LA
INTELIGENCIA INFINITESIMAL:
A PROPÓSITO DE LAS REVISTAS CULTURALES
Gregorio
Morales
¿Vivimos un tiempo de desesperanza cultural
o todos los tiempos han sido como éste? Yo, desde luego, no recuerdo
haber vivido ninguna etapa florida de la cultura. Bajo el franquismo,
ésta lograba sólo a duras penas desenvolverse por el meritorio esfuerzo
de pequeños grupos o audaces robinsones, mientras el resto de la población
escuchaba la radio y, luego, la televisión.
Al comienzo de la democracia estalló
el ansia reprimida de modernidad, sucediéndonos en uno o dos años cuanto
había acontecido en el mundo durante varias décadas. Se vivió así lo
más superficial de la modernidad, sus formas, sus modas, sus tópicos,
mientras las motivaciones profundas quedaban muy lejos de nosotros.
Fue una etapa débil, acomodaticia, conservadora por más que pareciera
lo contrario.
Si nos referimos al presente, nunca
como hoy las ideas originales y renovadoras han tenido más obstáculos
para salir a flote. Dividido el país en dos o tres monolíticos grupos
culturales repletos de intereses creados, la novedad es vista por doquier
con suspicacia y provoca por lo general airadas descalificaciones, exabruptos
o ironía sarcástica. Por poner un ejemplo, he aquí algunas de las reacciones
que suscitó mi conferencia sobre estética cuántica, leída en
el marco del congreso "Nuevas tendencias literarias", celebrado
en Granada a comienzos de 1996:
"Pena que esta brillantísima
intervención sobre astrofísica y química inorgánica no se viera acompañada
por un fondo de probetas, tubos de ensayo, alambiques, crisoles y marmitas.
Ahora, que cuantos hubo. Había unos cuantos escritores, unos cuantos
críticos, unos cuantos amigos, unos cuantos resentimientos, unos cuantos
asientos vacíos y unos cuantos millones de subvención."
"El haber mezclado, desde
un principio, órdenes que corresponden a teorías científicas, referidas
a la microfísica, con elementos de orden subjetivo como es la estética,
no sólo constituye una barbaridad epistemológica, sino la propia negación
de la epistemología, concluyéndose, por ello, en un añejo idealismo
al que se le adorna (vaya usted a saber por qué indefinibles motivos)
con términos extraídos irresponsablemente de sistemas objetivos de conocimiento
como puede ser la física cuántica."
La cuántica "no es más que
la individualización, que la materialización de la mente, el hombre
aislado de la realidad, independiente (...) Cuando se oyen voces que
hablan de la escasez de novedad, de estar de vuelta de todo, quizá es
que han logrado salir de su laberíntica confusión o que han llegado
al final, donde no hay retorno ni punto de partida. Se miran al ombligo
y les conduce al descubrimiento de un nuevo agujero negro en el universo:
la involución cuántica."
"Un congreso celebrado recientemente
en Granada ha certificado la existencia de una quisicosa llamada
literatura cuántica, cuyos valedores justifican mediante sesudos
tratados metafísicos que supuestamente responden a la imagen del mundo
que se desprende de la mecánica cuántica (...) Así, proclaman los viejos
lugares comunes (...) La literatura de la cuántica hace de todo
punto innecesaria la literatura cuántica."
Como vemos, la suerte de la cultura
no es hoy esencialmente distinta de la de hace veinte, treinta, cuarenta
años, y supongo que podría decir cien, doscientos...
¿Estamos, pues, eternamente condenados
a ser la copia de un cadáver cuya vida floreció siempre en un país diferente
al nuestro?
Consideremos el asunto desde otro
punto de vista: ¿Por qué tenemos generalmente la sensación de que el
pasado ha sido, culturalmente hablando, más rico, más original, más
rupturista que el presente?
Creo que ello se debe a que miramos
el pretérito desde lo que ha triunfado por la inequívoca justicia del
tiempo. Me explicaré: Si volvemos la vista a los años veinte españoles,
a la etapa que ha sido considerada como la Edad de Plata de la literatura
española, mucho nos costará distinguir semejante esplendor entre los
éxitos de venta de Felipe Trigo, el Caballero Audaz, Joaquín Belda,
León Villanúa, Antonio de Hoyos y Vinent... y una legión adicional de
novelistas comerciales que hemos justamente olvidado. Mientras tanto,
Valle Inclán sobrevivía a duras penas. Los ejemplares que se solían
vender de muchos escritores del 98 o del 27 no superaban los trescientos...
