánimo y que éste pueda hallar una representación simbó­lica en el conte­nido manifiesto del sueño.

Por la misma época otro seguidor de la escuela freudiana empezó a discrepar abiertamente de sus concepciones oníricas. Carl Gustav Jung era un joven y prometedor psiquiatra de la escuela suiza de Zurich, discípulo de Bleuler , que adhirió total­mente la causa freudiana entre los años 1906-10, de hecho estaba llamado a ser el gran heredero de la corona psicoanalítica y fue nombrado por Freud primer presidente de la Asociación Psicoanalí­tica Internacional, sin embargo pronto comenzó a elaborar sus propias teorías psicoló­gi­cas cada vez más divergen­tes de las concepciones freudianas y en 1913 se produjo la separación defini­tiva. Jung acabó formando su propia escuela psicológica, pero es un autor muy interesante en relación al estudio del simbolismo y de los sueños pues dedicó gran atención a los mismos. Toda su nueva concepción teórica parte de la elaboración de un nuevo concepto: el inconsciente colectivo. Así expresa él mismo el nuevo rumbo que adopto su psicología:

"Así como los contenidos conscientes pueden desvane­cerse en el inconsciente, hay contenidos nuevos que nunca fueron conscientes y que pueden surgir de él. El descubrimiento de que el inconsciente no es un mero depositario del pasado sino que también está lleno de gérmenes de futuras situaciones psíquicas e ideas, me condujo a mi nuevo enfoque de la psicología. Es un hecho que pueden surgir por si mismos del incons­ciente pensamien­tos e ideas nuevas que anterior­mente jamás fueron conscientes. Deseo señalar que la capacidad de la psique humana para producir semejante material nuevo es particularmente significativa al tratar el simbolismo de los sueños, pues encontré una y otra vez que las imágenes e ideas contenidas en los sueños posiblemente no puedan explicarse sólo en función de la memoria. Expresan pensamientos nuevos que jamás alcanzaron el nivel de la conciencia"

Este inconsciente que no está formado por contenidos que alguna vez fueron conscientes y dejaron de serlo a causa de la represión, es el depositario de la experien­cia humana acumulada a través de los tiempos por nuestros antepasados y es el incons­ciente colectivo en el sentido junguiano, se halla constituido por los denominados arqueti­pos. Los arquetipos son representacio­nes íntimamente ligadas a los instintos y su función consiste en transformar la libido desligándola de su mera instintividad, son según sus palabras "un medio inestima­ble para aplicar el curso meramente instinti­vo del proceso energéti­co a un rendi­miento efec­tivo de trabajo" de tal forma que se convier­ten en los agentes civilizadores:

"El hombre primitivo­ se liberó de sus ansiedades básicas mediante la progresiva forma­ción de símbolos y esto fue lo que lo condujo a la cultura. En nuestra naturaleza psíquica sólo podemos sustraer una mínima parte de la energía a su curso natural. El ser humano posee un exceso relativo de energía suscep­tible de ser derivado hacia una utilización distinta de su mero decurso natural y el símbolo facilita esa derivación. El símbolo es una máquina psicológica que transforma la energía. Los símbolos nunca fueron produci­dos conscientemente, sino producidos por el incons­ciente"

Esto no quiere decir que los arquetipos sean exactamente ideas innatas que se transmitan filogenéticamente y que se hereden de padres a hijos, sino que:

"Dado que entre los conflictos elementales humanos existe una identidad que está mas allá del tiempo y el espacio, la fantasía creadora se dedica a producir analogías de los procesos instintivos con el objeto de desligar la libido de la mera instintividad y transfe­rirla a representaciones análogas. La índole de la analogía es un problema muy serio, puesto que como hemos dicho, tiene que haber representaciones que atraigan la libido. Creo que su carácter especial reside en el hecho de que sean arquetipos, es decir, formas univer­salmente existentes cuyo conjunto consti­tuye la estructura del incons­ciente colectivo. Los ar­quetipos son aquellas formas o cauces por los cuales fluyó desde siempre el acontecer psíquico. El arqueti­po es una tendencia a formar representacio­nes de un motivo, represen­taciones que pueden variar muchísimo en los detalles sin perder su modelo básico. No se trata pues de representaciones heredadas, sino de una disposición funcional a producir representaciones iguales o análo­gas. Es propio del arquetipo una acción numinosa, esto es, que afecta al sujeto de modo similar al instinto, más aún, este último puede ser limitado y hasta dominado por esa fuerza. Debo aclarar las relaciones entre instintos y arquetipos: lo que propiamente llamamos instintos son necesidades fisio­lógicas y son percibidas por los sentidos. Pero al mismo tiempo se manifiestan en fantasías y con fre­cuencia revelan su presencia sólo por imágenes simbó­licas. Estas manifes­taciones es lo que yo he llamado arquetipos. La forma en que aparecen los arquetipos en la experiencia práctica es la siguiente: son, al mismo tiempo, imáge­nes y emociones. Se puede hablar de un arquetipo sólo cuando estos dos aspectos son simultá­neos. Los arque­tipos no son meros nombres ni aún conceptos filosófi­cos. Son trozos de la vida misma, imágenes que están íntegramente unidas al individuo por el puente de las emociones"

