Ofrecemos
las primeras páginas de este relato de suspense y terror que llega a
constituir casi una novela corta.
LOS OJOS DE LA NOCHE
GREGORIO MORALES
CHICOTE estaba abarrotado y Fernando y Lucas
no sólo no encontraban asiento, sino que ni siquiera lograban hacerse
con un resquicio en la barra.
-Vamos a otro sitio -propuso Fernando.
Lucas estuvo de acuerdo. Daban los primeros
pasos hacia la salida cuando un anciano delgado y canoso, con abrigo
de cachemir marrón, dejó libre una mesa. Inevitablemente fueron hacia
ella. Al sentarse, Lucas reparó en el sobre gualda que reposaba en una
de las sillas. Lo tomó. Era grueso y estaba oscurecido y desgastado
por el uso.
-Seguramente lo ha olvidado ‑dijo
señalando con la mirada al hombre del abrigo de cachemir, que, en ese
momento, trasponía las puertas giratorias. Titubeó y, finalmente, corrió
a su encuentro. Pero el hombre se había perdido ya entre la multitud
que abarrotaba la Gran Vía. Regresó y, sin desprenderse de él, volvió
a ocupar el asiento.
-Está abierto ‑introdujo
los dedos en el interior. Apreció el contenido y añadió‑: Parece
un puzzle.
Lo volcó sobre la mesa. Ante ellos
se esparcieron innumerables recortes... ¡de ojos! Les fue imposible
soslayar sus miradas. Lucas se ajustó las gafas.
-¿Para qué servirá esto?
Fernando se encogió de hombros.
-No tengo ni idea.
-Parecen de una mujer... ‑dijo
Lucas‑. Tal vez de la misma mujer.
-¿Cómo lo sabes?
Alineó varios de ellos.
-Fíjate. No sólo los párpados están
maquillados, aunque sea de una forma extraña y torpe. En conjunto, manifiestan
un espíritu femenino.
Los contemplaron fijamente durante
unos segundos.
-Dan la sensación de mostrar algo
muy íntimo ‑calibró Fernando‑. Casi lascivo...
Iba a añadir algo más,
pero al ver que se acercaba el camarero, cortó abruptamente:
-¡Que no los vea!
Lucas cogió atropelladamente los
recortes y los reintrodujo en el sobre. Cuando el camarero llegó, ya
no quedaba ninguno en la mesa. Intranquilos, como si oscilara sobre
ellos el baldón de una sospecha, pidieron las consumiciones.
-No comprendo por qué hemos reaccionado
así ‑afirmó Lucas en cuanto el camarero se hubo marchado‑.
No tenemos nada que ver en esto.
-Lo sé... Pero por unos instantes
me he sentido como si fuese un psicópata. Como si por una imprudencia,
estuviese descubriendo las pruebas de algún delito...
-Sólo un psicópata podría llevar
algo así.
El camarero les sirvió. Bebieron
en silencio.
-Guárdalo ‑le tendió Lucas
el sobre como si le doliera tenerlo por más tiempo.
-¿Por qué yo? Mejor se lo dejamos
al camarero.
-¿Y que nos relacione con esto?
Fernando esbozó una mueca de resignación
y, enrollando el sobre, se lo introdujo en el bolsillo. Apuraron las
bebidas y se pusieron en pie.
Lucas bromeó lúgubremente:
-Podrías venderlos a una revista.
-¡Los voy a tirar a la primera
papelera que vea!
-Me parece bien. Esos recortes
tienen algo... Como si portasen amenazas... Mal de ojo,
nunca mejor dicho ‑rió.
Se despidieron en la boca del metro.
Fernando descendió las escaleras. Tocaba con recelo, como si le repugnara,
el sobre medio oculto en su bolsillo. En los andenes, pasó ante una
papelera y lo sacó. Estaba a punto de dejarlo caer cuando, con imprevista
resolución, como si sopesase que podía tratarse de un objeto de estudio
y determinase conservarlo, retiró la mano y volvió a guardárselo.
ANA, sentada en cuclillas sobre el sofá, rellenaba
un crucigrama. En cuanto oyó los pasos de Fernando, dejó la revista,
se levantó y fue a su encuentro.
-¡Qué alegría que llegues hoy tan
pronto! ‑exclamó abrazándolo y cubriéndolo de besos‑. ¿Cómo
ha ido todo?
Él se zafó sin brusquedad de su
abrazo.
-Como siempre.
Metió la mano en el bolsillo y
extrajo el sobre.
-Salvo esto ‑lo depositó
en la mesita‑. Lo hemos encontrado en Chicote.
Ella lo abrió con curiosidad y
contempló los recortes.
-¿Es una broma?
-¡Ya ha pasado el Día de los Inocentes!
-¿Qué significan?
-No lo sé. Lucas afirma que son
de una mujer.
Ana los examinó.
-¡Pero hay algo violento en ellos!
Recapacitó y añadió:
-Pueden ser de un homosexual...
-¡Homosexual! ‑se irritó
Fernando-. ¡No me gustan los homosexuales! ¿Por qué lo dices?
-Por la mezcla de violencia y feminidad.
Sólo un homosexual podía regodearse así...
-¿Y por qué no un criminal?
Sus obsesiones suelen superar a las de cualquiera. Lucas ha hablado
de un psicópata. Quizá por eso hay violencia en ellos...
Ana volvió a observarlos.
-El caso es que están mimados...
