Click para ampliar foto de Gregorio Morales
Biografía del autor
Obras de Gregorio Morales
Entrevistas con el autor
Artículos y conferencias del autor
Artículos aparecidos en el diario IDEAL
Ampliar informaciones
Novelistas y poetas de especial calidad
Enlaces de estética cuántica
Eventos en que participa el autor
Marilyn no es Monroe
Concurso de Literatura de Terror
Antonio Arellanes, "Interfrecuecy7"
Textos sobre el nuevo movimiento literario
Participa con tus opiniones
Una perspectiva original del poeta Juan  Eduardo Cirlot
Federico García Lorca bajo la perspectiva de la estética cuántica
poesía de la ciencia
Monográfico de la revista
J. M. Rodríguez Acosta, "La noche", circa 1941
Página del autor sobre erotismo literario
Artículos erótico
Curiosísimo artículo erótico
Expresa tus sugerencias u opiniones al autor Haz click para contactar con el autor
Entrevista sonora con Gregorio Morales
Diario republicano en la red
Contactar con el webmaster
Free counter and web stats

LA INTELIGENCIA INFINITESIMAL:

A PROPÓSITO DE LAS REVISTAS CULTURALES

Gregorio Morales

¿Vivimos un tiempo de desesperanza cultural o todos los tiempos han sido como éste? Yo, desde luego, no recuerdo haber vivido ninguna etapa florida de la cultura. Bajo el franquismo, ésta lograba sólo a duras penas desenvolverse por el meritorio esfuerzo de pequeños grupos o audaces robinsones, mientras el resto de la población escuchaba la radio y, luego, la televisión.

Al comienzo de la democracia estalló el ansia reprimida de modernidad, sucediéndonos en uno o dos años cuanto había acontecido en el mundo durante varias décadas. Se vivió así lo más superficial de la modernidad, sus formas, sus modas, sus tópicos, mientras las motivaciones profundas quedaban muy lejos de nosotros. Fue una etapa débil, acomodaticia, conservadora por más que pareciera lo contrario.

Si nos referimos al presente, nunca como hoy las ideas originales y renovadoras han tenido más obstáculos para salir a flote. Dividido el país en dos o tres monolíticos grupos culturales repletos de intereses creados, la novedad es vista por doquier con suspicacia y provoca por lo general airadas descalificaciones, exabruptos o ironía sarcástica. Por poner un ejemplo, he aquí algunas de las reacciones que suscitó mi conferencia sobre estética cuántica, leída en el marco del congreso "Nuevas tendencias literarias", celebrado en Granada a comienzos de 1996:

"Pena que esta brillantísima intervención sobre astrofísica y química inorgánica no se viera acompañada por un fondo de probetas, tubos de ensayo, alambiques, crisoles y marmitas. Ahora, que cuantos hubo. Había unos cuantos escritores, unos cuantos críticos, unos cuantos amigos, unos cuantos resentimientos, unos cuantos asientos vacíos y unos cuantos millones de subvención." [1]

"El haber mezclado, desde un principio, órdenes que corresponden a teorías científicas, referidas a la microfísica, con elementos de orden subjetivo como es la estética, no sólo constituye una barbaridad epistemológica, sino la propia negación de la epistemología, concluyéndose, por ello, en un añejo idealismo al que se le adorna (vaya usted a saber por qué indefinibles motivos) con términos extraídos irresponsablemente de sistemas objetivos de conocimiento como puede ser la física cuántica." [2]

La cuántica "no es más que la individualización, que la materialización de la mente, el hombre aislado de la realidad, independiente (...) Cuando se oyen voces que hablan de la escasez de novedad, de estar de vuelta de todo, quizá es que han logrado salir de su laberíntica confusión o que han llegado al final, donde no hay retorno ni punto de partida. Se miran al ombligo y les conduce al descubrimiento de un nuevo agujero negro en el universo: la involución cuántica." [3]

"Un congreso celebrado recientemente en Granada ha certificado la existencia de una quisicosa llamada literatura cuántica, cuyos valedores justifican mediante sesudos tratados metafísicos que supuestamente responden a la imagen del mundo que se desprende de la mecánica cuántica (...) Así, proclaman los viejos lugares comunes (...) La literatura de la cuántica hace de todo punto innecesaria la literatura cuántica." [4]

Como vemos, la suerte de la cultura no es hoy esencialmente distinta de la de hace veinte, treinta, cuarenta años, y supongo que podría decir cien, doscientos...

