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LA ORGÍA INFINITA

Todas las gopis de Bricvanu se estremecieron cuando Krisna, medio desnudo en el bosque y con su piel turquesa resplandeciendo con la luz de la luna, tocó su bansí. Sin poder evitarlo, un algo inquietante las recorrió. ¡Cuánta seducción en las  notas que Krisna arrancaba a la flauta! Promesas de infinito lo invadieron todo: el bosque, el río, los caminos... Secretamente, casi sin atreverse a confesárselo a ellas mismas, comenzaron a suspirar por él. Intuían que del hijo de Vasudeva manaban los hontanares del placer.

-¡Lástima que su preferida sea Rada! –se quejaron.

Había sucedido sólo un año antes: Rada, con un sari rojo y sosteniendo un cántaro en la cabeza, iba a coger agua. Su cuerpo se balanceaba con la hermosura de las espigas mecidas por la brisa.

Krisna la vio y ya desde ese mismo instante deseó abrazarse a su talle, restregarse contra sus senos, hundirse en la profundidad de sus muslos.

-¿Cómo es posible que no haya reparado antes en ella? –se preguntó perplejo.

La siguió a todas partes, convirtiéndose en una de sus ocupaciones favoritas la de espiarla mientras se bañaba en el Yamuna, conmocionado por la tersura de su piel canela, por sus miembros largos y jóvenes, por sus senos cónicos, acabados en un duro pezón que siempre parecía enconado, dispuesto a ser lamido, succionado, hundido en la carne; sobrecogido por los arcos afiligranados de sus caderas en cuya base se asentaba la sima de irresistibles tinieblas.

-¡El coño de Rada! –clamaba‑. ¡El coño de Rada!

Se representaba a sí mismo deshaciendo los secretos fruncidos de sus labios ocultos, logrando que se abrieran como las puertas mágicas de un templo ante un conjuro, mientras ante él se licuaban sus tesoros en redondas perlas serpeando por el bosque del pubis.

-¡El coño de Rada! ¡El coño de Rada!

Y las palabras obscenas se hacían túrpida música en su bansí, inflamándolo todo en torno.

Dio un paso más y entró en su casa, una y otra vez, y trabó conversación con ella, adoptando para tal fin las más diversas transformaciones: encantador de serpientes, mercader, peinadora, médico, sacerdotisa, nigromante, florista...

Le gustaba su rostro. Pues si su cuerpo era un cráter del que emanaba como un bandido el deseo, en su rostro cobraba vida la más amoral y pícara lujuria, y, así, el negro destello de sus pupilas era una invitación a incandescentes placeres, y por las dilatadas aletas de su nariz respiraba el aire de ancestrales éxtasis, y sus labios prometían un mar de plenitud...

Como peinadora o modista, había puesto sus manos en los lugares vedados de su cuerpo, pero el día en que, con figura de mercader, trató de besarla, ella lo reconoció y, a partir de entonces, ya no le valieron más ardides.

-¡Artero! ¡Vete de mi lado!

Pasó a otro tipo de juegos: se hacía el encontradizo con ella en mitad del camino y le impedía el paso, y ella le suplicaba, y como daba síntomas de no ceder, ella trataba de abrirse camino a la fuerza, y le achuchaba, y le ponía la zancadilla, y él resistía sus embates, y ambos, de este modo, forcejeaban y se empujaban entre bromas y risas...

-¡Aparta! ¡Siempre buscas lo mismo!

-Un beso. Sólo un beso ­–pedía Krisna.

 Hasta la primera noche en que, haciendo caso omiso de su familia y exponiéndose a todo, se reunió con él en el bosque de Vrindavana. Krisna se mostraba torpe, balbuceante... Se imaginaba quitándole la ropa y todo en torno desaparecía, como si sólo estuvieran sus manos y las desnudeces que iban revelando... Tropezó con las raíces de un baniano y cayó estrepitosamente. Rada se abalanzó hacia él.

-¿Te has hecho daño? ­–lo envolvió en sus brazos tratando de incorporarlo.

