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Mi corazón hace "tun tun"
A veces me pasan cosas por dentro y no sé cómo se llaman. Sólo sé que me ocurre algo en la barriga o que el corazón me va más rápido; así: “tun-tun-tun, tun-tun-tun”, en lugar de “tun-tun,
tun-tun”, que es como va siempre. Cuando me pasan cosas así raras, yo les pregunto a mis papás o a la seño. Casi siempre saben explicármelo. Unas veces sé que se llama enfado. Lo sé porque los niños del cole lo dicen siempre
discuten: “Estoy enfadadisísimo contigo por haberme robado mi boli”.
Y luego también está el miedo, que cuando me da también me va el corazón muy rápido. Hasta puede tener cuatro tun-tun en vez de dos. Es que una vez estaba con mis amigos del parque jugando
al fútbol y Julito golpeó la pelota muy fuerte. La pelota fue directita hacia la cabeza de un señor que estaba en un banco. Tan fuerte le pegó, que las orejas se le pusieron rojas. Para mí que parecía el ratón Mickey, y el señor se
enfadó tanto tanto que vino a pegarnos con un bastón. Y ¡jo! Yo no había sido, pero como me tenía más cerca, me empezó a perseguir. A punto estuvo de alcanzarme.
Resulta que cuando estás corriendo es un rollo. Es que aunque hables para defenderte, las palabras se van volando o algo así, y nadie te hace caso. Yo gritaba: “Que yo no he sido” “Que yo
no he sido”. Pero el señor del bastón gigante no me oía, y por muy poco no me escapo. Pues cuando logré esconderme, Julito se partía de risa. Yo también quería reírme, pero tantos tun-tun en mi corazón no me dejaban hacerlo. ¡Jo!, y
todo porque me pusieron de defensa. Si me hubieran puesto de centrocampista, yo hubiera estado más lejos del señor del bastón gigante. Está claro: cuando alguien me quiere pegar y no puedo reírme, entonces eso es que tengo miedo.
Pero luego hay otra cosa que me puede pasar por dentro y que no sabía que era así. Fue en el apartamento, y a traición, ¡mecachis!. Les dije a mis papás, que eso no valía, que ni me habían
preguntado ni nada. Ocurrió que nada más llegar al apartamento para pasar las vacaciones, los papás empezaron a sacar todas las cosas que teníamos en las maletas. Y justito-justito después de sacar mi bañador preferido, van ellos y
me dan un cuaderno como los del colegio. De deberes y eso, pero con menos páginas. Ponía en la portada: “Cuaderno de vacaciones”.
Pues cuando papá me lo puso en las manos pasó algo. Yo noté que era como que me enfadaba, pero distinto. Y el corazón hacía casi tres tun-tun. Pero no tenía miedo, porque mis papás nunca me
pegan. Y el señor del bastón gigante no veranea en ese lugar. Pero desde luego, contento no estaba, y ¡qué lío! Y yo siempre que tengo un libro nuevo, lo abro, lo miro por detrás, leo un poquito, miro los dibujos. Y algo que me
gusta mucho es olerlos por dentro, porque me da una cosilla en el estómago. Me da como si de la barriguita me salieran las ganas de leerlo, para ver qué les pasa a los niños protagonistas.
Pues ¡NO! ¡NO! y ¡NO! esta vez no era eso lo que me pasaba. Y por lo que me explicó papaíto esa noche, eso que me pasó por dentro se llama ira. ¡Jo!, ¡No vale! Yo ya estoy todo el curso
estudiando. Porque como dicen mis papás, ellos trabajan y yo voy al colegio. Así que no es justo que tenga que hacer deberes, también en vacaciones y en un sitio tan guay como un apartamento. Me enfadé muchisísimo, y me dieron unas
ganas locas de tirar el libro por la ventana. La verdad es que en mi cabeza, vi cómo, así, sin avisar ni nada, yo lanzaba el cuaderno ése hacia el cielo. Como los señores ésos de las olimpiadas que pueden tirar un disco
lejos-lejos-lejos. Y luego va un señor con sombrero que lleva una cinta larga. Es como la de los carpinteros, pero más grande. Estos señores del sombrero miden hasta dónde ha llegado el disco.
Lo pensé, pero no lo hice porque no quería que mis papás se enfadasen conmigo. Aunque lo que sí puedo hacer siempre, sin que ellos me riñan, es decir lo que pienso. Así que se lo dije. ¡Ja!