Partiendo de estos presupuestos los sueños adquieren para Jung una singular importancia pues se constituyen en el cauce natural de expresión de aquel inconsciente colectivo así como en el puente que articula dicho inconsciente con la mente consciente del individuo:

"Así como nuestro cuerpo conserva las huellas de su evolu­ción filogenética, así también el espíritu humano las conserva. Por consiguiente no debe sorprendernos la posi­bilidad de que el lenguaje alegórico de los sueños sea una reliquia arcaica. El sueño es un fenóme­no psí­quico normal que transmite a la conciencia las reac­ciones o impulsos espontáneos del inconscien­te. Lo que llamamos incons­ciente ha conservado carac­terís­ticas primitivas que formaban parte de la mente originaria. Es a esas características a las que cons­tantemente se refieren los símbolos de los sueños. En ellos se crean símbolos cuya base es el arquetipo in­cons­ciente y cuya figura aparente proviene de las re­presentacio­nes adquiridas por la conciencia. Los símbo­los "natu­rales" se derivan de los conteni­dos in­cons­cien­tes de la psique y por tanto represen­tan un número enorme de variaciones de las imágenes arquetí­picas esencia­les. El sueño nos comunica en un lenguaje simbólico ideas, juicios, concepciones, directivas y tendencias que a causa de la represión o por pura igno­rancia eran inconscien­tes. Los símbolos oníricos son los mensajeros esencia­les de la parte instintiva a la parte racional de la mente humana y su interpre­tación enriquece la pobreza de la consciencia de tal modo que aprende a entender de nuevo el olvida­do len­guaje de los instin­tos"

Desde esta perspectiva Jung sostiene que todo proceso psicológico, además de tener sus causas, tiene inevitablemente una finalidad, en el sentido de estar orientado a un objetivo, y los sueños no constituyen ninguna excepción:

"La explicación de un hecho psicológico exige que se le enfoque desde dos ángulos, a saber: desde el punto de vista de la causalidad y desde el punto de vista de la finalidad. La manera de ver finalista, que yo opongo a la concepción freudiana, no significa como lo subrayo expresamente una negación de las causas del sueño, sino que más bien conduce a otra interpre­tación distinta del material asociado al sueño. La cuestión puede formularse simplemente de la siguiente manera: ¿para qué sirve este sueño? ¿qué resultado persigue?. El simbolismo de los sueños será apreciado de una mane­ra muy diferente según se lo considere desde el punto de vista causal o desde el punto de vista final. Para la concepción finalista las imágenes del sueño tienen su propio valor. Para este punto de vista, la riqueza del sentido de los sueños reside precisamente en la diversidad de las expresiones simbólicas y no en su reduc­ción unívoca, no conoce interpretaciones fijas de los símbolos. El símbolo no oculta, sino enseña"

"Los sueños tienen una estructura definida, de eviden­te propósi­to, que indica una idea o una intención sub­yacente, aunque por regla general esto último no es inmediatamente comprensible. Por tanto comencé a consi­derar si se debe conceder más importancia a la forma efectiva y contenido de un sueño que a permitir a la asociación libre que conduzca por medio de un encadenamiento de ideas a complejos que podrían alcanzarse por otros medios. Preferí concentrarme más bien en las asociaciones del propio sueño, en la creencia de que éste expresa algo específico que el inconsciente trata de decir. Llegué a la suposi­ción de que el sueño contiene un mensaje distinto de la alego­ría sexual y que eso es así por razones defini­das. Llegué a la conclusión de que para inter­pretar un sueño, sólo debería utilizarse el material que forma parte clara y visible de él. El sueño tiene su propia limitación. Trabajo en torno a la descrip­ción del sueño y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él: volvamos a su sueño, ¿qué dice su sueño?"

