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UNA NUEVA ESTÉTICA PARA UN NUEVO MILENIO

Gregorio Morales, El cadáver de Balzac. Una visión cuántica de la literatura y el arte, Alicante, Epígono Ediciones, 1998.

En los análisis sobre las obras de ficción los escolares estadounidenses suelen utilizar la teoría de Edgar Allan Poe de la “unidad de efecto” como un instrumento para medir las propiedades estéticas de la buena ficción. Esta “unidad de efecto” es el punto en el cual los diversos elementos de una historia se unen hasta culminar en el último efecto de esa historia: el lenguaje, el simbolismo, la ambientación, las complejidades del desarrollo de los personajes se convierten en partes individuales que contienen una estética unitaria; el efecto de la historia en su totalidad. Cuando descomponemos una narración de esta forma cada elemento queda ligado al resultado del relato mediante sorprendentes sincronismos, esos curiosos momentos en la trama donde las vidas parecen determinadas. Los obstáculos del tiempo y del espacio son conquistados justo en el instante preciso para sellar la fatalidad del personaje.

Tenemos tendencia a creer que estos momentos pertenecen sólo al mundo de la ficción, por lo que cuando alguno de estos sorprendentes sincronismos se dan en nuestra vida real los llamamos “acontecimiento novelescos”. El escritor checoslovaco Milán Kundera no acepta esto. Según él, esos sincronismos de la vida real no son novelescos, sino absolutamente normales y forman parte de la tarea del escritor utilizarlos como “unidad de efecto” de nuestras vidas reales para obtener una ficción verídica, ficción que revele el prodigioso y oculto orden (plegado) del mundo que habitamos.

Numerosos autores de peso y sustancia han perseguido siempre este “orden” y en la última década esto se ha convertido también en el tema de algunos de los científicos más célebres. Actualmente los físicos cuánticos se basan e inspiran a menudo en la poesía y en la ficción para ilustrar la naturaleza subatómica del universo; usan la literatura, cuya “unidad de efecto” podemos aceptar, para esclarecer la “unidad de efecto” del universo, algo que no podemos ver. ¿Cuál es la escurridiza conexión entre lo subatómico y la literatura? ¿Qué une la teoría de los campos morfogenéticos de la física cuántica a la literatura? Esto es lo que Gregorio Morales nos explica claramente en su libro El cadáver de Balzac, una recopilación de excelentes ensayos sobre la teoría de la estética cuántica.

Tejiendo las ideas de Jung sobre los arquetipos y del inconsciente colectivo, la primera teoría subatómica de 1927 y los más recientes trabajos de Bart Kosko sobre el “pensamiento borroso”, los capítulos de El cadáver... crean un nuevo contexto con el cual podemos adentrarnos en la literatura y entender la cultura de nuestro tiempo. En este libro precursor, Morales nos explica que la realidad es tan misteriosa y sorprendente como los descubrimientos de la ciencia moderna y que esta literatura cuántica nos proporciona una narrativa con la cual podemos entender este orden tan inusual con una nitidez extraordinaria.

Con su libro, Morales, como un nuevo hombre renacentista, abarca muchos campos de estudio; es un visionario cuyas singulares ideas apuntan a una verdad esencial en el corazón de la ciencia, el arte, la literatura y la historia. En efecto, la dimensión de este libro nos muestra que Morales no está creando una teoría basada en modas o tendencias literarias.

Es una pena que este libro no esté publicado en inglés, ya que aquí, en Estados Unidos, nos encontramos preparados para acoger esta teoría. Con el reciente trabajo de Edward O. Wilson y los nuevos pensadores de la física cuántica, la noción de juntar ciencia y arte se ha convertido en un área explosiva que origina numerosos estudios y polémicas. La estética cuántica encontrará tierra fértil para prosperar cuando llegue a América.

Extrañamente, cuando Morales presentó por primera vez sus ideas parecieron caer en oídos sordos. Yo me encontré por primera vez con su teoría en Granada en 1996, casualmente el día antes de entrevistar a Luis García Montero y, casualmente también, dos días antes de conocer de modo accidental, a Morales.

Entusiasmada (y quizá de forma ingenua) le pregunté a García Montero qué pensaba sobre la estética cuántica, a lo cual respondió con gesto de rechazo que no sabía lo que significaba, cambiando a continuación rápidamente de tema. Quizá a algunos el nombre les suene raro, a matemáticas, a ideas de laboratorio y tubos de ensayo. Espanta a los poetas oficiales, tal vez porque parezca demasiado espiritual. Pero dos años más tarde, en mi última visita a España, aconteció otro sincronismo el mismo día en que me entrevisté con Gregorio. Cayó en mis manos un artículo de García Montero, aparecido en El País, en el que exponía sus ideas sobre la maravillosa conexión entre la ciencia y la literatura. La estética cuántica, creando olas incluso en aguas enemigas, gracias a la publicación de El cadáver de Balzac alcanzará su máximo apogeo en los próximos meses.

No es preciso ser científico para entender el libro de Morales; cada capítulo ilumina un nivel distinto dentro del concepto total. Hábilmente construye su teoría desde diversas perspectivas: en relación con el cine, la poesía, la individualización del sí mismo y la vida ciudadana. De esta forma podemos ver que la estética cuántica es duradera y sólida, una teoría que no solamente se aplica al mundo sino que pertenece a él. Morales cita como escritores cuánticos a novelistas como Henry Jame y Antonio Enrique, explora la historia y a Rubén Darío para ilustrar los más intrincados puntos de su teoría. Cualquier persona puede encontrar su propio método para adentrarse en la estética cuántica en este libro, ya que cada capítulo abre nuevos horizontes.

Como estudiosos de la literatura podemos entender la “unidad de efecto” que caracteriza a la ficción de calidad. Como ocupantes de nuestros propios cuerpos experimentamos interconexiones infinitas que nos protegen y nos permiten continuar respirando. Como participantes de neustras vidas percibimos los sorprendentes sincronismos que nos guían desde el nacimiento hasta la muerte. Como observadores del cielo y de las maravillas de la naturaleza somos testigos diariamente de los milagros que se producen en nuestro universo. Leer y comprender a Morales es unirse a todos estos misterios y sorpresas que surgen como destellos inseparables, igual que el fenómenos aparentemente intrascendente de la gota de agua que se une al océano.

La estética cuántica no es simplemente una tendencia literaria. Lo que persigue la estética cuántica comenzó en parte con los pensadores de la Ilustración. Desde entonces ha estado enterrado y ha resurgido ahora como anuncio del próximo milenio. Desde este lado del Atlántico parece bastante claro que Gregorio Morales está llegando a puntos importantes, que su trabajo no es en vano, sino que forma parte de algo que será recordado en el nuevo milenio como los principios de una nueva forma de pensar. Felicito por ello a Morales, y también a España, en la que ha surgido algo tan revolucionario.

Jennifer Wilson, Turia, Nº 46, noviembre, 1998, pp 304-306

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