LA ESTÉTICA CUÁNTICA DE XAVERIO
Gregorio Morales
Si todo creador verdadero es un alquimista (en
el sentido de que la vida ordinaria se va transformando para él en el
oro de la obra de arte a través de la cual plasma su individuación),
no cabe duda de que esto puede ser dicho con mayor propiedad de un pintor,
pues su trabajo se realiza en contacto directo con la materia prima.
Y si, además, es él mismo quien, como en las épocas pretéritas, fabrica
sus materiales, la distancia es mínima. Por ello no es de extrañar que
el estudio de Xaverio sea un laboratorio alquímico en toda regla.
Xaverio trabaja con piedras preciosas
y semipreciosas (cuarzos, rubíes, zafiros, ónices, berilos, corales,
amatistas, turquesas, piritas, aguamarinas, malaquitas...), que son
cuidadosamente pulverizadas en un mortero para, con la ayuda de resinas
pigmentadas, extenderlas sobre la madera en las más diferentes mezclas,
lo que produce inimaginables tonos y coloridos. Esto supone una difícil
y cuidada operación en la que el lienzo va pasando por varias etapas
hasta alcanzar la textura deseada. Y Xaverio lo hace en un silencio
transcendente, porque cada operación es para él un descubrimiento y
un penetrar en los profundos secretos de la materia.
Como un físico subatómico, Xaverio
descompone la materia en sus elementos infinitesimales con paciencia
y dedicación. Su mundo es el mundo de las partículas, en el que se mueve
como un san Francisco entre las fieras salvajes. Es de los pocos artistas
que entienden el lenguaje infinitesimal y que, en una extraña comunicación
con el lenguaje de las partículas, las convierte en sus aliadas. Por
ello puede convocarlas cuando desee y, consciente de que en la naturaleza
todo tiende a la complejidad, agruparlas en átomos, en células, en conciencia,
en conocimiento. Siguiendo a Eddington, la materia llega a convertirse
para él en algo mental.
Por ello, lo que Xaverio realiza
en su estudio es una interminable búsqueda de un lienzo filosofal,
es decir, un lienzo que transmute la experiencia diaria en algo vívido,
intenso, pleno, que encuentre en lo que creemos barro el oro de la existencia.
Un liezo filosofal, en efecto, aunque el pintor, que ama la creación
de nuevas palabras en las que se funden varios contenidos, le llame
petral. Este término tiene la ventaja de aludir simultáneamente
a algo filosofal y también a algo mineral. ¿Qué mejor para reflejar,
entre otras cosas, lo mental de la materia? Y puesto que la materia
participa de lo mental, tiene entre sus propiedades la de plegarse a
nuestro pensamiento. Esta facultad que presenta la materia de conformarse
a imagen y semejanza de nuestra psique es una de sus propiedades más
inquietantes y que ha venido a poner delante de nosotros la física subatómica.
La mente y la materia no serían cosas distintas, sino dos manifestaciones
de un algo común que todavía desconocemos. Así, la materia sería tan
inteligente como la conciencia, con lo que quedaría abolida la tradicional
distinción entre el magma estúpido de las cosas y la sabiduría del hombre.
Una verdadera revolución. ¡Ahora resulta que hasta las piedras piensan
(o, más específicamente: Las partículas de que están compuestas)! Esto
mismo ya lo sabía Xaverio desde su descenso a los infiernos infinitesimales:
Cada partícula es un ser con voluntad propia. Las superficies que ha
desplegado ante nosotros son superficies pensantes, y no al modo de
un escrito, que fija un pensamiento para siempre, sino, como demostraremos
más adelante, al modo real de la mente, es decir, cambiante, progresivo.
Para Carl G. Jung la materia es
psicoide y puede comportarse según lo que entendemos comúnmente
por materia o relacionarse intrínsecamente con el pensamiento. Prueba
de lo segundo son lo que él llama sincronías o coincidencias
significativas y acausales. Por ejemplo, voy por una calle, pienso en un
amigo y, acto seguido, me encuentro con él; o me hallo angustiado, dándole
vueltas a un problema, abro el periódico o una revista ¡y allí se habla
de mi problema y se me ofrece una solución!