Políticamente, la situación no
era más esperanzadora: Entre huelgas, represiones y asesinatos, una
dictadura militar que duró seis largos años y que sembró el germen de
aquella otra que habría de perdurar casi cuarenta.
Ni cultural ni histórica ni políticamente
parecía haber esperanza... ¡Y, sin embargo, hoy hablamos de aquellos
tiempos como de una época de plata de nuestra literatura!
Y es que, a través de lo tupido
del bosque, antes o después, acaba abriéndose un camino nuevo. Entre
lo gregario, lo personal no tiene más remedio que emerger. Hoy consideramos
como muy claro el triunfo de lo que entonces estaba escondido y que
era accesible sólo a unos pocos.
En toda época coexisten lo mostrenco
y lo singular, por más que lo primero ahogue de momento a lo segundo.
Una idea renovadora se va abriendo
paso como una alteración genética favorable a la especie. Al principio,
pasa desapercibida, pues sólo son portadores de ella unos contados individuos;
pero, conforme transcurre el tiempo, se va extendiendo hasta que la
selección natural la convierte en dominio de todos los hombres de cultura.
En suma, las nuevas ideas tienen
una cualidad genética, biológica. O si queremos, son parecidas a las
partículas subatómicas. Inapreciables por su volumen infinitesimal,
no sólo influyen decisivamente en nuestra vida macroscópica, sino que
la coforman totalmente. Es el triunfo de lo pequeño, de lo leve, de
lo sutil. Por eso, toda cultura vital, creadora, compleja, está destinada
a desarrollarse, pervivir y triunfar.
Y son justamente las revistas el
cuerpo donde el germen se instala por primera vez, donde encuentra su
caldo de cultivo y se apresta para la conquista progresiva de las mentes.
Sin revistas, nada de esto sería posible. El germen, privado de un medio
de fertilización, se disiparía en la oscuridad. Las revistas son como
la célula en que los descubrimientos encuentran su primer asiento; el
lugar en el que las reflexiones, los debates, las elucubraciones y la
novedad caótica, toman forma por primera vez. Ellas son el éter donde
se conforma una nueva estrella.
De ahí que las revistas culturales,
aunque cada vez más minoritarias, sigan siendo ‑y lo seguirán
siendo para siempre‑ absolutamente imprescindibles. En la civilización
de masas en que vivimos, llegan a desempeñar el papel de los monasterios
medievales: El lugar donde se refugia la cultura y desde el que silenciosamente
sigue creciendo hasta cambiar lo que, en un principio, parecía incambiable:
El curso del tiempo.
Comprendo que el presente, en toda
su complejidad, se nos antoje inamovible. Y, desde luego, lo es, si
tenemos la osadía de enfrentarnos directamente a él. Como un dios airado,
nos aplastará en una cósmica bofetada. Pero lo que resulta imposible
de realizar a un nivel macroscópico, es posible llevarlo a cabo infinitesimalmente.
Los más grandes cambios comienzan de este modo sutil. El hombre fue
primero un virus. Los duros átomos del hierro se licúan al aumentar
la temperatura. El pensamiento, identificable a lo más etéreo, cambia
el mundo; es más, cambia hasta la misma estructura de los seres vivos,
como han comprobado los más recientes descubrimientos científicos, los
cuales afirman que, estadísticamente hablando, los cambios aleatorios
de la selección natural son ínfimos para haber generado al hombre; por
lo que hay que suponer que el pensamiento y la voluntad influyen decisivamente
en la evolución.
Hay una teoría cuántica que, en
este concepto, nos resulta muy interesante: La de los campos morfogenéticos.
La teoría sostiene que las experiencias de la humanidad se van grabando
en una serie de campos energéticos; cuanto más repetida es esa experiencia,
tanto más influyen esos campos sobre el común de la humanidad. Ello
explicaría que, siempre que se inicia una nueva práctica en la civilización,
la duración de su aprendizaje se vaya reduciendo conforme más hombres
la dominan (lo cual ha sido comprobado y medido rigurosamente).
Las revistas constituyen los campos
morfogenéticos donde va quedando grabada la aventura intelectual
de los pioneros. Los nuevo caminos abiertos al pensamiento pertenecerán
progresivamente al resto de la humanidad.
Cuando André Breton elaboró y difundió
sus primeras teorías surrealistas, era un perfecto desconocido. Durante
muchos años lo fueron también aquellos que militaron en sus filas. Cuando
hoy observamos sus célebres cadáveres exquisitos no podemos evitar,
en un primer momento, sentirnos chasqueados: ¡No se diferencian mucho
del juego instranscendente de unos escolares! Vamos precarios folios
arrancados de cualquier libreta y que conservan aún los dobleces hechos
rápidamente para que cada uno de los participantes pintara su parte
o escribiera su texto. Los dibujos siguen cándidamente el patrón cabeza,
cuerpo, extremidades... Los textos, el de sujeto, verbo y complementos...