¡Anda que no les dije que no me gustaba! Y que era un rollo, y que no me molaban nada las Matemáticas. Hasta dije cosas de ésas que dicen los mayores: que si es una falta de respeto, que no hay consideración. Vamos, todo eso, pero
no lo guardaron. Y no lo guardaban porque ellos decían que sólo tenía que hacer algunos ejercicios cada día. Que sólo tenía que ponerme una horita al día. ¡Una hora! ¡Una hora entera! Una hora sin bañarme en la piscina, sin estar
con los otros niños en el jardín, o sin ver los dibujos en la tele. ¡Jo! Una hora es muy importante para un niño de mi edad.
Pero yo pensé en un plan, porque no quería que aquello quedase todo así. Tenía que conseguir algo. Entonces, se me ocurrió una cosa, y cuando pasé por recepción le pedí a la señora que
estaba allí uno de esos blocs pequeñitos que son de hojas de colores y que se pegan por arriba. Yo había bajado con papá porque él tenía que aparcar bien el coche. Mientras le esperaba en el vestíbulo, conseguí el bloc sin que me
viera. Jejejeje, es que a mí se me dan muy bien las operaciones secretas.
Esa noche me encerré en mi cuarto a trabajar en mi plan. Aproveché que papaíto estaba fregando los platos de la cena, y papá estaba arreglando una habitación para dormir allí con papaíto.
Porque claro, en casa tienen una cama grande de matrimonio, pero en el apartamento no es igual.
Pues después nos acostamos. Y por la mañana vino lo más importante, porque me levanté antes que mis papás y lo dejé todo preparado. Después ya me puse a ver los dibujos de la tele. Era para
disimular, pero todo el rato estaba atento por si escuchaba que ellos se levantaban.
Pues por fin, se levantó papá y se sentó conmigo en el sofá. Se puso como siempre, a abrazarme y a preguntarme: “¿Cómo está el nene de la casa? ¿Has dormido bien?”. Y todo eso que me dice.
Pero ¡todavía no se daba cuenta! Hasta que dejó de hablarme y ¡toma ya!, ¡ja-ja-ja! ¡la venganza de Yuno! Puso cara de estar asombrado y se levantó del sofá. Y fue leyendo todos los papelitos que había en el apartamento. Los había
pegado por todas partes: en las paredes, en los muebles, en el suelo, en la nevera, en las lámparas. Hasta uno en el techo de la cocina, porque arriesgándome mucho mucho, me había subido a la barra para pegarlo allí. En la tele no
puse porque la iba a encender y entonces me hubiera molestado, ¿no?
Yo estaba todo quieto, quieto, porque no sabía lo que iba a pasar. Entonces papá dijo: “Madre mía, qué crío. ¡Emilio! ¡Ven a ver esto!”, y entonces papaíto salió de su cuarto todo
despeinado y rascándose la cabeza como todas las mañanas. Se quedó todo asombrado, pero sólo un ratito chico. Porque luego se puso a leer lo que ponía en los papelitos. Los leía en voz alta, y cada vez que leía uno se reía más
fuerte: “No más abusos a los niños” “Vacaciones = Descanso” “Abajo los Cuadernos de Vacaciones”. Y luego ya no paraba de reírse. ¡Eso fue muy guay!, porque yo ya me quedé tranquilo. Porque claro, ahora, aunque papá se enfadase
conmigo, yo sabía que papaíto me iba a defender. Entonces pensé que ellos se pondrían a hablar de si me reñían o no, que yo sé que lo hacen, pero nunca delante de mí. Y luego papaíto le decía a papá: “Esto te pasa por llevarle a las
manifestaciones”, y ya a papá no le quedó más remedio que reírse también.
Yo no sé por qué, pero papaíto se había dado cuenta de que yo aprendí eso de los carteles con papá. Cuando él va a las manifestaciones ésas siempre dice lo mismo. Él dice que cuando alguien
quiere abusar de ti porque es más fuerte, entonces hay que hacer carteles y salir a la calle. Y así sabrán que no estamos de acuerdo, y que muchas veces se consiguen cosas.
¡Qué guay! A mí me salió bien, porque luego hablé con los papás lo del cuaderno y quedamos que no haría ejercicios hasta que volviésemos a casa. Aunque eso quería decir que luego tendría
que hacer el libro completo. Y así fue cómo me libre del maldito “Cuaderno de Vacaciones” mientras estuvimos en el apartamento.
Todavía esa mañana, papá se entretuvo leyendo todos los papelitos, y de vez en cuando decía “Madre mía, qué crío”. Es lo que dice siempre que hago algo que le sorprende. Jejeje.
YUNO RODRÍGUEZ CARABALLO.
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