Tomó algunos y los escrutó detenidamente.
-Desde luego pueden ser de una
mujer... ¡Pero estoy segura de que no los ha maquillado una mujer!
Sostuvo uno.
-Por ejemplo, éste ‑lo puso
sobre la mesa y, cogiendo un bolígrafo, dibujó unos trazos sobre él‑.
¿Ves? Los párpados deberían estar pintados así ‑corrigió la primitiva
elipse por una más firme y arqueada‑. Y las pestañas, así ‑rellenó
lo que parecían zonas sin oscurecer.
Tomó varios recortes con la mano.
-Lo que sí ha conseguido con su
inexperiencia, quien haya sido el maquillador, es producir extrañeza...
Quién sabe si no llevarás razón y se trata de un psicópata. O... o...
¡tal vez sean los ojos de una víctima!
Sin dilatar más la contemplación,
Fernando los introdujo en el interior del sobre y, dirigiéndose a la
pequeña habitación que le servía de estudio, lo guardó en el último
cajón del escritorio.
SALIERON de la oficina. Atardecía. Las primeras
luces comenzaban a encenderse. Cruzaron hacia Alcalá. Tenían enfrente
las amplias cristaleras del Círculo.
-¡El hombre! ‑exclamó sorprendido
Fernando.
-¿Qué?
Lucas miraba desorientado de un
sitio a otro.
-¡Allí! ‑señaló las cristaleras.
Lucas atisbó el inconfundible abrigo de cachemir marrón.
-¡Así que es él!
Se acercaron y se apostaron junto
a los amplios ventanales. Ocultos en la penumbra, lo contemplaron. Tenía
el rostro alargado, con numerosas arrugas que, a pesar de todo, no rompían
una piel que se mostraba turgente y en la que destacaban sus pupilas
de un negro intenso, perdidas en algún punto impreciso. Su edad era
indefinida. Desde una perspectiva, parecía el vetusto anciano que habían
contemplado por primera vez; pero, desde otra, destellaba en él una
indómita fuerza, como si se tratase de uno de esos hombres que, a pesar
de atesorar siglos en su interior, no pueden deshacerse de una
testaruda impronta juvenil. Fumaba un cigarrillo.
-No parece un loco ‑opinó
Fernando.
-Esos son los peores.
-Creo que hemos exagerado. Después
de todo, ¿qué de malo hay en recortar unos ojos? Es una manía como otra
cualquiera.
-¡Pero en aquellos ojos había algo!
Respiró hondamente y añadió:
-¿Recuerdas que bromeé con lo del
mal de ojo? Una absurda superstición, solemos decir.
¡Y sin embargo, tiene su lógica! Una simple mirada puede hacer emerger
aspectos desconocidos de nuestro interior. ¿No es éste el principio
del hipnotismo? Esos ojos dan la sensación de despertar lo más insospechado,
lo más oscuro. Como si una vez contemplados, ya no se pudiera ser el
mismo...
-¡Imaginaciones! ‑conjuró
Fernando sus temores. Volvió a mirar al hombre y, tras reflexionar,
dijo‑: Me gustaría conocerlo.
Lucas lo miró excéptico.
-No, no es ningún demente ‑concluyó
Fernando‑. Si ha hecho lo que ha hecho, será por algo. Eso es
lo que me intriga.
Lucas le dirigió un ademán censurador.
-Haz lo que quieras. Pero emplearías
mejor el tiempo si te marcharas a casa y se lo dedicaras a Ana. Cada
vez la tienes más abandonada.
-Siempre he creído que estabas
enamorado de ella.
-¿Por qué no? Es mi tipo.
Ambos rieron.
-Te necesita ‑añadió Lucas,
serio y paternal ahora‑ y deberías dedicarle más tiempo en vez
de entregárselo a tantas reuniones, a tantos cócteles o, como ahora,
cuando tienes una tarde libre, a un chiflado que se dedica a recortar
ojos.
-No le hago daño a nadie.
Lucas le dio una palmada en el
hombro y se dirigió al semáforo próximo:
-¡Te lo haces a ti mismo! ‑gritó
mientras se alejaba. Miró hacia los ventanales, donde aún se recortaba
la impávida figura del hombre, y agregó‑: ¡Ya me contarás!
FERNADO permaneció acechante bajo las cristaleras.
De improviso, contempló al hombre llamar al camarero. ¿Pretendía pagar
y marcharse? Corrió y penetró en la amplia sala surcada de altas columnas.
Escalonadas escocias delimitaban los techos, en cuyo centro, entre arabescos
y diamantinas lámparas, se desplegaban varios frescos. Una variopinta
muchedumbre conversaba y bebía.
El hombre había abandonado su sillón
y se hallaba de pie ante la estatua yacente que presidía la estancia,
un desnudo femenino esculpido en mármol y colocado en una postura tan
sensual, que concitaba al abrazo. Fernando se detuvo a su lado.
-Es hermosa, ¿verdad?
-Obra de Huerta ‑afirmó el
hombre volviendo el rostro hacia él. Un carisma ancestral fluía de él.
-Un escultor injustamente relegado
‑precisó. Su voz era grave y pausada‑. Hay cosas suyas por
todo Madrid, aunque, para mí, ésta es su obra maestra.
Había comenzado a hablar apasionadamente.
