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ANTOLOGÍA LÍRICA DEL MAR

Gregorio Morales

Me gusta el título: Antología lírica del mar. Suena a que estos versos no vienen de poetas concretos, sino del mar mismo, un producto más del mar como las olas, el salitre, los peces y las mareas. Y tal vez sea así y los cuarenta y ocho poetas que han participado en esta antología no sean sino las voces prestadas al mar o, más bien, las voces elegidas por el mar para hablar en su nombre. A fin de cuentas es el mar, como nos dice uno de los antologados, Martínez Atienza, el que “escoge a quienes han de ser sus amigos.” Los elige, pues, y los convierte en mediums de su sentir. “Yo soy el mar y así veo las cosas”, escribe Antonio Ayudarte, otro de los antologados.

Pero por qué habrían de llegar justamente ahora estos cantores de la inmensidad abisal? Creo que estamos hastiados de tanta verdad aparente, por lo que adviene como un necesario contrapeso lo que está más allá, es decir, lo dionisíaco. El mar es la sopa cuántica, la constatación de que, frente a los límites de la realidad diaria, hay otra realidad abismal, difusa, cambiante, de la que se eleva, como una galaxia entre el gas informe, nuestro ser. Como dice Gracia Morales, el mar despierta en ella a “la niña que todavía sigue queriendo descifrar el lenguaje de las olas.” Así que el mar tiene un lenguaje enigmático, y los poetas antologados lo pronuncian y abren ante nosotros.

El mar, desde su oscura conformación a imagen y semejanza de los gases interestelares, ha guardado en su seno el secreto del pensamiento borroso, un pensamiento que está dando al traste con las matemáticas tradicionales. Su principio fundamental es tan revolucionario como revolucionario es un fluido que se encuentra en permanente sístole y diástole, que va del big-bang a las estrellas, y, de nuevo, en unos segundos, de las estrellas al punto primigenio. Ese principio dice que A y no A pueden existir al mismo tiempo. ¡Esto es el mar, una suma armónica de las más contrapuestas realidades! Puro pensamiento borroso. Por eso, el mar no podía ser sino masculino y femenino a la vez, como se encargan de señalarnoslo Alicia Marchant y Marcos Julián Pérez. O en palabras del también antologado Andrés Martín Domínguez: “He visto los mil rostros del mar y oído su voz transfigurada hablando los mil dialectos del corazón.”

Sólo, pues, el pensamiento borroso puede dar cuenta de las más complejas emociones. Es decir, sólo el mar. El mar como realidad, como metáfora, como símbolo. Pilar Carmona, otra de las antologadas, lo ha intuido perfectamente al decir que el mar es “símbolo de un sin fin de emociones imposibles de expresar de otra forma.” Gracia Morales va al mar “para descubrir afuera el horizonte/ que llevo anclado por dentro.” Es decir, que dentro del mar late el misterio emocional que nos habita. Por eso, y en primer lugar, asomarnos al mar es asomarnos a nosotros mismos. Penetrar en él es indagar nuestros más profundos misterios. Para decirlo con los espléndidos versos de Rafael Guillén contenidos en la antología: “...Emerge/ el litoral perdido y lejos, lejos,/ el altamar me nombra y reconoce.” El mar es, pues, el espejo que me refleja. El mar soy yo. Por ello, otro de los antologados, Amador de Leyva, no ve un solo mar, sino muchos mares, “mares en la vida del niño que fuimos”, “mares de adolescencia”, “mares de libertad, mares de pasión, de furor, de viva juventud”, “mares que muerden, que hieren, que duelen”...

Antes que nada, tenemos una perentoria necesidad de conocernos a nosotros mismos, pero el siglo XX ha pasado de puntillas por esta necesidad. Todo lo que ha sido permanentemente tirado por la borda, se concentra ahora para clamar ante tanta superficialidad: “¡Ya no podemos más!” “¡Ahora, ahora es el momento!”

Pero la tarea de desvelamiento es más apasionante aún pensando que, si se ha erigido sobre el símbolo colectivo del mar, es también emprendida de una manera colectiva. Es decir, estos cuarenta y ocho poetas constituyen un ejército de la sensibilidad a la conquista de lo ignoto, un ejército de buceadores incorregibles (para glosar a José Carlos Rosales, otro de los antologados) en busca de los enigmas más profundos, una flota de navegantes hacia el descubrimiento de un cosmos donde resida la nueva visión que alimentará un flamante siglo XXI.

