LITERATURA
ERÓTICA Y LITERATURA AMOROSA
Cuanto creamos es acto, pero el erotismo no
es acto, sino la pura potencialidad del acto. El erotismo es posibilidad.
Una pareja hace el amor: La pura posibilidad de hallarme yo en el lugar
de uno de ellos, genera erotismo. Cuando soy uno de los amantes y poseo
o soy poseído por el otro, el erotismo no viene de la posesión, sino
del contemplarme a mí y a mi pareja como si ambos fuéramos extraños.
Es decir, como si fuéramos a hacer lo que ya estamos haciendo. El erotismo
reside, pues, en lo invisible, en lo que no se ve, y se agota cuando
puede verse y medirse. Responde cabalmente al principio de incertidumbre
de Heisenberg: O velocidad o posisión. O sea, o erotismo o verdad; o
imaginación o realidad; o deseo o fisiología. Pero siempre una cosa
excluye a la otra. En definitiva, o erotismo o placer. Porque la satisfacción
del placer no es erotismo. Toda representación visual o lingüística
que convoca a lo invisible en todo su poder, es erótica; toda representación
visual o lingüística que se reafirma sobre lo palpable, es anafrodisíaca.
En este sentido, el erotismo resulta consustancial con la literatura,
ya que bajo esta palabra se encierra el poder atómico de la imaginación.
Por tanto la literatura nunca podrá ser derrotada, porque ello sería
como derrotar la energía, lo cual sabemos es imposible. Si la pornografía
existe en literatura, es sólo cuando no sirve de canal a la imaginación,
cuando la soslaya, la estanca o la pisotea, pero siempre que las palabras
cabalguen a lomos de la libertad, estaremos ante un conjuro del que
surge como un géiser el erotismo. La obscenidad libre es siempre erótica.
Por ello son eróticos Sor Monika de Hoffmann, Gamiani
de Musset, Teleny de Wilde, Afrodita de Pierre Louys,
Las once mil vergas de Apollinaire, El coño de Irene de
Aragon, Historia del ojo de Bataille, El diálogo de Venus
y Príapo de Alberti... En todas ellas, el erotismo alcanza los niveles
más profundos de la sensualidad, lo afrodisíaco, la obscenidad.
¿Se produce entre erotismo
y amor un principio de exclusión semejante al que hemos visto
entre erotismo y realidad? De las cuatro formas de amor
de que habla Sthendal (amor pasión, amor placer, amor físico, amor vanidad),
ninguna de ellas implica erotismo, aunque el erotismo se da siempre
cuando alguna de esas formas ha acabado. El amor es, pues, presencia
e identificación. El erotismo, ausencia y extrañamiento. La rememoración
de lo gozado es equiparable al relato erótico. Queremos ser los otros
o queremos ser los que fuimos. De ahí, por ejemplo, que el Cantar
de los cantares de Salomón sea una obra cumbre de la literatura
erótica. En él, los protagonistas se rememoran a sí mismos, es decir,
se evocan, se describen. Digamos que no se entregan al acto, sino a
su representación, con sus prolegómenos, pausas y juegos incluidos...
Lo de juego es importante. El erotismo es un juego si por jugar,
como hemos dicho, entendemos la capacidad de fabular, de ensayar por
medio de la ficción otros mundos y otros lugares. La expresión española
follar no conlleva erotismo alguno, pero sí la expresión china
El juego del viento y la luna. El viento (masculino) corteja
a la luna (femenino), estableciendo entre los dos un juego de
atracciones y repulsiones.
Siendo, pues, el erotismo fábula,
quimera, narración, comprendemos que el Quijote componga a veces,
más que una novela de amor o de locura, una novela erótica. No es ya
sólo que el personaje de Dulcinea sea trazado completamente de la nada
por la imaginación, sino que, además, el poder de ésta resulta tan grande,
que la amada se encarna sobre rudas y zafias campesinas. El pasaje en
que don Quijote toma a Maritornes por la princesa del castillo,
creyendo que desea hacer el amor con él, rezuma lubricidad. Y no digamos
aquel otro donde el cura, el barbero y Cardenio contemplan, como desorbitados
voyeurs, lavarse a la bellísima Dorotea. Así que el amor es atención,
pero el erotismo es evasión, fantasía... El amor se goza en la visión
del amado, pero el erotismo se produce por la ausencia de éste. Las
páginas más hondas del deseo surgen cuando Eloísa rememora los placeres
habidos con Abelardo (de los que ya no gozará más porque ha sido emasculado),
o cuando Mariana de Alcoforado, en su aplastante soledad, evoca hasta
la extenuación su entrega a Bouton de Chamilly (que se muestra insensible
a sus continuos ruegos).
