HISTORIA |
Ya desde los remotos tiempos del paleolítico, los seres humanos dejaron su impronta en las tierras de Lobeira. El arqueólogo de Bande, don Celso Rodríguez Cao, halló algunos materiales en la zona conocida como A Veiga, en un paraje casi siempre cubierto por las aguas del embalse de "As Conchas". Qué podríamos decir del neolítico que no se haya dicho ya. Las mámoas o dólmenes que salpican el relieve de Lobeira forman ya parte inseparable de la iconografía del paisaje. Las primeras referencias modernas acerca del megalitismo lobeirense se encuentran en la famosa obra de don Ramón Barros Sivelo, "Antigüedades de Galicia"(1875), en la que no duda de calificar el monte de As Motas como un inmenso crónlech. A pesar del interés mostrado por don Florentino Cuevillas y otros arqueólogos de la época, consideramos que no ha sido valorada con la importancia que se merece la inmensa necrópolis que comienza en las inmediaciones del pintoresco pueblo de A Fraga y que se extiende por los montes de Bangueses-Verea, penetrando por fin en territorio portugués, en Rodeiro-Castro Leboreiro. A pesar de que no constituyen un tipo excesivamente elaborado de megalitos, los estudiosos del tema se sorprenden por su elevadísimo número y por los extraños alineamientos que conforman, a veces sólo visibles desde el aire, como han manifestado en diversas ocasiones los pilotos de aviones y helicópteros del servicio contra incendios. El profesor universitario y consumado conocedor y estudioso de la zona, doctor Eguileta Franco, ha dedicado buena parte de su carrera profesional al estudio de la Baixa Limia. No sólo se ha limitado a una descripción exhaustiva de los monumentos, sino que ha intentado, a nuestro parecer con éxito, una interpretación y reconstrucción de lo que era la vida cotidiana de hace 5.000 años. Resalta el profesor el carácter y significado territorial de los megalitos, haciendo hincapié en su ubicación al lado de caminos, sirviendo como hitos fronterizos y balizadores de las diversas etnias que poblaban la zona, es decir, como marco territorial de una comunidad, hecho importantísimo en una civilización totalmente dependiente de la agricultura rotativa de autoconsumo y de la caza y recolección de frutos silvestres. Señala asimismo que la época del megalitismo fue la primera alteración importante del medio natural, constituido hasta entonces por una masa forestal casi impenetrable, ahora transformada en tierras de cultivo por el sistema de la quema controlada, o "estivada", y de la primera estratificación social, como muestran la diversidad de ajuares encontrados en los dólmenes. Es de destacar también el inmenso sentido de sacralidad que impregnaba todo el mundo megalítico, sin separaciones netas entre lo laboral, lo lúdico, lo profano, lo sagrado y lo trascendente. Este cariz simbólico-ritualista todavía se manifiesta en nuestra cultura cotidiana, más si cabe en el mundo rural que en el urbano. Aunque el ajuar proporcionado por los megalitos de Lobeira sea más bien escaso, reduciéndose apenas a unos trozos de cerámica y puntas de flecha conservados en el Museo Arqueolóxico de Ourense, lo que sí que no pudieron llevar consigo los profanadores y buscadores de tesoros que destruyeron casi todas las mámoas fueron las tres estaciones de arte rupestre que todavía pueden admirarse en la Serra do Leboreiro. Tanto en Pena Franqueira, como en Penafiel o Pena das Sete Cruces, son perfectamente visibles multitud de signos, entre los que predominan las formas cruciformes inscritas en círculos. Las tres estaciones son un claro ejemplo de la acendrada espiritualidad de los hombres de la época. Las referencias a las invasiones célticas no faltan en parte alguna de Galicia. No podía ser menos Lobeira; abundantes testimonios así lo corroboran, desde las obras del ya citado Barros Sivelo hasta las más modernas y documentadas de Cuevillas, pasando por don Fermín Bouza Brey, que no duda en afirmar que las montañas de Entrimo y Lobeira fueron residencia habitual de los Oestrimnios, ya citados por los clásicos grecolatinos, y de los Saefes, sus antagonistas, los míticos