Las primeras revistas eran pobres, de escasos recursos, apenas de cuatro
páginas... Pero la fuerza del pensamiento resultaba tan revolucionaria
que, en unos años, lo que era pequeño se hizo magno, lo desconocido,
admirado u odiado, los seguidores, aplaudidos o abucheados...
Fueron las revistas las que hicieron
de las primeras partículas todo un orbe. Para ceñirnos al caso de España,
éstas transmitieron la novedad con una rapidez y eficacia pasmosas.
Aunque el primer manifiesto del
surrealismo se redacta en 1924, ya en una fecha tan temprana como diciembre
de 1919, la revista Grecia publica poemas de Louis Aragon, André
Breton y Philippe Soupault. En esta fecha, el grupo era aún prácticamente
desconocido. La revista Littérature acababa de ver la luz, así
como Les champs magnétiques, de Breton y Soupault.
En el mismo año en que se proclama
el primer manifiesto, la Revista de Occidente se hace eco del
movimiento con un artículo de Fernando Vela titulado "El suprarrealismo"
(octubre de 1924).
En septiembre de 1925, la revista
Alfar publica un interesantísimo y documentado artículo de P.
Picón sobre "La revolución superrealista", en el cual la comprensión
del movimiento es ya total. Si lo que había existido antes eran fundamentalmente
críticas y puntualizaciones, ahora nos hallamos frente a una entusiasta
identificación. Picon incide en la importancia del automatismo, el éxtasis
místico, los sueños, lo maravilloso, la vida propia de las palabras...
El germen estaba maduro para prender
y materializarse en objetos concretos. La que se denominaría Generación
del 27 ‑faltaban dos años aún para su transcendental reunión en
Sevilla‑ iba a constituir el caldo de cultivo. No surrealistas
sus miembros por definición, lo serían en el espíritu de muchas de sus
obras: Alberti, García Lorca y Vicente Aleixandre depurarían en sus
libros lo mejor del surrealismo. Sin necesidad de contactos directos
con el grupo, gracias al conocimiento proporcionado por las revistas
citadas y tantas otras, absorbieron el surrealismo y evolucionaron paralelamente
al grupo fundador. Jorge Guillén, por ejemplo, reconoce de qué modo
el surrealismo influyó en sus compañeros poetas, aunque siempre informado
por un elemento racional, hecho por el cual "lograron su propia
madurez y compusieron sus propios poemas originales Federico García
Lorca, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Luis Cernuda, Rafael Alberti
y Manuel Altolaguirre.".
Avancemos ahora unos años y situémosnos
tras la guerra civil, en esa etapa oscura en la que nuestra cultura
parece detenerse y las revistas, lejos de la civilización europea, se
anclan ranciamente en el lejano y glorioso pasado. ¿No cumplen aquí,
pues, las revistas un papel inverso al que venimos señalando? Puede
que sí, pero no totalmente. Existió una revista que agrupó a lo que
se ha denominado el exilio interior, conectándolo con el exterior
y con la cultura europea y americana. Me estoy refiriendo a Ínsula,
la más antigua de nuestras revistas literarias que siguen vivas en la
actualidad y cuyo primer número vio la luz en enero de 1946. Su promotor, Enrique Canito, había sido represaliado
por el franquismo y expulsado de su cátedra de instituto. Para poder
vivir, había fundado una librería en la madrileña calle del Carmen.
La revista fue concebida en un principio como un boletín bibliográfico
que informaba de las novedades nacionales y extranjeras, pero pronto
se convirtió en uno de los pocos reductos de cultura independiente.
De ahí el profundo simbolismo de su nombre, Ínsula. Esta isla
fue un pasadizo que conectó la gloria del 27 con la democracia que había
de venir. Cuanto es hoy nuestra cultura, apareció tempranamente en sus
páginas. Es decir, y aunque nos parezca increíble en una publicación
que nuestra miseria literaria ha condenado al olvido, cuanto hoy brilla
en nuestro firmamento literario, estuvo en sus páginas. Así, en el número
uno ya aparecían los nombres de Enrique Lafuente Ferrari, Miguel Catalán,
Juan Rof Carballo y Carmen Laforet. En números sucesivos encontramos
las firmas de Ricardo Gullón, José Lui Cano, Vicente Aleixandre, Julio
Cortázar, Pedro Salinas, Pablo Neruda, José Lezama Lima, Rómulo Gallegos,
Alfonso Reyes, Arturo Uslar Pietri, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier...
y así una larguísima lista.
