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Canciones

IDEAL
23 de junio, 2009

Gregorio Morales

A Teresa

¡Con qué facilidad se impregnan de nuestros sentimientos! Canciones que estaban ahí, en momentos claves de nuestra vida, o en otros anodinos pero dichosos, o incluso en la tristeza, el desamor, y que quedaron impregnadas con una parte de nuestro ser. Y que después cayeron en el olvido, como el agua en los sumideros, llevándose consigo un trozo de nuestra existencia.

Pero nada se pierde definitivamente. El universo conserva memoria del más pequeño de nuestros gestos, del más ínfimo de nuestros deseos, del más leve de nuestros pensamientos, de la más ligera sensación. Y un día vamos en un autobús, o encendemos la radio, o ponemos la televisión, y de pronto retorna una canción olvidada y todo en nosotros se transforma. Y volvemos a ser el que fuimos. Y sentimos que no existe el tiempo, que no nos consumimos como creemos en el devenir, que la entropía no puede con nosotros, y que el pasado y el futuro están en el presente, y que todo es un presente continuo. Y no entendemos por qué nos dejamos llevar por la ficción de que somos esclavos del tiempo.

Creemos que nos arrastra el río de la vida, y que no nos bañamos dos veces en las mismas aguas, y que el presente se hace pasado tan pronto como lo nombramos, pero entonces viene una canción, una canción trivial, intrascendente, de letra anodina, y nos recuerda que somos más de lo que suponemos, que no somos esa marioneta movida por los años, por las modas, porque, gracias a una melodía antigua, algo tan invisible, tan etéreo, tan inconcreto como un sentimiento emerge de súbito con la contundencia del hierro.

Viejas canciones que testimonian que no existe la vejez, porque si los sentimientos no desaparecen, nosotros tampoco desaparecemos, somos eternos. Canciones carrozas para demostrar que no hay nada carroza, que el amor es siempre amor, que la alegría en siempre alegría, que el miedo es siempre miedo, que la pasión es siempre pasión, y que todo aquello que fuimos capaces de alumbrar sigue secretamente ardiendo. Canciones como mensajeros del misterio en que se sustenta el universo. Canciones como soplos, como auras, como fuerzas que nos abren ignotas puertas.

Tal vez hay una Canción que contiene cuanto somos y a la que tratamos de acercarnos. Tal vez la vida consiste en recordar esa melodía perdida. Porque cuando somos felices, cuando fluimos, ¿no es como si fuéramos cantados? Como si el universo cantara a través nuestro. Y cuando somos desdichados, ¿no es también como si el universo cantara a través nuestro? Como si el universo se lamentara desde nosotros, por nosotros.

Viejas canciones, trozos de vida lanzados al azar como botellas de náufragos y que, cuando menos se lo espera, retornan a la orilla de nuestra vida. Y leemos el mensaje que habíamos escrito y que habíamos olvidado. Abrimos la botella y la vida que creíamos perdida se desparrama ante nosotros.

Canciones que siempre retornan. Siempre. Siempre. Viejas canciones que son absolutamente nuevas. Canciones que se eclipsaron durante lustros para reaparecer en arrasadora plenitud. Viejas canciones como amigos del alma. Canciones pretéritas como amantes que nunca nos abandonan.