¿Estamos, pues, eternamente condenados a ser la copia de un cadáver cuya vida floreció siempre en un país diferente al nuestro?

Consideremos el asunto desde otro punto de vista: ¿Por qué tenemos generalmente la sensación de que el pasado ha sido, culturalmente hablando, más rico, más original, más rupturista que el presente?

Creo que ello se debe a que miramos el pretérito desde lo que ha triunfado por la inequívoca justicia del tiempo. Me explicaré: Si volvemos la vista a los años veinte españoles, a la etapa que ha sido considerada como la Edad de Plata de la literatura española, mucho nos costará distinguir semejante esplendor entre los éxitos de venta de Felipe Trigo, el Caballero Audaz, Joaquín Belda, León Villanúa, Antonio de Hoyos y Vinent... y una legión adicional de novelistas comerciales que hemos justamente olvidado. Mientras tanto, Valle Inclán sobrevivía a duras penas. Los ejemplares que se solían vender de muchos escritores del 98 o del 27 no superaban los trescientos...

Políticamente, la situación no era más esperanzadora: Entre huelgas, represiones y asesinatos, una dictadura militar que duró seis largos años y que sembró el germen de aquella otra que habría de perdurar casi cuarenta.

Ni cultural ni histórica ni políticamente parecía haber esperanza... ¡Y, sin embargo, hoy hablamos de aquellos tiempos como de una época de plata de nuestra literatura!

Y es que, a través de lo tupido del bosque, antes o después, acaba abriéndose un camino nuevo. Entre lo gregario, lo personal no tiene más remedio que emerger. Hoy consideramos como muy claro el triunfo de lo que entonces estaba escondido y que era accesible sólo a unos pocos.

En toda época coexisten lo mostrenco y lo singular, por más que lo primero ahogue de momento a lo segundo.

Una idea renovadora se va abriendo paso como una alteración genética favorable a la especie. Al principio, pasa desapercibida, pues sólo son portadores de ella unos contados individuos; pero, conforme transcurre el tiempo, se va extendiendo hasta que la selección natural la convierte en dominio de todos los hombres de cultura.

En suma, las nuevas ideas tienen una cualidad genética, biológica. O si queremos, son parecidas a las partículas subatómicas. Inapreciables por su volumen infinitesimal, no sólo influyen decisivamente en nuestra vida macroscópica, sino que la coforman totalmente. Es el triunfo de lo pequeño, de lo leve, de lo sutil. Por eso, toda cultura vital, creadora, compleja, está destinada a desarrollarse, pervivir y triunfar.

Y son justamente las revistas el cuerpo donde el germen se instala por primera vez, donde encuentra su caldo de cultivo y se apresta para la conquista progresiva de las mentes. Sin revistas, nada de esto sería posible. El germen, privado de un medio de fertilización, se disiparía en la oscuridad. Las revistas son como la célula en que los descubrimientos encuentran su primer asiento; el lugar en el que las reflexiones, los debates, las elucubraciones y la novedad caótica, toman forma por primera vez. Ellas son el éter donde se conforma una nueva estrella.

De ahí que las revistas culturales, aunque cada vez más minoritarias, sigan siendo ‑y lo seguirán siendo para siempre‑ absolutamente imprescindibles. En la civilización de masas en que vivimos, llegan a desempeñar el papel de los monasterios medievales: El lugar donde se refugia la cultura y desde el que silenciosamente sigue creciendo hasta cambiar lo que, en un principio, parecía incambiable: El curso del tiempo.