Y es que estos poetas son, por encima de todo, rebeldes, como rebelde es el mar. “El mar fue creado para la rebeldía”, nos dice Amador de Leyva. Y José Lupiáñez: “El mar grande y cambiante estaba siempre más cerca de la libertad que la tierra firme”. Y Anunciatta Vinuesa: “El agua se dispersa, se derrama, se subleva,/ no se atiene a la forma,/ con descaro soslaya lo inaudito, rompe las fronteras del espacio,/ invade impunemente las orillas...” En el mar se agita el imperio de los piratas, de los heterodoxos, de los aventureros irredimibles.  En muchos de los poemas e introducciones de esta antología, escuchamos de una u otra forma la voz blasfema e inmensamente libre del pirata de Espronceda: “Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi Dios la libertad,/ mi ley la fuerza y el viento,/ mi única patria la mar.” Sólo las personas que como el pirata ansían conocerse a sí mismas (porque no me cabe la menor duda de que la “Canción del pirata” es un producto de la propia aceptación), pueden emprender la aventura de esta libertad ilimitada. “Son mi música mejor/ Aquilones;/ el estrépito y temblor/ de los cables sacudidos,/ del negro mar los bramidos/ y el rugir de mis cañones.” Es el orgullo de quien ha aprendido a convivir con su sombra o parte oscura.

Si estos poetas hubieran seguido la moda, lo estéticamente correcto, habrían elegido evidentemente como tema la ciudad. Pero como rebeldes que son, han elegido su reverso. Frente a las calles conocidas, los ignotos senderos de las aguas. No han elegido el camino ya hecho, sino el camino que se hace al andar. Frente a los bares consoladores o a los espectáculos que nos libran de nosotros mismos, la compañía de las aguas y su yerma soledad. Frente a la grey o el rebaño, la identidad personal y el descubrimiento interior.

El mar es un espejo inteligente. Nos miramos en él y no nos devuelve nuestro retrato físico, sino la síntesis de lo que somos, y, sobre todo, los inconscientes mundos que nos habitan. “En ese instante de confesión y reencuentro”, reconoce el también antologado José Luis García, “el mar es nuestra patria.” O dicho de otro modo: estamos tan arraigados en las aguas primordiales que nuestra conciencia sólo supone respecto a ellas un pequeño barquito en la inmensidad del océano.

Frente a las certezas rotundas en que vivimos, el mar ha elegido, pues, a cuarenta y ocho apóstoles de la incertidumbre. Estos poetas han buscado, frente a la limitada mezquindad de las cosas, perderse en lo infinito, en el sufrimiento, en la disolución, en la orgía primigenia. El mar es “la plenitud angustiada”, como dice Marcos Corzo. O en palabras del también antologado Miguel Díaz: “Que nadie piense que hay diferencia entre un mar atormentado y las preguntas que me asolan.”

Nunca como ahora había que emprender esta titánica tarea de buscar un nuevo paradigma. Como expresa muy gráficamente Miguel Ávila en el prólogo del libro: “El mar es la llave y es también la cerradura.” No puede decirse con mayor claridad: en él residen el qué y el cómo.

No es de extrañar que, para la mayoría de estos poetas, el mar signifique la infancia, la época del tiempo unificado, de la ubicuidad, de la totalidad. ¿Por qué si pensamos en la ciudad no se nos viene automáticamente a la cabeza esta etapa de nuestra vida, sino probablemente otras más tardías, como la juventud o la madurez? La ciudad es la realidad en que nos debatimos, son los abstáculos, las fronteras, es la estética manoseada, es nuestro rostro evidente visto cientos de veces en el espejo, mientras el mar conserva el sello de su descubrimiento sorprendido y, con él, toda la implicación del mito. El mar es lo maravilloso, lo fantástico, aquello que de más poderoso tenemos en nosotros mismos y de lo que la realidad profunda es nuestra impenitente cómplice.

A mí me gustaría que se hiciera una foto de estos cuarenta y ocho poetas juntos. Porque es el pensamiento el que conforma la realidad, y cuarenta y ocho personas al unísono, mirando al mar, pueden dar un vuelco a cualquier literatura. Habría que hacer una foto de todos y reproducirla profusamente en los diarios, en las revistas, en las televisiones... “Cuarenta y ocho poetas miran al mar.” Esa sería la noticia, una noticia que, si supiéramos atisbar por entre la sobreinformación, debería conmocionarnos. Es como si, prisioneros como estamos en alimentar nuestro ego, de pronto hubiera un grupo de personas audaces que nos dieran la espalda para contemplar algo más grandioso y preterido. Mientras la mayoría de los poetas han elegido desde hace muchos lustros los frutos dulces y agrios del árbol de la vida, este ejército ha determinado observar con desapego cuanto sucede más allá. Porque el mar es el desapego de la vida, no para sumirse en la muerte, sino para poder trascender las apariencias. Se trata, en la sabia distinción de Schiller, de abandonar al ingenuo, que se identifica con los objetos, para hacer la ruta del sentimental, que es aquél que asimila el objeto dentro de sí mismo, que descubre sus extraños mecanismos y profundas relaciones con nuestra psique.