Krisna ya no vio sino sus labios envueltos en una mueca alterada y solícita, y todo volvió a borrarse en torno suyo, pero ahora estaba cumpliendo su sueño, y bebía como un sediento de aquel oasis, su lengua serpenteando en torno a la de ella, hurgando la una en los secretos de la otra, tentándose, lamiéndose... Y luego, sí, fueron sus manos desvelando la desnudez que tanto había contemplado a hurtadillas, y ahora su boca bebía de sus pechos, navegaba por el terso lago de su estómago, se hundía en el bosque ensortijado de su pubis, hasta que dio alcance a aquellos otros labios, los labios imaginados, ensoñados, que derramaron sobre él el más dulce de los néctares. ¡El coño de Rada! ¡El coño de Rada! Piafó su virilidad, y Rada cabalgó en ella, a lomos de una cenagosa tormenta donde relámpagos y éxtasis se confundían, creciendo cada vez más, progresivamente más abrasadores, más convulsos... hasta que, en un turbión, la lluvia de Indra se derramó sobre ellos.

-¡Menos mal que de vez en cuando se da a otras! -terció una de las pastoras cuando la melodía de Krisna se hacía aún más densa, más urgente y afrodisíaca.

En efecto, aunque Rada siguió siendo su amada, Krisna se ofreció con generosidad a otras mujeres. Es lo que ocurrió cuando se enamoró de  Viraja, a la que dedicaba los momentos en que Rada no estaba con él. La cosa llegó al límite una noche en que varias gopis los contemplaron  a ambos prodigándose besos y caricias, y dieron rápido aviso a Rada. Rada se dirigió inmediatamente al lugar y llegó justo en el momento en que Viraja montaba a horcajadas sobre el sexo de Krisna, ávida columna que resplandecía en la noche con su color turquesa, rodeada de collares y guirnaldas y espolvoreada de cuncuma, y sobre la que se deslizaban en un frenético vaivén los muslos de la suplantadora.

-¡Ramera! ­la insultó Rada-. ¡Suelta esa polla! ¡Mi virya! ¡Mi tronco de jade!

Se les abalanzó indignada y poseída de tal cólera, que Viraja se convirtió en una fuente para escapar de su acometida, y Krisna, desesperado, sin haberse saciado aún de la dichosa lluvia de Indra, se dedicó a seguir el curso del agua intentando recogerla.

O como aquella noche, meses después, en que todas las gopis amigas suyas le habían preparado en pleno bosque de Vrindavana un maravilloso lecho para que recibiera a su amado. Un lecho lleno de mollikas y mallotis, y otras diversas flores. Pues bien, Krisna no apareció hasta la mañana siguiente. Y es que en el camino se había encontrado con la prima de Rada, y se había pasado toda la noche con ella.

O como aquella mañana cuando, como muchas otras, Rada bajó al Yamuna junto a las demás gopis para adorar a Durga, la que cabalga sobre el tigre. Primero conformaban la imagen de la diosa con el limo del río y, a continuación, le dirigían sus oraciones, en las que las amigas de Rada pedían siempre llegar alguna vez en los brazos de Krisna al océano de leche donde Visnú esconde los más profundos placeres. Luego se desnudaban y se introducían en el río.

Precisamente este día Krisna, como era su costumbre, las contemplaba a escondidas. Mientras se bañaban, se acercó con paso cauto a donde tenían los vestidos, los cogió y los escondió. Cuando las primeras jóvenes salieron del río y advirtieron el robo, se armó un tumulto enorme. Al rato, Krisna se mostró ante ellas.

-Si queréis la ropa –les dijo juguetón y provocador-, deberéis venir de una en una a recogerla.

¡Era inconcebible! Rada se puso nuevamente furiosa. ¡No le bastaba con gozar aquí y allá en los brazos de una y otra mujer, sino que ahora las quería a todas juntas! Las demás jóvenes estaban también indignadas: ¡Había interrumpido la adoración de la diosa! Ni siquiera su belleza y el amor que sentían por él pudieron disipar mínimamente la cólera.

-¡Devuélvenos los saris! ­–le exigieron con energía.

-Sólo se los daré a las que vengan a por ellos.