La materia, unida de alguna forma inexplicable a la psique, se conforma,
pues, a su imagen y semejanza. De la misma forma, la multiplicidad de
los tonos que nos rodean se conforma a imagen y semejanza de Xaverio.
La materia que maneja es un fiel retrato de su conciencia. Se ofrece
a sí mismo desnudo en carne y alma, de modo que cada una de sus superficies
o composiciones le hacen al espectador, por empatía, entrar en un ámbito
determinado de conciencia y, a través de él, buscarse a sí mismo.
Semejante búsqueda de sí mismo
es uno de los objetivos básicos de la estética cuántica,
que hace especial hincapié en que cada hombre o mujer debe llegar a
ser él mismo, con independencia de lo que lo ata a su familia, a su
generación, a su país, a sus estudios o profesión. El arte debe estimular
esa búsqueda, y la producción de Xaverio lo hace con creces. Al exponerse
en su desnudez anímica y ver en ella el espectador la historia de una
heroica individuación, nos incita a seguirle, a franquear los límites
que ha franqueado, a correr los riesgos que ha corrido y a encontrar
los sorprendentes tesoros puesto a su alcance, aunque, como veremos,
única y exclusivamente por nuestro propio camino. La experiencia personal
es intrínseca al arte y al modo de vivir cuánticos.
Pero la exposición no sólo plantea
una empatía entre la obra de Xaverio y el espectador. Se pone en juego
también un conjuro. Cada petral es una emisión de ondas energéticas
que se comportan al modo de un hechizo cromático, produciendo por sí
mismas sensaciones y estados de ánimo concretos en el espectador. Por
tanto, Xaverio actúa también con su obra como un mago sanador o como
un maligno hechicero, curando o destruyendo a sus semejantes. Su obra
puede ser terapeutica o corruptora, celestial o demoníaca, según los
efluvios que lance para envolver al público. Su poder reside en el dominio
de lo infinitesimal, donde, como hemos dicho, habita el pintor. Lo mínimo
informa lo máximo. Los lienzos de Xaverio mueven así nuestros más íntimos
resortes.
Pero no se agotan aquí las posibilidades.
Xaverio también actúa con sus petrales al modo de un experto novelista
o de un consumado psicólogo, pues la combinación de colores y superficies
puede dar lugar a las más diferentes recreaciones del carácter humano
y, así, a tal grupo de petrales podría llamarle Othello,
y a tal otro Hamlet, y al de más allá Don Quijote...
Porque cada carácter, cada personalidad, es una amalgama de diferentes
ondas en eterna progresión y cambio, por una parte, aunque en una paradójica
estabilidad por otra.
Lo que propone el artista a cada
uno de nosotros es una aventura interior. Nos hace entrar en una selva
desconocida que sólo él habita, pero no para mostrarnos nuevos y originales
paisajes, sino para que éstos
nos sirvan, como hemos dicho más arriba, de acicate o conjuro en la
búsqueda de los propios, de aquellos paisajes que nadie ha visto nunca
ni ve ni verá, porque la individuación supone que de la arcilla común
renacen un hombre y una mujer absolutamente singulares. De ahí que lo
importante no sea la imagen patente y primera que recibimos al contemplar
estas superficies, sino la que queda tras cerrar los ojos, la after
image, que, ahora sí, opera únicamente como un fiel retrato de nuestra
estructura psíquica.
Resulta obvio que, por este camino,
Xaverio va más allá de la realidad aparente de las cosas, distinguiendo
con David Bohm un orden desplegado y otro plegado.
El primero sería el universo tal y como lo conocemos. El segundo, el
orden profundo, desconocido, que se muestra a nuestros ojos como hechos
fortuitos y extraordinarios. Xaverio penetra en el orden plegado de
la realidad mediante un doble procedimiento: Como hemos visto, por una
parte, accede a las vibraciones más subterráneas de la materia, a lo
que éstas tienen de ondas energéticas productoras de estados de ánimo
o de conciencia; por otra, libera el orden plegado de cada individuo,
de modo que éste pueda penetrar en sus más secretos patrones.