Durante un rato, glosó los más ínfimos detalles de la escultura. Su
acento era musical y de indefinido origen: entre las entonaciones de
un castellano perfecto, se escapaba una curva sudamericana, o la pronunciación
de un sonido foráneo y dulce, que podía ser brasileño, combiando con
algún corte abrupto y chirriantemente aspirado. Había algo en él que
sumía en un mundo impenetrable, de acariciantes aunque sólidos muros,
donde sólo reinaban su voz y la fuerza de sus gestos, que eran esenciales
y medidos.
-¿Sabe qué es lo más bello? ‑preguntó.
A fernando no se le ocurrió qué contestar. Tras una pausa y absorto
de nuevo en la estatua, se respondió a sí mismo‑: ¡Sus ojos!
-¿Sus ojos? ‑repitió incrédulo.
¿Se hallaba ante un cínico que alardeaba de sus obsesiones? Tal vez
era, como había sospechado Lucas, un maníaco... Algo cruel y desnaturalizado
debía de residir en él para considerar hermosos los ojos sin pupilas
de aquella escultura, que únicamente traslucían un helado sueño.
-Ya sé que están vacíos ‑se
le adelantó como si hubiera escuchado su pensamiento‑. ¿Pero el
vacío no lo contiene todo? ‑sonrió y añadió irónico, como si se
reprochase a sí mismo su pedantería‑: ¿Qué es el Universo sino
la imperfección del vacío? Lamentablemente, no podemos poseer más que
esa imperfección. La nada nos sobrepasa. ¿Pero cómo no amarla cuando
vemos un reflejo suyo en un ser humano o... casi humano?
¡Amar la nada!, se dijo Fernando.
¿No era lo mismo que amar la muerte? Sin duda, había algo vesánico en
él... ¿Pero respondían a tales pautas los ojos que Lucas y él habían
encontrado en Chicote? A pesar de la opinión de Ana de que podían ser
los ojos de una víctima, no era vacío lo que se vislumbraba en ellos,
sino una intensa y turbadora presencia.
-La materia... ‑objetó Fernando‑,
por muy imperfecta que sea, es... superior a la nada. Lo peor de esa
escultura son precisamente sus ojos. Mientras el cuerpo despierta deseo,
sus ojos provocan gelidez y distanciamiento.
El hombre sonrió con suficiencia.
-¡Exactamente! La materia, que
es producto del calor, no puede entender la frialdad. Por eso la condena.
Pero de nada sirve comportarse como un avestruz. Reconociéndolo o no,
todo surge de la nada y va hacia ella.
Se agachó con imprevista flexibilidad
y, como si se tratara de la piel de una mujer, acarició por unos segundos
el terso mármol.
-¿Hay algo más común que el sexo?
‑dijo incorporándose‑. Todos venimos de él. Pero nadie cree
venir de la nada, que resulta inconcebible. La materia puede ser entendida.
La nada, no. Y, sin embargo, sólo la nada puede vencer el tiempo.
Fernando sentía rechazo. Era como
si una mortaja lo constriñera, robándole el pálpito de la vida, para
conducirlo a un seno umbrío e inconmensurable. Y así, como si le fuera
en ello el propio ser, continuó formulándole objeciones, pero su tenacidad
chocaba con el aplastante dominio del hombre, con sus sabiduría que
se enredaba a los argumentos como en ensalmo mágico y los desecaba,
volviéndolos ineficaces. Se dio cuenta de que necesitaba una tregua.
-¿Le apetece una copa?
El hombre aceptó. Se dirigieron
a la barra, situada en uno de los extremos. Afortunadamente, no se hallaba
muy concurrida y pudieron aposentarse en una esquina, ahora con un amistoso
deje de humor en sus palabras, como si el tránsito por entre la muchedumbre
lo hubiera relativizado todo. ¡No, no podía ser un loco!, se repetía
Fernando. ¡Mucho menos, un asesino! Era un científico, un filósofo tal
vez... Aunque su ciencia y su filosofía no dejaban de tener algo inquietante.
Pero debía centrarse, se dijo, en la conversación, único modo de conocerlo,
sin olvidar mantener el tono amistoso, pues aquello no debería parecer
una lucha. Y debió de conseguir que no lo pareciera, porque al final,
cuando se despedían, el hombre le tendió su tarjeta.
-Llámeme ‑le dijo como si
le diera una orden más que una sugerencia.
Fernando asintió al tiempo que
le correspondía con la suya, que él, iniciando la andadura, guardó sin
mirar.
En cuanto se quedó solo, examinó
los datos. Se llamaba Sergio Vidal. Y no era ni científico ni filósofo
como había aventurado, aunque tampoco se hallaba lejos de ello. Según
rezaba la tarjeta, era psiquiatra. Sin duda, un reputado psiquiatra,
pues su dirección remitía a una de las zonas más privilegiadas y caras
de Madrid.
ESTOY harto de tanta responsabilidad ‑lanzó
Lucas el teclado del ordenador contra una esquina de la mesa‑.
No logro dar con el eslógan.
Fernando, ensimismado, no lo escuchó.
Hojeaba distraidamente un anuario. Ni siquiera se apercibió de que entraba
el chico y les dejaba un café sobre la mesa.
-¡Me gustaría ser como él! ‑exclamó
Lucas vehemente cuando se hubo marchado‑. No tiene que pensar
en nada. Sólo ir de un sitio a otro.
Miró a Fernando.
-Te parecerá una tontería, pero
envidio la libertad de ese chico. Quién sabe si no habré nacido para
subalterno ‑rió.
