| Los
preciosos ridículos
IDEAL
24 de marzo, 2009
Gregorio Morales
Aquí están, tan mojigatos como
siempre. ¡De darse el lote en la calle, nada! ¡Menos
aún ofertarse sexualmente! Son de la Liga de Buenas Costumbres.
Ya no invocan a la Iglesia ni a Dios, sino a san Político
Correcto, pero son los mismos. El mismo ejército de pudibundos
y santurrones.
Caminamos a marchas forzadas hacia una nueva época de victorianismo,
aquella etapa que, desde Inglaterra, asoló el siglo XIX,
caracterizada por la pusilanimidad en las formas y el libertinaje
en el fondo. No hubo un tiempo más obsceno, pero, a la par,
más rijoso con el sexo, más falsamente recatado. Estos
beatos de agua bendita que nos gobiernan buscan lo mismo.
¿Dónde ha ido a parar aquel mayo del 68 cuando no
se encontraba retazo de césped en que no hubiera una pareja
amándose? ¿Aquel mayo en que intelectuales y estudiantes
confraternizaban con las putas?
Estos Rottermaiers nos traen el siglo XIX en lo que tuvo de más
lelo. Con sus mentes estrechas, nos estrechan progresivamente la
libertad. ¡Ahora enviarán a sus policías a descubrir
sexo callejero! ¡Y sonarán las centralitas con el típico
malafollá escandalizado porque una pareja se está
dando un beso o se magrea en un banco!
Molière se recarcajeó de las “preciosas ridículas”
que adulteraban el lenguaje para embellecer la prosaica realidad.
Estos gobernantes actúan igual: tratan de “limpiar”
con disposiciones esperpénticas una realidad que los incomoda.
La publicidad puede utilizar el sexo a mansalva. Las cadenas locales
pueden llenarse de películas porno a media noche. ¡Pero
ay de la pareja que se dé un achuchón en un automóvil!
¡Ay de quien busque u ofrezca sexo públicamente! Los
preciosos ridículos se llenan la boca de retórica
mientras le ponen freno a la vida. Los preciosos ridículos
tienen siempre miedo de la verdad de carne y hueso. Por eso ahogan
su miedo metiéndoles miedo a los demás.
Da gana de escandalizarlos. De pedir a la gente que salga a amarse
en las calles. De pedirles a las prostitutas que oficien en plena
plaza del Carmen, frente a este Ayuntamiento pacato, con concejales
pacatos, ahogando esa sonora jaculatoria que nuestros próceres
llevan siempre en los labios y que reza: “Ay, san Político
Correcto, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos
del mal. Amén”. Dan ganas de hacer lo que hizo Lautréamont
en su siglo de sepulcros blanqueados: tomar partido por el “agudo
suspiro de la prostitución”. No es de extrañar
que los gazmoños secuestraran íntegramente sus “Cantos
de Maldoror”.
Así que estos bien pensantes munícipes que ahora prohíben
el sexo en la calle son los mismos que secuestraron la obra de Lautréamont.
Los mismos que secuestraron “Las flores de mal”, de
Baudelaire. Los mismos que llevaron a los tribunales al autor de
“Madame Bovary”. Y, si no, déjalos y verás.
Aquí están, en nombre de los principios acartonados
que surgieron en Estados Unidos hace ya cinco décadas. Legitimados
en su pudibundez por la ola de conservadurismo hipócrita
que asola España desde que es gobernada por un clérigo
y zapatero. Enardecidos por la blancura de cal con que pintan cuanto
no les agrada. Preciosos ridículos instaurando una cruzada
desde sus beatíficos despachos oficiales.
¡Si supieran que la obscenidad está en sus ojos y no
en la calle! Intentan con sus leyes censoras que la realidad sea
preciosa, pero simplemente la convierten en grotesca.
|
|