He aquí, pues, lo que tenemos en
esta exposición: Un viaje al magma común del que emanan tanto la materia
como la conciencia. Es decir, un viaje al inconsciente; a los campos
morfogenéticos que es lo mismo que decir a los arquetipos; a los registros
akásicos que es lo mismo que decir a la luz emanada por las estrellas
desde hace millones de años.
Como se verá, hablo indistintamente
de física subatómica o de psicología porque ambas se corresponden como
las piezas de un rompecabezas. Lo que está fuera está dentro. Lo que
está dentro está fuera.
Esta identidad entre universo y
conciencia, materia y espíritu, subjetividad y objetividad, queda magistralmente
erigida aquí. Las superficies que nos rodean asumen esta concepción
en su propia esencia. Xaverio realiza una coiunctio oppositorum.
Los opuestos se unen en su obra de una forma impensable para el mundo
ordinario de la lógica. Y es que, para el artista cuántico, el pensamiento
binario ha sido sustituido por el pensamiento borroso. A y no
A pueden ser al mismo tiempo. He aquí la verdad recóndita de la naturaleza.
Aunque asume el paradigma ofrecido
por la física subatómica y por la psicología profunda, la obra de Xaverio
esté muy lejos de la frialdad que podría suponérsele a tales elementos,
pues habla al corazón del hombre, impeliéndolo a germinar, a ser él
mismo desde la tierra común con los otros hombres en que se halla inserto.
Xaverio nos plantea así un nuevo
humanismo, en el que el hombre vuelve a postularse como imaginador y
creador activo de cuanto le rodea. De los infinitos universos que corren
paralelos a nosotros, el hombre crea con su simple observación, uno
de ellos, el suyo. Lo cual hay que saber para comenzar a cambiarlo.
Pero el mundo sólo cambia si cambian los individuos, es decir, si estos
pueden llegar a ser ellos mismos en todo su potencial. Pues bien, lo
cuadros de Xaverio son propuestas de rutas a seguir en este sentido:
Podemos ir en la dirección señalada por tales colores o vibraciones,
o bien en tal otra... Agrupando diversos cuadros o colores, podemos
construir el mandala que nos represente. Por eso, estas tablas
coloreadas deben ser adquiridas de una en una para luego agruparlas
en nuestro salón o en nuestro estudio componiendo la imagen de nuestro
destino, donde se contiene el que hemos sido, el que somos y el que
seremos.
Si nos individuamos, vamos creciendo,
vamos siendo más complejos que los que fuimos y, por tanto, diferentes,
pero en un mandala está contenido todo, desde el ser colectivo, gregario
y egoísta de la adolescencia, al ser individual, consciente y solidario
de la vejez. El mandala es una estructura que da sentido e integra cada
uno de los momentos de una vida, pero la solidez y perfección de su
estructura no nos puede hacer olvidar que, en el universo y en el propio
hombre, la estabilidad convive con el movimiento continuo, un movimiento
que va bien en contra de la entropía y hacia la complejidad, bien en
contra de la complejidad y hacia la entropía.
Todo esto lo representa perfectamente
hasta la más simple de las superficies que nos rodean. Por una parte,
si nos detenemos ante ellas, parecen homogéneas, puras, simples, con
una estructura permanente y definida. Pero si nos movemos en torno,
todo cuanto tenemos delante de nuestros ojos se agita y cambia, conculcando
la primera apariencia de que estemos ante unos cuadros simples o fijos.
Es decir, los petrales, entre otras muchas de las cuadraturas del círculo
que realizan, son a la vez fijos y a la vez cambiantes, como la personalidad,
como el universo.
En un
mundo así no puede ser sino el espectador y, más aún, el espectador
en movimiento, quien crea su propia obra de arte. El artista lo único
que hace es poner ante él los diversos materiales de que debe servirse.
El espectador elige con su retina y crea... Uno de los montajes del
pintor se llama Colores para pasear. Esos colores permanecen
ocultos y no se despliegan hasta que el espectador no se pone en movimiento,
instante en el que lanzan sobre él el más fabuloso arcoiris. Color y
movimiento, vibración y color, posición y reflexión. Tanto monta, monta
tanto.
El observador se convierte en el
centro del universo. Sin él, la obra de arte mantendría celosamente
guardados sus secretos; todo permanecería en el primer segundo del universo
y no habría creación, vida, arte... Un cuadro figurativo puede ser un
universo hermoso pero que ya ha muerto. Los petrales son el universo
mismo en expansión.
