VII
DE LAS GRACIAS Y
MILAGROS DEL SIERVO DE DIOS
FRAY DIEGO JOSÉ DE REJAS DESPUÉS DE SU MUERTE.
360.
El cadáver del Siervo de Dios, que no fue embalsamado ni amortajado por
mano extraña, despedía fragancia especial, que naturalmente no tenía
explicación plausible y se atribuyó a milagro.
361.
Una mujer de Los Villares, llamada Anatolia, viuda de Muñoz, en cuya casa
solía hospedarse el Siervo de Dios cuando iba a predicar y tenía que
pernoctar en aquel pueblo, ansiosa de una reliquia de su venerado P.
Rejas, se dirigió tijera en mano a la caja mortuoria con ánimo de
cortarle algunos cabellos; pero en medio de su precipitación y
aturdimiento le cortó también piel de la frente, haciéndole una pequeña
herida. En seguida brotó de ella abundante sangre fresca, a pesar de las
muchas horas transcurridas después de la muerte, cosa que se tuvo como
prodigio.
362.
El sacerdote D. Manuel Melero, por la veneración de santo con que
distinguía al Siervo de Dios, deseó tener como recuerdo suyo el bonete
que en vida había usado, y al día siguiente encima de sus vestiduras
sacerdotales apareció dicho bonete con no poca maravilla suya y de
cuantos notaron el hecho.
363.
El agua con que por última vez se lavó el Siervo de Dios se halló
algunos meses después de su muerte todavía incorrupta, cosa que llamó
mucho la atención de las personas que en vida le sirvieron.
364.
Don José Jiménez Sánchez, sacerdote y discípulo del Siervo de Dios, en
carta de 23 de Octubre de 1903 dirigida al Superior del Colegio que los
Agustinos tenían entonces en Alicante, afirma respecto del Siervo de Dios
que su "lengua se conserva fresca hace treinta y cinco años",
aunque no dice dónde.
365.
Pocos años después de muerto el Siervo de Dios se apareció a D. Manuel
Colmenero, amenazándole con la condenación eterna si no se corregía del
vicio de la bebida. Al mismo tiempo le avisó que los hijos menores serían
soldados y que la familia vendría muy a menos, como de hecho sucedió
todo exactamente.
366.
A D. Julián Cazalla Pajares, uno de los que habían sido discípulos del
Siervo de Dios, se le disparó el arma de tal modo que debiera haber
quedado el compañero muerto; pero éste le llamó la atención sobre la
presencia del difunto P. Rejas, diciéndole: "-Mira allí el Padre
Rejas", y preguntándole: "-¿Donde?", contestó:
"-Allí", indicando el lugar en que él le veía, del que al
punto desapareció. Fue tal la impresión de D. Julián por este doble
hecho de no haber matado al compañero y de la aparición del P. Rejas, a
quien atribuyó el verse libre de tal muerte, que desde entonces renunció
al uso de cualquier arma de fuego.
367.
Ciertos espigadores habían colocado en tres pilas el fruto de su trabajo
y pasado la noche en el espacio libre que habían dejado entre ellas. Al día
siguiente, con la fuerza del sol, se inflamó una caja de fósforos que
impensadamente habían dejado allí, y empezaron a arder las espigas, quemándose
en poco tiempo dos pilas; pero la tercera, encima de la cual se hallaba un
sombrero que había sido del Padre Rejas, a pesar de su proximidad con las
otras, quedó completamente intacta; fenómeno que los espigadores
tuvieron por verdadero milagro, obrado por Dios en gracia de los méritos
e intercesión del P. Rejas.
368.
Doña Encarnación Palomino Lope, esposa de D. Francisco Moral, hallándose
en un parto dificilísimo con la criatura muerta dentro de su seno hacía
cinco días, y desahuciada del médico de Torredelcampo, D. Eduardo
Arroyo, que la asistía, y, se hiciese o no se hiciese la operación cesárea,
consideraba inevitable la muerte de la enferma, pidió el Santo Cristo que
fue de uso del Siervo de Dios y a éste se encomendó con la oración
siguiente: "Don Diego Rejas de mi alma, si estás en la presencia de
Dios, haz que yo no muera con esta fatiga". Apenas aplicado el
Crucifijo y dicha esa oración, salió sin dificultad de su seno la
criatura muerta, y a los pocos días estuvo la enferma completamente
buena, con gran admiración del médico y de cuantos sabían la situación
desesperada en que había estado. Sucedió este hecho hacia el año 1889.
369.
El precedente milagro fue acompañado de otro que en la misma paciente se
manifestó más adelante; pues asegurando el médico sin género de duda
que en lo sucesivo, a consecuencia de la enfermedad pasada, no podría
tener descendencia, llegó a tener varios hijos, de los cuales actualmente
viven algunos, según declaración de una de las hijas llamada doña
Dolores Moral.
370.
Otra parturienta, llamada Francisca Arroyo, esposa de D. Juan Jiménez,
pasado en uno de sus partos el tiempo en que debía dar a luz, se hallaba,
después de varios días, imposibilitada para ello. Entonces ambos
esposos, de común acuerdo, se encomendaron al Siervo de Dios, y en
seguida la parturienta dió a luz y se libró de la muerte. Sucedió este
hecho hacia el año 1906. En otras ocasiones también ha experimentado
esta familia el auxilio del Siervo de Dios.
371.
Cierta familia, que tenía ya dos hijos soldados, temía que también el
tercero tuviese tan mala suerte que le tocase ir al servicio. En tan
angustia, se encomendaron al Siervo de Dios, venerando una reliquia de sus
huesos y pidiendole favor para su hijo en el sorteo de modo que saliese
libre. Llegado el día del sorteo, tocó al joven el número más alto,
librándose así del servicio militar, cosa que la familia tuvo por
milagro.
372.
La reliquia de los huesos del Siervo de Dios que posee doña Dolores Liébana
suele ser llevada a los enfermos, que encuentran remedio en sus
enfermedades encomendándose a él. Esto sucede particularmente con las
parturientas en partos difíciles.
373.
También a doña Joaquina Serrano piden los fieles con mucha frecuencia en
sus enfermedades el cordón fiador del manteo que usó en vida el Siervo
de Dios, y por intercesión de éste encuentran en ellas alivio.
374. Finalmente D. Juan José Verdejo Jiménez, cura propio de la parroquia de Jamilena desde 1 de Octubre de 1894 en que tomo posesión de esta, después de haberla ganado por oposición asegura que son muchas las misas de acción de gracias que le encargan sus feligreses por favores recibidos merced a la intersección del Siervo de Dios Fr. Diego José de Rejas.