| Mi
mejor lectora
IDEAL
26 de mayo, 2009
Gregorio Morales
El martes era un día especial para
ella porque en el IDEAL aparecía esta columna. Jamás
dejó de leer una. Las recortaba cuidadosamente y las coleccionaba.
Y unas veces permanecía en silencio; otras me formulaba críticas
si había sido demasiado duro o demasiado blando o demasiado
filosófico o me había dejado llevar por lo obvio o
por lo fácil; otras me comunicaba su entusiasmo. Sus observaciones
resultaban para mí muy valiosas, porque siempre eran acertadas
y, desde luego, sinceras. Jamás me halagó falsamente.
Leía mucho. No concebía la vida sin un libro inteligente
que la acompañara. Había buceado en miles de páginas.
Había transitado incluso paso a paso y con fervor creciente
los siete volúmenes de Proust.
Sabía de todos mis libros, desde los
importantes hasta los efímeros, y de todos mis actos y, cuando
le ocultaba alguno, me llamaba al orden. Le alegraban mis triunfos
y se entristecía o indignaba con mis fracasos. Padeció
conmigo varias y duras polémicas y, al mismo tiempo que yo,
se curtió en ellas, hasta el punto de que, en los últimos
años, las trascendió, y ni los ladridos airados ni
las calumnias ni las injusticias la turbaban. Mi madre aprendió
que no hay juicio exterior que pueda perturbar lo que uno piensa
de sí mismo o de los otros; creía en sus emociones
y éstas no volvieron a estar al albur de las emociones de
los demás.
Hoy es el primer martes en que ella no leerá esta columna.
El viernes decidió emprender el viaje hacia otras realidades
menos triviales. Y lo hizo ante mí, porque sabía que
no le tengo miedo al misterio ni a las puertas secretas. Se marchó
dejando allí, en el lecho, su nave ya cansada, desvencijada
por el tiempo. Dejó el sufrimiento en la nave y se fue repleta
de amor. ¡Había amado tanto! ¡Había sido
tan amada!
Siento como si, con ella, hubiera perdido
a mis lectores. ¿Escribía sólo para ella? Jamás
tuve esta conciencia, pero ahora pienso que tal vez sí. Tal
vez siempre he escrito para ella, incluso mis textos más
heterodoxos. Porque yo era como un “enfant terrible”,
que podía escandalizar al mundo, pero que tenía siempre
el refugio de los brazos maternos; unos brazos no edulcorados, sino
serenos y exigentes.
No se inquietó cuando le leí
los poemas obscenos de mi último libro. Como mi mejor lectora,
paladeaba cuanto viniera de mí. Me aceptaba incondicionalmente.
Era original y, desde niño, me enseñó a ver
en lo invisible; me enseñó a desconfiar de las apariencias
y a ir a los velados cimientos donde éstas se asientan; me
enseñó el formidable poder de la mente y cómo
no hay realidad alguna fuera de ella; me enseñó a
ver cómo lo que llaman realidad es una urdimbre de mentes
tejidas las unas a las otras, pero que la objetividad está
desnuda y podemos vestirla a nuestro antojo.
Hoy que no está le escribo esta columna.
Jamás la habría admitido en vida. Yo mismo habría
sentido pudor de escribirla. No está, pero su fuerza no me
ha abandonado. Si me enseñó a ver en lo invisible,
¿cometeré el error de confundirla con la nave? La
nave ha sido llevada al desguace, pero quien la conducía
vive. Una nave tiene límites, pero quien la habita desborda
todos los límites.
Ayer escribía para ella. Hoy escribo para quienes no tienen
límites.
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