Comprendo que el presente, en toda su complejidad, se nos antoje inamovible. Y, desde luego, lo es, si tenemos la osadía de enfrentarnos directamente a él. Como un dios airado, nos aplastará en una cósmica bofetada. Pero lo que resulta imposible de realizar a un nivel macroscópico, es posible llevarlo a cabo infinitesimalmente. Los más grandes cambios comienzan de este modo sutil. El hombre fue primero un virus. Los duros átomos del hierro se licúan al aumentar la temperatura. El pensamiento, identificable a lo más etéreo, cambia el mundo; es más, cambia hasta la misma estructura de los seres vivos, como han comprobado los más recientes descubrimientos científicos, los cuales afirman que, estadísticamente hablando, los cambios aleatorios de la selección natural son ínfimos para haber generado al hombre; por lo que hay que suponer que el pensamiento y la voluntad influyen decisivamente en la evolución.

Hay una teoría cuántica que, en este concepto, nos resulta muy interesante: La de los campos morfogenéticos. La teoría sostiene que las experiencias de la humanidad se van grabando en una serie de campos energéticos; cuanto más repetida es esa experiencia, tanto más influyen esos campos sobre el común de la humanidad. Ello explicaría que, siempre que se inicia una nueva práctica en la civilización, la duración de su aprendizaje se vaya reduciendo conforme más hombres la dominan (lo cual ha sido comprobado y medido rigurosamente).

Las revistas constituyen los campos morfogenéticos donde va quedando grabada la aventura intelectual de los pioneros. Los nuevo caminos abiertos al pensamiento pertenecerán progresivamente al resto de la humanidad.

Cuando André Breton elaboró y difundió sus primeras teorías surrealistas, era un perfecto desconocido. Durante muchos años lo fueron también aquellos que militaron en sus filas. Cuando hoy observamos sus célebres cadáveres exquisitos no podemos evitar, en un primer momento, sentirnos chasqueados: ¡No se diferencian mucho del juego instranscendente de unos escolares! Vamos precarios folios arrancados de cualquier libreta y que conservan aún los dobleces hechos rápidamente para que cada uno de los participantes pintara su parte o escribiera su texto. Los dibujos siguen cándidamente el patrón cabeza, cuerpo, extremidades... Los textos, el de sujeto, verbo y complementos... Las primeras revistas eran pobres, de escasos recursos, apenas de cuatro páginas... Pero la fuerza del pensamiento resultaba tan revolucionaria que, en unos años, lo que era pequeño se hizo magno, lo desconocido, admirado u odiado, los seguidores, aplaudidos o abucheados...

Fueron las revistas las que hicieron de las primeras partículas todo un orbe. Para ceñirnos al caso de España, éstas transmitieron la novedad con una rapidez y eficacia pasmosas.

Aunque el primer manifiesto del surrealismo se redacta en 1924, ya en una fecha tan temprana como diciembre de 1919, la revista Grecia publica poemas de Louis Aragon, André Breton y Philippe Soupault. En esta fecha, el grupo era aún prácticamente desconocido. La revista Littérature acababa de ver la luz, así como Les champs magnétiques, de Breton y Soupault.

En el mismo año en que se proclama el primer manifiesto, la Revista de Occidente se hace eco del movimiento con un artículo de Fernando Vela titulado "El suprarrealismo" (octubre de 1924).

En septiembre de 1925, la revista Alfar publica un interesantísimo y documentado artículo de P. Picón sobre "La revolución superrealista", en el cual la comprensión del movimiento es ya total. Si lo que había existido antes eran fundamentalmente críticas y puntualizaciones, ahora nos hallamos frente a una entusiasta identificación. Picon incide en la importancia del automatismo, el éxtasis místico, los sueños, lo maravilloso, la vida propia de las palabras... [5]

El germen estaba maduro para prender y materializarse en objetos concretos. La que se denominaría Generación del 27 ‑faltaban dos años aún para su transcendental reunión en Sevilla‑ iba a constituir el caldo de cultivo. No surrealistas sus miembros por definición, lo serían en el espíritu de muchas de sus obras: Alberti, García Lorca y Vicente Aleixandre depurarían en sus libros lo mejor del surrealismo. Sin necesidad de contactos directos con el grupo, gracias al conocimiento proporcionado por las revistas citadas y tantas otras, absorbieron el surrealismo y evolucionaron paralelamente al grupo fundador. Jorge Guillén, por ejemplo, reconoce de qué modo el surrealismo influyó en sus compañeros poetas, aunque siempre informado por un elemento racional, hecho por el cual "lograron su propia madurez y compusieron sus propios poemas originales Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Luis Cernuda, Rafael Alberti y Manuel Altolaguirre." [6] .

