| Abrázame
IDEAL
7 de julio, 2009
Gregorio Morales
Es la última moda entre los jóvenes. Abrazarse continuamente.
Se dan abrazos al verse. Al despedirse. Cuando ríen, cuando
bromean, cuando proyectan. Se abrazan porque sí, sin finalidad
ni propósito algunos. Chicos y chicas. Chicos con chicos.
Chica con chica.
Darse la mano se ha quedado obsoleto. O estamparse
dos besos. En su lugar, abrazos. Generosos abrazos mientras los
carrozas se escandalizan. Porque toda generación crea siempre
algo para escandalizar a sus viejos. Y éstos colaboran al
triunfo de lo nuevo repudiándolo. En Estados Unidos, donde
la moda del abrazo hace furor, hay ya directores de institutos que
han prohibido abrazarse a sus alumnos. Y si no, que se lo pregunten
a Noreen Jajinlian, director de un colegio en New Jersey, que ha
prohibido desde hace dos años el más mínimo
roce entre estudiantes. “Eran abrazos sin fundamento”,
argumenta. “En medio de los pasillos, entre clase y clase...
No era simplemente saludarse... ¡Y lo hacían una y
otra vez, durante todo el día!”. Claro, al prohibirlo,
ha centuplicado el deseo de hacerlo. Y ahora los estudiantes se
manifiestan reclamando sus derechos. ¡Haz el abrazo y no la
guerra!
En un mundo en que cada vez hay menos contacto
entre personas, el abrazo subleva. ¿A dónde iremos
a parar? Desde luego, ningún símbolo es gratuito.
Para darse un abrazo, hay que estar abierto. Hay que dejar los prejuicios
a un lado. Hay que romper esa pompa de egoísmo y soledad
que nos envuelve. Es muy difícil dar un abrazo cuando existen
reticencias. Así que hay que suponer generosidad en quienes
se abrazan. No es extraño que la moda parta de la gente joven,
que no está aún peleada con el mundo ni con sus semejantes.
Después vienen el trabajo, las cortapisas, las filias y fobias,
las exigencias, las responsabilidades, los triunfos y fracasos,
y ya nuestros semejantes no nos parecen ni tan limpios ni tan inocentes.
Pero quizá la costumbre del abrazo logre un mundo un poco
mejor.
Abrazarse implica igualdad. Implica que no
nos sentimos ni superiores ni inferiores a quien abrazamos. Abrazarse
es envolverse en la energía del otro y darle nuestra energía.
Es potenciar cuanto de humano nos une ¡Y estamos tan necesitados
de humanidad en este mundo gélido, automatizado y convencional
que nos ha tocado vivir!
Es bueno romper las barreras imaginarias
que nos cercan. Pues nos reímos de la escena de “El
ángel exterminador”, de Buñuel, en la que los
personajes no son capaces de trasponer un umbral imaginario, pero
nosotros somos como esos personajes. Tenemos terror de romper la
pompa. Y, sin embargo, cuando alguien la rompe, respiramos aliviados.
¡Pero si el miedo no estaba justificado! Y de súbito,
nos embarga una extraña paz al estar en contacto con el otro.
Y uno se apercibe de cuánto necesita ese contacto. No sólo
el de los seres queridos, que por supuesto, sino el de cualquiera.
Y entonces uno comprende por qué a veces, cuando va en un
autobús, o está en una cola, o participa en una manifestación,
o asiste a un espectáculo, se siente inmensamente dichoso.
Porque las pompas individuales se han hecho añicos y sólo
existe la identidad con los demás.
Abracémonos. Un gran abrazo para ti.
Tú también has roto tu pompa al leer esta columna
como yo he roto la mía escribiéndola. Estamos pues
abrazados.
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