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ISMAEL DE LA SERNA O EL RAPTOR DE SUSANA

Christian Zervos era su protector. Marchante de los más importantes pintores vanguardistas, entre ellos de Picasso, era además director de la prestigiosa revista Cahiers d’Art. Zervos era admirado, querido, perseguido, idolatrado, temido por la sociedad artística parisina de los años veinte. Entre sus más preciadas posesiones, estaba la de Susana, una chica bellísima, menuda, estilizada, sensual, riente... Nadie que hubiera deseado prosperar, se habría atrevido a hacerle la menor insinuación. ¡La querida del Mecenas! Ni siquiera Picasso...

Pero esto no iba con Ismael de la Serna. Estaba en su destino que lo trocaría todo por una mujer. Un testigo cualificado nos relata: “Un día fui a ver a Ismael a su estudio. Me pasó a una primera habitación y me dijo que esperara un momento. De pronto, un ligero revuelo cruzó el pasillo. ¡Una mujer redonda y rosada en camisa! La conocí y cuando volvió Ismael le dije aterrado: ‘¿Pero qué haces? ¿Es que quieres que nos hundamos los españoles protegidos y contratados con Zervos?’”

Pero de nada sirvieron los avisos. Como un fugitivo, De la Serna huirá de París con la joven cautivadora, en un peregrinar nómada cuya meta de partida es el matrimonio que ambos contraen en Cannes a finales de septiembre de 1929. No puedo evitar que se me venga a las mientes la figura de Nijinsky, el amante del gran Diaghilev, que le fue infiel huyendo con una de sus bailarinas, la cual se convirtió también en su esposa.

El deambular del pintor y de Susana los trajo a Granada, donde permanecieron en 1933. De este tiempo data la hermosa fotografía de Lanz, la cual da portada a la exposición que celebra estos días la Diputación de Granada: De la Serna pinta al óleo un pequeño lienzo. A su lado, la ya inseparable Susana mira sonriente la cámara. En su regazo descansa un caniche, raza a la que tan adicto fue Ismael (hay otra foto muy conocida en la que, con una indumentaria deportiva digna del Gran Gatsby, sostiene por sus correas a dos caniches). Si nos fijamos en el pintor, vemos que aún permanece envuelto en su aura de gloria. Está sereno, musculoso, dueño de sí mismo, sabedor de su importancia. Aún no se han difuminado los éxistos parisienses, cuando se decía de él que era un nuevo Picasso... Pero la realidad es que el pintor vive engañado, nutriendo sin saberlo su ego de las rentas, que serán cada vez menores. Probablemente no atisba aún que, en solidaridad con Zervos o bien temiendo sus iras, ya nadie habla de él en París, y que, con la fuerza descomunal de la inercia, su nombre se ha ido olvidando sin dejar rastro. Al principio estaba en la mente de todos, aunque callaran. Ahora, ya no existe... Hace ya cuatro años que Zervos no escribe una sola palabra de él, que los Cahiers d’Art no lo citan, que nadie compra una tela suya. Ismael se ha acabado. Sólo quedará su nombre fugaz por algunas galerías fuera de Francia. Más tarde correrá el rumor de que, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo que dedicarse a realizar falsificaciones para poder subsistir.

Por mi parte, dada mi natural simpatía hacia todos aquellos que han sido perseguidos, siempre creí que la poca importancia que en la actualidad se le daba al pintor era debida al primitivo veto de Zervos. Pero tras contemplar la exposición reseñada, he comenzado a dudar. Si de verdad esta muestra reúne “el cuerpo central de su obra”, como afirma el catálogo, entonces ésta no deja de ser sino un pálido reflejo de su época. No hay originalidad en estos lienzos, ni ruptura, ni profundización, ni hallazgos. He aquí que el don del artista de absorber cuanto produce su tiempo, como le ocurrió a Picabia, se convierte en el peor de los handicaps, en una excusa para no encontrarse a sí mismo. Casi todos los cuadros expuestos son edulcoradas influencias de estilos conocidos anteriores. Es ahora, al comprobar esta facilidad de De la Serna para la imitación, cuando comienzo a sospechar que el rumor de sus prácticas falsificadoras pudiera ser cierto.

Ni siquiera tras la guerra, después de muchos años de aislamiento y de inevitable reflexión,  De la Serna supo emerger con aquello único, propio e irrepetible suyo. Por el contrario, lo que vemos es amargura, tristeza en él... La soledad, como en el caso de Nijinsky, que enloqueció proscrito por Diaghilev y desclasado del único mundo que había conocido, lo ha llevado muy lejos del arte. Ahora, la ideología, la literatura, la narración, han sustituido a la llama sagrada. El pintor oscila, como un reo embotado de golpes, de un estilo a otro, sin encontrar jamás un camino de salida.

La amarga verdad de la medianía de De la Serna me reconcilia en cierto modo con el arte, pues demuestra que no hay vetos que valgan y que, cuando una creación tiene la fuerza, la originalidad y la osadía necesarias, antes o después emerge, para desgracia de sus censores. De modo que el silencio sobre De la Serna fue un silencio merecido. Digamos que tuvo la suerte de ser alabado al comienzo porque ‑eso sí‑ prometía. Pero conforme pasa el tiempo, y para un observador imparcial que no se deje llevar por la pasión de la tierra, De la Serna pierde. Supo estar en el lugar oportuno en el momento oportuno. Luego “raptó” a una mujer. El problema es el siguiente: Sin el aislamiento posterior y la consiguiente amargura, ¿habría De la Serna evolucionado hacia una plenitud que hoy echamos en falta? Nunca lo podremos saber. De lo que no cabe duda es de que, en los años centrales de su carrera y hasta que huyó de Paris, era aún un principiante.

Gregorio Morales