Avancemos ahora unos años y situémosnos tras la guerra civil, en esa etapa oscura en la que nuestra cultura parece detenerse y las revistas, lejos de la civilización europea, se anclan ranciamente en el lejano y glorioso pasado. ¿No cumplen aquí, pues, las revistas un papel inverso al que venimos señalando? Puede que sí, pero no totalmente. Existió una revista que agrupó a lo que se ha denominado el exilio interior, conectándolo con el exterior y con la cultura europea y americana. Me estoy refiriendo a Ínsula, la más antigua de nuestras revistas literarias que siguen vivas en la actualidad y cuyo primer número vio la luz en enero de 1946 [7] . Su promotor, Enrique Canito, había sido represaliado por el franquismo y expulsado de su cátedra de instituto. Para poder vivir, había fundado una librería en la madrileña calle del Carmen. La revista fue concebida en un principio como un boletín bibliográfico que informaba de las novedades nacionales y extranjeras, pero pronto se convirtió en uno de los pocos reductos de cultura independiente. De ahí el profundo simbolismo de su nombre, Ínsula. Esta isla fue un pasadizo que conectó la gloria del 27 con la democracia que había de venir. Cuanto es hoy nuestra cultura, apareció tempranamente en sus páginas. Es decir, y aunque nos parezca increíble en una publicación que nuestra miseria literaria ha condenado al olvido, cuanto hoy brilla en nuestro firmamento literario, estuvo en sus páginas. Así, en el número uno ya aparecían los nombres de Enrique Lafuente Ferrari, Miguel Catalán, Juan Rof Carballo y Carmen Laforet. En números sucesivos encontramos las firmas de Ricardo Gullón, José Lui Cano, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, Pedro Salinas, Pablo Neruda, José Lezama Lima, Rómulo Gallegos, Alfonso Reyes, Arturo Uslar Pietri, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier... y así una larguísima lista [8] .

Casi con toda seguridad, Ínsula habló por primera vez en España de Bertold Brecht (número 55, 1950), Samuel Beckett (números 100‑101, 1954), Robbe‑Grillet (en artículo de Jaime Gil de Biedma; número 132, 1957), el movimiento de los beatniks (números 167‑168, 1960)...

Todo esto no se hizo sin riesgos ni tropiezos. Con motivo de un monográfico dedicado a José Ortega y Gasset en noviembre de 1955, la revista fue suspendida durante un año. José Luis Cano anota en su diario Los cuadernos de Velintonia:

"El oficio de Juan Aparicio, director general de prensa, suspendiendo desde ayer la publicación de la revista Ínsula nos tiene consternados. Llamo a Aleixandre y Dámaso para comunicarles la mala noticia y tanto uno como otro se indignan." [9]

El censor, autor de la mezquina calumnia de que Lorca murió en una riña de homosexuales, no se avenía a razones. Vuelve a anotar José Luis Cano el 5 de abril de 1956:

"Visita a Juan Aparicio con Enrique Canito para pedirle la reapertura de Ínsula (...) Nos dijo: 'No es oportuno por ahora autorizar la salida de Ínsula, revista demasiado orteguiana, como demostró a la muerte del filósofo. Además, la reacción de grupos liberales y de izquierdas en el extranjero, comunistas incluidos, a favor de esa revista, ha sido tan intensa, que autorizarla ahora podría parecer que cedemos a la propaganda extranjera. Todo ese movimiento de la izquierda europea en apoyo de Ínsula demuestra a las claras que es una revista peligrosa para el orden de nuestro estado'." [10]

Tuvieron que aunarse el nombramiento de un nuevo director de prensa más las gestiones de Dionisio Ridruejo y Gregorio Marañón para que la revista pudiera reaparecer en 1957.

En este mísero contexto, Ínsula fue la máscara de oxígeno que permitió no asfixiarse completamente durante la dictadura. Habiendo celado durante décadas el tesoro, lo entregó en buen estado y acrecido a los pies de las nuevas generaciones.

