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VERDAD Y FICCIÓN DE LA LITERATURA
ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA
El principal objetivo de la transición
fue consolidar la monarquía, apoyada no sólo
por el franquismo y países europeos, sino por USA y
sus servicios secretos. Siendo los intelectuales la conciencia
de un país y militando como militaban la mayoría
en el PCE, que preconizaba la ruptura frente al continuismo,
era necesario neutralizarlos de algún modo. Estaba
claro que, al neutralizar a sus intelectuales, se privaba
al PCE de su buque insignia, aquello que demostraba que, aparte
de un partido de los trabajadores, era también un partido
del pensamiento y del arte, como demostraba el hecho de que
se nutriera de los más renovadores, audaces, valientes
y cosmopolitas escritores, pintores, directores de cine, etc.
Aunque la CIA había manipulado la cultura española
desde el final de la Guerra Civil (veremos algunos casos más
adelante), la verdadera labor de zapa, aquella dirigida a
acallar a los intelectuales críticos, dio inicio justamente
en la Transición. No fueron pocos quienes lo percibieron.
En una reciente entrevista (El Mundo Andalucía,
6 de mayo de 2002), Ernesto
Caballero, quien fuera Secretario General de PCE de Córdoba
durante 27 años, afirma: "Hay una cosa que nadie
se atreve a decir. La CIA intervino en la Transición
para mermar la capacidad y la influencia del PCE. Algún
día, todo eso saldrá a relucir." Y, ante
la pregunta de si existen pruebas de eso, replica: "Alguna
revista llegó a hablar de la invasión de la
CIA en España, pero todo se silenció. Y yo recuerdo
que, en Córdoba, nos visitaba una cantidad de personajes
extraños que decían ser comunistas de otros
países para conocer el PCE. Siempre había cosas
que no cuadraban. Luego nos llegaba que muchos eran de la
CIA."
¿Pero qué métodos empleó la CIA
para neutralizar a los intelectuales? El método principal
y más útil fue cubrirlos de prebendas para comprar
así indirectamente su silencio y aquiescencia. La CIA
tenía ya una larga experiencia en este campo. Desde
finales de la II Guerra Mundial y hasta los años setenta
financiaron revistas por toda Europa, organizaron congresos
a los que asistían los escritores ortodoxos de todo
el mundo; en los mismísimos Estados Unidos, manipularon
periódicos, revistas y editoriales, de modo que publicaran
artículos y libros favorables a sus tesis, se sirvieron
de dignas fundaciones para transferir dinero sucio que iba
a parar a los prebendados, que nadaban en la abundancia y
que pasaban más tiempo en los aviones y cócteles
que ante la máquina de escribir. Frances Stonor, que
ha llegado a investigar todo esto, afirma que "tanto
si les gustaba como si no, tanto si lo sabían como
si no, montones de intelectuales quedaron amarrados a la CIA
por 'el cordón umbilical del oro'".
Para aquellos que no eran "políticamente correctos",
estamparon su nombre en cientos de listas negras, utilizando
además la difamación y la censura para neutralizarlos.
Por otra parte, tradujeron, apoyaron y distribuyeron cientos
de novelas favorables a sus opiniones. Se introdujeron en
el cine, poniendo sus huellas hasta en los guiones y paralizando
las películas que creían problemáticas,
y ayudando a otras que favorecían su causa. Una locura
que nos horroriza, pero de la que no nos queda duda alguna
si leemos el magnífico libro de Frances Stonor La CIA
y la guerra fría cultural, que ha irrumpido como una
bomba en el mundo literario y que pone ante nuestros ojos
ejemplos sobrecogedores como éstos: las traducciones
a otras lenguas de libros "ortodoxos" norteamericanos
encargadas por la División de Guerra Psicológica
ascendieron a cientos de títulos, incluidos "libros
adecuados para niños en las edades en que son más
impresionables." Los mismos criterios se utilizaron para
promocionar a escritores europeos que se consideraban servían
a la propaganda oficial, entre ellos, André Gide, Ignacio
Zilone, John Foster y Arthur Koestler. Del libro de este último,
El cero y el infinito, fueron adquiridos 50.000 ejemplares
y distribuidos por el mismísimo Foreign Office. Les
bastó con enviar un agente a la editorial Little Brown,
que iba a publicar Espartaco, de Howard Fast, diciendo que
el director del FBI no quería ver la obra ni en pintura,
para que la editorial lo rechazase. ¡Y esto fue suficiente
también para que lo rechazaran siete editoriales más!
