II
134.
Ejercitó el Siervo de Dios Fr. Diego José de Rejas todas las virtudes,
tanto teologales como
cardinales, en grado heroico; pero se distinguió de un modo especial en
la caridad para con el prójimo, que, acompañada de grande humildad y
fortaleza, resplandece singularmente en el desempeño de su ministerio
apostólico.
VIRTUDES TEOLOGALES
De la fe
136.
Se gloriaba de profesar la "Santa Religión Católica Apostólica
Romana" y de creer sus "Misterios, Artículos y
Sacramentos". como consta no sólo de su testamento, sino también
del codicilo que de su propia mano escribió en Jamilena el 29 de Agosto
de 1865.
137.
Todos los días rezaba y hacía rezar a los fieles un Credo al Espíritu
Santo "para que nos ilumine en todo cuanto pongamos la mano", y
luego añadía en castellano la Sequencia del mismo Espíritu Santo tomada
de la Misa de la fiesta de Pentecostés.
138.
Tuvo especialísima devoción a la Pasión y muerte de Nuestro Señor
Jesucristo, dando públicamente pruebas de ella en Huelma, Jamilena y Andújar
con el piadoso ejercicio del Via-Crucis, a cuya práctica excitaba también
a los fieles de palabra y con el ejemplo, de un modo muy especial haciéndole
el Viernes de Dolores solemnemente.
139.
En Jamilena hizo erigir provisionalmente las estaciones del Via-Crucis en
las mismas calles del pueblo, e indicó dónde más adelante podría
erigirse con su respectiva capilla fuera de la población, cosa que después
de muerto él llegó a hacerse.
140.
Continuamente veneraba el Redentor en la prodigiosa imagen en pintura que
lo representa con la Cruz a cuestas y se venera en la iglesia de Jamilena;
de la misma imagen quiso tener una copia constantemente alumbrada con lámpara
de aceite y expuesta a la vista del público en la fachada de la casa en
que habitaba, y uno de sus últimos actos de piedad, una hora antes de
morir, quiso que fuese de veneración a esa imagen que llevada en procesión
pasaba por delante de su casa.
141.
Grandísima era la fe y devoción con que celebraba el santo sacrificio de
la Misa, sin haberla dejado de decir un solo día, incluso el mismo en que
santamente murió.
142.
Tan grata era al Señor la devoción de este su fiel Siervo en la
celebración de la santa Misa, que alguna vez le proporcionó
milagrosamente los medios para poder celebrarla. Yendo en cierta ocasión
a Lucena o Cabra, acompañado de un tal Diego, llamado por sobrenombre el
Tuerto, quiso el Siervo de Dios celebrar en una ermita en el campo y en
ella se halló todo lo necesario al efecto; pero, con gran admiración del
acompañante, al volver por el mismo paraje no se encontró ni rastro de
tal ermita.
143.
Con viva fe de la Jerarquía católica y de la autoridad de los Superiores
y Ministros de Dios, tanto en el claustro como cuando se vio precisado a
vivir fuera de él, vivió siempre pendiente de la voluntad de ellos, y
colocado como Predicador sin remuneración ninguna en la iglesia de
Jamilena el año 1841, en ese oficio continuó constante y tranquilo hasta
la muerte por espacio de más de veintiséis años.
144.
Como en expresión de San Agustín siempre ora quien siempre obra bien,
cuidaba el Siervo de Dios en las oraciones de la mañana de enderezar y
hacer que los fieles enderezasen todas las obras en obsequio del Señor,
aconsejando la renovación de esa intención en las obras del día:
"Tú, cristiano, dejó escrito, acostúmbrate a la oración, y si no
puedes estarte mucho rato a los pies de Jesús como María, procura al
menos dirigir todas tus obras en obsequio del Señor como Marta en la
cocina".
145.
La oración del Siervo de Dios era, además, continua, poniendo en práctica
el consejo que daba a los fieles de orar mucho, bien persuadido, como él
mismo dejó escrito, de que "la oración es la llave de los tesoros
del cielo" y de que "el alma sin oración es como soldado sin
armas, ciudad sin muros, artífice sin herramientas, nave sin remos, pez
sin agua, huerta sin riego, estómago sin alimento y tierra sin
lluvias".
146.
Uno de los puntos de frecuente oración y meditación del Siervo de Dios
era el de la muerte, para la cual estaba siempre preparado. Para no
olvidar ese santo y eficaz pensamiento tenía sobre su mesa de estudio una
calavera, que ocultaba con una funda a la personas que le visitaban.
147.