-Es curioso ‑dijo Fernando,
que había permanecido absorto, sin escucharlo‑. Le fascinan también
los ojos de las estatuas.
Lucas comprendió que se refería
al hombre del sobre.
-¿Qué puedes esperar de un chiflado?
-Está más cuerdo que tú y que yo.
-¿Es que no sabes que no hay gente
que parezca más cuerda que los locos? Lo malo es que llevan sus razonamientos
hasta las últimas consecuencias. ¡Los sueños de la razón engendran
monstruos!
-No te pongas patético ‑le
quitó Fernando importancia a sus palabras‑. Una cosa lo salva
de tanta lógica: no logro entender la relación que hay entre los ojos
del sobre, que lo expresan todo, y los de las estatuas, que son pura
ausencia.
-Vete tú a saber ‑cogió el
teclado, lo puso ante sí y sededicó a emborronar nuevas máximas.
-Me ha pedido que lo llame.
-¡Ni se te ocurra!
Pero eran precisamente aquellos
recelos, aquel temor irracional, el atisbo de algo ignoto, lo que avivaba
su curiosidad.
Esa noche, encerrado en su estudio,
volvió a contemplar los recortes. A sus impresiones anteriores, se unió
un sentimiento de impudor conforme iba adentrándose en nuevas facetas.
Como si se hubiera despojado de sus escondrijos más íntimos para mostrar
sin tapujos una desnudez esencial, casi sacrílega, todo parecía concentrarse
en aquellas pupilas, de donde emanaba una sórdida amenaza que prendía
solapadamente.
Trató de lanzar fuera de sí las
lúgubres sensaciones. ¿Qué había en aquellas miradas? ¡Tenía que llamar
a Sergio y romper el enigma! Como si se lanzase a un precipicio, consultó
la tarjeta y marcó el número.
-Hola, soy Fernando...
-¡Hombre! ¿Cómo está?
Su tono era efusivo, aunque su
sorpresa le pareció fingida, como si hubiese estado aguardando la llamada
y se expresase por cortesía.
-He... he pensado durante todo
el día en nuestra conversación de ayer...
-¡Yo también! ‑condescendió
no sin ironía-. ¿Ve qué fácil es dominar la materia? Deseaba hablar
conmigo y aquí me tiene. ¡Pero con los muertos es imposible hacerlo!
¿Por qué tomaba aquella actitud?
Estuvo a punto de colgar y desentenderse de él, pero, en el último momento,
decidió darle una oportunidad. Sin saber muy bien lo que decía, trató
de salvar la situación.
-Bueno... ‑barruntó‑.
Hablar por teléfono es... casi hacerlo... no con un muerto, pero sí...
con un espíritu. Me gustaría verlo personalmente.
-El sábado damos una fiesta. Venga.
Con su mujer, si lo desea.
EL mundo es un pañuelo ‑sentenció Fernando.
Ana lo miró fugazmente y volvió
la vista al televisor.
-Ayer conocí al hombre de los recortes.
Ella dio un respingo.
-Nos hicimos amigos.
-¡Luego es una persona normal y
corriente!
-Nos ha invitado a una fiesta.
-¿Una fiesta? ¡Hace tanto tiempo
que no vamos a una fiesta!
-El sábado. En su casa. En el Viso.
Conoceremos su ambiente. Tal vez comprendamos la razón de esas fotos...
-No entiendo tu manía de analizarlo
todo.
-Yo tampoco entiendo que no sientas
curiosidad por descubrir qué hay detrás de todo esto.
-¡No me interesa!
Fernando le cogió la mano y la
miró fijamente.
-En todo caso, no debes decir a
nadie que tengo esos recortes.
Ella se inquietó.
-¿Por qué?
-No lo sé... Pero me siento como
si hubiera entrado a saco en su intimidad, como si le hubiese robado
algo...
-¿Sabes que a mí me ocurre lo mismo?
No te lo he dicho, pero la noche en que los enseñaste, tuve una pesadilla.
-¿Qué pesadilla?
-Entraba en una iglesia y caminaba
hacia el altar. Abrí el sagrario y saqué el caliz, una gran copa de
plata que refulgía en la oscuridad. Estaba llena de hostias. Pero cuando
volví a mirar, ¡eran ojos lo que había en su interior! Serpeaban como
una gusanera y me observaban con insolencia. Sobre el mármol, había
un puñal y lo tomé y comencé a hundirlo en ellos. La sangre manaba a
borbotones... Pero siempre había uno que salía indemne y que me miraba...
-¡Tonterías! ‑exclamó Fernando‑.
Le hemos dado demasiada importancia a un hecho trivial. La verdad es
que Sergio es un gran tipo. Inteligente, educado... Lo demás es aprensión.
LLEGARON a la casa, un palacete rodeado de un
extenso jardín. Numerosos automóviles se amontonaban a la entrada, lo
que les planteó problemas para aparcar. Cuando por fin lograron hacerlo,
Fernando miró a Ana complacido. Llevaba un ajustado vestido de terciopelo
rojo, con un largo escote que realzaba un collar de obsidiana, conjuntado
con guantes de cuero y zapatos de charol.
-¡Estás guapísima! -la piropeó
Fernando.
-Me gusta vestirme para una fiesta
-miró ella a su vez el esmóquin de Fernando y añadió maliciosa‑:
Aunque siempre me han atraído más los trajes de hombre. Alguna vez deberíamos
cambiar ‑era casi de la misma estatura que Fernando, y de idéntica
delgadez, aunque su carácter animado y vivaz la hacía parecer más menuda.