Una de ellas, la Knopf, le devolvió a Fast el manuscrito
sin abrirlo siquiera, con la excusa de que no deseaban mirar
"la obra de un traidor". Después de varios
años de pesadilla, Howard Fast se vio abocado a publicar
el libro de su propio bolsillo. En 1953, fueron censuradas
y eliminadas de las librerías del país y de
las legaciones y centros culturales extranjeros, obras de
Sartre, Dashiell Hammett, Howard Fast, William Foster, Máximo
Gorki, Herman Melville, Thomas Mann, Albert Einstein, Sigmund
Freud, William Carlos Williams... Hasta en las guías
de viaje se había introducido la CIA. En ocasiones,
las críticas de libros del New York Times o de otros
respetados periódicos, estaban realizadas por escritores
contratados por la CIA. El expresionismo abstracto fue hiperdesarrollado
y explotado por la Agencia, simplemente porque, por su abstracción,
se oponía al realismo socialista.
En España, también actuaron, y con mucha mayor
facilidad, pues el franquismo defendía muchos de sus
objetivos. Sabemos que, a finales de los cuarenta-principios
de los 50, toda una familia -los Mellon- espió para
la Agencia en Madrid. Uno de sus miembros, Paul Mellon, fue
el creador de los premios Bollingen-Mellon, dotados cada uno
con 20.000 dólares, porque, siguiendo el consejo de
su amigo Allen Tate, "los escritores siempre necesitan
dinero y es necesario convocar becas, premios o cualquier
otra cosa que los haga más felices y menos proclives
a la revolución." Aunque no tengo pruebas, sospecho
que Agustín Penón era igualmente miembro de
la CIA y que fue enviado a Granada con el objetivo de investigar
para la Agencia la muerte de García Lorca. Me consta
que le propuso ser informador al escritor local José
Fernández Castro, tal vez por su situación privilegiada,
ya que trabajaba en el Gobierno Civil, y que, como miembro
del PSOE histórico, tenía excelentes relaciones
con la izquierda granadina. Posteriormente, gente de toda
confianza me ha confirmado que no fue el único escritor
al que Penón le propuso trabajar para la Agencia.
De lo que no cabe la más mínima duda es de que
la CIA quedó constituida en Granada (de la misma forma
que, sin duda, pasó en otras ciudades españolas).
Como prueba, vaya la siguiente anécdota, que, además
de borgiana, resulta estremecedora y claramente indicativa
de hasta qué punto nuestra cultura fue controlada en
la transición. El poeta José G. Ladrón
de Guevara (Granada, 1929) escribió unas divertidas
y corrosivas sátiras con motivo de la muerte de Francisco
Franco. Eran aquellos unos tiempos turbulentos, llenos de
incertidumbre y tremendamente peligrosos, puesto que la extrema
derecha, que dominaba los más importantes centros de
poder del país, había decidido cerrar a fuego
y sangre la apertura que se intuía en España,
siendo una de sus más siniestras actuaciones la llamada
matanza de Atocha, cuando el 24 de enero de 1977 fueron asesinados
cinco abogados laboralistas. En este ambiente, los amigos
de Ladrón de Guevara le aconsejaron que destruyera
las sátiras, lo que hizo no sin antes grabarlas en
cinta magnetofónica durante una velada con varias colegas,
entre los que se encontraba el desaparecido Javier Egea. Pero
el peligro seguía siendo prácticamente el mismo,
puesto que la cinta representaba también una incriminación
contra su autor. Ladrón de Guevara no quería
destruirla, sino, en todo caso, ponerla a buen recaudo. Cuando
poco después se encontró con un amigo (omitimos
por prudencia el nombre) que era profesor de Filología
Inglesa en la Universidad y que posteriormente llegaría
a dirigir el Instituto de Idiomas de Granada, le comentó
el problema que tenía y éste se ofreció
inmediatamente para guardarle la cinta.
-De mí no sospecharán afirmó.
Ladrón de Guevara pensó lo mismo y se la entregó.
Pasó el tiempo y el autor se olvidó del asunto.
Años después, alguien se lo recordaría
y él le preguntaría al mentado profesor por
el paradero de la grabación, respondiéndole
éste que ya no lo recordaba.
En 1996, Jesús Méndez, un profesor de Historia,
también amigo de Ladrón de Guevara, marchó
a Estados Unidos a realizar una investigación en la
Biblioteca del Congreso. Consultando los catálogos,
le llamó la atención el título Letrillas
sobre la muerte de Franco. Por simple curiosidad, pidió
que le sirvieran el material que respondía a ese nombre,
poniendo el funcionario ante él una cinta magnetofónica.
Mientras la escuchaba, reconoció asombrado que quien
recitaba era nada más y nada menos ¡que su amigo
José G. Ladrón de Guevara! Hizo una copia y,
ya de regreso a España, le comentó admirado
a éste:
-No sabía que fueras tan famoso. ¡He escuchado
tus letrillas en Estados Unidos!