Oraba el Siervo de Dios en todo lugar y aun en los viajes no descuidaba la
oración ni el Breviario para el rezo de las Horas Canónicas, diligencia
que alguna vez le premió el Señor con manifiesto milagro, concediendole
el don de agilidad. Yendo en cierta ocasión a predicar a Los Villares
salió de Jamilena, todavía de noche, acompañado de dos hombres, después
de buen rato de camino recordó que se la había olvidado el Breviario: se
ofrecieron los compañeros a ir por él, pero quiso el Siervo de Dios ir
personalmente, no consintiendo que ellos se molestasen, y no bien había
desaparecido cuando volvió y se unió a ellos, admirados de que hubiese
vuelto tan pronto, diciéndoles: "El Breviario lo tengo yo aquí",
indicando uno de sus bolsillos, y dando así lugar, sin mentir, a que
ellos creyesen que le llevaba consigo y que se había equivocado al decir
que se le había olvidado.
148.
Y con tal fe oraba, que con sólo hacer la señal de la cruz tres veces
consiguió una vez del Señor que al enemigo, que armado de escopeta le
salió al encuentro en el paseo para matarle, se le cayese la escopeta de
las manos y no pudiese realizar su intento.
149.
Desde joven fue el Siervo de Dios muy devoto de la Santísima Virgen,
devoción que la misma Señora fomentó con algún milagro. Es fama que
hallándose, ya sacerdote, en el convento de Huelma solía el Siervo de
Dios decir al pasar delante de un cuadro de la Virgen: "Ave María
purísima" y que una vez, habiéndose olvidado de decir esta salutación,
oyó una voz procedente de
aquel cuadro que se la recordaba y decía: "Ave maría purísima,
Padre Rejas".
150.
Tuvo especial devoción a la Virgen de los Dolores: visitaba todos los días
su imagen en la iglesia de Jamilena, la llevaba su ramito de flores, la
rezaba el santo Rosario, hacía que ante ella ardiese constantemente una lámpara
de aceite y el Viernes de Dolores en la solemne procesión del Vía-Crucis
quería que saliese esta imagen con la de "Nuestro Padre Jesús
Nazareno". La Virgen premió esta devoción aumentando por algún
tiempo milagrosamente el aceite, con que el Siervo de Dios hacía
alimentar su lámpara.
151.
Se encomendaba y hacía que se encomendasen los fieles todos los días al
Angel de la Guarda, al santo del día en que fueron concebidos, al del día
en que nacieron, al del día en que fueron bautizados y al del día en que
habían de morir.
152.
Entre los santos de su devoción, que en el testamento y codicilo el
Siervo de Dios no especifica, hay que contar, sin duda, el de San José,
cuyo nombre, al lado de los de Jesús y María, quiso que figurase como
distintivo para reconocer la autenticidad de su codicilo, a cuya cabeza
debía leerse.
153.
Finalmente la fe heroica del Siervo de Dios se traslucía en todos sus
actos de piedad y de un modo particular en la predicación, administración
de la sagrada Eucaristía, celebración de la santa Misa y práctica del
piadoso ejercicio del Vía-Crucis.
De la esperanza
154.
La esperanza heroica del Siervo de Dios en el Señor, a cuyo servicio se
había consagrado y a cuya gloria dirigía todas sus obras, se
transparenta en su gran desprendimiento de las cosas de la tierra y en su
incesante trabajo de promover desinteresadamente la gloria divina y la
salvación de las almas.
155.
Arrojado de su convento de Jaén, se arrojó él con toda confianza en
manos de la Divina Providencia seguro de que el Señor, a quien servía y
estaba dispuesto a servir con todo su corazón, no había de abandonarle.
156.
Tan entregado a la Providencia Divina vivía y tal era su abandono en
manos del Señor, que no se cuidaba en lo temporal del día de mañana y
daba cuanto tenía a los pobres, seguro de que quien provee tan espléndidamente
a los lirios del campo y a las aves del aire, no dejaría de
proporcionarle al día siguiente para si y los suyos el necesario
sustento.
157.
Y no le engañó su esperanza, porque nunca le faltó la limosna para la
celebración del santo sacrificio de la Misa, limosna que con su corta
pensión de religioso exclaustrado no siempre pagada con puntualidad por
los Gobiernos, constituía el fondo principal para el gasto de su casa.
158.
Pero aun en cuanto a la limosna de las Misas quiso vivir siempre pendiente
de la Divina Providencia, porque no aceptaba las Misas sino de un día
para otro, ni la limosna correspondiente hasta no haberlas celebrado,
aunque se tratase de las misas llamadas Gregorianas.
159.