Esas nuevas generaciones pondrían en marcha, en 1983, La luna de Madrid. Aunque la revista causó fundamentalmente sensación por su diseño y por ser algo así como la más autorizada portavoz de la llamada "movida madrileña", en sus páginas literarias colaboró numerosa gente que conectaba con la tradición de nuestra edad de plata, algunos de los cuales habían firmado sus primeras colaboraciones en Ínsula: Vicente Molina Foix, Luis A. de Villena, Lourdes Ortiz, Juan Gil Albert, Juan Madrid, José Luis Aranguren, Leopoldo Mª Panero, Eduardo Haro Ibars, Mariano Antolín Rato, Terenci Moix, Javier Sádaba, Fernando Savater, Luis Racionero...

La luna de Madrid fue la aguja hipodérmica por la que se nos inocularon todas las modernidades perdidas. El hecho de que la tromba tuviera forzosamente que ser superficial, no abole la tesis que estamos sustentando del papel precipitador del pensamiento que son las revistas culturales. Cuanto La luna de Madrid se propuso difundir, logró ser difundido y extendido.

El número uno (noviembre de 1983) acuñaba el término, raramente empleado entonces en el país, de posmodernidad [11] . En una España que había deglutido la modernidad en menos de una década, resultaba un concepto osado, provocador y, ciertamente, vanguardista. Parecía lo último de lo último. Estaba lejos de significar lo mismo que el posmodern americano, asociándose con "movida", unión de vida y arte, música, ambigüedad, belleza...

Desde aquel número, el término comienza a ser utilizado profusamente por los medios de comunicación. Unos informaban de su contenido, otros lo denostaban, aquéllos lo defendían... Se celebraron conferencias, debates, cursos. Se editaron libros monográficos. Venían las televisiones entranjeras a retratar esa posmodernidad. Muchos creyeron el slogan lanzado audazmente por la revista de que Madrid era la capital cultural del mundo.

Lamentablemente, y como he señalado al comienzo, todo aquello se erigía sobre una base muy débil. La larga tradición custodiada por revistas como Ínsula había sido escamoteada por la influencia light y no digerida de la cultura foránea. Cada vez se le fue concediendo menos importancia a lo literario en favor de la moda, el diseño, la imagen... Aquello no tenía más remedio que desplomarse, como de hecho sucedió.

Digamos que La luna de Madrid significó el desahogo necesario de los nuevos ricos que estrenaban libertad. Tuvo la virtud de hacernos más maduros y reflexivos con respecto a la "modernidad" que tanto habíamos añorado. Fue una caída necesaria, un paso imprescindible hacia la edad adulta y la complejidad que se le supone.

En mi opinión, esa edad adulta nos ha traído la gestación de la estética cuántica, a la que he aludido al principio y de la que no me cabe duda de que, de una u otra manera, con éste u otro apelativo, informará el siglo XXI. Pues bien, como en los casos anteriores, su germen, incubación y desarrollo se halla en las revistas literarias. A este respecto debo citar a Ficciones de Granada y a Debats de Valencia. Ambas se han hecho eco de la subversiva estética, a despecho de las burlas, ironías, reticencias o descalificaciones que provoca toda nueva estética.

Según hemos señalado anteriormente, una vez que el cambio ha comenzado a realizarse en lo infinitesimal, ya nada y nadie pueden evitar que tenga su traslación al campo macroscópico. Cultivadoa en la visión de futuro de revistas como las citadas, éste se extiende. Hace poco me escribía una hispanista americana, perteneciente a la Universidad de San Francisco, que había leído la información publicada por Ficciones:

"Es la primera cosa que he visto que combina Jung, la física cuántica y la literatura a la vez. He hecho una traducción del artículo (...) Ahora escribo un ensayo que pone estas ideas en el contexto de las últimas 'tendencias' literarias de España. Creo que le interesará a mucha gente. Es una idea que ya tiene base aquí, una idea que tiene mucho 'appeal'." [12] .

Estamos ante un ejemplo más del poder invisible y extenso de las revistas literarias. Por más que la época que viviéramos fuese el doble de iletrada y ajena a la lectura que la nuestra, las revistas seguirían ejerciendo la misma influencia. El hombre necesita del pensamiento tanto como el agua, y el lugar de donde mana el primero es de aquellos sitios donde se da asiento a la singularidad. Los grandes medios, el establishment, los intelectuales ya consagrados, huyen de la singularidad como de la peste, y así ésta se asienta en lo más débil y en lo más modesto, las revistas culturales.

