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SOLANA Y LORCA

El Centro de Arte Reina Sofía ofrece durante estos meses (hasta mediados de septiembre) dos exposiciones que, si las vemos una a continuación de la otra, no podemos evitar que nos muevan a reflexión. En la primera, se han reunido los fondos que del pintor José Gutiérrez Solana posee el Banco de Santander con los del propio museo Reina Sofía, mostrando así lo mejor y más significativo de su producción. La segunda es todo un largo itinerario por la vida y obra de Federico García Lorca, con la exhibición de fotos, documentos manuscritos, textos, primeras ediciones e imágenes cinematográficas de la época.

El primer pensamiento que surge del espíritu singular que mana de cada una de estas exposiciones, es hasta qué punto la generación del 27 ensayó caminos nuevos, nunca antes recorridos en España. Para mí, Solana representa el culmen de la España caduca, desorientada, costumbrista, caricaturesca, de un materialismo tan soez que la amenaza de la muerte está siempre presente, no siendo ésta sino herida, sangre, descomposición... La cerrazón y la falta de oxígeno resultan atroces en los lienzos de Solana. Hasta las composiciones más espirituales como La tertulia del café Pombo (1920), Los clowns (1920) o El bibliófilo (1933) se ven atravesadas por una claustrofóbica opresión. Todo se agota en las superficies rotundas. De este modo, Solana representa el final del barroco español, con su sacralización de la forma, pero ya sin amparo de espiritualidad alguna.

Frente a ello, la generación del 27 supone un renacimiento o, mejor dicho, la emersión de un paradigma artístico completamente diferente. Es, en suma, la fundación de un nuevo mundo. Así, si la mirada de Solana se extingue en la tierra, la de Lorca abarcará las estrellas, lo infinito, lo inefable, el misterio, el inconsciente... Incluso en el tratamiento de la muerte, donde Lorca está aún muy cerca de la época anterior, hay considerables diferencias, pues la muerte siempre remite, en el poeta de Fuente Vaqueros, a alguna parte ulterior, ya sea una naturaleza animada ya se trate de un espíritu pánico que lo posee todo.

La generación del 27 echó sobre su espalda la ardua tarea de traer imaginación y esperanza al gangrenado pensamiento español. En la insana cerrazón que lo infestaba todo, trajeron el oxígeno de Europa y del mundo. Cuando la generación de Solana se encontraba a años luz de cualquier fantasía mitológica, Lorca se permitía afirmar que “en la lucha entablada entre la realidad científica y el mito imaginativo (...), vence, gracias a Dios, la ciencia, mucho más lírica mil veces que las teogonías.” Es decir, no sólo conocía profundamente las teogonías, sino que iba más lejos y se había introducido en las inquietantes fantasías de la ciencia moderna. Era un nuevo espíritu, abierto a la vanguardia del mundo.

Pero, en la inveterada España solanesca, aquello no podía durar. Era como un pequeño lago de agua fresca en medio de un mar encenagado. No fueron sólo la guerra civil y el asesinato de Lorca junto a la larvada censura del franquismo quienes lo aplastaron, sino también la misma literatura. Pues ésta se vio incapaz de hacerse con la herencia del 27 (salvo en pequeños y testimoniales grupos), y el alud de la España solanesca cayó sobre ella como fruto granado. Consiguientemente, el tremendismo de los años cuarenta y cincuenta, y el realismo social de los años sesenta, son la pervivencia de la España solanesca. El realismo jaleado por los mass‑media democrácticos en los años ochenta es también la pervivencia de la España solanesca.

Nada ha cambiado hasta ahora, en el umbral del año 2000: La España solanesca sigue tajando, acuchillando, decapitando a la España de la imaginación. Una de las traiciones más flagrantes es que García Lorca está siendo homenajeado justamente ¡por esa España solanesca! Pobre poeta...

Como el destino siempre se expresa por medio de símbolos, Solana y su ejército de escritores y artistas contemporáneos supervisan la exposición de las salas contiguas donde, entre convulsiones, trata de respirar el poeta granadino. ¡Ay de quien se farríe! ¡Ay de los elementos subversivos o heterodoxos!

Gregorio Morales