No menor confianza demostró en el Señor en cuanto a la defensa de la
vida. Sabía que sus predicaciones apostólicas contra la inmoralidad y
los vicios podían suscitarle mortales enemigos, pero jamás disimuló ni
dejó de decir clara la verdad, seguro de que el Señor o le libraría de
tales enemigos o le daría fuerzas, llegado el caso, para soportar, por
amor de Dios y de la virtud, cualquiera género de muerte. Y en efecto, de
varias maneras, las más de ellas milagrosas, le libró el Señor muchas
veces de la muerte, como se ve en los casos siguientes.
160.
Un hombre de malas ideas natural de Jamilena, exasperado por las
predicaciones del Siervo de Dios, se propuso matarle, y para ello, armado
de pistola que llevaba oculta, fue a buscarle a casa. Avisado el Padre, le
hizo esperar buen rato, pero al fin, confiado en Dios, salió y le dijo:
" -Ya me he preparado para la muerte; ahora puede usted hacer uso
de la pistola que trae escondida y ejecutar su intento". Fue tal la
sorpresa del delincuente al verse de aquella manera descubierto, que se
arrojó a los pies del Siervo de Dios, le confesó su pecado y le pidió
perdón de tal atrevimiento; de todo lo cual se aprovechó el Padre para
la corrección y enmienda de aquella oveja descarriada.
161.
Convirtió en cierta ocasión el Siervo de Dios a una joven hasta entonces
deshonesta, y de tal manera se disgustó el amante contra el Padre, que oyéndole
predicar contra los vicios con la unción con que lo hacen los Santos,
dijo lleno de odio y en tono de amenaza: "A la noche nos veremos el
Padre y yo". Avisó al Padre una persona que se confesaba con él de
la amenaza de aquel joven para
que aquel día se abstuviese del paseo; pero el Padre, confiando en Dios,
a la hora del paseo tomó el camino de costumbre y llegando a cierto lugar
se sentó esperando a aquella oveja descarriada. Apareció pronto el
enemigo con intención hostil y cargado de escopeta; se levantó el Siervo
de Dios al verle, hizo tres veces la señal de la cruz y al punto el joven
sintió tal estremecimiento, que se le cayó la escopeta de las manos; se
arrojó en seguida a los pies del Padre, le pidió perdón y le dijo:
"-Iba a hacer un disparate con usted por haberme quitado mi
mujer." "-Lo que debes hacer tú - repuso el Padre- es lo que
ella hizo". "-Pues lo haré- contesto
el joven-, y mañana mismo haré una confesión general", como
efectivamente lo hizo. Este mismo joven fue después el primero en
publicar el prodigio que con él había obrado el Siervo de Dios.
162.
Había entre dos jóvenes en Jamilena relaciones de casamiento, pero la
madre de la novia no estaba conforme con ellas, porque el novio era dado a
la bebida. Consultó el caso la joven con el Siervo de Dios y éste
contestó que era muy atendible el consejo de la madre, con lo cual ella
cortó las relaciones con el novio. Llevolo éste tan a mal, que proponiéndose
matar al Padre lo acechó en el paseo, y, encontrándole solo, con ánimo
de asesinarle, le dijo:
"Hínquese de rodillas"; ejecutolo el Siervo de Dios
tranquilamente, y, confiando en la Divina Providencia, le pidió un poco
de tiempo para encomendarse al Señor; pero he aquí que de repente
aparecen dos personas misteriosas, ante las cuales se ve obligado a huir
el agresor, acompañan al Siervo de Dios a casa y desaparecen
inmediatamente. Después el joven llegó a pedir perdón al Padre,
amonestado por éste se corrigió del defecto de la bebida y consiguió
con el tiempo casarse con la joven que había pretendido para esposa.
163.
Enojado otro porque a consecuencia de las predicaciones del Siervo de Dios
se había convertido y le había abandonado la amante, se propuso vengarse
de él y maltratarle y aun quitarle la vida; para esto, de acuerdo con
otros, se fingió enfermo e hizo que llamasen al Siervo de Dios para que
le confesase. Acudió el Padre a la llamada con caritativa diligencia;
pero al llegar a la puerta de la casa preguntó por el enfermo, e indicándole
dónde estaba, contestó que él no confesaba muerto, y que aquel hombre
estaba muerto. Sorprendidos con tal repuesta los que la oyeron, entraron
en el cuarto donde se hallaba el fingido enfermo, y vieron con terror que
en verdad estaba muerto.
164.
Por semejante motivo se había decidido un hombre en Andújar a matar al
Siervo de Dios una tarde cuando saliese a dar su acostumbrado paseo; pero
con gran admiración suya, el Padre, inspirado sin duda por el Señor, no
salió aquella tarde y no pudo aquel hombre ejecutar su intento.
165.