-No me veo... con un vestido de
mujer ‑se disculpó Fernando‑. Me sentiría mal.
-¡Cuestión de costumbres! ‑rió
ella.
Salieron del coche y caminaron
hacia la casa. Cuando franquearon la cancela, Fernando sintió que un
extraño vértigo lo poseía. Llamó a pesar de todo a la puerta. Una asistenta
les abrió. Nada más poner el pie en el vestíbulo, Sergio les salió al
encuentro.
-¡Bienvenidos! ‑los saludó
dinámico y los condujo al interior.
Lo primero que escucharon fue una
música relajante que fluía nítida y clara. Anduvieron por el repleto
salón. La mayoría de los invitados miraba a Sergio con deferencia, pendiente
de sus gestos, atenta a sus reacciones. Pero, de súbito, un hombre le
cerró el paso. Era calvo y de piel blanquecina.
-¿Su esposa nos concederá por fin
el honor de estar hoy con nosotros? ‑preguntó con una cortesía
estirada y ansiosa.
Sergio se inhibió.
-Sinceramente, no lo sé. Ya sabe
que no le gusta el bullicio...
Fernando observó que había pocas
mujeres.
-Es probable que alguna sea la
modelo de las fotos ‑murmuró al oído de Ana, mientras Segio se
despedía del invitado con fría amabilidad.
-Gajes del oficio ‑fingió
quejarse‑. Si los invitados no hablan con el anfitrión, se sieten
como si no hubieran venido.
Deambularon a su antojo. Los camareros iban de un sitio a otro sirviendo
bebidas y entremeses. Había diferentes atmósferas, de modo que, según
se buscase la efervescencia, la tranquilidad o la charla, se pudiese
encontrar lo adecuado. De todas formas, pensó Fernando, las tenues luces
convocaban más bien a la intimidad, como si ese fuese el estado que
se consideraba más idóneo. Las paredes estaban tapizadas de verde oscuro.
Molduras doradas surcaban ángulos y contornos.
Con frecuencia, como había hecho
el hombre calvo y blanquecino, los invitados detenía a Sergio para saludarlo
o cambiar impresiones.
-Lo tratan como a un rey ‑le
susurró Fernando a Ana mientras lo veían responder a los halagos de
un grupo.
-¡Exagerado!
-Las mujeres son sombrías ‑criticó
Fernando‑. Y los hombres, taciturnos. Como si estuvieran convencidos
de que eso les sienta bien.
SIN proponérselo, detrás de unos tiestos de
quentias, atisbaron atónitos a una pareja de ancianos besándose y palpándose
con desesperación juvenil.
-¿Has visto? ‑le señaló Fernando
a Ana con el rabillo del ojo.
-¡Tienen todo el derecho! ‑replicó
ella entre dientes.
Pero la lascivia que manaba de
la pareja era tan desmedida, tan desesperada, que repelía. Ana volvió
la mirada incómoda para reposarla como una huida en los cuadros que
pendían de las paredes. Anduvo unos pasos, sin que acabara de borrásele
la escena que acababa de contemplar... Haciendo un esfuerzo, paseó por
las grandes alfombras que lo surcaban todo. Bustos y esculturas de albos
ojos, en repisas o en basas sobre el suelo, emergían por doquier.
Sergio volvió con ellos, pletórico
y deshaciéndose en disculpas por el abandono en que los había dejado.
-Ya veo que es un apasionado de
la escultura ‑comentó Ana.
Él puntualizó irónico:
-De la escultura, no. ¡De los ojos
de las esculturas!
Un escalofrío la recorrió mientras
Sergio pasaba despaciosamente la mirada por alguno de los bustos que
los rodeaban y añadía:
-Cada uno posee una particularidad.
Les señaló un bronce estilizado
al estilo de Giacometti, que representaba a una mujer retorcida como
la rama de un olivo, y los hizo fijarse en sus rasas cuencas.
-El ademán de estos ojos representa
magiltralmente la incomprensión.
Anduvo unos metros para detenerse
ante un busto masculino esculpido en mármol.
-Aquí se agita la turbulencia de
los celos.
Fernando se preguntaba cómo era
posible hacer estas atribuciones a ojos tan vacuos, donde lo máximo
que él podía ver era una pétrea desolación.
Los condujo de un sitio a otro,
mostrándoles tallas de todos los tipos y estilos, en las que se incluían
máscaras africanas, carátulas griegas, relicarios, algún bajorrelieve,
vírgenes y santos, mientras seguía comunicándoles sus apreciaciones...
Algo en aquel deseo, en aquel desvivirse por hacerles partícipes de
ellas, le chocó a Ana. Puede, se dijo, que no fuera eso en concreto,
sino la atmósfera en general. Ya no se trataba sólo de la pareja de
ancianos que habían vislumbrado besándose. Ahora, mientras Sergio seguía
interpretando las cegadas cabezas, estaba viendo a un hombre ponerse
a cuatro patas mientras otro, maduro, se subía a horcajadas sobre él.
El círculo en el que estaban, los animaba. Ana se preguntó qué lugar
era aquél, en qué enloquecido antro había tenido la desgracia de caer.
Lo más inquietante era que nadie parecía hacer caso de aquellas extravagancias.