Jung admite diferentes posibles funciones para los sueños pero la principal e indiscutible es la llamada función compensa­toria de los sueños gracias a la cual se produce una autorregula­ción espontánea de la mente:

"La función general de los sueños es intentar resta­blecer nuestro equilibrio psicológico. Esto es lo que yo llamo el papel compensador de los sueños en nuestra organización psíquica. El sueño compensa las deficien­cias de nuestra personalidad y al mismo tiempo advier­te de los peligros de la vida presente. Lo que no con­seguimos ver consciente­mente con frecuencia lo ve nues­tro inconsciente que nos transmite la informa­ción por medio de los sueños. Esta función del sueño consti­tuye una regulación psíquica, un contrapeso absolutamente indispensable a toda actividad ordena­da. Según nuestra actual experiencia, parece que todos los puntos de vista subestimados o desconocidos en el esta­do de vigilia, es decir que fueron relativamente inconscientes, se presentan al espíritu del soñador, al menos para orientarlo. A mi modo de ver todos los sueños tienen una relación compensato­ria con los datos conscientes. Si bien el sueño contribuye a la regula­ción psíquica espontánea del individuo reuniendo auto­máti­camente todo lo que ha sido reprimido, descui­dado o ignorado, su capacidad compensatoria a menudo no resulta tan clara, esto es debido al hecho de que los procesos psíquicos compensadores casi siempre son de naturaleza individual, lo que dificulta de modo consi­dera­ble la demos­tración de su carácter compensa­dor. Los sueños se comportan como compensaciones de la si­tuación cons­ciente respectiva por eso es imprescin­dible para realizar una interpretación adecuada conocer plenamente la orientación de la concien­cia. La compen­sación representa una adecuada autorre­gulación del organismo psíquico. Al proponer la teoría de la compensación no pretendo afirmar que sea la única teoría posible acerca de los sueños, o que explique por completo todos los fenóme­nos de la vida onírica"

Decíamos que Jung admitía otras posibles funciones para los sueños así distingue los sueños reducti­vos, los reactivos y los prospectivos. Los sueños reductivos desempeñan la función reductiva inconsciente, que en el fondo no es sino un caso particular de la función compensadora, que muestra su eficacia cuando se trata de "socavar un orgullo desproporcionado o recordar al individuo la futilidad humana". Los reactivos son aquellos que se producen en aquellos sujetos que han padecido un trauma real, e incluye entre ellos los correspondientes a las neurosis de guerra o los que acompañan a procesos patológicos corporales, gracias a la repetición frecuente del elemento traumático en los sueños, éste poco a poco pierde su autonomía. Por último sobre los sueños prospectivos y la función prospectiva nos dice:

"La función prospectiva es una anticipación de las futuras acciones conscientes que se presenta en lo inconsciente, algo así como un ensayo previo, o como un esbozo o plan proyecta­do con antelación. Su conte­nido simbólico es, en ocasiones, el bosquejo de la solución de un conflicto, la realidad de tales sueños prospectivos no puede negarse"

En relación a la interpretación, aparte de las referencias ya citadas y que conducen a Jung a desestimar en cierta medida el método de las asociaciones libres que a su juicio despistan al interprete del auténtico mensaje que proporciona el sueño, Jung proporciona un punto de vista muy interesante que le lleva a contraponer su método de interpretación “en el plano subjetivo" a la habitual interpretación freudiana que sería una interpretación en el plano objetivo:

"Cuando nuestro sueño reproduce cualesquiera represen­taciones, éstas son ante todo nuestras representacio­nes. Toda la génesis del sueño es estrictamente subje­tiva, el sueño es el teatro donde el soñador es a la vez escena, actor, apuntador, director, autor, público y crítico. Esta simple verdad forma la base de la con­cepción del sentido de los sueños que he denominado interpre­tación en el plano subjetivo. Esta interpreta­ción ve en todas las figuras que aparecen en el sueño, los rasgos personificados de la persona­lidad del soñador"