Nunca mejor como en el año 2000 podía haber salido esta antología. Probablemente se trata de una casualidad, pero yo apostaría a que estamos más bien ante una sincronía, es decir, ante una coincidencia significativa entre los deseos de cambio que pugnan por doquier y el destino, que se ha plegado, como casi siempre suele suceder, a los deseos conscientes o inconscientes de un grupo de pioneros. Para mí, todos los que están en las páginas de este libro, se han convertido en pioneros de una nueva estética, a la que podríamos llamar la estética del mar, una estética que acaba con el positivismo al uso para demostrarnos que vivimos en un mundo lleno de posibilidades, donde el sentido común naufraga y se abren realidades tan increíbles como que la materia es una ilusión; como que el universo es no local y por tanto puede haber comunicación instantánea entre sus partes, por más alejadas que éstas se encuentren; como que los electrones y los fotones y otras partículas actúan con inteligencia; como que todo en el universo tiene una inexplicable tendencia a la belleza... Todo esto es el mar, porque, al igual que el constante movimiento de sus aguas, las partículas que nos conforman están en continua agitación; y lo mismo que aquí y allá se mezclan ondas de todo tipo, los más diferentes plegamientos y crestas se forman y se comunican en los océanos; y lo mismo que en el universo no existe la separabilidad y es todo un fluido interconectado, tampoco es posible la separabilidad en la masa ingente de las aguas. Y de la misma forma que las partículas son corpúsculos y ondas a la vez, el mar es agua y es atmósfera y es vacío y es plenitud... Así que cuarenta y ocho poetas centrados en el mar son cuarenta y ocho poetas centrados en el más rabioso futuro.

Hay poemas muy buenos en esta antología. Por referirnos sólo a algunos y cometiendo una enorme injusticia con los demás, habría que citar los de Juan León, que nos cuenta un baño en el mar que se nos antoja, por su maravilla y carácter mítico, el primero en la historia de la humanidad. O los de Andrés Martín Domínguez, que ha sabido ver en el mar su inconmensurable riqueza, pero también que “esta música del mar/ nadie la oye.” Lo mismo sucede con los poemas de Ernesto Pérez Zúñiga, José Carlos Rosales, Miguel Ávila, Enrique Morón, Fernando de Villena, José Lupiáñez, Antonio Enrique o José Antonio Sáez.

En resumen, la calidad media de la antología resulta excepcional. El lector puede hacer verdaderamente una navegación que le llevará, desde lo más conocido de los océanos a las más ignotas y maravillosas islas, hasta franquear el terrible hic dracones. Porque ese límite es efectivamente franqueado por muchos de los poetas antologados. Todas las aventuras, todos los paisajes, todos los enigmas, los mitos, las hitorias y las rutas, están en este libro, tras cuya lectura uno acaba siendo un experto marinero sobre las apariencias, sobre el envés, sobre lo invisible, sobre la vida secreta que lo informa todo.

Este es un libro que gustaría de ser publicado por las grandes editoriales. Pero no todo ha de ser para ellas. Las joyas suelen ser más bellas y valiosas cuanto más escasas. Que quienes lo tienen a su alcance disfruten de él. Yo les aseguro que, leyéndolo, se encontrarán a sí mismos.  A esto nos trae la literatura del futuro. A que no transitemos una sola línea sin que se haga carne y sangre en nosotros. La aventura de leer tiene que ser nuestra propia aventura. Y eso es este libro: un barco en el que, si entramos, seremos conducidos hacia los fantásticos paisajes de nuestra memoria y de nuestra subjetividad. En este barco podemos hacer, si lo deseamos, una travesia mucho más fantástica que la de Ulises.  E invito desde aquí, a todos, a hacerla a partir de este preciso instante. Glosando al antologado Nicolás Rodríguez, estamos ante El libro de los barcos. ¡Podemos navegar como mejor queramos por sus páginas!

Palabras pronunciadas en la presentación del libro de VVAA Antología lírica del mar en la Casa de la Cultura de Motril, febrero del 2000.