Otros dos hombres en Andújar fueron a la casa en que se hospedaba el
Siervo de Dios con ánimo de matarle; pasáronle aviso de que esos dos
hombres deseaban verle y se hizo el desentendido; volvieron los de la casa
a recordarle la visita para que saliese, y entonces él contestó que no
hablaba con muertos, y que aquellos hombres estaban muertos. Y en efecto,
con gran sorpresa, así los hallaron en el zaguán de la casa.
166.
No gustaba el Siervo de Dios de predicar en Semana Santa por los abusos de
beber en que el Viernes Santo solían incurrir los cofrades de algunas
cofradías; predicó, sin embargo, una Semana Santa en Los Villares,
logrando quitar dicha costumbre, aunque con disgusto de algunos que
resolvieron vengarse de él en el viaje de vuelta a Jamilena. Enterada de
esto una piadosa mujer del mismo Jamilena, antes de volverse ella al
pueblo quiso avisar al Padre, y le avisó para que precaviese el peligro;
pero, con gran sorpresa suya, supo que antes de que ella llegase, ya
estaba el Siervo de Dios en el pueblo, sin haberle visto ella pasar por el
camino.
167.
En alguna ocasión le hizo el Señor invisible para sus enemigos.
Volviendo otra vez de Los Villares, le estaban esperando dos hombres para
matarle; pero antes de llegar donde ellos estaban, el Siervo de Dios y la
bestia que montaba se hicieron invisibles para ellos; y el mozo que le
acompañaba, preguntado dónde había quedado el P. Rejas, nada pudo decir
ni contestar.
168.
En otra ocasión se le vió transfigurado en forma de anciano venerable
con una gran barba, de modo que pasando junto al enemigo que le perseguía,
no fue conocido por éste.
169.
En las contrariedades de la vida, de cualquier género que fuesen, se
manifestó el Siervo de Dios completamente conforme con las divinas
disposiciones.
170.
Cuando en las últimas misiones que dió en Andújar se vió en lo mejor
de ellas impedido de terminarlas por un mandato indiscreto del Prelado,
que ligeramente dió crédito a una acusación calumniosa contra su
predicación, se retiró de la ciudad tranquilo y obediente, respetando
los designios de la Divina Providencia.
171.
Padecía frecuentemente de dolores de estómago; pero, conocedor de que
"la enfermedad, según él mismo dejó escrito, avisa de lo eterno,
fastidia de lo temporal, prueba la virtud y dispone a la muerte",
estaba completamente conforme con ellos, y sólo pedía al Señor que se
los aliviase media hora antes de morir para prepararse con más
tranquilidad a la muerte.
172.
Los deseos del Siervo de Dios a otra cosa miraban más que a la consecución
de la felicidad eterna. en el mismo estudio, comentando en latín la
gloria y gozos del cielo, exclamaba lo que traducido al español dice así:
"Oh, buen Jesús, Verbo del Padre, esplendor de la gloria del
Padre, a quien desean contemplar los ángeles, enséñame a hacer tu
voluntad para que, guiado por tu buen espíritu, llegue a aquella feliz
ciudad, donde el día es eterno y uno el espíritu de todos, donde hay
seguridad cierta y eternidad segura, tranquilidad eterna y eternidad
tranquila, feliz suavidad y alegría suave, donde Tú Dios, con el Padre y
el Espíritu Santo, vives y reinas por infinitos siglos de los siglos, Amén."
173.
Sabiendo por revelación que su muerte se hallaba próxima, se regocijaba
en el Señor y deseaba que llegase cuanto antes el día en que sabía que
había de suceder, y que, siendo el de la principal fiesta del pueblo, le
consideraba también como de gran fiesta para sí.
174.
Llegado el momento de la muerte, par la cual se había preparado religiosísimamente, lleno de celestial confianza, entregó el alma a Dios,
diciendo en alta voz y con gran energía, a imitación del Salvador:
"En tus manos; Señor, encomiendo mi espíritu.
De la caridad para con Dios
175.
El sacrificio que de si mismo hizo el Siervo de Dios al Señor en su
profesión religiosa, consagrándose enteramente a su divino servicio, le
perfeccionó e hizo más completo mediante una santa vida, especialmente
desde que, ordenado de sacerdote, empezó a desempeñar el sagrado
ministerio.
176.
En el fiel desempeño de éste no tenía otro fin que el de la gloria
divina, a la que se ordenaban todos sus trabajos apostólicos en bien de
las almas.
177.
Detestaba en sumo grado el pecado como ofensa del Señor y en especial la
blasfemia, respecto de la cual aconsejaba a sus discípulos que cuando
oyesen alguna bendijesen ellos muchas veces al Señor para compensar así
de algún modo la ofensa que se hacía a la Divina Majestad.