Lo que nos quedaría de Jung es la generalidad de los símbolos así como la concepción esencial del simbolismo como pensamiento y lenguaje primitivos. El pensamiento simbólico colectivo corres­pondería así a una fase inicial del pensamiento humano y los grandes símbolos generales serían pues la expresión de los arquetipos, es decir, de los sistemas a la vez afectivos y representativos que constituyen la paleopsi­que. Rescatemos tam­bién su original método interpretativo pues, aunque partiendo desde presupuestos teóricos muy diferentes, tiene muchos puntos de contacto con los posteriores desarrollos kleinianos. Respecto a la supuesta función compensadora del sueño que contribuiría a una adecuada regulación espontánea del psiquismo, es sin duda una idea muy sugerente, pero difícil de compartir por nuestra parte pues dada la cantidad de tiempo que empleamos en soñar a lo largo de la vida no se entiende bien cómo es que el mundo ande tan desquiciado y que cada uno de nosotros no poseamos un perfecto equilibrio mental. Por último quisiéramos apuntar respecto a su idea de entender el sueño como mensaje, que es compartida de una u otra manera por otros autores, que no adelantamos mucho al pasar de considerar el sueño como un mensaje enviado por los dioses, como hacían los antiguos, a considerarlo como un mensaje enviado por el incons­ciente. Es posible, o quizás indudable, que efectivamen­te el sueño contenga ciertas informaciones, pero en tal caso lo hace de la misma forma que un análisis de sangre nos proporciona información sobre el estado de salud del sujeto, es evidente que ésa no es la función de la sangre ni existe por su parte ninguna intencionali­dad de comunicarnos nada en absoluto, así pues el sueño puede encerrar un mensaje pero es seguro que no lo es. La posición de Freud es esclarecedora al respecto:

"El sueño no se propone decir nada a nadie y lejos de ser un instrumento de comunicación se halla destinado a permanecer incomprendido (1917). De ello se despren­de que en el fondo al yo del durmiente no le importa que sueña durante la noche, siempre que el sueño cumpla la tarea que le concierne (1925)"

Como dijimos en su momento la obra de Freud no tuvo una gran acogida en los años siguientes a su publicación así que, hasta la constitución de la Asociación Psicoanalítica de Viena en el año 1906, Freud acostumbraba a reunirse los miércoles por la noche para discutir la aplicación de sus teorías con un reducido grupo de seguidores compuesto por Kahane, Rietler, Adler y Stekel. De todos ellos el único que siguió siendo psicoanalista el resto de su vida fue Wilhelm Stekel, personaje singular y tan intere­sante como poco valorado, cuando no mayoritariamente olvida­do. Sin embargo es probablemente el mayor entusiasta en favor de la utilización de los sueños, y su interpretación, en la práctica clínica y uno de los autores que más a contribuido a su desarro­llo. Según Stekel:

"El futuro de la psicoterapia depende del ejercicio de la interpre­tación de los sueños"

Como decíamos Stekel no ha sido suficiente­mente reconoci­do, sin duda ello fue debido a que pronto comenzó a disentir de su maestro, ya en su primer trabajo psicoanalítico, un corto ensayo publicado en 1907, abandona el punto de vista ortodoxo según el cual la neurosis halla su etiología en la sexualidad reprimida, no es que lo niegue, sino que lo amplia en el sentido de admitir que es así en ciertos casos pero no en otros, cuya causa sería el "conflicto psíquico derivado del choque entre la inhibición y el instinto". Stekel opinaba que junto a la acción del deseo inconsciente actúa en el sueño el Ethos, un yo moral, antecedente del superyo freudiano, responsable de la tendencia anagógica del mismo. En sus trabajos del 08 y 09 admite la existencia de sueños de advertencia y presenti­miento adjudicando al sueño una función admonitoria y una tendencia prospectiva.

En 1911 publica un extenso trabajo titulado "El Lenguaje de los sueños", que según sus propias palabras se convirtió en "la Biblia onírica de los freudianos ortodoxos", en conjunto es un libro que en la línea de Artemidoro o Cardano propone un sin fin de símbolos oníricos con sus respectivas posibles interpretacio­nes. En el capítulo I, de la segunda edición (1921), se expresa así respecto a la función y esencia del sueño:

"En los sueños se libra un eterno combate entre el ins­tinto y la inhibición una lucha entre el hombre primi­tivo y el hombre civilizado, tenemos que concebir el sueño como reflejo de esta lucha, cada sueño lleva la imagen de esta enconada lucha en virtud de la cual tanto los instintos como las inhibiciones han de manifestarse plásticamente en él. ¿Y la esencia del sueño? deseo o advertencia, según la fuerza (instinto o inhibición) que se imponga. El sueño busca solucio­nes a cuestiones insolubles"

En el último capítulo, "Conclusiones", agrega tres conside­raciones de carácter general. La primera es que el simbolismo es fundamental en la vida psíquica consciente e inconsciente, que toda manera de pensar primitiva ha revestido originariamente un carácter simbólico y que no cabe duda de que el niño empieza a pensar valiéndose de ecuaciones simbólicas, y por último que: "aunque todo simbolismo onírico es propio y exclusivo de cada ser humano, no por eso dejamos de comprobar que una serie de símbolos tienen validez universal".