Es lo que nos dice una de las leyes más
importantes, extraña y subversivas de la física subatómica: El principio
de complementariedad. Según este principio, un corpúsculo puede
comportarse como onda o partícula, dependiendo del tipo de observación
que se realice. Es decir, de la misma forma que en esta exposición cada
asistente crea su propia obra de arte, cada investigador determina lo
que habrá de salir en su experimento. Y esto es hasta tal punto así,
que tal propiedad se conoce con el nombre de efecto Hawthorne.
Éste fue un señor que, entre 1927 y 1929, dividió a los operarios de
la Western Electric Company de Chicago en grupos con descansos y grupos
sin ellos, con el fin de determinar el redimiento de unos y otros, comprobando
para su pasmo que, independientemente de cuál fuera el grupo, la simple
observación hacía aumentar la productividad en un 30%. ¡O sea, que el
propio experimento afectaba a la investigación! Y un biólogo de la talla
de Rupert Sheldrake reconoce textualmente: Los científicos influyen
en los temas de su investigación simplemente por prestarles atención.
Es más, no sólo pueden tener una influencia general, producida por su
atención e interés, sino también una influencia específica en el modo
en que sus sujetos se comportan. En general, los sujetos tienden a comportarse
de acuerdo con las expectativas del experimentador.
Muchas de las superficies que nos
rodean representan, pues, la posibilidad de entrar en ese estado de
complementariedad o de caos vivificador, asumiendo la plenitud del instante,
del momento y la cósmica potencialidad que ello lleva consigo. Cuando
no nos dividimos, cuando nos asumimos íntegramente, cuando no tememos,
cuando no esperamos, lo somos todo. Hay cuadros aquí que aluden al todo
del universo y también al todo de la personalidad.
Hay verdad en estos cuadros. No
sólo porque la verdad sea como ellos, es decir, de diversos colores,
una y varia, fija y en movimiento, sino porque la belleza es la medida
exacta de la verdad. Para los físicos cuánticos, la primera prueba de
la certeza de una teoría es su belleza. Aquí estamos rodeados de belleza,
de una versátil, arquetípica, celestial, demoníaca belleza. Mientras
los epígonos se pierden en lo más soez de los detritus, Xaverio recompone
ante nosotros un moderno mundo de las ideas. No puede haber mayor provocación.
El simple hecho de estar aquí,
nos hace nadar en ese mundo de las ideas. Porque para Xaverio como para
la física subatómica no existe la separabilidad. El universo es un continuum
donde las partes más lejanas pueden relacionarse instantáneamente. A
nosotros nos basta con mirar una de estas superficies para sumirnos
en las regiones abisales del cosmos. Cada cuadro es como un espejo de
Alicia. Lo atravesamos con nuestra mirada y llegamos al no‑mundo.
Con presupuestos así, Xaverio ha
conformado un nuevo arte, un arte que rompe radicalmente con cualquier
otro molde anterior y que penetra en lo desconocido a la búsqueda de
nuevos caminos. El arte deshumanizado se humaniza sin tener por ello
que abrazar forzosamente el figurativismo o abandonar la experimentación
pictórica. El espectador es llamado a penetrar en otros campos de conciencia
tan reales o más que aquellos de los que somos conscientes. Esta obra
plasma el movimiento real del universo. Por primera vez, la perspectiva
no perjudica la contemplación del cuadro, sino que ayuda a entrar en
una de sus diferentes dimensiones. Finalmente, cuanto nos rodea expresa
una fructífiera unión de contrarios. Estamos ante un fascinante camino
entre los muchos que abre la estética cuántica, y que aúna en sí la
penetración en el misterio y en las singularidades que lo habitan.
Texto del catálogo
Xaverio. Estética cuántica. Petrales
1997-2000,
Caja de Granada, 2000.
¡Escribe tus opiniones
en
el
foro de estética cuántica!
Eddington,
Materia mental en Cuestiones cuánticas, Ken Wilber
Ed., Kairós, Barcelona, 1987.
Rupert Sheldrake,
Seven Experiments That Could Change the World, 1995.
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