II
OBSERVANCIA DE LOS VOTOS
De la pobreza
262.
Grande fue el desprendimiento del Siervo de Dios de todos los bienes de la
tierra, y el voto solemne de pobreza, emitido al profesar en la Orden de
San Agustín, lo cumplió perfectamente, no sólo abdicando de hecho toda
propiedad, sino procurando conservar su corazón completamente libre de
todo afecto a los bienes terrenales.
263.
En el claustro hizo uso racional del peculio que le permitía la Orden,
proveyéndose de libros provechosos para instruirse más a fondo en las
ciencias eclesiásticas y prepararse mejor para el oficio de la predicación
a que se sentía inclinado.
264.
Obligado por leyes inicuas a vivir fuera del claustro, no pensó en
comodidades temporales, a que como muchos exclaustrados de otras Ordenes y
de la suya hubiera podido lícitamente aspirar, sino que se redujo a
desempeñar desinteresadamente su ministerio sacerdotal entre los fieles
contento con la limosna de la Misa y su corta pensión de exclaustrado.
265.
Invitado por autoridad competente a suministrar el pan de la divina
palabra a los fieles de Jamilena, necesitados de ese pasto espiritual,
aceptó gustoso ese cargo con el título de Predicador de aquella iglesia
que le daba libertad completa para predicar, pero sin emolumentos de ningún
género; porque lo que únicamente buscaba era el bien espiritual de las
almas con absoluto despego de todo interés temporal.
266.
Habiéndose reconocido después de la exclaustración, hacia el tiempo del
Concordato español de 1851 con la Santa Sede, como grado mayor
universitario para los efectos de optar a beneficios eclesiásticos el
grado de Lector de los religiosos exclaustrados, hubiera podido fácilmente
el Siervo de Dios, que era Lector en la Orden de San Agustín, salir de la
posición humilde a que voluntariamente se había reducido, obteniendo algún
beneficio que le permitiese vida de mayor holgura; pero, contento con su
pobre alimento y vestido, no quiso abandonar su misión de evangelizar a
los pobres.
267.
Pobre, además, era en cuanto al efecto su habitación, pobre su
alimentación y pobres su vestido y zapatos, que hacía remendar hasta lo
último.
268.
En su habitual enfermedad de dolor de estómago no buscó remedios más
que de pobre, contentándose con tomar a veces, para calmarle algún
tanto, el agua con greda blanca que le preparaban en su misma casa las
personas que le servían.
269.
Y en ese heroico tenor de vida de pobreza afectiva y efectiva se mantuvo
con el favor de Dios, constante hasta la muerte.
De la castidad
270.
El propósito de vivir en perfecta castidad, que el Siervo de Dios confirmó
con voto solemne en su religiosa profesión, le mantuvo y cumplió
heroicamente toda su vida.
271.
Para conseguirlo procuró vivir retirado del mundo y estar siempre bien
ocupado para evitar la ociosidad, ocasión de tantos males; orar y
recordar frecuentemente el pensamiento de la muerte, eficacísimo contra
todo pecado, en especial contra el de la impureza; domar la carne con
abstinencias, ayunos y vigilias, para impedir que se rebelase contra el
espíritu, y cultivar especial devoción a la Santísima Virgen,
pidiendole que le librase de cuanto pudiese manchar el candor de la
pureza.
272.
Se distinguía el Siervo de Dios por su modestia singular en el trato con
sus prójimos y huía de que, aun con pretextos de devoción, nadie le
tocase, especialmente mujeres.
273.
Ni siquiera consentía que le tomasen medida de la ropa, y cuando
necesitaba nuevo calzón corto, que era el que con medias negras usaba, o
alguna otra prenda de vestir, ordenaba que se la hiciesen en casa, se la
probaba después a solas y luego, si a su juicio se debía modificar en
algo, indicaba lo que había de hacerse.
274.
Y llegado el día de su muerte, evitó el que nadie le viese desnudo; pues
por sí mismo quiso vestirse antes de morir con la mejor ropa que tenía,
y así no fue necesario que manos extrañas tuviesen que amortajarle.
275.
Premio sin duda de la singular pureza del Siervo de Dios era el especial
olor agradable que despedía su ropa cuando la llevaban a lavar y el no
menos agradable que exhaló su cadáver expuesto en el portal de la casa
antes de su entierro.