La segunda es "la bipolaridad de todo fenómeno psíquico" lo cual le lleva por una parte a reivindicar, todavía con una cierta prudencia, la importancia del contenido manifiesto del sueño frente a la predomi­nancia exclusiva que la línea ortodoxa otorgaba al latente: "El contenido onírico manifiesto nos muestra uno de estos polos de la vida psíquica, tiene que mostrarlo y en muchos casos nos revela lo principal del sueño" y por otra parte a enfatizar el papel que el odio juega en la vida psíquica y por lo tanto en los sueños y en el desarrollo de las neurosis contra­poniéndose así a la posición clásica que ve en el complejo de Edipo y el amor incestuoso un factor más primario y iatrogéni­co: "Hemos podido comprobar que los impulsos de odio constituyen el fundamento de todo acaecer psíquico. De este modo consideramos el odio como elemento primario y fundamento de los impulsos altruistas, la neurosis es la consecuencia de la percepción de este odio a través de la lente de la conciencia de culpa”.

La tercera y última se refiere, como él mismo dice, aunque todavía tímidamente: "al poder extraordinario de la transferen­cia tal como lo hemos experimenta­do en el análisis de los sueños". De esta manera Stekel se anticipa en cierto sentido a la elabora­ción posterior del concepto de pulsión de muerte por parte de Freud y por otra parte a la importancia que años después Melanie Klein otorgará a la envidia primaria en sus teorizacio­nes, así como al papel preponderante que la transferencia jugara poste­riormente entre los kleinianos en la interpretación de los sueños.

Stekel continuó trabajando y produciendo, sus publicaciones sobre los temas oníricos se hallan recogidas en un segundo libro titulado "Progresos y técnica en la Interpretación de los sueños" publicado en 1935. Llegó a desarrollar su propio método de inter­pre­tación onírica, que denominó "método activo-intuitivo" por la importancia que concede a la intuición del intérprete, en­tendida ésta como "proyección sentimen­tal y penetración intelec­tual sobre el soñante" y que contrapone al "método pasivo de recogida de asociaciones libres" lo cual le lleva a considerar a éstas con mayor espíritu crítico y a reivindicar el valor in­trínseco del contenido manifiesto y de las interpretaciones funcionales":

"El error fundamental de Freud fue el siguiente: des­cuidó la consideración del contenido onírico manifies­to y sobreestimó las ocurrencias que permitían cobrar conocimiento de las ideas oníricas latentes. No advir­tió el hecho de que las asociaciones libres se apartan a menudo del tema onírico e inducen a error al intér­prete. El hecho de que tanto las reglas oníricas de Freud como las asociaciones sean imprescindibles no se discute, pero siempre bajo el incesante control del analista. Jamás me atrevería a ir tan lejos como Adler y Wesberg o también Maeder y Jung , que prescinden to­talmente de las ocurrencias del soñante. Sigo creyen­do aún hoy en día que hay muchos sueños que no podría­mos interpretar sin la ayuda del soñante, sin el material que nos trae y sin el conocimiento exacto de su vida. Las interpretaciones funcionales son para nosotros las más importantes, pues nos informan directa­mente sobre las funciones de la psique"

"El mayor progreso en la interpretación de los sueños consistió en el paso del método pasivo de las asocia­ciones libres al método activo de la interpretación con ayuda de la intuición. Éste método confiere mayor importancia al contenido manifiesto que al latente. Las asociaciones me son imprescindibles, pero las tomo con prudencia y espíritu crítico. En la mayoría de los casos es menester combinar las intuiciones con las ocu­rrencias. El método activo-intuitivo, permite inde­pendizarse de las ocurren­cias y de la buena voluntad del paciente. Todos los progresos en la interpretación de los sueños provienen de mi escuela"

"Actualmente estoy en condiciones de llegar a las ideas oníricas secretas a partir de las imágenes oníricas manifiestas. Quien haya aprendido a entender el lenguaje de los sueños estará en condicio­nes de sacar sus conclusiones a partir del contenido onírico manifiesto. He tratado de demostrar que el contenido onírico manifiesto nos revela lo más impor­tante de la idea onírica latente. Por este camino he encontrado relaciones que jamás hubiera encontrado a partir de las ocurrencias del soñante. Sostengo que el contenido onírico manifiesto tiene que revelarle al psicoanalis­ta experimentado el contenido fundamental del sueño"