adoradores de serpientes, que acabarían por expulsar a aquellos de su territorio. Haya o no algo de verdad en todo esto, lo cierto es que todavía hoy, entre nuestros mayores, no han sido del todo olvidadas ciertas leyendas en torno a hombres encantados con forma de serpiente que vivían en lo alto de la Serra do Leboreiro. Sin perjuicio del valor etnográfico y folclórico de tales narraciones, lo cierto es que en la actualidad se prefiere la denominación de cultura castrexa al período inmediatamente anterior a la romanización, en detrimento del "celtismo". De este período conservamos abundantes vestigios y testimonios, nada menos que seis castros y dos posibles asentamientos castrexos. Los castros son: A Coroa y A Xulleira en Santa Cristina; O Crasto, en A Fraga, Coto da Vila, en Lobeira, Crastelo, en San Xes, y Castelo de San Adrao, en Cabaleiros. Los posibles asentamientos castrexos estarían ubicados en la cumbre del monte de O Viso, en Lobeira, y en O Veloso, entre Lobeira y Parada de Monte. Tal densidad de asentamientos castrexos, en relación con la población y a la extensión territorial, es difícil de encontrar en toda Galicia. La relativa importancia que en la antigüedad tuvo Lobeira no pasaría desapercibida para conquistadores por naturaleza, como Fenicios, Cartagineses y Romanos. Las fuentes clásicas grecolatinas son pródigas en relatos acerca de unos misteriosos pueblos al norte del Duero, en un reino paradisíaco pródigo en el culto a los muertos. Ya de muy antiguo, contaban griegos y fenicios que una tribu asentada en las orillas del Guadalquivir, los Turdetanos, habían emigrado hacia el norte para encontrarse con una tribu "céltica" con la que estaban emparentados, los Kallaikoi ("Montañeses", en lengua prerromana) de los que posteriormente Galicia tomaría su nombre; pues bien, parece ser que al cruzar el río Lethes (actualmente Limia), se sublevaron y mataron a sus jefes, arrojando sus armas al río, olvidando su lengua y hasta sus nombres, y viviendo en paz en aquel paraíso natural, sin regresar jamás a sus tierras del sur. Los romanos, en su imparable avance hacia el norte, y muy supersticiosos de por sí, se hicieron eco de tal leyenda. Décimo Junio Bruto, tras derrotar cerca de Porto a las huestes de Viriato, se lanza a exterminar a los Kallaikoi, aliados de aquél. Al llegar a orillas del río Limia, según Benito Vicetto al norte de la desembocadura del Olelas y del Salas, es decir, probablemente en el actual municipio de Lobeira, los soldados de Bruto, recordando la leyenda de los Turdetanos, quizás urdida y deformada por los comerciantes griegos y fenicios a fin de disuadir a posibles futuros conquistadores de la zona, impresionados por la feracísima vegetación que veían a su alrededor y con próximas referencias al salvajismo y brutalidad de los Kallaikoi, lejos asimismo de sus bases de aprovisionamiento, quizás sin percibir sus salarios desde hacía tiempo, se negaron, decimos, a cruzar el "flumen oblivionis" (río del olvido). En un acto de valentía y quizás de desesperación, Bruto arrebata el estandarte al alférez abanderado, cruza resueltamente (y a pie) el río y comienza a llamar a los soldados por sus nombres, rompiendo así el maleficio que pesaba sobre el río Limia. Siguiendo a Cuevillas, los Kallaikoi habitaban el valle del río Fragoso-Aveleda (afluente por la derecha del Limia) por lo que los romanos hubieron de remontar este río en Lobeira, a fin de apaciguar y someter a los rebeldes castrexos, que según los cronistas romanos eran de una ferocidad inaudita, prefiriendo la muerte antes que el entregarse al enemigo. De la era romana no quedan demasiados vestigios fuera, claro está, de la toponimia e idioma. Apenas un puente, Ponte Pedriña, en As Conchas, hoy bajo las aguas del embalse del mismo nombre, y unos cuatro o cinco kilómetros de la vía romana de Braga a Astorga, en la parroquia de Santa Cruz y Santa Comba. Es precisamente en Porto Quintela, aldea de la parroquia de Santa Comba donde se erigió la población romana más importante de la zona, Aquis Quaerquernis, que toma su nombre de la tribu de los Quaerquernos, una de las principales