| Sexo
sin fin
IDEAL
16 de marzo, 2009
Gregorio Morales
Sexo. No hay un palabra más perseguida.
Hoy como ayer. Los puritanos de lo políticamente correcto
no osan nombrarla. Emulando a las preciosas ridículas de
Molière, dicen “género” por “sexo”.
No hay formulario oficial que se precie donde, para ver si una persona
es hombre o mujer, no nos asalte el santurrón “género”
en lugar de la hermosa palabra “sexo”. El adjetivo “sexista”,
por otra parte, ha pasado a implicar negatividad o reprensión.
Cuando a algo se lo tilda de sexista, debemos suponer que es censurable
por no seguir los cánones de la nueva clerecía.
Sexo mezquino
Es la estupidez de unos tiempos gazmoños, pacatos, pese a
las apariencias. El sexo está hoy día tan relegado
como siempre o tal vez más. Cierto que estamos en una época
desmedidamente sexual, pero es precisamente esta súper abundancia,
esta omnipresencia, la que oculta el sexo genuino. El exceso anula
los matices y nos conduce a la miseria. Por eso hay hoy más
sexo en el ambiente que haya habido jamás en la historia
de la humanidad y, sin embargo, es la época en que la gente
está más alienada del sexo; la época en que
se disfruta de la sexualidad más pobre; el tiempo en que
más tópicos apisonan el sexo. La pornografía,
que se cuela por doquier, y los afrodisíacos, como la Viagra,
no contribuyen precisamente a disipar la torpe niebla que envuelve
todo lo sexual. La pornografía congela a las personas en
una serie de limitados movimientos sin fantasía ni imaginación.
La Viagra posibilita que se pueda practicar el sexo sin esa fantasía
ni imaginación.
Resulta difícil abrirse camino entre tanta mentira. Si, por
ejemplo, cuando tenía 30 años me hubieran dicho que
el sexo no acaba nunca, no me lo habría creído. Recuerdo
cuando un anciano escritor, ampliamente superados los 80, me dijo
recordando la década de sus 70 años: “Fue un
tiempo maravilloso para mí... ¡Incluso sexualmente!”.
Instalado como estaba yo entonces en los lugares comunes de la sexualidad,
aquello hizo que se me rompieran los esquemas. Todo ha sido después
una comprobación reiterada de que el caso de aquel hombre
no era algo aislado, sino una muestra más de que el sexo
dura toda la vida.
En una reciente entrevista aparecida en el semanario Time, le preguntan
a Hugh Hefner, el magnate del imperio Playboy, si “el sexo
es tan bueno a la edad de 82 años como lo era a los 33”,
a lo que éste responde: “¡Ojalá recordara
detalladamente cómo era el sexo a los 33! En cualquier caso,
diría que el sexo es mejor ahora. ¡Naturalmente conozco
unos cuantos trucos más!”. Increíble para los
que piensan que lo afrodisíaco se acaba cuando salen las
primeras arrugas. A los 82 años ¡y el sexo le parece
mejor ahora! Qué maravilla para escandalizar a los juvenistas.
Esos tipos que creen que, tras la juventud, no hay vida.
Son los jóvenes las primeras víctimas de semejante
estolidez, porque viven angustiados con el momento en que los dones
de Venus les sean retirados. Creen que eso es posible, que incluso
puede pasarles en plena juventud, y por eso consumen Viagra desmedidamente.
No saben que el mismo miedo hará real lo que temen. Esta
generación será tal vez la primer que no llegue sexualmente
sana a los 70 u 80. Porque es muy fácil consumir un afrodisíaco,
ignorando que el verdadero motor del deseo radica en la mente, en
la salud, en el amor, en la inteligencia, en la confianza en uno
mismo.
Cuanto más nos alejamos de la pobre civilización occidental,
más ejemplos observamos de conservación de la salud
sexual a edades avanzadas. En un documental de la cadena Arte, aparecía
hace poco un mulsumán octogenario que tenía más
de una docena de mujeres, todas ellas jóvenes y con hijos.
El periodista, asombrado, les pregunta a varias de ellas cómo
se comporta su marido en la cama. “Antesdeayer lo hizo seis
veces”, dice una de ellas. “Hace dos noches cuatro.
Hoy cinco”, va desgranando la señora. Parece una exageración.
Pero cuando responden las otras esposas, lo hacen en los mismos
términos. Resulta patente que es verdad lo que dicen. Y que
no se trata de una hazaña aislada, sino de algo cotidiano.
Viejo verde
Decididamente lo que mata el sexo es la rutina, el desinterés...
y también los estereotipos sociales. Si creces con la idea
machacona de que en la madurez se acaba todo, serás pasto
de tu creencia. Somos lo que pensamos. Esta cretina sociedad hipersexualiza
a los jóvenes y desexualiza a los mayores. Pero siempre hay
pioneros que sacan los pies del plato y abren camino. La británica
Anne Cumming comenzó a escribir a los 50 años sus
“Confesiones sexuales de una mujer mayor”. Siguiendo
los tópicos de la época, había renunciado al
sexo por considerarse ya excesivamente madura. Pero, con el paso
de los meses, se percató de que eso le era imposible. Y el
libro, que se había proyectado como unas memorias sobre las
tormentosas relaciones de su juventud, se convirtió en un
recuento interminable de nuevos amantes. Hasta el punto de que,
a este libro, siguieron nuevas confesiones sexuales a los 60, y
luego a los 70, de modo que Cumming se convirtió en un símbolo
de la fuerza de la vida más allá de los tópicos.
Anne Cumming fue valiente, porque la intolerancia social contra
el sexo maduro era fortísima en su época. Y aún
no nos hemos librado de ella. El hecho de que hoy se piense que
todo sexo talludo es producto directo de la Viagra no contribuye
a que tengamos una visión real del asunto. Aún se
pronuncia hoy con la misma fuerza de antaño esa frase descalificadora
y rancia de “viejo verde”. Es decir, se comprende que
a un adolescente le guste el sexo y, por tanto, sea un “adolescente
verde”. Se comprende que a un joven le guste el sexo y sea,
por tanto, un “joven verde”. Pero en cuanto la libido
se encarna en una persona madura, se la descalifica inmediatamente.
Como si el deseo, el erotismo, la concupiscencia o la obscenidad
fueran patrimonio de un tiempo determinado.
Pienso que si el imaginario colectivo no les arrebatara a los mayores
las armas sexuales, los veríamos de otra forma, más
atractivos, más vitales, más íntegros. Si ellos
mismos no sucumbieran al tópico, se comportarían igualmente
con mayor entereza y asertividad. Pienso que incluso vivirían
más y con menos achaques. Tanto buscar a través del
mundo, en las selvas, en los laboratorios, el elixir de la eterna
juventud y probablemente radica en el sexo. En no cejar nunca. En
no poner nunca el letrero de fin.
Los mayores no hacen bien en ocultar su sexualidad. Deberían
proclamarla a los cuatro vientos. Frente a los papanatas, que creen
que las personas maduras viven en un estado angélico, deberían
hacer alusión a sus prácticas como la hacían
de adolescentes o de jóvenes. No se trata evidentemente de
alardear de nada. Se trata de no tener que ocultarse bajo un velo
de pudor o de falsa renuncia. Se trata de que el tópico no
los aprisione, de que no sean pasto de los prejuicios ni de las
ridículas expectativas de los demás. Se trata de afianzar
la individualidad por encima de los clichés. Un hombre y
una mujer completos son siempre un hombre y una mujer con su sexualidad
íntegra. Sin palinodias. Sin rebajas. Sin limbos.
Sexo, siempre. Sexo sin fin.
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