Pero, a pesar de la aparente impasibilidad, resultaba manifiesto que
había una subterránea agitación, como si, aunque se procurase no expresarlo,
se estuviera demasiado pendiente de divertirse, como si en el fondo
de cada uno de los invitados se agazaparan livianos instintos a los
que, de pronto, se podía soltar la rienda. Inesperadamente, se oían
risas forzadas y frases absurdas. En una mujer vestida con un chal negro
y calado sobre una larga falda, vio fulgurar por unos segundos una aberrante
mirada, como si algo sanguinario la traspasase. Los movimientos de la
mayoría eran incomprensibles, desplazándose de una forma torpe y descompuesta,
como si compartieran la vieja y rancia etiqueta del hombre que le había
expresado a Sergio el deseo de ver a su esposa.
Contempló a uno de los grupos:
un anciano se subía las mangas de la camisa para mostrar lo que parecía
una cicatriz. El resto de los contertulios, como si siguiesen un orden
prefijado, la palpaban. Por lo general, nadie se desplazaba de su círculo.
Como mucho, daban unos pasos, o giraban sobre sus talones, o se aproximaban
inconvenientemente entre ellos... Era como si invisibles y férreos límites
los constriñeran. Cuando en algún raro momento los vulneraban, su comportamiento
resultaba más extraño aún. Acababa de ver a un hombre corpulento atravesar
el salón: daba la sensación de que lo hacía de una manera cuadriculada
y ritual, como si hubiera de ejecutar un número determinado de pasos
o recorrer un camino trazado imaginariamente, del que no podía salirse
bajo la amenaza de correr algún grave riesgo.
-Me encanta su vestido ‑le
interrumpió Sergio sus elucubraciones‑. ¡Y usted, por supuesto!
Ana sintió con alivio que la vida
normal volvía a rodearlos.
-Gracias ‑coqueteó, echándose
hacia atrás su larga cabellera negra que contrastaba con el terciopelo
rojo.
Sergio musitó, burlón ahora:
-El resto de las damas debería
aprender de usted. ¡Son tan tristes!
-Estoy de acuerdo ‑bromeó
Fernando.
Ganaron el ambigú. Ana contempló
cómo los invitados lo manoseaban todo. Se preguntó cómo podían tener
tan mala educación.
Un camarero les sirvió. Entonces
tuvo lugar una nueva escena: una señora se levantó la falda en medio
de un grupo y le mostró a otra la ropa interior.
-¿No cree que sus invitados son
un poco excéntricos? ‑le preguntó perpleja a Sergio.
-¡Por supuesto que sí! ‑respondió
con la mayor naturalidad. Al reparar en los remilgos de ambos, añadió‑:
Ahora que me doy cuenta, no les he dicho que algunos de ellos son pacientes
míos con los que he trabado amistad.
Alzó el vaso y lo miró al trasluz,
pensativo durante unos segundos.
-¡Deberían ver en qué estado se
presentan a mi consulta! ‑dijo‑. Mi labor es la de amortiguarles
el sufrimiento, retornándoles la humanidad destrozada, y ello no es
posible si no incido en su esquizofrenia. Por ello, en mis sesiones,
los ejercito para que no adulteren su interior. Les enseño a que se
soporten como realmente son.
Se llevó el vaso a los labios y
bebió un largo trago.
-Yo también ‑reveló‑
vivo con mi verdad desterrada. ¡Cuánto me gustaría ser uno de ellos,
alcanzar un poco de la pureza y de la verdad que he conseguido hacerles
aflorar! Tal vez algún día lo logre, cuando el destino quiera depararme
un mentor que infunda en mí el arrojo para romper con mi carcelero
y entregarme a la libertad, a la integridad de los deseos. Mientras
tanto, les brindo la oportunidad a ellos. Que se miren en el fondo,
que se limpien de ganga y resurjan en toda su plenitud.
Ahora comprendían. Sus consoladoras
palabras les trajeron paz, calmándoles las cicatrices nunca suturadas
que imprime toda vida, adormeciéndolos entre el rumor de las conversaciones
y la música.
Sergio apuró el vaso y lo posó
sobr el ambigú.
-Perdónenme ahora. Tengo que atender
a otros invitados.
Dueño de sí mismo, se dio media
vuelta y se perdió por entre los corrillos de gente.
-Es encantador ‑comentó Ana.
Fernando reconoció que disfrutaba
conversando con él. Luego la miró y, sonriendo y golpeando ligeramente
el vaso sontra el suyo, brindó.
-¡Por lo guapísima que estás!
-Bebieron entre risas. Como no
tenían nada que hacer, merodearon por la sala. Les habría gustado encontrar
a alguien y conversar, comprobando de alguna manera lo que les había
confesado Sergio, pero todos se mostraban incomprensiblemente huraños.
-No parecen interesados en dirigirnos
la palabra ‑criticó Fernando‑. Las señoronas no te han mirado
siquiera. Serán pacientes de Sergio o lo que sean, pero, además, unos
maleducados.
Ana le dio la razón. Tenía la sensación
de no existir, de flotar ingrávida junto a Fernando. Pero había aún
algo peor y era su forma de mirarse entre sí o de dirigir la vista en
torno, que era sesgada, como si sólo quisieran entrever personas y cosas
a medias, o ni siquiera eso. Quizá, pensó, había más pacientes de lo
que había supuesto, lo que explicaría la oprimente atmósfera de manicomio
que lo infestaba todo. No dejaba de ser interesante contemplarla, pero
los efectos que producía eran desesperantes.