etnias de la gran "nación" de los Kallaikoi, que poblaban la orilla derecha del Limia, entre los actuales municipios de Lobeira y Bande. Las invasiones germánicas son el período menos documentado de toda la historia de Galicia y, por supuesto, de Lobeira. Según el catedrático don Elixio Rivas Quintas, los nombres de tres aldeas de Lobeira tienen origen germánico: Sabariz (Villa Sabaricii), Senderiz (Villa Sentarii) y Baldemir (Villa Baldemirii); en el caso de Sabariz el influjo suevo parece etimológicamente claro; más oscuro parece el origen de los otros dos, quizás posesores suevos, o más bien feudos concedidos a refugiados visigodos tras la invasión musulmana de 711. El eminente filólogo alemán Joseph M.Piel deriva asimismo el nombre de la población de Ermille, de una primitiva raíz germánica (*armans). La invasión árabe parece que no acabó de cuajar en Lobeira, viéndose todo el convento jurídico bracarense muy pronto libre de molestos visitantes, aunque las consecuencias de la despoblación ocasionada por las correrías del caudillo árabe Abd-el-Aziz tardaron un siglo en ser superadas. Sólo en la época de San Rosendo, a mediados del siglo X, Lobeira recuperó sus parámetros normales de en demografía e importancia estratégica. Parece ser que los lobeirenses estaban más ocupados en pelear entre sí que en prestar atención a los foráneos. Así, el año 979, en plena rebelión de los nobles gallegos contra Ramiro II y años después contra Bermudo II, reyes galaico-leoneses ambos, parece que ser que hubo una fuerte resistencia en tierras de Lobeira y Castro Leboreiro. Desde la fortaleza lobeirense de Santa Cruz se cometieron toda clase de tropelías contra las propiedades eclesiásticas, sobre todo las del monasterio de Celanova, señor feudal de aquellos dominios. Por todo ello, el rey don Alfonso VII el emperador, se ve obligado a sofocar continuas rebeliones y a confirmar mediante privilegios y cotos el dominio de Celanova sobre las tierras de Lobeira, especialmente la Serra do Leboreiro, que en aquella época debería de ser una riquísima zona ganadera. Decimos esto porque no hay que olvidar que por aquel entonces las patatas y el maíz eran productos desconocidos, y la carne de vacuno, escasa y muy codiciada, por lo que inmensos rebaños de ovejas, vacas, caballos y cabras cubrirían la Serra do Leboreiro, haciéndola pieza codiciada para señores feudales. De esta época permanecen un par de extraños vestigios perfectamente visibles en la actualidad: Porcarizas, en el límite de los montes comunales de San Xes y Grou-Lobios, y A Ramallosa, en A Fraga. Ambos serían inicialmente poblados más o menos permanentes de pastores, de los que A Ramallosa llegaría a consolidar como pueblo, siendo Porcarizas abandonado. Este último, del cual tenemos los planos, llegaría a contar con al menos cuarenta y cuatro casas y dos muros de defensa. Es curioso comprobar como aún hoy en día persiste una ingente cantidad de leyendas y folclore relacionados con ambos lugares. Si se presta un mínimo de atención a los relatos de los vecinos de San Xes o A Fraga, se podrá percibir una sutil superposición de leyendas basadas en hechos históricos y transformados en pintoresca (y eficaz) sabiduría popular. Bouza Brey recoge algo de este folclore en su estudio "La eutanasia familiar primitiva", relativo al mito de abandono de ancianos para morir en estos lugares cuando ya no sean fueren útiles a la colectividad. La idea de municipio va cobrando fuerza en el siglo XIII; los monarcas van afianzando sus posiciones respecto a señores feudales laicos y frente a los monasterios. De este modo, aunque los reyes irán confirmando sucesivamente el dominio de Celanova sobre las riquezas del Leboreiro, Alfonso IX de León, "reserva" para sí el dominio directo de muchos municipios, uno de ellos Lobeira. También la leyenda envuelve la concesión de un fuero a Lobeira (en 1228) sobre todo porque se trata de la localidad menos poblada, que se sepa, que ha sido aforada. Conviene tener en cuenta que aparte de Lobeira, en la provincia de Ourense sólo gozan de fuero villas de la entidad de Allariz, Castro