Casi con toda seguridad, Ínsula
habló por primera vez en España de Bertold Brecht (número 55, 1950),
Samuel Beckett (números 100‑101, 1954), Robbe‑Grillet (en
artículo de Jaime Gil de Biedma; número 132, 1957), el movimiento de
los beatniks (números 167‑168, 1960)...
Todo esto no se hizo sin riesgos
ni tropiezos. Con motivo de un monográfico dedicado a José Ortega y
Gasset en noviembre de 1955, la revista fue suspendida durante un año.
José Luis Cano anota en su diario Los cuadernos de Velintonia:
"El oficio de Juan Aparicio,
director general de prensa, suspendiendo desde ayer la publicación de
la revista Ínsula nos tiene consternados. Llamo a Aleixandre
y Dámaso para comunicarles la mala noticia y tanto uno como otro se
indignan."
El censor, autor de la mezquina
calumnia de que Lorca murió en una riña de homosexuales, no se avenía
a razones. Vuelve a anotar José Luis Cano el 5 de abril de 1956:
"Visita a Juan Aparicio con
Enrique Canito para pedirle la reapertura de Ínsula (...) Nos
dijo: 'No es oportuno por ahora autorizar la salida de Ínsula,
revista demasiado orteguiana, como demostró a la muerte del filósofo.
Además, la reacción de grupos liberales y de izquierdas en el extranjero,
comunistas incluidos, a favor de esa revista, ha sido tan intensa, que
autorizarla ahora podría parecer que cedemos a la propaganda extranjera.
Todo ese movimiento de la izquierda europea en apoyo de Ínsula
demuestra a las claras que es una revista peligrosa para el orden de
nuestro estado'."
Tuvieron que aunarse el nombramiento
de un nuevo director de prensa más las gestiones de Dionisio Ridruejo
y Gregorio Marañón para que la revista pudiera reaparecer en 1957.
En este mísero contexto, Ínsula
fue la máscara de oxígeno que permitió no asfixiarse completamente durante
la dictadura. Habiendo celado durante décadas el tesoro, lo entregó
en buen estado y acrecido a los pies de las nuevas generaciones.
Esas nuevas generaciones pondrían
en marcha, en 1983, La luna de Madrid. Aunque la revista causó
fundamentalmente sensación por su diseño y por ser algo así como la
más autorizada portavoz de la llamada "movida madrileña",
en sus páginas literarias colaboró numerosa gente que conectaba con
la tradición de nuestra edad de plata, algunos de los cuales
habían firmado sus primeras colaboraciones en Ínsula: Vicente
Molina Foix, Luis A. de Villena, Lourdes Ortiz, Juan Gil Albert, Juan
Madrid, José Luis Aranguren, Leopoldo Mª Panero, Eduardo Haro Ibars,
Mariano Antolín Rato, Terenci Moix, Javier Sádaba, Fernando Savater,
Luis Racionero...
La luna de Madrid fue la aguja hipodérmica por la
que se nos inocularon todas las modernidades perdidas. El hecho de que
la tromba tuviera forzosamente que ser superficial, no abole la tesis
que estamos sustentando del papel precipitador del pensamiento que son
las revistas culturales. Cuanto La luna de Madrid se propuso
difundir, logró ser difundido y extendido.
El número uno (noviembre de 1983)
acuñaba el término, raramente empleado entonces en el país, de posmodernidad. En una España que había deglutido la
modernidad en menos de una década, resultaba un concepto osado, provocador
y, ciertamente, vanguardista. Parecía lo último de lo último. Estaba
lejos de significar lo mismo que el posmodern americano, asociándose
con "movida", unión de vida y arte, música, ambigüedad, belleza...
Desde aquel número, el término
comienza a ser utilizado profusamente por los medios de comunicación.
Unos informaban de su contenido, otros lo denostaban, aquéllos lo defendían...
Se celebraron conferencias, debates, cursos. Se editaron libros monográficos.
Venían las televisiones entranjeras a retratar esa posmodernidad. Muchos
creyeron el slogan lanzado audazmente por la revista de que Madrid era
la capital cultural del mundo.
Lamentablemente, y como he señalado
al comienzo, todo aquello se erigía sobre una base muy débil. La larga
tradición custodiada por revistas como Ínsula había sido escamoteada
por la influencia light y no digerida de la cultura foránea.