Como si lo hubieran acorralado
y no le ofrecieran otra opción, Fernando sorbía un vaso tras otro.
-¡Cuidado! ‑le reprochó ella‑.
No te sienta bien.
-Sólo han sido dos o tres copas.
Algo hay que hacer. Sergio nos ha abandonado.
-¿Dónde se ha metido?
Lo buscaron entre la muchedumbre,
sin encontrarlo. Cerca de ellos, un hombre joven peroraba ante varias
personas:
-¡Atletas de Dios! ‑clamaba‑:
¡Tenéis que conquistar el mundo!
Su inflexión se mecía rítmicamente
con contagiosa euforia.
-¡Atletas de Dios! ‑proseguía‑.
¡Vuestros pasos imprimen nuevas edades!
-Uno que ha nacido para orador
‑satirizó Fernando. Miró compasivo alrededor‑. ¿Qué te parece
si nos zafamos por un rato de todo esto? Podemos contemplar la casa.
Ana titubeó. Ya era suficientemente
extraño el ambiente del salón para ahora atreverse a adentrarse en otras
estancias y, más aún, sin el permiso de Sergio. Si los veía transitando
pasillos y abriendo habitaciones, pensaría que eran unos fisgones que
no merecían la menor consideración.
-¡Estoy seguro de que no le importará!
-la impelió Fernando‑. Además, no vamos a fisgar nada.
Ante la indiferencia de quienes
les rodeaban, se encaminaron hacia las escaleras. Eran altas y curiosamente
dislocadas. Haciendo contraste con una balaustrada opalina, las cubría
el mismo tipo de alfombras que las del salón. Al principio, las paredes
estaban atestadas de lienzos y bustos, pero unos y otros iban disminuyendo
conforme remontaban los peldaños. De la misma forma, la luz se iba haciendo
más difusa. Al afrontar el último tramo, las paredes se habían desnudado
completamente de adherencias, exhibiendo un tono desvaído que, en la
penumbra, no se sabía si era gris o azulino. Ana comenzó a sentir como
si profanaran un sancta sanctorum y se hicieran por ello acreedores
de un castigo. Inmediatamente, recordó su pesadilla de días atrás.
-¡Volvamos! ‑dijo.
-¿Por qué?
No quiso responder, pensando que
se reiría de ella, por lo que él hizo caso omiso de su súplica. Habían
dado fin a las escaleras y ahora se adentraban en los corredores. Algo
flotaba en el aire, una suerte de severo y sangriento rigorismo. Pero,
contrariamente, no era esa imagen la que se ofrecía a sus pasos, sino
la de la cultura y la permisividad, como mostraban las largas estanterías
que, abarrotadas hasta lo indecible de libros, jalonaban los pasillos.
Observaron algunos lomos. Muchos estaban apolillados y enmohecidos,
pero en los que permanecían intactos, leyeron títulos alemanes.
-Por lo poco que sé ‑dijo
Fernando‑, creo que son de psiquiatría. ¡Viejos estudios!
Cercados a uno y otro lado por
las enormes ringleras, la penumbra se identificaba al polvo, y el polvo,
a la oscuridad, como si la luz fuese materia y todo, al modo de una
pátina impresa, se velara de brumosa pastosidad.
A intervalos, los largos y combados
plúteos se interrumpían para dar paso a diferentes habitaciones. Las
puertas se encontraban cerradas y no se atrevieron a franquearlas. Pero,
al poco, se toparon con una que permanecía entreabierta, a cuyo través
se atisbaba un dormitorio. Se acercaron con cautela. A diferencia del
barroquismo del salón, todo era en él de una austeridad espartana. El
mobiliario lo componían únicamente una cama de barrotes dorados, una
silla y una escueta y estirada mesita de noche, los tres al estilo de
los años treinta. A Ana le extrañó que Sergio conservara aquellos elementos
tan anticuados, sobre todo porque resultaba indudable que no tenían
valor artístico alguno.
Continuaron por el pasillo. Una
alta y estrecha puerta que remataba junto al techo en un arco de cristales
esmerilados, les llamó la atención. Fernando puso la mano en el picaporte
y éste cedió. Un gabinete, igual de austero que el dormitorio contiguo,
se abrió ante ellos. Lo componían un escritorio, una silla con almohadón,
una breve y monacal librería y un desgastado sillón de los que llaman
Voltaire, de alto respaldo y anchas orejas. Un turbión de tiempo ajado
se precipitó sobre ellos. Ana sintió como si hubiese retrocedido setenta
años y los rondaran desconocios peligros propios de una época infame,
entre los que, como una alocada película, pasaron por su mente bombardeos,
detenciones, interrogatorios, torturas, campos de concentración... Volvió
a sentir el mismo ambiente de transgresión y anatema que en la pesadilla.
-¡Vámonos! ‑rogó.
Pero Fernando doblaba ya el pasillo
y, atemorizada como estaba, no tuvo más remedio que seguirlo. Ante ellos
se extendía un espacio desierto, desprovisto de adornos a no ser por
los libros que seguían llenando las paredes. Había una puerta con hojas
anchas y apaisadas pintadas de blanco que era diferente de las demás.