Caldelas, Ribadavia y la fortaleza de Milmanda. Parece ser, y al parecer algunas fuentes medievales así lo confirman, que cuando don Alfonso iba a ser proclamado rey, se vio obligado a huir de la Corte a causa de las intrigas urdidas en su contra y a favor de su hermanastro don Sancho. Don Alfonso buscaría refugio en Castro Leboreiro, donde le esperaba su tío don Sancho, rey de Portugal. Cuando don Alfonso se hallaba en Lobeira, recibió la visita de dos caballeros, que partiendo a todo correr desde Benavente, y con fugaz escala en Allariz, le notificaron que la conjura en su contra había fracasado, proclamándole rey de León y Galicia. El joven monarca nunca olvidaría la maravillosa acogida que le prestaron en Lobeira, y por ello, en agradecimiento, muchos años más tarde, "regaló" el fuero a la población. La verdad es que quizá percibió la importancia estratégica de la comarca, y quiso asegurarse el dominio propio de una zona que quizá le sirviese algún día de refugio Sabíamos que existía un libro clave para desvelar este misterio. Es el exhaustivo estudio llamado "Alfonso IX", escrito por el insigne medievalista Julio González, en 1944. Tras arduos esfuerzos, pudimos localizarlo en el Museo Etnográfico de Ribadavia, Ourense. En el libro no se descarta la posibilidad de que el monarca estuviese en Lobeira, hipótesis que acepta como la más probable entre todas las estudiadas, pues pocos días después del episodio fronterizo, vemos al joven monarca legislando en Ribadavia. Lo cierto es que el fuero fue invocado en diversas ocasiones por los habitantes de Lobeira, sobre todo en épocas de guerra, siendo la última confirmación conocida la de Felipe V en 1709. Hemos leído en el "Catastro" del Marqués de la Ensenada, que en 1753 el Fuero se encontraba en la Real Contaduría de su Majestad, pendiente de aprobación, prórroga o refrendo real. La parte correspondiente a la Jurisdicción de Lobeira se redactó en la "Casa Grande dos Lamas" de Santabaia, en la parroquia de Lobeira, bellísima construcción de antigüedad incalculable cuyo actual propietario, don José Luis Lamas, amablemente nos permitió estudiar una cantidad ingente de documentos hallados de forma casual en dicho pazo, al realizar unas obras de reforma en el mismo. Y la historia prosigue; Lobeira, como enclave fronterizo es siempre víctima de las guerras que enfrentan al reino de Castilla con el incipiente Ducado Portucalense, pronto convertido en reino. En el inconsciente colectivo de los lobeirenses, gravita todavía el recuerdo de las constantes invasiones de los ejércitos de don Afonsso Enríquez I de Portugal, siempre ambicioso de las tierras limianas y verinenses, que solo muchos años más tarde quedarían definitivamente incorporadas a la corona de Castilla. Otro elemento en discordia es señalado por el investigador norteamericano Heath Dillard en su obra "Daughters of the Reconquest: Women in Castilian Town Society, 1100-1300", en la que sostiene que Lobeira se convierte, a mediados del siglo XIII, en refugio de delincuentes y malhechores de todo tipo, acogidos a las ventajas jurídicas del Fuero Real. Quizás de ahí provengan las leyendas acerca del carácter de refugiados o socialmente marginados de las personas que primitivamente poblaron los enclaves más apartados del municipio, como Porcarizas o A Ramallosa, en el Leboreiro. De todos modos, conviene recordar la mítica obra de don Bernardo de Acevedo "Los vaqueiros de alzada en Asturias", en la que se echa tierra sobre esta hipótesis. Pero, ¿Por qué en 1570 son obligados a descender a tierras más bajas los pastores de Porcarizas? ¿Qué clase de personas fueron encargadas por los monjes del monasterio de Cabaleiros de repoblar los montes de A Fraga? Son incógnitas en apariencia irresolubles e irreconciliables con el legado folclórico de nuestra tierra. Pero no sólo las escaramuzas fronterizas alcanzan a Lobeira. Las luchas dinásticas por la corona de Castilla dividen a la provincia de Ourense en dos bandos irreconciliables con funestas consecuencias, como siempre, para los perdedores. Debido a que el castillo de Araúxo, en Lobios y el de Santa Cruz, en Lobeira