178.
Procuraba con todas sus fuerzas arraigar más y más el amor de Dios en su
alma y en sus oraciones le pedía fervorosamente. En sus mismos estudios
de la Sagrada Escritura, después de considerar que el cielo es casa o
receptáculo de los temerosos de Dios y que el alma del justo es casa de
la Sabiduría, exclama en latín con la oración que, traducida al
castellano, dice así:
"¡Oh, eterna Sabiduría, oh tranquila y serena luz, Dios mío!
Irradia con tus ilustraciones mi alma. Uneme a Ti más de cerca, oh Sol
brillantísimo, para que al calor de tu virtud germine la tierra de mi
corazón flores y frutos de santo amor. Ea honor mío, gozo mío y sincero
placer mío, oh, Jesús, excita, te lo ruego en lo más recóndito de mi
corazón, tal llama de tu amor que después nada elija bajo del sol, nada
desee más que a Ti. Oh Señor mío, el cielo, la tierra y cuanto en ellos
se contiene sean para mí como hielo de invierno. Tú solo me alegres, sólo
tu amor viva y arda en lo más íntimo de mi ser. Manifiestateme, oh luz fúlgida
y graciosa, para que las tinieblas de mi ceguedad se conviertan en mediodía queridísimo.
Adorna, oh buen Jesús, mi alma con aquel esplendor de caridad que Tú
amas, úngela con aquella unción de amor con que te deleitas, quita de
ella cuanto a tus ojos sea menos agradable y haz que te sea agradable en
todas las cosas. Amén."
179.
Grandísimo era el amor del Siervo de Dios a Nuestro Señor Jesucristo en
su Sagrada Pasión, como lo prueba su diligencia en hacer con los fieles públicamente
el piadoso ejercicio del Via-Crucis, y su gran devoción al Señor en la
prodigiosa imagen que lo representa con la cruz a cuestas y se venera en
la iglesia de Jamilena; devoción que hizo pública, colocando en la
fachada de su casa una copia de dicha imagen y haciendo arder ante ella
constantemente una lámpara.
180.
Su ardiente amor a Jesús sacramentado se traslucía en el fervor con que
celebraba la santa Misa y le visitaba diariamente en el sagrario.
181.
Ferviente era su devoción al sagrado Corazón de Jesús, y se esmeraba en
amarle cuanto podía para compensar también lo que otros dejaban de
amarle y las ofensas que se le hacían: "Yo te serviré, le decía
diariamente, por el que te ofende, te amaré y rogaré por el que te
olvida, me sacrificaré por el que te blasfema sin conocerte."
182.
La grande solicitud y cuidado que el Siervo de Dios tenía en enseñas la
doctrina cristiana y predicar el Evangelio a los fieles descubren el
grande amor de Dios que le abrasaba; pues todos sus trabajos se ordenaban
a que todas las criaturas sirviesen a Dios, se salvasen y le alabasen
eternamente.
De la caridad para con el prójimo.
183.
Rogaba el Siervo de Dios Fr. Diego José de Rejas movido de caridad y hacía
rogar a los fieles por las necesidades de la Iglesia, por la conversión
de los pecadores y por la de infieles, herejes y demás enemigos de la
religión.
184.
Para esto compuso especial oración que rezaba y hacía rezar a los
fieles. La saben aún de memoria muchos en los pueblos por él
evangelizados, y dice así:
"Oye, Señor piadoso, los ruegos de tu Iglesia y concédenos
que todos los justos perseveren en gracia tuya hasta el fin; que los
pecadores se conviertan y hagan verdadera penitencia; que nuestro santísimo
Padre el Papa, los obispos, párrocos, sacerdotes, confesores y
predicadores se dediquen con acierto y fruto al bien de las almas; que los
Reyes y Príncipes y todas las autoridades se dediquen a defender nuestra
santa fe católica, y que los infieles, herejes y todos los enemigos de la
Iglesia se conviertan y vengan al gremio de ella, para que así todas las
criaturas del mundo te alaben y te sirvan y todas se salven. Te lo pedimos
por los méritos de Jesucristo, tu Hijo y Señor Nuestro que contigo y el
Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén."
185.
Viviendo en tiempos de persecución contra la Iglesia y en que se temía
que sus enemigos se apoderasen de la ciudad de Roma, compuso también, rezó
e hizo rezar al pueblo, especial oración a favor de ella en estos términos,
que todavía recuerdan los ancianos:
"Rodea, Señor, la ciudad de Roma y guarden tus ángeles sus
murallas; oye benignamente a tu pueblo y aleja de él tu furor, que se han
reunido nuestros enemigos y se glorian en su poder; pero Tú, oh Dios
nuestro, destruye su fortaleza y dispérsalos para que conozcan que Tú
solo eres y no otro el que nos defiende. Te lo pedimos por Jesucristo
Nuestro Señor. Amén."
