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UN SIGLO DESNUDO
Gregorio
Morales
Todo el mundo se agolpa ante
el mismo cuadro, María Antoñeta, realizado en 1998 por Guillermo
Muñoz Vera. ¡Absolutamente imposible hacerse un sitio para contemplarlo!
Hablo de la exposición Secretos del desnudo, que La General
ha montado en su centro de Puerta Real y que reúne a artistas españoles
desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad. Entre ellos, El Hortelano,
Ouka‑Lele, Maruja Mallo, Óscar Domínguez, Eduardo Úrculo, Ismael
Gómez de la Serna, Cristobal Toral, Eduardo Arroyo...
Me pongo tras
la muchedumbre, como en cola, esperando que la atención de otros lienzos
me deje antes o después un lugar libre, pero el grupo sigue impertérrito
mientras transcurren los minutos, tan compacto como al principio y con
las mismas personas. ¡Y nadie se avergüenza de su actitud!
Cuando por fin
puedo ver el desnudo, me quedo tan fascinado como los demás. ¡Y tan
sólo se trata de una chica pintada al carboncillo, eso sí, de tamaño
natural! Nada de colores, ni de óleos... Pero el desnudo, que reproduce
la postura de la Venus de Botticelli saliendo de las aguas, convoca
por sí mismo. ¡Qué inmensa belleza! ¡Son tan perfectas las formas de
la chica que uno muere en ellas! Para mí significa la constación de
que la atracción de la piel es tan poderosa, que cualquier otro elemento
añadido resulta espúreo. Dicho en otras palabras: La desnudez es superior
al arte. O, como mínimo, necesita tan sólo de un poco de arte para mostrarse
en todo su esplendor y poder. Al lado de aquella chica había desnudos
de Dalí, de Picasso y de otros afamados pintores vanguardistas, pero
la experimentación no sólo sobraba en ellos, sino que arrebataba cualquier
atractivo a sus representaciones, que más bien se antojaban púdicos
y santurrones velos ante la clara conmoción de la desnudez sin sucedáneos.
He aquí, en mi opinión, el secreto del desnudo: ¡La verdad
es patente! Acostumbrados como estamos a bucear en la realidad para
encontrar sus misterios, el desnudo los esconde mostrándolos de una
forma palmaria. De ahí que la abstracción yerre en la aprehensión de
la esencia.
Otro de los secretos
que se revelan en esta exposición es que el siglo XX concibe el desnudo
fundamentalmente como desnudo femenino. Así, el noventa
por ciento del material expuesto representa únicamente a la mujer. Sólo
Morcillo, Roberto González y Claudio Bravo muestran hombres (este último
en la figura siempre recurrida de un San Sebastián). ¡Tres pintores
entre una enorme nómina! Ouka‑Lele y Maruja Mallo mezclan la figura
masculina y la femenina. ¡El resto son todo figuras femeninas!
¿Por qué el siglo
XX ha cifrado en la la mujer todo el potencial artístico, erótico y
libidinoso? Hasta en el desnudo pornográfico el hombre es secundario
y, por lo general, no importa que su rostro permanezca oculto. Sin embargo,
no pasa lo mismo con la mujer. Su rostro, su cuerpo resultan fundamentales.
¡Qué lejos, desde luego, de la época clásica, cuando la belleza era
esencialmente masculina y las mujeres, frente a los hombres, exhibían
sus rasgos de matronas! Pienso que se trata de una compensación histórica
que nivela la balanza, pero, aún más, del castigo inconsciente de un
siglo que, por machista, hiperextravertido y codicioso, ha reducido
al hombre a un mero engranaje de la cadena, desviando monstruosamente
hacia la mujer la oscuridad de la carne, del sexo, de la belleza, del
deseo... Y digo monstruosamente porque la mujer ha sido
a través de las épocas el protipo de esa oscuridad ¡para encima tener
que arramblar ahora con lo que le es segregado al hombre! Pero más que
la mujer en general, en un tiempo en que caminamos hacia una necesaria
equiparación, son las profesionales del sexo las que han debido cargar
con tan pesado fardo. No es extraño que en sociedades así, las prostitutas
y cortesanas adquieran una enorme relevancia. Sabemos que en la Roma
antigua eran tan importantes que se les erigían estatuas como a los
generales. Y hoy gozan de claro predicamento las Lyndas Lovalace, Cicciolinas,
Xavieras Hollander, Susanas Estradas, Mónicas Lewinsky, Mar Flores...
He aquí cómo un siglo de desnudo se convierte en un siglo
desnudo. La exposición se convierte en una perfecta radiografía
de nuestro siglo.
Así que no es
extraño que, en esta época, a pesar que estamos invadidos por doquier
de imágenes eróticas, el desnudo seduzca más que en ninguna otra. De
hecho, la invasión de imágenes eróticas se debe quizá a esa profunda
necesidad de recuperar lo que hemos perdido dentro de nosotros mismos...
¡o lo que hemos ganado indebidamente! Porque un hombre sin su desnudo
no es un hombre. Y una mujer que carga con dos desnudos no es una mujer...
¡Pero vayan a
la exposición y vean por sí mismos!
Publicado en El
Faro
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