se mantuvieron fieles a la causa de Pedro I "el cruel", Entrimo y Lobeira fueron donados, al menos los territorios comprendidos en los fueros reales, por Enrique II, el Trastámara vencedor de la contienda civil castellana, a don Juan Rodríguez de Biedma, principal representante de la casa vencedora, mediante documento real fechado el 15 de enero de 1.368, siendo este hecho el embrión del futuro Condado de Monterrei, uno de los centros específicos de poder en la provincia de Ourense. Don Pedro González de Ulloa, en su obra "Descripción de los estados de la Casa de Monterrey en Galicia", datada en 1777, describe a los habitantes de Lobeira de este modo "...son genízaros indómitos y montaraces: para la defensa de su territorio no hay catalanes ni vizcaínos que les igualen". Es importante el dato del autor según el cual Lobeira y Entrimo, por estas fechas, ya no pertenecen de manera efectiva al Condado de Monterrey, el cual sólo conservaba en la zona de manera real, a Cabaleiros y Sampaio. Las guerras Irmandiñas también asolan Lobeira; consecuencia de ellas es la destrucción del llamado Castillo de Santa Cruz en el siglo XV. Respecto a esta fortaleza, nada hemos podido hacer respecto a su posible ubicación. Uno de los castros citados anteriormente, Santo Adrao, en Cabaleiros, es conocido en Lobeira como O Castelo. Examinando exhaustivamente los restos que allí se conservan, llegamos a la conclusión de que, aparte de la arquitectura exclusivamente castrexa, ciertos muros de piedra que aparecen en la cima del monte, quizá perteneciesen a cabañas de pastores, sin localizar restos o vestigios de cimentación que pudiese haber pertenecido a construcciones de mayor envergadura. De todos modos, la repetida palabra "castelo", bien podría ser un híbrido formado de la fusión entre " castrum" y " castellum", sin designar exclusivamente la fortaleza medieval conocida como castillo. El siglo XVII supone para Lobeira una de las etapas más desgraciadas a lo largo de toda su historia. Desde la sublevación de Portugal en 1640 hasta su definitiva independencia en 1668, la prohibición de comerciar con el país vecino, las continuas levas y requisas de cosechas, así como las constantes invasiones del ejército portugués, que tenía una de sus principales bases de operaciones en la cercana fortaleza de Castro Leboreiro, obligan a los lobeirenses a invocar los privilegios que les habían sido concedidos en su día por Alfonso IX. Así, a cambio de sostener en Lobeira el cuartel general de las tropas españolas, el rey Felipe III, no sólo confirma el antiguo fuero, sino que asimismo, en 1608, concede a Lobeira, juntamente con Entrimo, una exención total de pago de tributos a la Corona, que habían sido fijados en su día en la cantidad de trescientos maravedíes anuales. Esta medida apenas pudo remediar la lamentable situación que padecía Lobeira, sobre todo por la imposibilidad para sus habitantes de desplazarse a la siega de la mies en Castilla, actividad que había supuesto siempre una importante fuente suplementaria de ingresos, sobre todo teniendo en cuenta que Lobeira siempre fue un lugar superpoblado y pobre. En junio de 1663, parten tropas desde Ourense en dirección Lobeira, donde habían de quedar constituídas a las órdenes del Maestre de Campo don Baltasar de Rojas y Pantoja, puesto que había indicios de que un numerosísimo ejército portugués pretendía apoderarse de Xinzo de Limia y de Celanova, penetrando en territorio español por el Val del Salas.Los portugueses son rechazados, conquistándose el castillo de Lindoso, de donde son expulsadas las tropas españolas apenas unos meses después, quedando la situación como al principio. Cuando parecía que la situación se iba encauzando, la guerra de Sucesión, (1700-1713), asola de nuevo nuestra tierra. De nuevo las constantes luchas entre portugueses, esta vez apoyados por Inglaterra, y los españoles, hacen que la vida se vuelva casi insostenible en Lobeira. En 1704, el Capitán General del Reino de Galicia dispone que las tropas que estaban desde antaño acuarteladas en Lobeira, siguiesen en dicha plaza. Las continuas incursiones desde