186.
La caridad fraterna era la que le hacía desear ser útil a los prójimos
y la que le guiaba en los estudios, especialmente en el de las Sagradas
Escrituras, objeto de su especial predilección, en las cuales otra cosa
no buscaba más que el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo y su
divina ley para entender sus secretos y explicarlos sin error ni engaño a
los fieles.
187.
Ejercitó constantemente y gratuitamente, por espacio de más de veintiséis
años, esa caridad, enseñando a los fieles, en especial a los niños de
ambos sexos, la ciencia de la salvación eterna, como él llamaba a la
doctrina cristiana, y predicando el Evangelio en diversos pueblos,
especialmente en el de Jamilena, que era el de su habitual residencia.
188.
Estimulaba a los niños a la asistencia de la doctrina cristiana con
diversos regalos, y para tener con qué proveerse de estampas, libritos,
alfileres, ochavillos y otras cosas para esos regalos, no vaciló en
vender, recién llegado a Jamilena, una jaquilla que había llevado de
Huelma.
189.
Se sirvió, además, de otras industrias para facilitarles el aprender y
retener la doctrina en la memoria, dándosela compuesta en verso y
celebrando con niños y niñas semanalmente, y una vez al año, en tiempo
de Pascua, con gran solemnidad, especial procesión, durante la cual niños
y niñas la recitaban en alta voz por las calles del pueblo con mucho
provecho de los fieles.
190.
En su predicación resplandecía la caridad por el celo con que enseñaba
clara y sencillamente a los ignorantes el camino de la virtud, promovía
la conversión de los pecadores y procuraba la perfección de los justos.
191.
Y sus enseñanzas no eran sólo teóricas, sino también prácticas y
corroboradas con el ejemplo de una vida retirada, mortificada, de continua
ocupación y de devoción edificante que las hacía muy eficaces. Muchos
actos de piedad, como el ofrecimiento de obras y actos del
cristiano en la mañana, el rezo del santo Rosario y el piadoso ejercicio
del Vía-Crucis, los hacía el Siervo de Dios devotamente con el pueblo, y
de palabra le tenía bien instruido en las oraciones propias de otros
actos del cristiano, como la bendición de la mesa y acción de gracias en
las comidas, rezo de las Avemarías, oraciones de la noche, etc.
192.
Gran caridad demostraba el Siervo de Dios en la administración de los
santos sacramentos, cuya frecuencia aconsejaba. Principalmente resplandecía
esa caridad en la administración del de la penitencia, y tenía de tal
manera instruidos a sus penitentes, que eran muchos, en cuanto al modo de
empezar a confesarse, que ahorrasen al confesor varias preguntas y no le
hicieran perder tiempo inútilmente.
193.
Fomentaba el Señor esta caridad con las especiales gracias que concedía
a este su Siervo en la administración de este sacramento, poniéndole
alguna vez de manifiesto la conciencia de sus penitentes. Sor Mercedes de
San José, religiosa Capuchina en Andújar, tuvo una abuela tan
escrupulosa y tan dominada de escrúpulos, que por causa de ellos hacía
diez y seis años que no se confesaba. Avisó de esto su esposo al P.
Rejas, solicitando el remedio de esa enfermedad del espíritu y rogándole
que fuese, con ese objeto, a visitar a su esposa. Hízolo el Siervo de
Dios, la oyó en confesión, y tales consejos le dió que devolvió la
tranquilidad a aquella alma, de la que desaparecieron para siempre los
escrúpulos.
194.
Uno de los pecadores dados a la bebida que el Siervo de Dios con sus
caritativas industrias había convertido, fue D. Cosme García. Hizo éste
su confesión general, entabló nuevo género de vida e hizo firme propósito
de abstenerse del vino, confesándose después cada ocho días. Un día,
terminada su acusación, preguntole el Siervo de Dios si no le ocurría más
que decir, y contestándole que no. Insistió el Padre en que algo le
quedaba por decir; mas no recordando el penitente, díjole el Padre:
"¿Y el cuartillico de vino?" Y era que el bueno de don Cosme
había incurrido en la falta de tomarle, quebrantando su buen propósito
de no beber vino, falta de que el Padre estaba enterado, sin que nadie se
la hubiese dicho. Quedó este hecho muy admirado D. Cosme y no vaciló en
hacerlo después público.
195.
