VOZ
PÚBICA
Gregorio Morales
Hace poco, asistí a la exposición antológica
del surrealista Paul Devaux celebrada en los salones de la Fundación
Juan March de Madrid. Era un jueves y tuve la suerte de coincidir con
una de esas visitas guiadas en la que un experto explica la muestra.
En este caso, era una hermosa chica, de voz melodiosa y con unas manos
estilizadas que producían escalofríos cuando se aproximaban a los lienzos
para mostrar algún detalle. Su disertación era meditada y fluida. Sabía
bien de lo que hablaba. Conocía la historia del Surrealismo. Lo sabía
todo del belga Delvaux, de sus relaciones con Chirico, con Magritte,
con Breton; sabía hasta la última de las características de su estilo...
Yo, extasiado, navegaba en sus palabras. De pronto, nos estaba hablando
del erotismo de los desnudos de Delvaux y nos revelaba que produjeron
una fuerte conmoción en una época que no estaba acostumbrada a la visión
detallada del vello púbico; más aún, continuó, hasta incluso era motivo
de escándalo la simple mención de la palabra pubis... En este
momento, nos mostró un cuadro que se titulaba Voz pública. Era
un modo de provocar, dijo con una sonrisa inocente. ¡En
realidad, Paul Delvaux estaba diciendo Voz púbica!
Cuanto más hablaba, más la admiraba.
Uno de los componentes del grupo
dirigió la vista hacia un cuadro que tenía detrás y señaló una escalera
por la que ascendía otra más de las insomnes mujeres de Delvaux.
-¿Qué significa? ‑preguntó.
La chica miró a donde le señalaba
el hombre y palideció. Fueron sólo unas décimas de segundo, pero su
ignorancia quedó patente como un relámpago en medio de la noche.
-No lo sé ‑respondió dirigiéndose
hacia otro lienzo y dándole la espalda al hombre, al tiempo que musitaba
por lo bajo, como justificándose‑: ¡Los surrealistas empleaban
muchos símbolos!
Y con ello dio por zanjada la respuesta,
devolviéndome a la triste y dolorosa realidad. ¿Era posible que no supiera
lo que significaba una escalera, símbolo que aparece repetidamente en
los sueños de toda la humanidad occidental? ¡Entonces no podía tampoco
saber lo que significaban las mujeres desnudas, las mujeres vestidas,
los andenes ferroviarios, las locomotoras, los faroles, los cristales,
los espejos! De súbito fui consciente de lo lejana que está la sociedad
contemporánea de sus raíces. Porque si es cierto que durante el día
nos servimos del pensamiento abstracto, ¡las noches nos siguen hablando
por medio de símbolos! Y el lenguaje de la verdad, el lenguaje de nuestro
ser más profundo, aquel que nos diagnostica el estado de nuestra vida
y nos ofrece alternativas, es el de la noche. Para quien quiera llegar
a ser él mismo y alcanzar el objetivo de su vida, resulta ineludible
comprender el mensaje de los sueños. ¡Y los sueños hablan por medio
de símbolos! Aquella chica sabía detalladamente de las costumbres sexuales
de la época, del escándalo que producía un desnudo, de la provocación
intencionada que llevaba a cabo Delvaux, pero no sabía nada de los símbolos
que el pintor había empleado y, por tanto, del contenido oculto de sus
óleos.
El iluso mundo en que vivimos ha
abandonado los símbolos como si se tratara de un sucedáneo idiota, y
ya nadie, ni siquiera una experta en arte, comprende el significado
de los más elementales. Sentí piedad y pavor por esta sociedad, erudita
en lo exterior, pero afásica para expresar las verdades más profundas,
que son las más humanas, las más vitales, y tan necesarias como el agua.
Nombramos con exceso cuanto nos rodea, pero nos hemos vuelto analfabetos
en el lenguaje del corazón. La voz púbica ha sustituido a la
voz interior.
El Faro, 26 de junio, 1998