Cada vez se le fue concediendo menos importancia a lo literario en favor
de la moda, el diseño, la imagen... Aquello no tenía más remedio que
desplomarse, como de hecho sucedió.
Digamos que La luna de Madrid
significó el desahogo necesario de los nuevos ricos que estrenaban libertad.
Tuvo la virtud de hacernos más maduros y reflexivos con respecto a la
"modernidad" que tanto habíamos añorado. Fue una caída necesaria,
un paso imprescindible hacia la edad adulta y la complejidad que se
le supone.
En mi opinión, esa edad adulta
nos ha traído la gestación de la estética cuántica, a la que
he aludido al principio y de la que no me cabe duda de que, de una u
otra manera, con éste u otro apelativo, informará el siglo XXI. Pues
bien, como en los casos anteriores, su germen, incubación y desarrollo
se halla en las revistas literarias. A este respecto debo citar a Ficciones
de Granada y a Debats de Valencia. Ambas se han hecho eco de
la subversiva estética, a despecho de las burlas, ironías, reticencias
o descalificaciones que provoca toda nueva estética.
Según hemos señalado anteriormente,
una vez que el cambio ha comenzado a realizarse en lo infinitesimal,
ya nada y nadie pueden evitar que tenga su traslación al campo macroscópico.
Cultivadoa en la visión de futuro de revistas como las citadas, éste
se extiende. Hace poco me escribía una hispanista americana, perteneciente
a la Universidad de San Francisco, que había leído la información publicada
por Ficciones:
"Es la primera cosa que he
visto que combina Jung, la física cuántica y la literatura a la vez.
He hecho una traducción del artículo (...) Ahora escribo un ensayo que
pone estas ideas en el contexto de las últimas 'tendencias' literarias
de España. Creo que le interesará a mucha gente. Es una idea que ya
tiene base aquí, una idea que tiene mucho 'appeal'.".
Estamos ante un ejemplo más del
poder invisible y extenso de las revistas literarias. Por más que la
época que viviéramos fuese el doble de iletrada y ajena a la lectura
que la nuestra, las revistas seguirían ejerciendo la misma influencia.
El hombre necesita del pensamiento tanto como el agua, y el lugar de
donde mana el primero es de aquellos sitios donde se da asiento a la
singularidad. Los grandes medios, el establishment, los intelectuales
ya consagrados, huyen de la singularidad como de la peste, y así ésta
se asienta en lo más débil y en lo más modesto, las revistas culturales.
Por tanto, no hay lugar para el
pesimismo, a condición de que las revistas estén abiertas a los cambios
que se producen en el nivel subatómico de la cultura y se adentren en
él como el investigador cuántico. Cuando no es así, una revista cultural
hoy en día no sirve para nada. Pues, en cuanto a información, los periódicos
son más rápidos y tienen mayor número de lectores. Cualquier programa
cultural televisivo, por más minoritario que sea, supera con creces
el número de lectores de todas las revistas culturales juntas.
Así que el único camino es bucear
en lo invisible. Quien así lo haga, tendrá asegurado el futuro. Es más,
no hay otro futuro. Es el mismo futuro de las revistas que nos
precedieron. Cuanto hoy apreciamos en ellas, fue novedad en su tiempo
y se abrió paso entre la incomprensión y el desdén de los "instalados".
Las revistas culturales tienen
que ser conscientes, pues, de que son el útero donde prende y se desarrolla
la inteligencia; que constituyen el humus donde se producen las
alteraciones genéticas favorables al pensamiento; que, sin ellas, nada
de esto existiría y estaríamos abocados al inmovilismo, al anquilosamiento,
a la inercia ideológica y, con todo ello, a la dictadura de los epígonos,
cruel hasta la agonía, pues lo que falta en ideas vivas, es sustituido
por la más rabiosa inquina contra los heterodoxos. Nuestro país ha bordeado
siempre esta peligrosa frontera, de la que a duras penas nos han salvado
una serie de plumas y publicaciones pioneras.
Si hemos demostrado que todos los
tiempos han sido como éste y no existe un pasado mejor, no es menos
cierto que los obstáculos a que se enfrenta la inteligencia son hoy
más pesados, ubicuos y poderosos que nunca. ¿Qué puede la voz de una
página contra el discurso divino de la televisión? La necesidad
de las revistas es hoy más perentoria que nunca. Ahora bien, hay que
tener muy claro que, contra la algarabía, hay que esgrimir la sutilidad.
Cuantas más voces, mayor meditación. La verdadera inteligencia, la que
triunfa, es siempre infinitesimal.