Pero cuanto era caritativo en oír a sus penitentes y aconsejarles para
bien de sus almas, otro tanto era firme y enérgico en exigirles el
cumplimiento de lo que para su bien espiritual creía necesario. Le
llamaron en cierta ocasión para confesar a una moribunda y acudió
inmediatamente a prepararla; pero observando que preocupaba demasiado la
imaginación de la enferma, y quizá el corazón, un animal doméstico que
tenía en la misma cama en que ella estaba, rehusó confesarla mientras no
se matase aquel animal. Y tan firme estuvo en esto que, no accediendo a su
consejo, ya se marchaba, y sólo volvió y se prestó a confesarla cuando
estuvo cumplido su consejo.
196.
Corregía con gran caridad y santa libertad las faltas de los fieles,
procurando reducirlos a la enmienda, y sirviéndose a veces para ello del
don de discreción de espíritus que el Señor le concedía.
197.
Se peinó una vez de cierto
modo, siendo joven, doña Joaquina Serrano, y el Siervo de Dios al verla,
dijo entono de represión: "Pareces una lechuza". Disimuló la
joven, pero disgustada, y sintiendo arder la ira en su interior, murmuraba
del Padre llamándole cazoletero, y se encaminaba hacía la casa de éste
con animo de responderle altivamente; pero antes de que ella hablase,
descubriendole el Padre su interior, le dijo: "Ven acá, galana,
amansa esa ira con que me llamas cazoletero, y reconoce que con ese
peinado pareces verdaderamente una lechuza". Sorprendida quedó la
joven al ver descubiertos su ánimo e intenciones y, lejos ya de
molestarse, le pidió perdón de su atrevimiento y le prometió la
enmienda.
198.
La madre de D. Andrés Peinado dió a éste siendo niño una pieza de dos
cuartos para comprar el pan que se necesitaba en casa y el niño perdió
la pieza. Le estaba castigando la madre por ello después de buscarla inútilmente,
cuando pasó por delante de la casa el P. Rejas, que, compadecido del niño,
dijo a la madre: "Mujer, ¿por qué le pegas? Mira en ese
saquillo." Había mirado antes en él la mujer sin encontrar lo que
buscaba, pero a instancia del Siervo de Dios volvió a mirar en él y
pareció allí la pieza de dos cuartos con gran admiración de la mujer,
que pidió dispensa al Padre del castigo dado al niño.
199.
Socorría con gran generosidad a los pobres, maravillándose muchos de cómo
podía hacer tantas limosnas un pobre sacerdote sin ningún beneficio
eclesiástico ni más entradas ordinarias que su pensión de religioso
exclaustrado de solos cuatro reales y la limosna de la Misa.
200.
A una familia arruinada, que no tenía cómo valerse para atender a sus
necesidades del campo, la compró el Siervo de Dios un borriquillo para
que con él se ayudase y pudiese hacer sus labores agrícolas.
201.
A doña María Jesús Colmenero, viuda, madre de las dos hermanas que le
servían y fueron sus herederas, prestó el Siervo de Dios, sin interés
ninguno, la cantidad de dos mil reales de que muerto el Siervo de Dios se
dieron por recibidas dichas herederas el 15 de Septiembre de 1869.
202.
Para mayor estimulo de esta caridad le reveló a veces el Señor graves
necesidades de sus prójimos. Don Antonio Serrano, que tenía siete hijos
y se hallaba escaso de medios para sostener tanta familia, se vió un día
tan fuertemente tentado de desesperación por no poder socorrerla, que se
encaminó hacia un molino con ánimo de suicidarse. Hizo ver el Señor en
espíritu al Siervo de Dios la situación desesperada de este padre de
familia y su triste resolución, y en seguida el mismo Siervo de Dios,
movido a compasión, dió orden a doña Isabel, una de las personas que le
servían, de que fuese inmediatamente a encontrarle y le dijese que
viniese a verle que necesitaba hablar con él con urgencia. Tan pronto
como le tuvo en su presencia le dió una buena cantidad en plata, que no
se sabe cómo apareció en su mano, para que pudiese en el acto socorrer a
la familia, le aseguró trabajo diario con remuneración de dos pesetas,
que le pagaría ocupándole en escribir, y le dijo que desechase como diabólicas
las ideas de desesperación que tanto le atormentaban. Quedó D. Antonio
sumamente maravillado de todo aquello, no habiendo él manifestado a nadie
su desesperada resolución, aceptó la limosna y la oferta de trabajo y de
hecho con el Siervo de Dios estuvo ocupado como escribiente bastante
tiempo.
203.
De especial caridad usó el Siervo de Dios con su padrastro D. Juan
Justicia, llevándolo consigo a Jamilena y atendiendolo mientras vivió en
todas las necesidades de la vida.
204.