-¿Qué letrillas? -preguntó pasmado éste.
-Las que compusiste a la muerte de Franco. Están catalogadas
en la biblioteca del Congreso.
Fue justo en ese momento cuando Ladrón de Guevara recordó
a su amigo el profesor de Filología Inglesa. ¡No
podía haber sido otro! De súbito, se hizo verdad
en su mente el rumor que, desde hacía años,
corría desde hacía años por la ciudad
y que tildaba este señor de miembro de la CIA. Jesús
Méndez pondría días después en
su mano la copia de la cinta, la cual había retornado,
como un boomerang, a su dueño.
Se sospecha por otra parte que el Reader's Digest madrileño
estaba de un modo u otro relacionado también con la
CIA. He examinado cuatro ejemplares al azar, los que van de
enero a abril de 1963. En ellos encontramos, además
de obsesivas referencias al mundo libre en oposición
al comunista, los siguientes artículos calientes: "La
asonada contra Nixon en Sur América", escrito
por el mismo Nixon, donde afirma que "pandillas de manifestantes,
dirigidos por los comunistas, recorrían las calles...";
"Cuando los negocios norteamericanos salen al exterior";
"¿A quién aprovecha la ganancia del capital?";
"¿Está Finlandia jugando a la ruleta rusa"
(en contra del entendimiento entre Finlandia y la URSS); "El
temible proyectil Minuteman", subtitulado "La impresionante
historia de cómo se perfeccionó el arma que
esperaba el mundo libre"; "Por qué los europeos
critican a los Estados Unidos", escrito por André
Maurois; "Cómo el Kremlim se apoderó de
Cuba", subtitulado "Historia inédita de otro
gran engaño"... Es sólo un botón
de muestra. Hay muchos más en sólo cuatro números.
Lo sobrecogedor está es que se utiliza incluso la propaganda
subliminal. En el número de abril aparece un test que
lleva por título "¿Es usted realmente libre?"
y que hace inocentes preguntas como "¿Ha trasladado
su domicilio de una ciudad a otra...", "¿Ha
dejado alguna vez un puesto para ocupar un empleo mejor?",
"¿Ha comparado precios y calidades en diversas
tiendas antes de comprar un producto?"... Cuando vamos
a la evaluación, leemos atónitos: "Cuente
el número de respuestas afirmativas. Luego piense que,
si viviera tras la Cortina de Hierro, este pequeño
examen obtendría probablemente resultados nulos. Y,
sin embargo, la anterior encuesta constituye una muestra mínima
de las muchas libertades de que gozamos a diario.
Es el estilo de la CIA, practicado también en otras
revistas que hoy sabemos con certeza estaban financiadas directamente
por la Agencia, como la británica Encounter, la francesa
Preuves o la latinoamericana Cuadernos, esta última
dirigida por el español Julián Gorkin.
En algún momento habrá que investigar la nómina
completa de escritores españoles contratados por el
Reader's Digest. Esto no quiere decir que todos fueran conscientes
de la manipulación que estaban sufriendo, pero sí
que debieron de intuirla, porque alguno de ellos ha contado
cómo los habían fichado para no hacer nada,
de modo que iban un rato a la redacción y luego se
volvían tranquilamente a casa. Está claro que
les pagaban para, siguiendo los consejos de Tate, "hacerlos
más felices y alejarlos de la revolución".
Tal vez la oferta de delación de Cela con respecto
a los escritores rojos haya que situarla en este contexto
de colaboración con la CIA, buscando su generoso estipendio.
Sospecho nuevamente que el protector de Cela y director general
de Prensa de la época, Juan Aparicio, podía
muy bien estar igualmente relacionado de un modo u otro con
la Agencia. Sea como fuere, sabemos que, entre 1960 y 1963,
el Instituto Internacional de Madrid (institución que
sigue viva hoy día) recibió fondos de la CIA
para conservar las bibliotecas personales de Lorca, Ortega
y Fernández Almagro.
Cuando en el 76, descubiertas por la prensa libre americana
muchas de estas actividades, se le prohibió a la CIA
intervenir en cultura, quedó expresamente claro que
eso no iba para con los países extranjeros. De ahí
que, tras la muerte de Franco, y en una operación idéntica
a la llevada a cabo anteriormente en el resto de Europa, los
escritores sobre los que se "vuelca" especialmente
el nuevo régimen sean los procedentes de PCE. A partir
de aquella época, comenzamos a ver cómo bastaba
con que uno de aquellos escritores publicase su primera novela
o libro de poemas, fuese cual fuese su calidad, para ser inmediatamente
llamado a colaborar en ABC, uno de los órganos que
más ayudaron en esta "guerra del olvido",
o ser pomposamente invitado a la tradicional recepción
real con motivo del Día del Libro.