Castro Leboreiro, las fluctuaciones de la frontera, de las que todavía hoy quedan restos en la raya con Portugal, las requisas de cosechas y las quemas de mieses, obligan de nuevo a los lobeirenses a invocar las ventajas de su antiguo fuero. En 1711 la situación se hizo tan insostenible que Lobeira se resiste al pago del último impuesto exigido por la guerra, consistente esta vez en una cantidad inmensa de forraje para el ganado, por lo que el alcalde de la villa, así como un escribano son encarcelados. Cuando se confecciona el Catastro del Marqués de la Ensenada, en la respuesta número dos del formulario se refleja que el fuero de Lobeira se encuentra pendiente de confirmación en la Real Contaduría de Madrid, confirmación que no hemos encontrado a pesar de haberla buscado con ahínco, siendo la última, como ya habíamos comentado, la de Felipe V en 1709. Aquí hemos de señalar la vigencia del antiguo Fuero. A mediados del siglo XVIII, doña Olga Gallego Domínguez, eminente medievalista y académica, señala que únicamente cinco territorios ourensanos tenían rango de Jurisdicción Real o Realengo; se trataba de Ourense, O Bolo, Viana, Entrimo y Lobeira. Los comienzos del XIX tampoco fueron demasiado halagüeños para Lobeira. La invasión napoleónica de España tuvo nefastas consecuencias para Galicia. Es increíble que apenas 50.000 soldados pudiesen cometer tamañas tropelías, de las que aún hoy hay todo un entramado de leyenda. Nuestro pueblo tuvo un destacadísimo protagonismo en esta etapa, pues la Baixa Limia fue quizás el único enclave gallego que quedó libre de invasores. Lobeira fue destino seguro para refugiados de toda España, que huyendo de la invasión napoleónica, constituyeron allí la famosísima " Suprema Junta de Lobera", que ostentando los poderes delegados en ella por la Suprema Junta Central, formó un regimiento de élite de 2.100 hombres, que tuvo una destacadísima actuación en la expulsión de los franceses de nuestro suelo. Como hecho más glorioso en su haber, se puede señalar el asedio y conquista de Vigo. La Junta fue presidida desde sus primeros momentos por el titular del obispado de Ourense, el doctor Quevedo y Quintano, siendo el delegado del poder central, el coronel García del Barrio. El llamado "Regimiento de Voluntarios de Lobera" fue condecorado en diversas ocasiones, y tuvo una gran importancia, años después, en las guerras de independencia de las colonias de América. Un hecho, de enorme trascendencia histórica, y que ha pasado desapercibido, es que Lobeira ocupó, de facto y de iure, la capitalidad del Reino de Galicia durante unos días en 1809, pues fue el único enclave de Galicia que permaneció libre de la ocupación francesa, representando a la Junta Suprema Central de España tras la caída de A Coruña pocos días antes de constituirse. Hay que señalar un hecho muy importante en 1836. Se trata de la fusión de los antiguos municipios de Lobeira, San Xes y Grou. Parece ser que hasta la fecha, los tres enclaves disponían de jurisdicciones diferentes, y que se hizo necesaria la unión de los mismos, tras la reorganización provincial de don Javier de Burgos. Es de destacar que la mayor parte del municipio de Grou fue absorbido por el de Lobios, con lo que el de Lobeira, que en tiempos de Alfonso IX había llegado hasta Ríocaldo, se vería geográficamente muy reducido. Durante el siglo XIX se produjo un acontecimiento envuelto en un halo de leyenda; se trata de la detención de José Benito Brandón y Elices, el "Exclaustrado de Diabelle", famoso guerrillero carlista y antiguo agente secreto al servicio del reino de Portugal. Fue apresado en las inmediaciones del misterioso lugar llamado "Grama do Corno Dourado", en lo alto de la Serra do Leboreiro, punto apartado y de no fácil acceso, en la raya con Portugal. El monje-soldado, natural de Calvos de Randín, sería inmediatamente ejecutado en Ourense, con lo que las revueltas carlistas en la zona quedarían pronto sofocadas. Debemos esta información al académico celanovés don Xosé Luís Méndez Ferrín, que plasmó de forma noveladamente mágica esta leyenda en su obra cumbre, "Arraianos". El episodio de