De la obediencia
276.
Norma preciada de la conducta del Siervo de Dios, tanto en el claustro
como fuera de él, fue la obediencia a los Superiores, solemnemente
profesada.
277.
Por obediencia fue el Siervo de Dios a Jamilena, nombrado predicador de
aquella iglesia, y en cumplimiento de la voluntad de los superiores, en la
que veía clara la de Dios, se ocupó fidelísimamente y sin retribución
ninguna en el desempeño de ese oficio.
278.
Prueba de heroica obediencia dió cuando en obsequio al Prelado salió de
Andújar, interrumpiendo en circunstancias difíciles unas misiones próximas
a dar su fruto. Calumniado de haber usado de una comparación indigna
hablando del misterio de la santísima Trinidad y denunciado por un
sacerdote, que no había oído el sermón, se vió precisado a comparecer
ante el Prelado de la diócesis. Contestó dignamente el Siervo de Dios al
señor Obispo, negando haber dicho lo que en la calumniosa acusación se
le imputaba. "-Tenga usted en cuenta, le observó el Prelado, que me
lo ha dicho un sacerdote". "-Pues sepa Su Ilustrísima, contestó
el Siervo de Dios, que también hay sacerdotes que mienten".
"-El que me lo ha dicho no miente", replicó el Prelado, y le
prohibió continuar las misiones ordenándole salir de la ciudad.
"-Está bien, dijo el Siervo de Dios, ya sé yo que vuestra Señoría
no se ha de desengañas de esto hasta que comparezca en la presencia de
Dios", y diciendo esto se despidió del Prelado, cumpliendo
sencillamente y sin apelación de ningún género la imprudente orden de
abandonar la población antes de terminar aquellas misiones, ya muy
adelantadas y de las que se esperaba copioso fruto. No mucho tiempo después
compareció el Prelado ante el tribunal divino y el sacerdote denunciante
murió sin poder recibir los santos sacramentos al ir a comprar una finca.
279.
La constancia invencible con que el Siervo de Dios perseveró hasta la
muerte en el exacto desempeño de su oficio de predicador gratuito de la
iglesia de Jamilena, esto es, por el espacio no interrumpido de más de
veintiséis años, es una continuada prueba de su heroica obediencia.
DE LA HUMILDAD
280.
-Nacido de padres humildes y educado en la humildad, no sólo abrazó
gustoso el Siervo de Dios la vida humilde del religioso, sino que procuró
ejercitarse en la humildad heroicamente hasta la muerte.
281.
promovido al grado de Lector en la Orden hubiera podido, con la ayuda de
ese grado, aspirar después de exclaustrado a la honrosa colocación de Párroco
de alguna parroquia importante, o de Canónigo de alguna iglesia catedral,
como hicieron otros religiosos de otras Ordenes y de su misma Provincia;
pero el Siervo de Dios nunca quiso salir del pobre pueblo de Jamilena ni
dejar de ejercitarse en el humilde oficio de gratuito Predicador de
aquellos fieles que le había dado la obediencia.
282.
También hubiera podido, aun después de exclaustrado, aspirar fácilmente
dentro de la Orden al grado de Maestro en sagrada Teología pasado, según
costumbre de su Provincia, cierto número de años en el ejercicio de la
predicación; pero en su humildad jamás dió el Siervo de Dios el menor
paso para conseguirlo.
283.
Era el Siervo de Dios buen predicador y obligado a veces a hablar de sus
sermones lo hacía con palabras muy humildes, diciendo que él no
predicaba para los sabios, de quienes podía recibir muchas lecciones,
sino para los ignorante, a los cuales procuraba enseñar la senda de la
virtud.
284.
Huía de toda humana alabanza en la predicación. Predicando un día un
sermón de la Virgen fue tanto el entusiasmo que excitó en los oyentes,
que hubo quien grito:
"¡Viva la Virgen! ¡Viva el Padre Rejas!". Sudando como
estaba y dispuesto a bajarse del púlpito, luego que oyó tales alabanzas,
reprendió públicamente al que le vitoreaba, añadiendo que tales
expresiones jamás debían manifestarse a ningún mortal. Y observándole
que aquello se había hecho con consejo del alcalde, dándole a entender
que anduviese con cuidado por tratarse de la primera autoridad en la
población, contestó graciosamente: "-Eso es lo que menos me
importa".