A partir de 1989, la distorsión se hace aún
más perversa. Con la caída progresiva de los
regímenes comunistas de todo el mundo,. la amenaza
roja se debilita, por lo que podría esperarse que la
igualdad de oportunidades retornara sobre sus pasos. Pero
estuvo muy lejos de suceder así. En esto debió
de influir, primero, la inercia; y, en segundo lugar, los
éxitos apabullantes obtenidos en los años anteriores,
en los cuales se consiguió que el 99% de los escritores
comunistas besaran la mano del rey; por otra parte, el aparato
era perfecto para apropiárselo, no ya para la razón
de estado, sino a mayor loor y gloria del partido de turno.
De este modo, los canales creados se usaron hasta el saciedad
desde finales de los años 80 hasta mediados de la siguiente
década, llegándose a una tergiversación,
colonización y abuso sin parangón en la cultura
europea.
En este contexto, surgió el Salón de Independientes.
Sesenta escritores de toda España aunaron su voz en
la primavera de 1994 para decir que "es hora de destruir
el laberinto que ha enrarecido y mixtificado nuestro panorama
literario durante las últimas décadas poniendo
justicia e imparcialidad en esta inmensa herida." Los
escritores señalaban que "el éxito inmediato
que se ha impuesto en los últimos años es un
doloroso síntoma de que no se están ofreciendo
ni alternativas ni novedades al mundo en que vivimos."
Acostumbrado a una dócil e incondicional adhesión,
una tormenta cayó sobre el mundo literario. Las polémicas
surgieron por doquier. Las más inimaginables calumnias
fueron lanzadas sobre los firmantes.
Resulta claro que el aparato no deseaba abandonar la política
criticada. De pronto, comenzaron a ocurrir las cosas más
extrañas, como si oscuras fuerzas trataran de arrebatar
el movimiento a sus legítimos protagonistas. Al final
de aquel verano, se creó la Asociación de Periodistas
Independientes. ¡Demasiado parecido por próximo
y por nombre al Salón de Independientes! La mano de
ABC estaba tras ello. No obstante, el Salón siguió
funcionando unos meses más con renovada energía,
señalando sin desmayo las lacras en que había
caído la cultura española. De pronto, apareció
en un diario una sección denominada "Salón
de Independientes". Pero no, no era el Salón de
Independientes original. Ninguno de los nombres que allí
figuraban había clamado ni criticado nada. Eran nombres
nuevamente dóciles, pro-sistema... Evidentemente era
una burda maniobra para neutralizar el movimiento en el que
se habían agrupado los escritores. ¿Y cuál
era el periódico que se había prestado a esta
maniobra? ¡Qué curioso! Nuevamente ABC.
Los servicios de inteligencia suelen ser los menos inteligentes
de un país. Lejos de considerarse la eclosión
del Salón de Independientes como síntoma de
una enfermedad a la que había que poner remedio, los
halcones se cerraron aún más en banda, estrechando
el control sobre instituciones, suplementos, revistas y editoriales.
En estas últimas, los responsables de las colecciones
literarias comenzaron a reclutarse entre los miembros de la
más estricta ortodoxia.
Para que haya una lista negra, no es necesario que el nombre
incriminado figure en ningún papel. Basta con la memoria
del comisario político, que suele ser portentosa. Basta
con el lodo vertido en cualquier campaña difamatoria,
encubierta o pública. Basta con pedir informes al cabecilla
de la literatura local. Basta con achacar el silencio de un
autor al fracaso. Basta con eliminar su nombre de los listados
oficiales. Pero, a pesar de que esto se practica hasta la
saciedad, también existen materialmente hablando listas
negras. En una reciente conversación, uno de los más
brillantes poetas de la generación novísima
me comentaba que había visto varias de ellas. De esta
manera, la unanimidad y uniformidad presentes en el mundo
literario han llegado a ser tan enormes, que algunos hemos
comenzado a pensar, no sin cierta sorna, que, una vez consolidada
la monarquía y sin peligro de que se desestabilice,
hace tiempo que la CIA le ha pasado la batuta al CESID (ahora
rebautizado como CNI) y que éste se ha hecho, directa
o indirectamente, con el entramado cultural
Nunca como aquí y ahora se han escamoteado de tal forma verdad
y ficción. La verdad parece ficción. La ficción,
verdad. La verdad es que la literatura española se está
escribiendo en las tinieblas. Y que lo que "reluce", forma
en su mayoría parte de la ficción. Esta inversión
perversa es propia de los totalitarismos disfrazados de democracia:
ocurrió en la Rusia soviética. Ocurrió en los
Estados Unidos. Está ocurriendo ahora mismo en España.
Gregorio Morales
(Conferencia pronunciada en Los Martes de la Cuadra Dorada)
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