La norma, que es
orden, nunca es erótica. El caos, lo imprevisible, lo azaroso, está
siempre del lado del erotismo. Cuando el amor comienza, conlleva siempre
una fuerte carga de erotismo. Pero cuando se establece la pareja y el
amor se hace norma, el erotismo se extingue. Curiosa paradoja la de
que, mientras una pareja más profundiza en su amor, menos erotismo existe.
Puede haber comprensión, sexualidad, placer... pero ya hemos visto cómo
el erotismo huye ante ellos. De modo que amor maduro y erotismo no van
necesariamente unidos. Cada uno puede fluir por su lado, ascender, descender
o perderse entre las simas más recónditas. El hombre contemporáneo es,
de toda la historia universal, el que menos está libre de que estas
energías se le estanquen en el vértigo de la cotidianidad. Pero como
ambas resultan absolutamente necesarias para una existencia que merezca
llamarse tal, cuando lo anterior ocurre, es necesario sacar a flote
las aguas soterradas. Y, en esto, la literatura resulta de vital importancia.
En el amor, la literatura nos da ejemplo de hasta qué punto hombres
y mujeres han centrado su atención en el otro. La literatura amorosa
nos impele a salir de nosotros mismos para cifrar nuestros anhelos en
un ser distinto. Es decir, realizamos la búsqueda de una parte de nosotros
mismos, pero proyectándola al exterior. La literatura amorosa nos ofrece
en cantidad abrumadora desde los más banales a los más heroicos testimonios
habidos en este empeño.
La literatura erótica, por su parte,
pone en erupción el volcán apagado de nuestros corazones. Cada relato
o poema erótico es como una caja de Pandora donde el autor ha encerrado
sus energías más potentes y que, al abrirse, lo turba todo de una contagiosa
ola de deseo. El filtro libidinoso penetra entonces en los lectores
como una mecha de pólvora que no ha de extinguirse nunca, y, al final
de la cual, no hay bomba alguna, porque si estallara, eros acabaría.
De ahí que los tantrikas, que son quienes más han profundizado en el
conocimiento de eros, retengan la ayaculación.
Sin embargo, y como suele suceder
a menudo, los contrarios no sólo se confunden en sus extremos, sino
que se invierten. Llegados a un cierto punto, el erotismo se hace amor
y el amor erotismo. El Cantar de los cantares, ¿no es también
un cósmico y hermosísimo himno de amor? En las fronteras, erotismo y amor forman una madeja inextricable atravesada
por agujeros de gusano que nos permiten ir de una dimensión a
otra, mientras en su interior se borra cualquier distinción de nuestra
lógica aristotélica. ¿Erotismo? ¿Amor? Lejos de las abstracciones, la
realidad es impura. A y no A coexisten al mismo tiempo, según las teorías
del pensamiento borroso. Por ello, en mi antología hay geniales
pasajes eróticos que, al mismo tiempo, son de amor; en la antología
de Luis María Anson hay magníficos pasajes de amor que, al mismo tiempo
son eróticos. Así ambos incluimos la Noche oscura y el Cántico
espiritual de Juan de la Cruz. ¿Amor o larvado erotismo? Para
mí, lo último. También incluimos ambos El diálogo de Venus y Príapo,
de Rafael Alberti, donde quienes en realidad dialogan son los genitales
de los dioses. ¿Erotismo o amor larvado? Está claro que, para Anson,
lo segundo. Pero aquí acaban prácticamente las coincidencias. Leyendo
ambas antologías no puede dejar de concluirse que tanto el erotismo
como el amor existen por separado, aunque puedan (y deban) mezclarse
en las más diversas proporciones. La única y triste verdad es que el
hombre occidental está tanto falto de erotismo como de amor y que ambas
antologías constituyen, en mi opinión, una oportunidad inmejorable para
aunar con nuestra propia experiencia el inmenso bagaje de nuestros antepasados
y contemporáneos, reavivando una fuente que siempre debería estar en
movimiento y a la luz del día. La literatura, que habla a la imaginación,
y no vulgares viagras, hermanas de la yumbina con que
se encelaba al ganado, constituye el mejor camino para lograrlo.