285.
Por las conversiones que de sus sermones se seguían y por su vida
ejemplar se agolpaba la gente para despedirle y acompañarle largo trecho
del camino cuando salía de las poblaciones, intentando también muchas
personas besarle la ropa; pero el Siervo de Dios, visiblemente contrariado
en su humildad por estas manifestaciones, procuraba evitarlas y huía de
que le siguiesen y tocasen.
286.
Saliendo una vez de un pueblo sin dar misión en él, por medio de un
intenso y repentino dolor de estómago que le obligó a volver a él, le
dió a entender el Señor que quería que la diese. Alguien observó el
repentino acceso del dolor y dijo al padre delante de otras personas que
había vuelto, porque Dios no quería que aquel pueblo quedase sin el
beneficio de la misión; pero el Siervo de Dios interrumpió bruscamente
la conversación para disimular las trazas con que Dios le manifestaba su
voluntad y la decisión con que él procuraba cumplirla.
287.
Había adquirido el Siervo de Dios con el estudio y oración especiales
conocimientos de la Sagrada Escritura y tenía fama de ser más instruido
en ella que otros muy principales del clero de la diócesis. Deseó por
esto el Ilmo. señor Obispo D. Antolín Monescillo conocerle y tratarle,
haciendo llegar a oídos del Siervo de Dios este su deseo hasta con ruegos
y encargos; pero el Siervo de Dios, huyendo de alabanzas, no se presentó
al Prelado mientras éste no se lo ordenó con expreso mandato.
288.
Una vez en presencia de dicho Prelado preguntole éste si era él el P.
Rejas, a lo que el Siervo de Dios contestó humildemente que allí estaba
para servirle. Duró la entrevista una hora, y el Prelado, sumamente
prendado del saber y virtud del Siervo de Dios, le despidió dándole
amplias facultades para todo y haciendo de él grandes elogios; a lo que
el mismo Siervo de Dios con humildad contestó que trabajaba con la gracia
de Dios por desempeñas cumplidamente su ministerio.
289.
Cuando conjuraba los nublados que amenazaban pedriscos, o curaba
milagrosamente los enfermos, o hacía otros milagros en beneficio del
pueblo, se servía de ordinario de las oraciones y ritos de la Iglesia y,
a los que después le aclamaban, humildemente decía: "Lo ha hecho el
Señor, yo no he hecho nada".
290.
Llegó en su humildad el Siervo de Dios a pedir perdón de rodillas a D.
Antonio Serrano, a quien movido de caridad ocupaba como escribiente,
cuando por revelación divina conoció que éste interiormente se había
enojado contra él. El caso sucedió de la siguiente manera.
291.
Queriendo sin duda el Siervo de Dios ejercitar en la paciencia a dicho señor
para que se acostumbrase a vencer las tentaciones de desesperación que le
perseguían, le hizo copiar un día hasta por tres veces, con un pretexto
o con otro, una misma cosa. Seguro el escribiente, persona entendida, de
haber copiado bien, sintió internamente la tercera vez la fuerte tentación
de arrojar tintero y atril que tenía delante contra el Padre, pero
disimuló; entonces el Siervo de Dios, que penetraba el espíritu del
escribiente, se le arrojó a los pies y de rodilla le pidió perdón.
"-Pero de qué, Padre mío, dijo el escribiente, si usted no me ha
hecho nada".
"-Sí, hijo mío, perdóname", repitió el
Padre.
"-Bueno, contestó el escribiente, si en algo me
hubiese ofendido usted, yo le perdono".
"-Ahora, añadió el Padre, dame un
abrazo", y recibido este, añadió: "-Ejecuta ahora lo que te
ocurría contra mí". Fue tal la impresión del escribiente al ver
descubierto su interior, que se le erizaron los cabellos y volvió a su
casa enfermo.
292.
Demostró finalmente su humildad en la disposición testamentaria acerca
de su entierro, ordenando, obstante ser sacerdote, que fuese solamente de
segunda clase o llano, que era el acostumbrado para las personas que no
fuesen absolutamente pobres.