Pero ninguna quería tomar parte en el juego. Por más que siempre hubieran deseado libar la eternidad en sus labios, ahora, aparte del enfado, algo, como una especie de sagrado pudor, les impedía mostrarse a él. Y continuaban exigiéndole imperiosamente los vestidos.Pero Krisna, imperturbable, permanecía en su resolución. El frío de las aguas iba agarrotando los músculos de las gopis. Algunas nadaban o chapoteaban para entrar en calor, pero no era suficiente... Pronto, la altivez se fue convirtiendo en ruegos y súplicas, hasta que, en vista de la determinación de Krisna, no tuvieron más remedio que hacer lo que éste les pedía. Y comenzaron a salir, primero de una en una, y luego de dos en dos y de tres en tres... Iban remisas, con los cabellos húmedos y la piel erizada por el frío. Relumbraban sus cuerpos con el sol de la mañana. Desnudas frente a él, lo veían con fascinación y repulsión al mismo tiempo. El deseo emanaba de sus cuerpos como semillas de loto expandidas por el viento, pero, a la par, las poesía un terror sobrenatural a transgredir los límites conocidos, el horror de tentar el infinito ignoto. Con tan contrapuestos sentimientos, se llegaban a él y le pedían los saris. Y él, mientras se los entregaba, las pellizcaba y acariciaba, sin hacer caso de sus quejas ni de los vivos reproches de Rada. Las jóvenes se resistían por todos  los medios pero, poco a poco, casi sin darse cuenta, fueron vislumbrando el comienzo de los caminos que ascienden al Ni-Huán, y entonces empezaron a ofrecérsele, con cierta timidez al principio y, luego, cada vez más amorosas y rendidas. Krisna se dedicó a recrearse en su belleza, y se puso a abarcar con sus manos aquellos muslos que se le deslizaban como peces, o a besarles los senos con sus labios de néctar... Los arrobos crecían como la pleamar, en una embriaguez disolvente, y ya atisbaban la cumbre de Govardhana, cuando, repentinamente, él las abandonó.

-¿Ya... te vas?-le preguntaron sorprendidas e inquietas. Algunas habían creído que aquel era el momento por tan largo tiempo esperado. Ahora no deseaban de ningún modo que se marchara, aunque no se atrevían a revelarla cómo ansiaba deshacerse en su virya, cómo apetecían ser colmadas por él. Sólo una atinó a balbucir:

-Te amamos mucho... ¡No nos dejes.

Las demás corearon sus palabras, que se fueron convirtiendo en un delirio de súplicas tan desgarrador, que Krisna se vio obligado a decirles:

 -¡Os prometo que cada una de vosotras ascenderá conmigo a lo más lejano del Ni-Huán!

PASARON los días y llegó la noche de luna llena de la estación de Sarat, ya en el otoño. Se mostraba la luna inmensa, como si fuera un astro de fuego, tiñendo de luminoso cuncuma todo el bosque y el pacífico curso del Yamuna. Krisna paseaba por entre intrincados senderos, exhibiendo su tez turquesa que contrastaba violentamente con el tono fogoso de la atmósfera. De la diadema que surcaba su frente se alzaban multicolores plumas de pavo real. Una guirnalda le caía por el pecho y, en sus tobillos y muñecas, tintineaban las ajorcas y pulseras. Cuando la luna estaba más alta y su sangriento matiz dio paso a una claridad metálica, se recostó al pie de un madobi y se llevó el bansí a los labios. Y al contacto, surgió una melodía mágica, dulce y excitante a la vez, ubicua... El río destelló con rayos de diamante. En el bosque, vibraron los banianos. Y los chameli, los ketaki, los nagesvar o los champa esparcieron sus voluptuosos perfumes. La música fue adentrándose en el corazón de todas las cosas, animadas e inanimadas, hasta llegar suavemente y sin estridencias a Bricvanu, y allí se apoderó de las gopis, mientras una cortina de sueño profundo cerraba los ojos de los hombres.

         -¡Nos está llamando! –se decían excitadas.

Regueros de sangre ansiosa recorrieron el cuerpo de Rada, y su piel sintió de pronto las molestias de la ropa, y se puso a clamar por el contacto con el amado. Con celeridad y en secreto, arrostrando el peligro de ser descubierta, abandonó la casa paterna rumbo al bosque de Vrindavana. Y lo mismo ocurrió con el resto de las gopis: ávidas de las acmés durante tanto tiempo imaginadas, dejaron a medio hacer todo lo que tenían entre manos, y se fugaron sigilosas de sus moradas.

Todas las que se guiaban por los maravillosos efluvios del bansí, se juntaron en las afueras de Bricvanu. Eran cientos de gopis. Y con ellas, a la cabeza, Rada, que llevaba tan febrilmente puestos su cuerpo y su mente en Krisna, que no tenía resquicio siquiera para pensar en sus competidoras. Fueron así, en grupo, y suspirando,  y llamando al amado cada vez más conforme la música se hacía más cercana, hasta encontrarlo. Y cuando lo vieron recostado bajo el madobi y oyeron tan nítida y claramente los deleitosos sonidos, un murmullo de alegría y arrobo emergió de ellas.

         Krisna dejó de tocar el bansí, se levantó, se volvió, y, cínicamente, fingió no haberse dado cuenta hasta entonces de su presencia

-¿Qué hacéis aquí y a estas horas? ¿Por qué no estáis en casa?