la muerte de Brandón supera lo meramente histórico, pues supuso el final definitivo del Antiguo Régimen en nuestra comarca, pues los privilegios que ostentaban las tierras de Randín y Baltar, así como la condición de Realengo de la que disfrutaban Lobeira y Entrimo, fueron definitivamente eliminados, comenzando estas tierras una decadencia de la que hoy todavía no se han recuperado. Debemos a don Luis García Mañá el enorme esfuerzo realizado en aras de la recuperación de la memoria histórica, tanto del Couto Mixto, como de la "Junta de Lobera", episodios de enorme trascendencia y que estaban destinados a ser fatal e irremediablemente olvidados. La importancia de Lobeira quedaría plasmada en numerosísimas obras históricas y múltiples referencias de eruditos e historiadores. Así, don Ramón Barros Sivelo alude al megalitismo lobeirense en "Antigüedades de Galicia", que vio la luz en 1875, publicando asimismo "Infiltraciones del cristianismo en Galicia", donde recoge lo que él supuso pervivencias de antiguos ritos prerromanos en las actuales costumbres de los habitantes de la Baixa Limia. El erudito entrimeño don Benito Fernández Alonso, especialista en documentación antigua, estudia en profundidad las guerras hispano-portuguesas del XVII, haciendo especial hincapié en la importancia y penalidades sufridas por los pueblos de la frontera durante aquellos difíciles años, publicando sus estudios en 1893, en el conocido pero difícilmente localizable volumen "Guerra hispano-lusitana". Describe asimismo la comarca de un modo magistral en su obra "El río Limia y sus contornos". En la década de 1920-30, se produce un hecho de importancia capital; se trata de la entrada en contacto de los eruditos lobeirenses, de Facós para ser más precisos, don Xurxo y don Xoaquín Lorenzo Fernández, con el departamento de lenguas románicas de la universidad alemana de Hamburgo. Fruto de aquella relación será, en 1927, el mítico trabajo del profesor Fritz Krüger, aún no superado en la actualidad, llamado "Die Nordwestiberische Volkskultur": ("El léxico rural del noroeste ibérico"), en el que se hace continua referencia a la denonominación de los aperos de labranza de la zona, y su comparación con sus homónimos portugueses, leoneses, asturianos o de otros lugares de Galicia. Continuará la conexión alemana el profesor Hans Karl Schneider, en 1938, con un estudio filológico del habla de la zona, llamado "Studien zum Galizischen des Limiabeckens (Orense-Spanien)". En él se informa asimismo del medio físico, económico y cultural en el que se desenvuelve la lengua, atendiendo igualmente al empleo social del gallego y del castellano en aquella época. Según el profesor Xosé L.Regueira Fernández, máximo especialista en el tema, este trabajo va a ser la mejor muestra integral de un dialecto gallego, y no sería superado hasta la década de los años setenta, ya instaurados los estudios de Filología gallega en la Universidad de Santiago de Compostela. Ambos eruditos, Krüger y Schneider, todavía son recordados por las personas de mayor edad de Lobeira, sobre todo por haber colaborado en el rodaje de la película "O carro e o home", en 1940, lo que constituyó un acontecimiento insólito para los lobeirenses de entonces. El corto, de quince minutos de duración, y bajo la dirección de Antonio Román, y la asesoría de Xoaquín Lorenzo, recoge el proceso de construcción de un carro de vacas, desde el talado de la madera necesaria, hasta la "muerte" final del carro, recogiendo imágenes de un extraordinario valor etnográfico, como el hilado del lino, tareas agrícolas comunitarias, etc. La tradición cinematográfica había sido iniciada en 1936 por Carlos Velo, el ilustre documentalista de Cartelle, que había incluido imágenes de Lobeira en su corto "Galicia-Finis Terra". Ya Xoaquín Lorenzo le había asesorado en su vertiente etnográfica. Siempre bajo el patrocinio de Xoaquín Lorenzo, Don Florentino López Cuevillas y otros eruditos de la época, se estudia el fenómeno megalítico y castrexo de Lobeira, publicándose estas conclusiones tanto en el Boletín de
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