Extraordinaria fue también su caridad con los enfermos, premiandola el Señor
a veces con milagros, de que se conocen varios hechos.
205.
Doña Josefa Liébana se hallaba en cierta ocasión en la imposibilidad de
dar a luz y desahuciada del médico; visitola en su enfermedad el Siervo
de Dios y colocó el sombrero sobre la enferma, encomendándola al Señor:
aquella misma noche dió a luz doña Josefa la criatura muerta que llevaba
en su seno y al poco tiempo estuvo buena, viviendo después muchos años.
206.
Hacía cinco años que se hallaba en Jamilena un hombre enfermo de las
piernas, llagadas de lepra, y sin poderse valer. Visitole el Siervo de
Dios y compadecido de su triste situación, le impuso las manos, oró por
él e inmediatamente quedó sano.
207.
Otro de los caritativos milagros que se cuentan del Siervo de Dios es la
curación instantánea de una niña que se había quedado ciega.
208.
A D. Jan Félix bebiendo agua se le pegó a la garganta un pequeño obstáculo,
que resultó ser una sanguijuela, la cual haciendo su oficio llegó a
engrosar de tal manera que ahogaba al paciente y por estar muy abajo no
podía ser extraída por el médico que desesperaba de salvar al enfermo.
Avisaron al Siervo de Dios lo que pasaba, y movido de caritativa compasión
fue a visitar a D. Juan y con la sola imposición de manos y oración
consiguió del Señor que el paciente arrojase en el acto la sanguijuela y
se librase de la muerte.
209.
Grande caridad demostraba también el Siervo de Dios para con sus prójimos
cuando los veía afligidos por el temor de desgracias en los campos y
movido de compasión les obtenía del Señor con sus oraciones el remedio
hasta con milagros.
210.
Estaba un día D. Manuel Gallardo Vela muy triste y preocupado y preguntándole
el Siervo de Dios qué tenía, contestó que la langosta saltona había
empezado a invadir una tierra que tenía sembrada de matalauva o anís y
que a la mañana siguiente estarían todas las plantas comidas. "No
tengas miedo, dijo el Siervo de Dios, vete mañana temprano a la iglesia,
llena de agua bendita una botella, rocía con el agua las plantas y verás
que no les sucede nada". Hízolo así D. Manuel y con gran maravilla
suya observó que, además de no haber continuado el daño en la noche, se
fue agrupando la langosta y saliendo de su tierra, dejando intactas las
plantas.
211.
En tiempo de gran sequía paseaba el Siervo de Dios una tarde por las
afueras del pueblo con D. Julián Cazalla Pajares y otros jóvenes
estudiantes, a quienes con gran caridad enseñaba la gramática latina, y
compadecido de la gran necesidad de agua para los campos, pero disimulando
la gracia que del Señor pretendía y esperaba, dijo a sus discípulos al
pasar por una fuente: "Los que habéis comulgado hoy arrojad con la
mano agua hacia lo alto por tres veces". Hicieronlo así los jóvenes,
y al poco tiempo, no obstante que el cielo estaba completamente sereno,
empezaron a caer grandes gotas de agua, siguiéndose apenas entraron en el
pueblo una abundante lluvia, con la cual quedó remediada la gran sequía
del campo.
212.
Con el mismo espíritu de caridad conjuraba los nublados, librando a los
pueblos del pedrisco, y todavía recuerdan en Los Villares de una grande y
temible tempestad conjurada por el Siervo de Dios.
213.
A veces se servía de los mismos nublados para excitar al pueblo a
penitencia. En cierta ocasión salió al oír los truenos a la puerta de
su casa en Jamilena, diciendo:
"Gordicos, gordicos; que suene bien la trompetería del
cielo", y viendo a la gente que acudía a él compungida y temerosa
del pedrisco, la exhortó a penitencia, se puso al frente de ella y
emprendió para conjurar el nublado el piadoso ejercicio del Vía-Crucis
con gran provecho espiritual y material de los fieles, a los que libró así
del pedrisco.
214.
Grande por fin fue su caridad para con los difuntos y más de una vez le
reveló el Señor la muerte de algunas personas para que las socorriese
con sus oraciones.
215.
En cierta ocasión, sin que nadie le hubiese comunicado la noticia, dijo a
D. Antonio Serrano, a quien caritativamente ocupaba en escribir:
"Antonio, suelta la pluma, cruza las manos y reza un Padrenuestro por
el alma de Anita Josefa Liébana que acaba ahora de morir".
216.
Y otra vez dijo a doña Isabel Jaén Colmenero, una de las personas que le
servían: "Isabel, reza un Padrenuestro por Fulano, citándole el
nombre, que ha muerto", y nadie había venido a la casa a comunicar
tal defunción.