Una oleada de indignación semejante a la del día en que les robara la ropa, se levantó. Rada le espetó con enfado:

-¡No es justa tu actitud! ¿Acaso no nos has atraído aquí con tus melodías?

-¿Yo atraeros? –se sonrió en una mueca de suficiencia y fingida candidez-. ¿No puede uno tocar tranquilamente el bansí?

La indignación aumentó de grado. Se oían críticas y censuras a su actitud. El corazón de algunas jóvenes se turbó desesperanzado. Varias de ellas, venciendo su reserva, le recordaron:

-¡Nos prometiste que nos conducirías a los misterios del Ni-Huán!

Otras, alentadas por las primeras, le reprocharon su altanería.

-Lo hemos abandonado todo para unirnos a ti –se quejaban-, y ahora no nos dejas que nos refugiemos en tus brazos.

Los ruegos y ofrecimientos crecieron. Krisna las miró en silencio, aparentando cierta indiferencia, y luego, como si cediera de mala gana a sus súplicas, se introdujo en aquel hervidero de mujeres, y, allí, las despojó de sus saris, y besó senos, y arañó cuerpos que gemían en raptos de amor, y rodó en abrazos, y bebió el licor oculto...

Pero Rada permanecía aparte, contemplando todo con tristeza. ¡Hubiera querido ser, si no la única, al menos la primera! Y entonces, por encima de los gritos y suspiros, se alzó su voz que transformaba la angustia en poema:

“Mi alma sufre por Krisna, que aquí, en ronda, disfruta de enloquecedores placeres y se burla de mí.“Krisna, con sus larguísimos pendientes, y cuya cabeza oscila, y cuyas pupilas relampaguean de alegría; Krisna, el de la flauta encantadora que hace sonar como nadie con su boca, más dulce que la ambrosía.

“Krisna, cuya cabellera ceñida por una diadema y ornada de plumas de pavo real, es tan bella como la luna llena; Krisna, cuyo rico vestido es en todo semejante a la nube cargada de lluvia que Indra irisa con su inmenso arco.

“Krisna que, con sus brazos flexibles como tiernas ramas, enlaza a un grupo de jóvenes pastoras; Krisna que, con los vivos destellos de las pedrerías sembradas profusamente en los ornamentos de su busto, de sus manos y de sus pies, quebranta y disipa la oscuridad.“Mi alma sufre por Krisna, que aquí, en ronda, disfruta de enloquecedores placeres y se burla de mí.”

         Y fue tan lánguido, tan profundo y tan amoroso su canto, que el amado se levantó de entre los cuerpos con los que retozaba, y se dirigió a ella, y la abrazó y besó ante la mirada suspensa de las demás. Un momento cósmico parecía cernirse sobre ellos... Pero, de repente, él se disipó. Rada se había quedado sola, en medio de la estupefacción de sus compañeras. ¡De modo que Krisna había decidido marcharse otra vez, dejándolas con sólo los comezones de la plenitud! ¡Qué terrible ascesis! Gustar por unos instantes el paraíso para perderlo inmediatamente después... ¡Difíciles y tortuosos eran los caminos hacia la cumbre! Se preguntaban por qué actuaba Krisna de aquella forma, por qué las ungía con dichosos atisbos para luego dejarlas desvalidas.

           ESPERARON largo rato a ver si se decidía a aparecer. Y como no ocurrió así, se pusieron a buscarlo junto a Rada, adentrándose en el bosque. Lo llamaban de todas las formas y en todos los tonos. Pero, a pesar de ello, él seguía sin dar señales de vida. Cansadas, volvieron sobre sus pasos hasta llegar al claro de bosque donde al comienzo de la noche  lo habían encontrado. Y aquí se sentaron con su mirada en el Yamuna, y se pusieron a entonar canciones, dulces ragas llenas de amor, de ternura, esperanza y deseo. El canto las liberó de la pesadumbre. Se sentían ahora más ligeras en medio de sus melodías y de la belleza imperante. Y ya empezaban a encontrarse confortadas, y a recuperar la armonía y el equilibrio perdidos... ¡cuando él volvió a hacer su aparición! Lo recibieron con reproches y acusaciones. Ni Rada ni ninguna otra querían ahora estar a su lado. Lo rehuían.-¡No seáis tan esquivas! –trataba él de borrar el efecto de sus veleidades-. Las sendas del samadhi no son llanas...Sus palabras parecieron no afectarles. Las animó de nuevo:

-La noche es larga y puede dar para todo. ¡Disfrutémosla!Pero seguían reticentes, dudando entre ofrecerse de nuevo u olvidarse de él por completo. No querían despeñarse otra vez de un paraíso tan sólo ligeramente entrevisto... Fue entonces cuando les hizo una sugerencia que decidió el curso de los acontecimientos:-¡Vamos a bailar! –gritó jubiloso-. ¡Dancemos durante toda la noche, y volvámonos ebrios de alegría!Olvidando sus recelos, las gopis prorrumpieron en alegres hulús. Era un magnífica idea para disfrutar en la noche templada. Se cogieron de las manos y comenzaron a moverse con el divino Krisna.Danzaban lentamente, dichosos en el plenilunio, concentrados en la recíproca belleza, transfigurados, moviéndose con pasos firmes y seguros, como si toda la tierra y el cielo les pertenecieran. Rada y Krisna estaban por fin juntos, radiantes en la íntima noche, y abrazados por el deseo sin medida de las danzantes.El baile se fue haciendo cada vez más rápido, y el ancho círculo comenzó a fragmentarse. Ahora, rodeando a Krisna y a Rada, giraban las gopis en grupos de dos o tres. Todos se movían progresivamente de forma más vertiginosa, más enloquecida, hasta que la danza se fue convirtiendo en algo pánico, como si con ella se hiciera violencia al infinito o los participantes se hubieran convertido en acólitos de la negra Kali. Los individuos se desdibujaban... Krisna se expandió en centenares de formas, formas maravillosas de diversas maneras y colores, tantas como jóvenes danzaban con él. Y cada una lo tuvo  junto a sí, como si fuera la única, la elegida, como si el amor que él sentía por Rada, se hubiera trasladado en solitario a cada una de ellas. Y se dieron a él, adorándole y rindiéndosele. En sus brazos, el sufrimiento de la separación se disipaba, como si hubieran sido seres incompletos que ahora, junto a Krisna, encontraban la verdadera esencia. Bebían de su boca el aroma de la pulpa de sándalo... En el fragor de la danza, caían los vestidos, y las manos divinas resbalaban por anhelantes desnudeces. Todo lo que no fuera tacto se evaporaba. Obnubiladas, las jóvenes se rasgaban. Y Krisna, con su tronco de jade, cruzaba los umbrales de la conciencia. Era el momento liminal, la conquista de la cima, cuando Kundalini, desenroscada, estaba a punto de alcanzar el firmamento. Exultaban las energías, como germen universal fecundando las aguas bramadoras que engendraron a Agni. Los alientos ascendían, pero, tras la cumbre, se divisaban otras cimas más altas, y entonces, abismándose de nuevo en los profundos valles, escalaban más lejos, aproximándose al océano de leche de Visnú. Las almas descendían a los cuerpos y los cuerpos ascendían a las almas, como el mundo, haciéndose y deshaciéndose infinitamente a través de la vigilia y el sueño de Brahma.Desde la inmensidad del cielo cantaban los Gandharvas y las Apsaras, y hacían llover sobre ellos pétalos de flores. Krisna y Rada se amaban, mientras el rasa-lila giraba y giraba en su torno, veloz como el universo, en un parto cósmico, como si entre los desaforados movimientos de la danza estuviera surgiendo todo lo que en el mundo ha existido, existe y existirá.Confundidos los unos con los otros, eran ya sólo ser y cosmos, mística unión, soma total. ¡Habían alcanzado el Ni-Huán! Llegados pues al punto donde todo converge y del que todo emana, cascadas de luz atravesaron sus mentes y, súbitamente, lo comprendieron todo: el Universo, el tiempo, la eternidad, su propia existencia y la de todos los seres. Vieron todos los mundos, toda la vida y toda la muerte. Vieron con prístina claridad la causa y el fin fundamental de todo. Vieron a Brahma, sentado en su trono, y a las serpientes divinas, y a todos los videntes con sus numerosos brazos, vientres, bocas y ojos. Se vieron a ellas mismas, acompañada cada una del Artífice del todo, creado por la nada, girando unos y otros en la órbita del supremo éxtasis, infinitos a través de la infinidad, como la rueda imparable de las reencarnaciones, como los mundos exhalados continuamente y sin fin por el miembro divino, eyaculador infinito de la leche de la creación. Y todo aquello duraba en la sensual noche de Brahma, la noche que atesora millones y millones de años. Noche de placer eterno, penetradas ellas en sus entrañas por la infinitud del bansí de Krisna, enardecido él por la infinitud de pechos y yonis que le ofrecían sus deslicuescentes secretos...



Erótica Sagrada