Fernando, desbocado en su curiosidad, sintió la tentación de abrirla
como había hecho con la anterior, y movió precavidamente el picaporte,
pero estaba cerrada. Reparó no obstante en que alguien había dejado
la llave colgada de la cerradura y le bastó con girarla para que la
puerta cediese. Vieron una vetusta y aséptica sala de hospital repleta
de vitrinas, donde se encerraban los más heterogéneos secretos: cajitas
de diversos tamaños y países, una extensa gama de búhos de cerámica,
finísimos bisturíes de plata, monedas y pequeñas esculturas, y hasta
una serie de ojos de cristal con el iris de diversas coloraciones. Aunque
evidentemente se trataba de los objetos de un coleccionista, la última
visión los perturbó, quizá porque les recordaba los ojos recortados
que guardaban en la casa. La sensación de haber entrado a saco en una
intimidad que les estaba vedada, era progresivamente más viva y onerosa.
Renunciaron a su examen y abandonaron la habitación.
De nuevo se hallaban en el corredor,
con la impresión de encontrarse solos, abandonados en el mundo. Anduvieron
unos pasos, como si pensasen que no habiendo sido descubiertos, acabarían
por pasar desapercibidos. Pero de súbito, cuando menos se lo esperaban,
en el momento de pasar ante otra de las innumables puertas que custodiaban
el pasillo, una ligera franja de luz rayó sus pasos. Se quedaron paralizados,
pensando que habrían preferido toparse con Sergio a sentir la desconocida
presencia que habitaba al otro lado. Ninguno de los dos, con la respiración
detenida, osó moverse.
-¡Te necesito sólo para mí! ‑oyeron
la desgarrada voz de Sergio y, en ese momento, tuvieron plena conciencia
de que, en verdad, habían violado algo, de que habían mancillado un
terreno virgen, pisoteando costumbres y leyes que no podían entender.
-¡Démos media vuelta! ‑Ana
tomó imperiosamente a Fernando del brazo.
-¿No te basta con tenerlos a todos
ellos? ‑se quejaba una hermosa y cálida voz de mujer. Renegando
de su propósito, continuaron detenidos, como si las sombras los amparasen.
La voz los había embelesado. Querían escuchar más. Saber más. Permanecieron
atentos, pero ya sólo hubo silencio, como si quienes hablaban se hubieran
percatado de su presencia.
-¡Nos van a descubrir! ‑susurró
Ana.
Era tan densa la quietud, tan sombría,
tan oculta como una fiera que amagase un ataque, que Fernando echó a
andar inmediatamente. Habían dado media vuelta, pero, en un crepitante
bramido, un relámpago de luz cegó el pasillo. ¡La puerta se había abierto
a sus espaldas!
-¡Fernando, quiero hablarle! ‑lo
conminó la voz de Sergio.
Se volvieron. Sergio avanzaba hacia
ellos.
-¿Le importa? ‑se dirigió
a Ana al tiempo que tomaba a Fernando del brazo como si se tratase de
una presa.
-Claro... que no -se marchó tratando
de vencer la parálisis que la súbita aparición de Sergio le había producido.
Fernando fue conducido por Sergio
hacia el ralo gabiente que ya conocía. Le pidió que se sentara en el
sillón de orejas y él hizo lo mismo en una silla frente a él. Con las
pupilas dilatadas, como si se propusiera marchar a un sitio extremadamente
lejano, reinició la charla en el punto en que la habían dejado días
atrás. Fernando sintió alivio. ¿Por qué se había dejado poseer por tan
inquietantes sensaciones? Repuesto, por más que el alcohol le ralentizara
los razonamientos, se mantuvo en sus opiniones, aunque cada vez se le
antojaban más triviales e inconsistentes.
CUANDO abrió los ojos, se encontraba en las
dependencias policiales. Tenía la ropa rasgada y le dolía el cuerpo.
-¡Vaya una nochecita! ‑le
recriminó uno de los números.
-¿Qué... ha ocurrido?
-Nadie recuerda nunca nada ‑se
dijo para sí el policía.
-Por ser la primera vez, está en
libertad. Ándese con cuidado.
Fernando echó a caminar como un
niño perdido.
-Su coche está en el aparcamiento
‑lo informó el número tendiéndole las llaves.
Aunque poseído por un sentimientos
de irrealidad y angustia, logró llegar a casa.
-¡Gracias a Dios! ‑clamó
Ana con los ojos enrojecidos‑. ¿A dónde fuiste? ‑miró con
alarma su ropa sucia y rota.
Fernando se dejó caer inerme en
el sofá.
-¡No me acuerdo!
-¿Que no te acuerdas?
-Únicamente sé que hemos estado
en una fiesta ‑esgrimió un gesto de enorme fatiga‑. Después,
hay una laguna...
-Me estás mintiendo.
-¡Eso quisiera yo! No puede encontrarme
peor... Tengo la sensación de que el mundo se ha vuelto contra mí...
-¡Me trajiste a casa ‑evocó
ella con desconfianza‑ y te marchaste con el coche!
-¿Que te traje a casa? ¿Que me
marché? Es imposible. ¡No recuerdo nada! ¿A dónde fui?
-¡No me lo dijiste!
-¿Dónde he pasado la noche? ¡Lo
único que recuerdo es que he amanecido en una comisaría!
De El devorador
de sombras, Granada, Port Royal Ediciones, 2000
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ÍNDICE DE LA OBRA
El devorador de sombras
La
novia del tiempo
La
diosa nepalí
La
crucifixión
El machete
El mal sagrado
Ojos de la noche
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PEDIDOS A LA EDITORIAL
Port-Royal
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