Por tanto, no hay lugar para el pesimismo, a condición de que las revistas estén abiertas a los cambios que se producen en el nivel subatómico de la cultura y se adentren en él como el investigador cuántico. Cuando no es así, una revista cultural hoy en día no sirve para nada. Pues, en cuanto a información, los periódicos son más rápidos y tienen mayor número de lectores. Cualquier programa cultural televisivo, por más minoritario que sea, supera con creces el número de lectores de todas las revistas culturales juntas.

Así que el único camino es bucear en lo invisible. Quien así lo haga, tendrá asegurado el futuro. Es más, no hay otro futuro. Es el mismo futuro de las revistas que nos precedieron. Cuanto hoy apreciamos en ellas, fue novedad en su tiempo y se abrió paso entre la incomprensión y el desdén de los "instalados".

Las revistas culturales tienen que ser conscientes, pues, de que son el útero donde prende y se desarrolla la inteligencia; que constituyen el humus donde se producen las alteraciones genéticas favorables al pensamiento; que, sin ellas, nada de esto existiría y estaríamos abocados al inmovilismo, al anquilosamiento, a la inercia ideológica y, con todo ello, a la dictadura de los epígonos, cruel hasta la agonía, pues lo que falta en ideas vivas, es sustituido por la más rabiosa inquina contra los heterodoxos. Nuestro país ha bordeado siempre esta peligrosa frontera, de la que a duras penas nos han salvado una serie de plumas y publicaciones pioneras.

Si hemos demostrado que todos los tiempos han sido como éste y no existe un pasado mejor, no es menos cierto que los obstáculos a que se enfrenta la inteligencia son hoy más pesados, ubicuos y poderosos que nunca. ¿Qué puede la voz de una página contra el discurso divino de la televisión? La necesidad de las revistas es hoy más perentoria que nunca. Ahora bien, hay que tener muy claro que, contra la algarabía, hay que esgrimir la sutilidad. Cuantas más voces, mayor meditación. La verdadera inteligencia, la que triunfa, es siempre infinitesimal.

Conferencia pronunciada en el “Foro Luis Vives”,

Valencia, 5 de febrero, 1997.


     [1] Cambril, "Los cuánticos" en IDEAL, 29 de enero, 1996, página 5.

     [2] Miguel Higueras Pérez, "La estética cuántica" en IDEAL, 2 febrero de 1996, pág. 18.

     [3] Juan Luis Tapia, "La involución cuántica" en IDEAL, 3 de febrero, 1996.

     [4] Nicolás Mas Busquets, "Literatura cuántica" en IDEAL, 4 de marzo, 1996, página 28.

     [5] Véase a este respecto Jesús García Gallego, La recepción del surrealismo en España (1924-1931), Antonio Ubago Editor, Granada, 1984.

     [6] En Homenaje universitario a Dámaso Alonso, Gregos, Madrid, 1970, pp 203-206.

     [7] Véase mi entrevista con Carlos Alvarez‑Ude, redactor‑jefe de Ínsula, "40 años de Ínsula: Tradición y renovación" en República de las Letras, Nº 10, 1986. Sigo además la conferencia El significado de Ínsula en la literatura española contemporánea, pronunciada por el mismo Carlos Alvarez‑Ude el 15 de julio de 1996 en el curso de verano de la Universidad de Cádiz (celebrado en San Roque) "Revistas, prensa y suplementos literarios: Homenaje a la revista Ínsula y a José Luis Cano".

     [8] Véase Josefa Gómez Sempere, Índices de la revista Ínsula (1946-1980), Dirección General del Libro y Bibliotecas, Madrid, 1983.

     [9] "Los cuadernos de Velintonia" en Ínsula, Nº 469, pp 8‑9.

     [10] "Los cuadernos de Velintonia" en Ínsula, 470‑471, pp 16‑17.

     [11] Borja Casani, José Tono Martínez, "Madrid 1984: ¿La posmodernidad?" en La luna de Madrid, Nº 1, pp 6-7.

     [12] Carta de Jennifer Wilson.