Por otra parte las aportaciones más interesantes de Stekel corresponden a dos ámbitos distintos. Por un lado al papel deter­minante que cumple la transferencia en el proceso analítico y la relación que existe entre ésta y los sueños:

"Cada vez estoy más convencido de que para nosotros lo principal es encarar las investigaciones desde el punto de vista de las relaciones del sueño con el aná­lisis. ¿Que actitud observa el soñante con respecto al médico? ésta es la primera pregunta y la decisiva. La parte principal del contenido onírico se refiere a las relacio­nes entre el paciente y el médico. La función del análisis consiste en primer término en estimar el sueño en sus relaciones con el médico. (Como se ve ya conocía yo en 1914 la importancia de la situación ana­lítica que tanto alborota hoy a los freudia­nos)"

Y por otro lado lo que a nosotros nos parece más interesante de su pensamiento es que es el primer autor, y tal vez el único, que se toma realmente en serio la cuestión de las series oníricas intuyendo de este modo la continuidad de la vida onírica:

"Los sueños tienen que ser interpretados en serie. No nos atenemos a un sólo sueño por vez, sino que reali­zamos interpreta­ciones de series oníricas. En las interpretaciones de series oníricas hay que tener siempre en cuenta que un sueño complementa al anterior aún habiendo varios días entre ambos y así sucesiva­men­te, de modo que el tema del análisis se continua a través de toda la serie. Dentro de una serie de sueños cada sueño aislado representa una tentativa de solu­ción. El soñante se va acercando cada vez más a la solución correcta y el último sueño suele darla. La totalidad de los sueños tiene que ser susceptible de una lectura análoga a la que hacemos de las novelas por entregas, las revelaciones van siendo cada vez más claras o aparecen nuevas derivaciones que condu­cen al camino principal, de ahí que no haya interpre­ta­ción de un sueño único, sino interpretación en serie y que el analista tenga que conocer exactamente la totali­dad de los sueños del paciente y atender a la repeti­ción de motivos a través de los sueños. Sólo la interpretación de una serie completa posibilita la comprensión de un sueño inicial. La interpretación en serie tiene grandes ventajas puesto que cuando aparece un símbolo con cuya interpretación es imposible dar y nos resulta incomprensible, no tenemos mas que esperar tranquilamente a que los sueños siguien­tes reproduzcan dicho símbolo"

Finalizaremos con dos párrafos que ilustran acerca de las concepciones generales del autor sobre los sueños y su papel en el proceso analítico:

"Mi formula onírica es la siguiente: en los sueños se trata de hallar la solución al conflicto de la vida o al conflicto circunstancial del día. Dado que en la generalidad de los casos el conflicto actual de un paciente corresponde a la constelación de su con­flicto particular, en muchos casos se llegará por "aumento" del conflicto circunstancial del día al conflicto total de la vida. Considero que la regla siguiente es indiscuti­ble: En todo sueño se refleja el conflicto de la vida del soñante"

"Vuelvo a subrayar que jamás renuncio a las asociacio­nes pero sostengo que el analista tiene que saber si las asociaciones apuntan a la idea central del soñante o si no tienden más que a escabullir­se de la coerción del análisis. La mayor parte de los casos de neurosis se han configurado en torno a un secreto, este secreto "fermenta", todos los sueños de un mismo soñante con­tienen su secreto de modo que el analista ha de tratar de encontrar el punto vulnerable del sue­ño. También he­mos de comprender el que los pacien­tes se resistan a confiarnos su secreto, debemos tener en cuenta que el paciente tiene un "escotoma" que le per­mite borrar las relaciones existentes entre su secreto y su neuro­sis el paciente no quiere saberlo y paga su culpa con su enfermedad. Tenemos que manejar el bisturí con la delicadeza de una sensibilidad que com­prende a otra y proceder, sin embargo, con mano firme para hacer en el momento decisivo reventar el absceso y extraer el pus del alma del paciente"

Como vemos Stekel enfoca la problemática del sueño desde la perspectiva clínica de su trabajo con pacientes, aunque no aborda de manera específica la cuestión de la función onírica, sus apor­ta­ciones son muy interesantes, concluiremos significando su concep­ción general de que los sueños son un espejo que reflejan la situación conflictual del sujeto, su énfasis en las relaciones entre sueños y transferencia, así como su interés por las series oníricas que anticipa el concepto de continuidad de la vida onírica, término que propondrá muchos años más tarde un autor contemporáneo.

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