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Futuro

IDEAL
3 de marzo, 2009

Gregorio Morales

¡Cuánto hablan de futuro! Siempre están con el futuro en la boca. Es la palabra que más nombran. Porque el futuro es invisible, no existe. Y, al ponerlo todo en él, se hurta el presente. Es la zanahoria que hace andar al burro.
Todo es futuro para nuestras pobres clases dirigentes. El presente no les interesa. El presente está aquí y ahora, y prometer para el presente implica cumplir. Cuanto más habla alguien de futuro, menos cumple. Cuanto más se atiborra de futuro, más tirano es, porque quiere que sacrifiquemos nuestro presente, lo único que tenemos, en aras de una idea imprecisa, etérea y nebulosa.
El futuro es el nuevo pretexto para manipularnos. En otros tiempos, había que inmolarse a los dioses, a la patria, al clan. Hoy hay que inmolarse al futuro. Sólo en el futuro llegará el bienestar. Entonces llegará el progreso que anhelamos. Entonces llegará el desarrollo que merecemos. Entonces llegará la justicia que no tenemos. Mientras tanto, a aguantar.
¡Pero el futuro nunca llega! Siempre está a unos pasos del presente. Hoy es el futuro de ayer. Hoy deberían haberse hecho realidad las promesas de ayer. Naturalmente no es así.
Cuando se habla de futuro, se lo entiende como sinónimo de adelanto. Y, sin embargo, el futuro podría incluso ser peor que el pasado. El futuro del imperio romano fue la Edad Media. El futuro de la República española fue el franquismo. El futuro de Felipe González es Zapatero. O sea, que el futuro no implica necesariamente una mejora. Los científicos hablan de entropía, la tendencia que tienen los sistemas a deteriorarse con el tiempo. Y el futuro suele ser entrópico.
En la sociedad analfabeta en que vivimos, cuela hablar de futuro. La miope civilización occidental nos ha acostumbrado a evadir la vida. Los filósofos estólidos han cambiado el paraíso celestial por el futuro. Porque el futuro en esta civilización es como el Valhalla de los nórdicos, como el Edén de los mulsumanes, como el Cielo de los católicos. Algo que se espera, pero que nunca se ve, o tal vez se ve sólo tras la muerte.
Los políticos quieren que muramos esperando el futuro. Tienen miedo de que anhelemos vivir el presente. Les aterra que queramos para ahora las cosas que prometen para luego. Les empavorece que nos demos cuenta de que el futuro no existe.
El futuro es un cuento de hadas con el que se duerme a los peterpanes occidentales. Es la teología que muestra que no vivimos en una sociedad laica. Es el indicio palpable de que los clérigos siguen dominando nuestras vidas, aunque ahora encarnados en políticos. Y es que nada cambia de la noche a la mañana. Sólo toma otro rostro para seguir existiendo. España ha sido siempre un país clerical y por eso es el país donde más se habla de futuro. Todo lo bueno está en el futuro. Todo lo que se hace en el presente es para gloria del futuro. El futuro es la meta. El futuro es Dios. Así que hoy trabajamos para Dios igual que los egipcios trabajaban para Amón y los israelitas para Yahvé y los mexicanos para Quetzalcoatl. El futuro es nuestro ídolo.
El futuro, pura religión. La pobre y disfrazada religión occidental. La pobre y disfrazada religión de la clerecía política española. Ya sea de izquierdas o de derechas, da lo mismo. El futuro. Su Dios. El que nos imponen. Con el que nos engañan.